El Espejo

Polarizar o despolarizar

1 ¿Es éste el dilema? ¿Polarizar para avanzar? ¿Despolarizar para retroceder? Hay que buscar respuesta a estas interrogantes. Y proceder en consecuencia. A la mejor conveniencia de los venezolanos y del movimiento bolivariano. La polarización es un fenómeno prácticamente normal en sociedades democráticas. No hay en el mundo país que no esté escindido. Lo están los Estados Unidos, hoy con más evidencias que antes, con motivo del ascenso a la presidencia de Barack Obama; y España, al igual que casi todas las naciones europeas. Y qué no decir de Latinoamérica. Con el fallecimiento de Néstor Kirchner afloró la situación que emocionalmente crispa a los argentinos. Una anécdota siniestra: el día que murió el expresidente, en medio de la conmoción que se produjo, se realizaba el censo nacional. Refieren los funcionarios que visitaron las casas donde habitan los sectores pudientes que observaron con sorpresa el ambiente de felicidad que imperaba, que en algunos casos llegó al extremo de que fueran invitados a brindar con champaña. Si uno vuelve la mirada hacia Brasil hallará el fenómeno, así como en México y en otros países centroamericanos. No hay en la región país que escape a ese signo, unos más que otros, pero en todos se plantea. Por tanto, la polarización no tiene porqué alarmarnos si se asume como expresión de las agudas tensiones que generan los cambios sociales y en sociedades que se han abierto al debate democrático.

2 ¿Pero qué es lo que alarma? Los extremos que afectan la convivencia civilizada. La negación a ultranza. El manejo irracional de las diferencias. Algo que los venezolanos hemos vivido con particular intensidad. O sea: la polarización como antesala de la guerra civil. Como proceso acumulador de odios. De quiebre de cualquier relación, incluyendo la más elemental, la de tipo humano. En Venezuela estuvimos en 2002 a un paso de la ruptura de los diques y el consiguiente desbordamiento de la violencia. La temeridad de la derecha, de los sectores desplazados del poder y el estímulo del gobierno norteamericano, colocó al país borde del abismo. Si el golpe de Carmona, la cúpula de Fedecámaras, Iglesia católica y mandos traidores de la Fuerza Armada, hubiese durado unos días más con el control del gobierno, la represión que se desató -frenada por el rápido retorno de Chávez a Miraflores- habría tenido las características de la de Chile o Indonesia. La contención oportuna, en aquel momento decisivo, salvó al país de la tragedia que la polarización salvaje, estimulada por una oposición irresponsable, impulsó.

3 La complejidad del fenómeno determina que el control sea imposible cuando desarrolla a fondo su dinámica. A los que juegan con él cabe preguntarles acerca del propósito que los inspira. Me refiero a quienes lo estimulan tácita o abiertamente. ¿Con qué finalidad? ¿Profundizar un proceso de cambios o frustrarlo? ¿Qué priva, el inmediatismo, la subjetividad? ¿La pretensión de hacer política sin evaluar las condiciones objetivas y transitar la senda de la aventura? La dialéctica de extremar las posturas permitiendo que la relación acción-reacción se imponga sobre la racionalidad suele deparar sorpresas. Una de ellas es la derrota. También juega la provocación que, históricamente, es fuente de reveses de aquellos procesos que se dejaron tentar por el enemigo. La pregunta que obviamente hay que hacerse, es a quién conviene hoy agudizar la polarización. Quién o quiénes derivan los beneficios y si a estas alturas del proceso bolivariano la polarización favorece o no, lo que no significa renunciar a la radicalidad. Dilucidar el tema a la luz, por ejemplo, del resultado de las elecciones del pasado 26 de septiembre, tiene suma importancia para los desarrollos actuales y futuros de la política nacional. Lo demás me parece algo así como estar en la línea y no ver el tren.


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José Vicente Rangel

Periodista, escritor, defensor de los derechos humanos

 jvrangelv@yahoo.es      @EspejoJVHOY

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