Este podía ser uno más entre muchos
eventos y sin embargo tiene algunas particularidades que lo hacen destacable
y que es de las que quiero hablar.
Para empezar, se trata de un evento
convocado por el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela,
no por una universidad como suele suceder. Con su característica agudeza,
Fernando Buen Abad –mexicano, comunicador, filósofo y constructor
de utopías- se preguntaba: ¿le interesa a Chávez la filosofía? Y
claro, la pregunta es inevitable porque éste debe ser uno de los pocos
gobiernos en el mundo que convoca a un grupo de obreros del pensamiento
para debatir con ellos temáticas que hacen al núcleo de su proceso
de transformación. Bolivia hizo algo similar con el ciclo de debates
Pensando el mundo desde Bolivia, que inició en 2006. En el caso
de Venezuela, el sólo hecho de que ésta sea la quinta versión del
Foro habla ya del esfuerzo por sostener ese diálogo.
¿Le interesa a Chávez la filosofía?
Sí, le interesa, porque asume la filosofía como un instrumento para
pensar su quehacer y la devuelve a su principio más básico: la voluntad
de comprender para transformar.
¿Le interesa a Chávez la filosofía?
Sí, le interesa. Como acto colectivo humilde, honesto y comprometido
con la construcción de una nueva realidad justa, solidaria y fraterna.
Por eso este V Foro Internacional no quedó encerrado entre cuatro paredes
y los participantes se desparramaron por todo el país para dialogar
y compartir con los obreros de fábricas, con productores agrarios,
con sonrientes y combativas mujeres miembros de los consejos comunales
ese quehacer que se ha vuelto la tarea más urgente de la América Latina
de hoy.
Sí, a Chávez le interesa la filosofía
y hay otras razones más que podrían sustentar esta afirmación, pero,
para efectos de nuestras propias preocupaciones, habría también que
preguntarse si a la filosofía le interesa Chávez y el proceso que
está viviendo Venezuela.
Bajo los siempre presentes pliegues
positivistas del trabajo de la academia tradicional, seguramente
la respuesta sería no. Y no es difícil imaginar el argumento -falso-
a esgrimir: la libertad del pensamiento. Un mentiroso objetivismo retrocede
alarmado ante el desafío de pensar lo real, de involucrarse con lo
que está pasando, de mirar, oler y sentir a los seres humanos que construyen
la historia cotidianamente. Esa filosofía, encerrada en el pensamiento
que piensa a otros pensamientos, se ansía libre de vínculos -y de
responsabilidades- con nuestras realidades, se sueña impune frente
a los efectos de las ideas que sostiene y se horroriza ante la osadía
de enfrentar la descolonización también a su interior.
Y sin embargo, a la filosofía tiene
que interesarle Chávez y lo que en esta parte del mundo se está haciendo.
No sólo porque el saber libresco y tautológico ha demostrado cuánto
ha sus límites, no sólo porque una filosofía que únicamente reconoce
como tal lo producido en occidente desconoce lo que nuestros pueblos
–originarios y mestizos- han producido durante siglos; sino porque
el núcleo de muchos procesos liberadores están en Venezuela, en Suramérica
y el Caribe y no puede haber filosofía al margen de la realidad. A
la filosofía tiene que importarle Chávez y la revolución bolivariana
y todos los procesos emancipadores de nuestro continente porque es aquí
donde está naciendo un nuevo pensamiento y construyéndose nuevas realidades
como actos colectivos, desde abajo, sin ortodoxias y falsos respetos,
con la libertad festiva de los hacedores.
Al inicio de la segunda década de este siglo XXI, Chávez y Evo, y Correa, y todos aquellos líderes que quieren asumir el principio del mandar obedeciendo a sus pueblos, constituyen el principio de una nueva universalidad del pensamiento, desde la voluntad de descolonización, desde la complejidad de nuestra diversidad y, sobre todo, desde un ansia de justicia histórica. Involucrar la reflexión filosófica con esos procesos no significa renunciar al pensamiento crítico y sí, más bien, hacer carne la necesidad de aproximarse a lo real. Si somos parte de la realidad, tomemos sitio.