Carta abierta (desde Maracaibo)

A Gastón Guisandes

Gastón, créeme que entendí perfectamente tu actitud. Es esa la forma en que debe actuar un periodista serio y responsable. Un periodista así, con un elevado sentido ético de la actividad que realiza, debe ser extremadamente cuidadoso en  el manejo de la noticia, de otro modo estaría expuesto a caer en el “darientismo”, o sea, en excesos y abusos contrarios a la delicada función de informar objetiva y verazmente.

   Ahora bien, así como yo te entiendo y reconozco que tienes toda la razón, también apreciaría que hicieras lo mismo con respecto a mí. Es decir, no sacar falsas conclusiones acerca de mis reales intenciones de querer informarte acerca de los hechos de los cuales te hablé por teléfono. Porque si algo me movió a hacerlo, no fue otra cosa que un elemental sentimiento de solidaridad  con unos infelices de mi misma especie, sometidos quién sabe a qué atrocidades inhumanas; atrocidades ante las cuales la indiferencia sería, más que una vergüenza, un verdadero crimen contra nosotros mismos.

   Y no lo vas a creer, pero te estoy escribiendo esto y siento una terrible angustia; una angustia ontológica acerca de la auténtica naturaleza del hombre, lo que tal vez hizo que Hobbes a afirmar en el Leviatán que el hombre es el lobo del hombre. Pero, además, porque hoy más que nunca tiene vigencia el epígrafe con el que Ernest Hemingway encabezó su novela “Por quién doblan las campanas”, que es algo así como una oración por todos. Dice el epígrafe: “Nadie es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca debes preguntar por quién doblan las campanas, doblan por ti (sic). Jhon Donne. Pero ¡cómo hablarle a alguien que no haya leído “El conde de Montecristo” de estas cosas! Hacerlo sería como echarles margaritas a unos puercos. Sin embargo, quiero que sepas que antes de decidirme a llamarte, pensé mucho en hacerlo. Pensé a qué persona le debía dar a conocer mis “extravagantes y fantasiosas” sospechas. La que finalmente escogiera, pensaba, debía ser como mínimo alguien que además de escucharme con atención no se fuera a reír en mis narices. Repasé mentalmente algunos nombres y creí que el más indicado eras tú. ¿Por qué? Porque a diferencia de otros, tú poseías la suficiente sensibilidad y amplitud de criterio –eso creía- como para comprender la magnitud de un problema que, querámoslo o no, nos convierte en desolados testigos de una barbarie como jamás, con excepción del holocausto judío y palestino, habíamos presenciado. De allí que, pese a que no logré lo que deseaba, porque con el acomodaticio argumento de la “prueba” me lo impediste, de todos modos aún estoy convencido de que esa era la mejor opción que tenía a mano. Por lo menos, tú no te reirías de mí, que era lo que más temía.

    Sin querer extenderme demasiado, me vas a permitir decirte algo sobre la “prueba”, que fue el principal argumento que utilizaste para desestimar mi denuncia. La misma, como recordarás, se refería a que en Guantánamo el ejercito norteamericano está haciendo experimentos médicos con los secuestrados; experimentos que, como ya antes se hizo en el III Reich –te recomiendo ver el film “Los niños del Brasil”, tienen por finalidad destruir la personalidad del individuo y hacer de él un autómata, un zombi capaz de obedecer ciegamente cualquier orden que se le dé, incluso por control remoto. ¿Ciencia ficción? Hay que recordar que los nazi, y quienes integran la camarilla que controla la casa Blanca lo son en grado extremo, son muy aficionados a este tipo de ciencia. Pero bien, a lo que iba, ¿tienen algo de extraño estas cosas en unas bestias que ya antes habían destruido las Torres Gemelas y protagonizado el dantesco y espeluznante espectáculo de la cárcel de Abu Graíb? ¿Que han creado una escuela que tiene como única materia de estudio la tortura? ¿Qué de excepcional tiene, repito, que unos dementes, que arrojaron fósforo blanco en Faluya y enterraron vivos a todos los habitantes de una aldea en Vietnam, país al que le envenenaron los campos, las aguas y los ríos con el mortífero “agente naranja”, anden buscando la manera de crear una especie de máquinas humanas especializadas únicamente en matar?

   Pero retomando la cuestión de las “pruebas” a las cuales al parecer eres tan aficionado, se ha abusado tanto de ellas que se han convertido en una especie de fetiche, el cual ha permitido que sean utilizadas prácticamente para todo, incluso como burladero para eludir el debate sobre temas que pudieran resultar comprometedores. De tal suerte que el argumento de la “prueba” utilizado de esta manera tan alegre, no sólo se banaliza y pierde eficacia, sino lo que es peor aún, desacredita otros métodos que, como el deductivo, es igualmente válido para descubrir la verdad, que es, después de todo, lo único que importa. Prueba de esto fue el caso de un individuo en los Estados Unidos que lo encontraron culpable de haber asesinado a su esposa, y cuyo cadáver nunca pudo ser encontrado.    


