La Nueva Ley del Trabajo

Como se sabe, dentro de pocas horas será promulgada la nueva ley del trabajo. La misma, según se ha dicho, contiene algunas disposiciones que creo conveniente comentar, porque de ser cierto lo que se anuncia, las relaciones laborales del país van a sufrir profundos y significativos cambios. Por ejemplo, a nuestro juicio, y de acuerdo con lo que se ha podido conocer, esa ley contiene algunas disposiciones cuyos efectos más inmediatos no podrían ser otros que, además de desestimular la inversión, incrementarían tanto los costos de producción que a los empresarios no les quedaría otra que disminuir sustancialmente sus nóminas, es decir, efectuar despidos en masa y reducir al máxino sus operaciones. Con lo cual se dará la paradoja de que algo que fue concebido con la idea de beneficiar a los trabajadores, a la postre se podría convertir en algo sumamente dañino y perjudicial para ellos. Ojalá que se reflexione sobre esto y a última hora se desista de promulgar algunas de las medidas que voceros del gobierno han venido anunciando y que le podrían causar graves trastornos al proceso productivo del país. Lo que unido a la inquietante situación política que estamos viviendo, podría traducirse en hechos sumamente inconvenientes para la estabilidad del Proceso y, por supuesto, para toda la nación.

   En la etapa actual de desarrollo –o de sub-desarrollo, como se quiera- se incurriría en un tremendo error de cálculo pensar que Venezuela podría romper la deprimente situación de atraso en el que se encuentra, ignorando al sector privado. Y el sector privado tampoco podría cumplir con su rol de promotor del progreso, si no modera sus expectativas relacionadas con la gestión empresarial; o dicho de otra manera: si no renuncia a la maximización de la ganancia sin importar los procedimientos que se utilicen para ello. Por consiguiente, lo que el país reclama de ambos, es decir, tanto del sector oficial como del privado, es desistir de la actual confrontación; de la encarnizada pugna que los mantiene enfrascados en una lucha que a lo único que puede conducir es al surgimiento de situaciones indeseables para al país, que al fin y al cabo es lo que realmente importa. Eso es lo que la nación reclama de ambos contendientes: concertación y acuerdos para la creación de un clima propicio para la inversión y el trabajo productivo.

   Que esto es una utopía inalcanzable y que las diferencias entre estos dos sectores sólo se podrían resolver por métodos violentos, lo niega la actual experiencia de Brasil y Argentina. Brasil, por ejemplo, acaba de desplazar a Inglaterra del puesto número siete o seis entre las naciones más desarrolladas del mundo. Mientras que por el otro lado, el artífice de ese colosal desempeño, el presidente Lula D’ Silva, abandonó ese alto cargo con el más alto índice de popularidad que presidente alguno haya salido en toda la historia del país carioca. Qué quiere decir esto. Quiere decir que la población brasileña y, especialmente, sus capas humildes, se sintieron y se sienten adecuadamente atendidas por el gobierno. Mientras que a los empresarios creo que mejor no les haya podido ir durante las administraciones del presidente Lula y de Dilma, porque de lo contrario Brasil no estuviera ocupando la envidiable posición que hoy ocupa, como ya dijimos, entre las naciones más avanzadas del mundo. Y todo ello, en santa paz y sin mayores conflictos y confrontaciones. 

   Lo mismo ha ocurrido en la Argentina. Cuando los Kirchner llegaron al poder encontraron un país completamente devastado por las políticas neoliberales aplicadas criminalmente por gobernantes vendidos e inescrupulosos. Tan crítica era la situación que vivía el país austral, tan profunda era la recesión que lo azotaba -25 por ciento-, que muchos expertos dudaban que esa hermana nación se pudiera algún día recuperar -y mucho menos en tan corto plazo- del terrible colapso en el que la habían dejado sumergida. Sin embargo, la voluntad férrea del Presidente Nestor y de su maravillosa esposa, Cristina, lograron rescatar el país de ese tenebroso foso en el que las políticas neo-liberales lo habían sepultado. Y así, apelando a una sabia estrategia de concertación con todos los sectores interesados, logró agrupar a las mejores voluntades y hoy la Argentina ha venido creciendo por varios años ya a una rata del 7 u  8 porciento. Y todo, como en el caso brasileño, sin pugilatos perjudiciales con los sectores productivos de la nación.

