Un terremoto en cámara lenta

El peor escenario de los especialistas en atención de desastres se nos ha venido encima a cuenta gotas, como en una película en cámara lenta, que ojalá no terminemos de ver –o, mejor dicho, de vivir- completa: las lluvias de estas semanas han tenido en varias zonas populares de Caracas los efectos de un terremoto devastador.

Basta mirar las fotos de Tamanaquito, La Pedrera, Cota 905, Roca Tarpeya o la carretera Petare-Guarenas, o darse un paseíto por allí, para cobrar cabal conciencia acerca de la vulnerabilidad de los lugares donde los más humildes se vieron empujados a levantar sus casas, sin atender normas ingenieriles o geológicas de construcción, incluyendo en ocasiones la mismísima ley de gravedad.

Ya se sabrá el balance oficial sobre cuántas eran las cajitas de fósforo, con paredes de madera, zinc o cartón piedra (las “casas de cartón” a las que le cantó Alí Primera) y cuántas eran de bloque, cemento y cabilla.

Tengo la impresión preliminar de que unas y otras se vinieron abajo por igual, independientemente de sus materiales constructivos, porque el factor fundamental de su vulnerabilidad residía –y resde- en la inestabilidad de los suelos donde fueron construidas.

Saturada de agua por las lluvias incesantes, y ya debilitada tras décadas de filtración de cañerías improvisadas, la tierra se volvió barro y se deslizó llevándose consigo el castillo de naipes que había –y aún hay- sobre ella.

Los insensibles suelen justificar su propia indiferencia frente a la exclusión urbana señalando que en esos barrios abundan televisores pantalla plana y antenas de DirecTV, lo que demostraría algo así como un gusto por la vida pendiendo de un hilo. Algo de eso puede haber, pero más asociado al sistema de relaciones que se establece entre familiares y vecinos que se apoyan entre sí, por ejemplo, en el cuido de los hijos, que a un simple gusto por el peligro. En todo caso, los insensibles ignoran en forma inconsciente o deliberada que el acceso a bienes superfluos, promovidos por la publicidad, es infinitamente más sencillo que la adquisición de un inmueble en la Caracas plana o sus ciudades dormitorio, inaccesibles para el común de los pobladores de los cerros.

Richard Dugarte, por ejemplo, es motorizado y taxista. Llevaba 17 años viviendo en el sector Agua Amarilla, kilómetro 17 de la carretera Petare-Guarenas, cuando a su casa le cayó encima una piedra gigantesca que lo obligó a irse del lugar con esposa y niños. Estuvieron dos noches durmiendo en el taxi, hasta que hallaron refugio, con sus vecinos, en una escuela en Catia, donde ahora duermen mucho más tranquilos. Pues bien, Richard no quiere que le regalen una casa. Él aspira, más bien, a pagarla con un crédito. “Lo que no tengo es para pagar la inicial. Con esos precios ni que haga magia”, explica. Su caso es el de millones.

La exclusión opera así. Por vía de los precios. Como apuntó Víctor Hugo Majano en un artículo aquí publicado, se da la paradoja de que la apertura de cada nueva estación del Metro termina elevando aún más los precios del suelo urbano circundante, volviéndolo aún más inaccesible para el ciudadano. El capitalismo va forzando el cambio de uso de muchísimos lugares, antes destinados a vivienda, transformando apartamentos y casas en oficinas y locales comerciales. “Que la gente se vaya a los cerros o a las afueras”, es la consigna.

Si algo bueno puede extraerse de esta tragedia es que “bajó” a la Caracas plana la cotidiana tragedia de la pobreza cerril, mitigada, ciertamente, por misiones revolucionarias que han llevado salud, alimento y educación a los cerros, pero que no termina de ser revertida en su faceta topográfica, por llamarla de alguna manera. Ojalá sea ésta una oportunidad que la naturaleza, aunque desquiciada por el modelo de desarrollo global imperante, nos esté dando para impulsar eso que llaman “soluciones estructurales”. De lo contrario, aunque deje de llover seguiremos viviendo este terremoto en cámara lenta.

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Desalojo a tiempo, muertes evitadas

En Medellín, Colombia, las lluvias provocaron un derrumbe que, de un solo tirón, dejó sepultadas 45 casas del barrio La Gabriela. El alud dejó 123 personas desaparecidas, de las cuales hasta ayer habían sido hallados 36 cadáveres.

En Venezuela, barrio La Pedrera, parroquia Antímano, el propio presidente de la República, Hugo Chávez, megáfono en mano, convenció a los pobladores de desalojar sus casas preventivamente y de ir a guarecerse en Fuerte Tiuna.

De no haber atendido la exhortación presidencial, quién sabe cuántos de ellos estarían ahora bajo tierra. Sus casas, edificadas sobre una antigua cantera, rellena de tierra sin compactar, se vinieron abajo a medida que se prolongaron las lluvias.

Algo similar sucedió en el sector Tamanaquito de Gramovén, parroquia Sucre, desalojado preventivamente por el alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez.

Primero la vida. Lo demás se recupera.


ernestocorreo@yahoo.es


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Ernesto Villegas Poljak

Periodista. Ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información.

 @VillegasPoljakE

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