La Ley RCTV

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (México), acaba de declarar inconstitucional el carácter automático de las renovaciones de las concesiones de radio y televisión sobre el espectro radioeléctrico, que a perpetuidad querían seguir disfrutando las grandes cadenas de televisión de ese país. De hecho, la ley que iba a ser impuesta, se conoce con el nombre de “Ley Televisa” (el nombre del gran monopolio de ese mercado), no solo por defender los intereses de sus conglomerados económicos, sino por imponer ventajas en beneficio de esas empresas, como el que establece la renovación automática solo para ellos, y a los nuevos y pequeños competidores, les salía cumplir con una serie de requisitos que les garantizaba la desigualdad y la exclusión ante la ley.

El poder construye “la ley” bajo la égida de su ideología, esta puede ser justa o injusta, democrática o no; la que ha de garantizar su hegemonía y por supuesto sus privilegios (en caso de que sea injusta). La exclusividad es algo que no solo la disfrutan, los que pueden pagar por ella, sino aquellos que tienen el poder de tomarla cuando les da la gana. Ya no es cuestión de contar con la formalidad de cambiar servicios exquisitos por estrambóticas cantidades de dinero, sino hacer de aquello que es objeto de su deseo, sea poseído solo con manifestar la voluntad de hacerlo, porque detrás de esa voluntad está el poder.

En la película Mujer Bonita, el protagonista (Richard Gere) le ordena al encargado de una exclusiva tienda de ropa femenina, ser prolijo en manifestaciones de servilismo, pues está dispuesto a gastar en ese negocio, groseras cantidades de dinero. En este caso el poder que compra, que intercambia por metálico la complacencia de sus caprichos, todavía está sometido por los acuerdos y la negociación, todavía acepta transarse y respetar la formalidad del intercambio. Pero hay otro tipo de poder que ejecuta más allá del convencionalismo social y convierte su palabra en ley. Convierte la manifestación verbal de sus deseos en realidad. Primero, hacia su interior va construyendo una realidad virtual que obedece a sus aspiraciones, segundo, hacia el exterior construye en la medida en que su capacidad monetaria pueda comprar serviles que hagan realidad aquellos deseos.

Cuando alguien desde la oposición, dice “Yo no estaba en Miraflores ese día” siendo un hecho público y notorio, no solo quiere que le crean, pues lo que esta diciendo debe ser la verdad en su mundo particular, sino que a partir de ese momento debe serlo también para todos ¡y punto! Debe convertirse en una ley que nadie osará cuestionar, por que nadie esta por encima de la necesidad de que eso sea así. Cuando dicen que al canal ocho solo lo ve el 2 % de la audiencia nacional, quieren convertir aquella expresión en una sentencia, pues sus palabras tienen la particularidad de serlo, invisibilizar a lo que exceda de ese número para quitarles la existencia, tal como hacen los niños cuando quieren esconderse, se tapan los ojos y se autoinvisibilizan, así invisivilizan todo lo demás. Porque de tal forma, el canal ocho será débil, pequeño, sin fuerza y no constituirá ningún vínculo con lo concreto, ningún contrapeso a sus plantas televisivas, las cuales podrán seguir torciendo la realidad. Cuando dicen “Aquí se está masacrando la libertad de expresión” exponen un extremo para no irse por las ramas y no tener que dar explicaciones acerca de lo que se entiende por libertad de expresión y menos sobre otro tema que no quieren develar: “La guerra mediática”. “¡Este es un gobierno violador de la libertad de expresión y punto!”. Cuando dicen que el 27 de mayo no era la fecha en que se vencía la concesión para la explotación del espacio radioeléctrico que ocupaba RCTV, sencillamente no aceptan la protocolaridad de las acciones legales ¡Esto es un cierre! ¡Un acto ilegal, y punto!

Es la ley de la oligarquía, aquella que considera que cuatro millones de opositores (hoy deben ser menos), no tienen por qué esperar los seis años que le corresponde al gobierno legítimo mandar. Y no tienen por qué hacerlo, ya que sus electores, son superiores; tienen una educación superior, un origen de alcurnia, la gran mayoría de sus integrantes tienen abolengo, algo que los rodea desde su nacimiento, y los hace repeler todo aquello que huela a la inmundicia del pueblo. No tiene por qué soportar al gobierno bolivariano, a su entender, ellos ganaron las elecciones, porque no puede ser que el voto de un peón de hacienda, tenga el mismo valor al de un terrateniente que le ha dado la vida. El voto de un trabajador de Hidrocapital que limpia las excretas en las cañerías, no puede ser igual al de un dueño de una televisora. El voto de un negro, feo, pobre, iletrado, no puede tener el mismo valor al del dueño de un banco.

Hay una brecha abismal e irreconciliable, entre la prepotencia que otorga el manejo del poder nauseabundo de la aristocracia y la propuesta bolivariana de participación y protagonismo popular. Por ello estos señores no obedecen otra cosa que no sea su propia ley, a veces la personal, que va estructurando una gran ley oligarca que contiene en su esencia, el desconocimiento del pueblo.

Entre los grandes logros de la revolución bolivariana, está el haber develado a nivel mundial la existencia de La Guerra Mediática, tema que había sido solapado por los intereses del gran capital. Y entre las sagacidades del Comandante Chávez, está el haber descubierto que el inmenso poder manejado por las plantas de televisión a nivel global, que todo ese poder capaz de manipular gobiernos, emporios económicos, maquinarias bélicas, y nada menos que crear, dirigir y manipular la opinión publica mundial, está parado sobre su mas grande debilidad, “el espectro radioeléctrico”, que según la ley internacional, la ley de los hombres, la ley de la democracia, pertenece a los pueblos, quienes la ejercen soberanamente por medio de la administración de los estados.

Ha de ser por ello que Televisa hizo una ley a su medida, poniendo sus barbas en remojo, al ver el caso venezolano. Por fortuna, la corte que le corresponde, ya ganó una batalla, a favor de la justicia, declarando inconstitucional el artículo que aseguraba para su progenitora, la perpetuidad de la concesión. Y hay una lucha en ese país para no solo declarar ilegal a tal artículo, sino a toda la ley. Ha de ser por ello que RCTV quiso imponer su ley, la ley de su dueño. Felizmente la legalidad se impuso, para ganar la primera gran batalla en la guerra mediática mundial, como dijera un connotado comunicador: “…que está en pleno desarrollo”.

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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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