  Sería muy difícil lograr eso aquí en Venezuela? ¿Esto es, que se pudieran poner de acuerdo, tanto el gobierno como el sector privado, en un agresivo plan de acción que tenga por finalidad el logro de algunos objetivos claves y estratégicos? ¿Entre ellos, por ejemplo, la diversificación económica, al que, por cierto, pareciera no habérsele concedido el carácter prioritario que la misma indudablemente tiene, o al menos la misma atención que se le concede a lo social? A quien esto escribe no se le escapa las dificultades que acuerdos como estos entrañan. Eso se debe fundamentalmente a que la mayor parte de nuestra burguesía, o por lo menos, la económicamente más fuerte, a lo que se dedica exclusivamente es a las actividades de carácter especulativo, actividades que tienen el grave inconveniente de que  aportan poco o nada a la riqueza nacional. Es, para decirlo en términos más precisos, una burguesía parasitaria, acostumbrada a las prebendas y favores del estado.

    Pero la otra, la burguesía criolla, por encontrarse impregnada  de un espíritu auténticamente empresarial sería la que podría liderizar una empresa destinada a romper no sólo la peligrosa dependencia del petróleo, sino también a rescatar el país de la bochornosa situación de atraso en que años de permanente saqueos y depredaciones de todo tipo lo han mantenido. El problema con estos hombres y mujeres progresistas es que lamentablemente carecen de los recursos y medios que, de poseerlos, les permitirían poner a Venezuela en el concierto de las naciones desarrolladas. Sin embargo, para superar estas limitaciones y desventajas, ahí deben estar el estado y el gobierno munificentes, no sólo para asistirlos financieramente, sino también para procurarles los asesoramientos técnicos y de otra índole que hagan falta.

   Esto es urgente e indispensable hacerlo, porque nuestro país no puede seguir viviendo bajo la incertidumbre de no saber hasta cuando durará este falso progreso. Hasta cuando los precios del petróleo se van a mantener en los niveles actuales y permitir que continuemos disfrutando incluso de algunas excentricidades. Y digo que todo eso que vemos y disfrutamos, como carros lujosos, celulares, computadoras, internet, aire acondicionado, viajes y expediciones al exterior, etc., es un falso progreso, porque nada de eso es producto de nuestro propio esfuerzo. Porque nada de lo mencionado lo hemos construido con nuestro trabajo, con nuestra creatividad y talento.  Por el contrario, todas esas cosas de las que disfrutamos son producto del azar. Es por haber tenido la suerte o la desgracia, según se vea, de que en nuestro subsuelo se encuentre una substancia que se cotiza muy bien en el mercado internacional. Lo cual indica que esa ficción descansa sobre bases sumamente deleznables, por lo que bastaría un pequeño sacudón de los precios del petróleo, para que despertemos del sueño en el que hemos estado viviendo y nos encontremos como al principio, como en los albores de nuestra vida republicana.  

   Y ya para finalizar, no puedo dejar de referirme a algo que a nuestro juicio constituye una inexplicable contradicción. Se trata de que según se ha sabido, la nueva ley del trabajo contempla, en uno de sus articulados, la reducción de la jornada laboral, esto es, la reducción del horario de trabajo. Y yo me pregunto, como se concilia esto con las frases de nuestro Libertador que en una oportunidad expresó: “…constancia y más constancia, trabajo y más trabajo para tener patria, ¡ah! Somos o no somos.

Nota: Otra vez Mario. Comentando la relación delictiva que existía entre el magistrado delincuente y Makled, enseñó un foto en la que aparecía una mansión diciendo: “esta casa se la regaló Makled a la hija de Aponte Aponte”. Y luego preguntó: “saben ustedes donde está situada esta casa, en Doral Beach”. Increíblemente, omitió dónde se encuentra Doral Beach. Más adelante dijo, refiriéndose a un sujeto implicado en el lavado de dólares provenientes del narcotráfico: “este pajarito fue ministro de Cordiplan”,  Y no dijo en qué gobierno. Lo mismo ocurre con Pérez Pirela. Es decir, que evitan dar la información completa.  

alfredoschmilinsky@hotmail.com.



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Alfredo Schmilinsky Ochoa


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