    Nadie duda de la importancia de la “prueba”, como recurso útil para demostrar algo. Es como el “ejemplo” en la exposición de una tesis o como la experimentación del investigador en el laboratorio. Y en las querellas judiciales, resultan insustituibles para demostrar que una persona es culpable o no en relación con los hechos que se le imputan. Aunque también hay que reconocer que no son del todo infalibles. Entre otras cosas, porque como lo deben saber muchos rábulas, las pruebas se pueden forjar. En este sentido, ojalá pudieras leerte el libro, si es que ya no lo has hecho, lo cual dudo, titulado “Vanzetti, cartas desde la cárcel”, donde se demuestra que con las “pruebas” se pueden hacer casi cualquier cosa. Por otra parte, la ausencia de pruebas tampoco demuestra que una persona sea inocente de los delitos que, con base a indicios, se le atribuyen. Como ocurrió con Al Capone, que pese a que nunca se le pudieron probar sus crímenes, sin embargo nadie duda de que ha sido uno de los más peligrosos delincuentes que ha existido jamás. Y este es, justamente, el caso de Guantánamo, donde se están realizando los infames experimentos de los que ya hablé. No hay pruebas, es cierto,  de que eso esté ocurriendo. Pero ello no indica que no lo estén realizando. Todo lo contrario, una miríada de indicios confirman plenamente la terrible sospecha.

    A estas alturas te estarás preguntando de nuevo en qué indicios o evidencias –pruebas, como tú las llamas- me baso para hacer con tanta seguridad tal afirmación. Bueno, Gastón, si me hubieras permitido darte a conocer esos indicios, con mucho gusto lo hubiera hecho, pero te negaste a escucharme. Con lo cual fuiste sumamente inconsecuente con aquella frase que le plagiaste a Voltaire, y que con una solemnidad teatral, como es tu aparatoso estilo (el estilo es el hombre) repetiste en uno de tus programas televisivos. Me refiero a aquello de…”no estoy de acuerdo con lo que dices, pero doy la vida en defensa de tu derecho a decirlo”. ¡Carajo!, ni Tartufo, que es rey de la simulación y la farsa. ¡Payaso!.   

    Ahora que pienso en estas cosas que ya tenía olvidadas, he llegado al convencimiento de que al contrario de lo que dije al principio, sí me equivoqué al confiar en ti. Me olvidé, y este fue el tremendo error en el que incurrí –los ilusos somos así, olvidamos con facilidad- que en otro programa te declaraste como una persona esencialmente política. Y aquí está la explicación de tu negativa a escucharme, porque el político, astuto como es, no gasta pólvora en zamuros; el político sólo piensa mercenariamente en términos de votos, y lo que no le ayude a conseguirlos, lo rechaza como un estorbo.

    Ya para finalizar no quisiera hacerlo sin decirte lo siguiente: Como recordarás, al principio de estas líneas te exoneré de toda responsabilidad por tu negativa a publicar en tu semanario la denuncia que te hice sobre lo que estaba ocurriendo en Guantánamo con los secuestrados. Y lo reitero, como periodista tenías razón. Sin embargo, si no te culpo como periodista, sí te cuestiono como persona, como ser humano, de lo cual lo único que tienes es la forma –antropomorfa-. Porque ante los aterradores hechos que yo pienso se están cometiendo en la bahía cubana, otra persona, con un adarme, con una pizca de sensibilidad humana, hubiera mostrado aunque sólo fuera un mínimo interés por el tema. En cambio, lo que hiciste, haciéndole honor a un pragmatismo cínico y ramplón, fue despachar la conversación lo más rápidamente que pudiste. Con lo cual demostraste que si la situación de los secuestrados de Guantánamo llegara algún día a llamar tu atención, sería sólo como noticia remunerativa, pero nunca como tragedia humana.

    Por último, ahora sí, para que veas que yo no soy tan mezquino ni presumido como tú, te voy a enseñar en qué casos se debe emplear “si no”, separado, y cuando sino, una sola palabra. Y eso, porque es como mínimo una tremenda ridiculez que un tipo que presume de culto y hasta le hace propaganda a toda clase de libros, haciéndose pasar por erudito, no sepa utilizar correctamente estas expresiones tan sencillas.

   La expresión si no (separada), está compuesta, como se ve, por dos elementos: si, que es una conjugación condicional, y no, que es un adverbio de negación. Se usa sólo en cláusulas subordinadas, que condicionan la oración principal “Si no viene a la fiesta” –cláusula subordinada-, “no la volveré a invitar” –oración principal.

    Sino, es una conjunción adversativa. Generalmente se usa sino para enlazar una oración negativa con una positiva que excluye la primera. “No me gustan esos zapatos” –oración negativa-, sino “aquellos que están allá” -oración positiva.

                                                                                                    Alfredo Schmilinsky Ochoa 

Nota: darientismo: sustantivo derivado de Darienzo, y que se refiere a todas las aberraciones y delitos que un periodista sin escrúpulos puede cometer en el ejercicio de la profesión. Juan Carlos Fernández, que no es periodista sino un deslenguado, es un buen ejemplo.  

Maracaibo, 4-7-2oo7



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