Al final de este viaje en la vida quedará
Nuestro rastro invitando a vivir
Por lo menos por eso es que estoy aquí
Somos prehistoria que tendrá el futuro
Somos los anales remotos del hombre
Estos años son el pasado del cielo
Silvio Rodríguez
Cuando se emprende una lucha revolucionaria no se acomete esperando que sea rapidito y sin dolor, se sabe que no es como esperar el resultado de unas elecciones. Son procesos arduos que ponen la mirada optimista en nuestros hijos y –con más cordura– en nuestros nietos. Es una lucha impulsada por situaciones que reclaman un cambio marcado por los designios de la voluntad y la necesidad humana. Si hace falta una revolución es debido a que el enemigo ha cometido muchas injusticias y ha creado una estructura para que esas iniquidades se mantengan. Desde su posición de fuerza, hace lo que sea para sostener su poder, sus privilegios y el sometimiento de la gente. Ha acumulado suficientes municiones y armas de todo tipo, para mantener las cosas como les satisface. Quieren seguir nadando en su salsa, exquisitamente preparada con sangre, sudor y lagrimas de los otros, aderezada con oro, plata y orgías un tanto excesivas, poca cosa, sacrificios humanos, pederastia y se dice que hasta canibalismo.
Así que siempre hemos sabido que el asunto es a largo plazo, sabemos que ellos son muchísimos menos que nosotros, pero con muchísimas más armas y con muchísimos menos escrúpulos que nosotros.
Ahora que nos tienen el fusil… ¡Perdón! el misil en la cabeza, ahora que nos obligan a tantas cosas que parecieran estar en un solo golpe de percusión: normalidad y locura. Ahora que las cosas aturden, enceguecen con tanta luz y tanta oscuridad; ahora es cuando hay que recordar que nuestro tiempo no comenzó un 3 de enero de 2026. Que en 1999 se consolidó un paso importante de una lucha mucho más larga. No olvidar que desde entonces el enemigo alcanzó algunos logros, como la contingencia que coronó a Pedro el Breve, la infausta huelga petrolera, las planillas planas que terminaron desembocando en un referéndum "revuelcatorio", (que fue lo que recibieron), la sospechosa muerte de Chávez, las mil sanciones que han afectado gravemente nuestra economía, el bombardeo cobarde y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores, su esposa.
Cada una de esos logros ha podido desembocar en el fin de nuestra revolución. Todas causaron efecto, pero no lograron su objetivo. Este bombardeo, que no ha terminado, este secuestro a toda una nación, incluyendo a su presidente, tampoco ha terminado, no son el fin de nada.
No podemos decir que la atrocidad y la magnitud de las acciones que inauguraron este año, se equiparan a las acciones anteriores. En este momento pronosticar formas de desenlaces no tiene ningún sentido. Pero no olvidemos que, si la lucha ha sido larga, lo que queda es mucho más largo, incluso después de que salgamos de esta contingencia. Pensar que llegamos cuando logramos cierta estabilidad es un error que nos hace bajar la guardia; pensar que perdimos cuando ellos alcanzan un logro, es un error con consecuencias similares. Alcanzaremos nuevas satisfacciones y tendremos nuevos desalientos, nuevas atrocidades que seguirán viniendo de adentro y de afuera. Pero ese es el exacto rostro de la lucha que hemos elegido.
porras.rodolfo@gmail.com