Venezuela: ¿la Comala del Siglo XXI?

"Al regresar a ese pueblo lo vi abandonado: las casas solas, aquella niña que había vivido en ese lugar, aquel niño que la había idealizado, y todo estaba muerto. Entonces no había más que recordar el pasado y reconstruirlo de tal manera que no se pudiera borrar al mismo tiempo el recuerdo; pero tampoco fuera una cosa perdurable…"

JUAN RULFO (Entrevista, 1970)

Uno de los escritores más emblemáticos del siglo XX, fue el mexicano Juan Rulfo (1917-1986), tanto por su aporte técnico al lenguaje de las letras hispanoamericanas, como por el aporte sincrético a la historia social y política de su país; sus aportes están en la narrativa, tanto en el cuento como en la novela. Publicó poco, escribió mucho; en novelístico produjo "Pedro Páramo" (1955) y "El Gallo de Oro" (1980), este último una especie de guión cinematográfico novelado; y "El Llano en Llamas" (1953). En la obra "Pedro Páramo", cuyo narrador es omnisciente, representado por un personaje-narrador llamado Juan Preciado, quien dice: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vería a mi padre, un tal Pedro Páramo…"; la historia se basa en el huérfano-protagonista, que espera a alguien para que le señale el camino y lo conduzca a Comala; presiente que alguien vendrá en su ayuda: "Me estuve allí esperando hasta que al fin apareció este hombre…". Y aparece un arriero llamado Abundio, quien para la sorpresa del autor, también se presenta como hijo de Pedro Páramo: "Yo también soy hijo de Pedro Páramo -me dijo-".

El personaje ícono de la novela Pedro Páramo, está caracterizado por la crueldad y el odio, es "un rencor vivo", dice Abundio, su hijo ilegítimo y arriero; él es el único personaje que sobrevive en la novela, y Damiana es la única mujer que permanece inviolada y virgen; Comala, como escenario donde se van dando las historias, se va describiendo desde sus tiempos buenos, esos en los que la naturaleza dialogaba de manera directa con sus habitantes, hasta ir sumándose los atisbos de un ataque al progreso por ser el portador de dependencia y sumisión a otros pueblos que en vez de venir a engrandecer la vida, la sentencia a la dependencia y al olvido. El ambiente de Comala es sórdido y asfixiante; por Comala corre un viento desolador, arrastrador y frío; un pueblo habitado por fantasmas y muertos en vida, donde se escuchan murmullos, que son los que llevarán al protagonista a descubrir el mundo sórdido. La atmósfera que desprende Comala es de ultratumba, de intemporalidad y ultramundo; si bien se podría decir, de otro mundo, algo irreal y fantástico, pero no por ello imposible.

En la Comala "rulfoniana", los niños son criaturas inocentes, sin pecado, sin inhibiciones, sin malicia y bañados con el agua pura y bendita del bautizo; hay sin embargo un contraste interesante en esta imagen literaria de Rulfo, presenta a una niños de otra ciudad, de Sayula, representados con pinceladas de utopía, mientras que los de Comala, en una clara superposición de imágenes, los ubica en una distopía que descansa sobre el filo de la muerte, la maldición y todo lo que puede llamarse malo y condenado al infierno. En Comala, se había intentado de todo para hacerla más productiva; se trataron de sembrar unas uvas pero se negaron a germinar y murieron sin fruto; solamente los naranjos y el arrayán se habían dado, pero el terreno se convirtió en una tierra de amargura y nada más naranjos y arrayanes agrios se dieron en Comala: el terreno está maldito; todo está de malas y el diablo anda para arriba y para abajo, siempre buscando almas en pena, almas perdidas para llevárselas al infierno.

Pero la derrota de Comala como pueblo, en esa historia que se cuenta a la distancia de la vida que allí existió (en la Comala de Rulfo, todos los habitantes están muertos y viven en el sótano, enterrados), pudo tener una historia no por sus logros como pueblo, sino por su monstruo, en este caso Pedro Páramo, el terrible cacique que mantiene a los habitantes de Comala siempre dependientes y débiles.

Extrapolando esta historia fantástica de Rulfo con el ahora de ciertos pueblos en mi Venezuela, no estamos muy lejos de calzar lo fantástico con la realidad; muchos caseríos en todo el territorio nacional hoy son como Comala; pueblos que se están muriendo lentamente ante la falta de respuestas y de inversión pública; pueblos donde sus muertos son llevados a las dependencias civiles para que los entierren porque no cuentan con recursos económicos para darle cristiana sepultura. Pueblos en los que se come poco, pero como dicen los líderes políticos, se come, y donde la juventud va perdiendo al paso de las horas y los días su esperanza y su futuro. En la Comala de Rulfo también se habló de Revolución (el escenario de entonces era la Revolución Mexicana de 1910), de estrategias contra el Imperialismo que asfixia la libertad e independencia de los pueblos; también se habló de Reforma Agraria, de erradicar el Latifundio y de crear un cordón de protección contra la mano especuladora del capitalista.

Es decir, Comala tuvo sus discursos y terminó por diluirse entre la pobreza y sus fantasmas; el mensaje de Comala es crudo y real: la pobreza solamente trae muerte y murmullos a los pueblos. Volviendo a Venezuela, pareciera que nuestros cuadros de liderazgo están ausentes de una mirada retrospectiva de lo que nos deparará el futuro si seguimos creando burbujas idealizadas de un bienestar que no existe; si seguimos educando a la gente a vivir de la miseria y no a producir crecimiento y progreso social; si seguimos aislándonos del mundo pensando que de ese modo seremos ejemplo de independencia y pasión libertaria, cuando lo que estamos sumando son pueblos como Comala que viven en la soledad absoluta de la única paz que es perpetúa: la de los muertos.

En estos días que renace la euforia electoral que nuevamente los discursos vienen a inyectar esperanza en un pueblo que lastimosamente está sucumbido por el miedo y el temor a plantearse un cambio, ante la incertidumbre de que si lo que vendría sería peor de lo que ya estamos viviendo, es necesario asumir una reflexión personal, muy humana y muy calcada a no seguir ejemplos que por muy fantásticos que parezcan, como Comala, la historia tiende a llevarnos a que coincidan en un futuro que ya no se ven tan lejano que está ahí, a la vuelta de un voto y de una elección. La respuesta del liderazgo político no debe ser cumplir un ciclo y esperar una elección para empezar hacer; ya en su tiempo el sabio pragmático de la Revolución Rusa Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin​ (1870-1924), ante la pregunta ¿Qué hacer? Respondió: la estrategia revolucionaria debe ser un trabajo largo y paciente de organización; un trabajo donde se materialice la creación de un partido revolucionario centralizado, constituido de revolucionarios de profesión en torno a un periódico de alto nivel considerado como un organizador colectivo, que persiga la sumatoria de habilidades y destrezas para darle bienestar al pueblo, no para sucumbirlo en la miseria y la pobreza.

En esto hemos fallado, en convocar a los más aptos para el compromiso de darle bienestar al pueblo; ciertamente, la Revolución Mexicana no tuvo sus mejores ejemplos con pueblos como Comala, pero en ese viraje histórico de su recorrido en el Poder, logró entender que rescatar de la muerte al cuestionado progreso era lo único que le garantiría la supervivencia a los ideales revolucionarios reunidos en un movimiento de partido (el Partido Revolucionario Institucional que mantuvo el poder político de manera hegemónica entre 1929 y 1989, cuando perdió por primera vez). Reflexionemos entonces por donde vamos y cuántos pueblos están imitando la imagen fantástica de la Comala de Rulfo.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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