La batalla del periodismo honesto

La humanidad vive en un mundo de supremacía capitalista donde todo se
rige, de una u otra forma, por prácticas que privilegian el capital
sobre todos los demás factores de la economía.

Vivimos en un mundo con todo dispuesto para el provecho de los dueños
del dinero. Desde los procedimientos electorales y las estructuras de
los gobiernos hasta los mínimos detalles de las relaciones públicas y
privadas, todo se ha ido orientado hacia la compraventa a fin de
favorecer a las clases sociales poseedoras de la  riqueza.

En Latinoamérica, ni siquiera Cuba, con su revolución socialista en
progreso pero heredera de innumerables métodos, tradiciones y
prácticas del capitalismo, escapa de esta realidad global. Solo que,
en la isla, por virtud de la profunda revolución socialista que inició
hace medio siglo, el papel que antes correspondía a las clases ricas
dominantes lo ejerce la propia sociedad en su conjunto.

Una organización política basada en la doctrina revolucionaria más
avanzada que ha producido la humanidad, el marxismo, desempeña en el
caso específico de Cuba, su vanguardia, vigila su unidad y asegura la
vigencia de relaciones verdaderamente democráticas en todos los
ámbitos de la sociedad.

Si no se tiene en cuenta que los mecanismos para liberar a Cuba de las
lacras del capitalismo están apenas siendo inventados, probados o
pendientes de ser instituidos para servir a un sistema social que
también está en proceso de surgir plenamente, se corre el riesgo de
incurrir en graves errores porque la revolución cubana no es copia de
ninguna otra y, al igual que otros modelos que se proclaman
socialistas, tiene que explorar su propio camino.

A escala mundial, el periodismo se ha convertido, desde hace mucho
tiempo, en un elemento esencial del poder, junto a los tres poderes
clásicos del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial). De ahí que
frecuentemente se identifique a la prensa como el cuarto poder.

Con esto como su objetivo de partida, las clases dominantes han
logrado hacer de los medios principales de comunicación (impresos,
radio, televisión y, más recientemente, internet) una mercancía
instrumental llamada a promover en los pobladores la adhesión y el
acatamiento a sus ideas, y lo han hecho con tal nivel de efectividad
que han logrado imponer su dictadura mediática en todo el mundo.

La publicidad se ha convertido en el recurso lícito para que los
poseedores del dinero costeen los medios y de esa forma los controlen
o ejerzan en su contenido una influencia proporcional con el potencial
de sus propios intereses económicos y políticos.

Históricamente, los grandes capitalistas no se han conformado con el
ascendiente que pueden obtener a cambio de sus anuncios y apelan al
ejercicio de su propiedad total o parcial, muchas veces mediante
suplantadores más o menos identificables públicamente.

La dominación ideológica de las oligarquías en Latinoamérica–que a su
vez suelen actuar como testaferros de la dominación hegemónica de las
grandes corporaciones estadounidenses- ha estado adquiriendo un nivel
tan elevado en el continente que ya nadie pone en duda que una
revolución social no es realizable sin acabar con el control
contrarrevolucionario de los medios de prensa.

Confirmación de este aserto es el hecho de que hoy, en America Latina,
los medios de prensa bajo control de las clases dominantes están
desempeñando el papel que en el pasado siglo jugaron las cúpulas
militares latinoamericanos en la realización de golpes de estado
promovidos por Estados Unidos, que hundieron a la región en la más
penosa situación de inequidad, crimen y miseria.

Sin embargo, de acuerdo con las experiencias recientes en el
hemisferio, podría decirse que un golpe de Estado puede darse con los
militares o sin ellos, con el parlamento o sin él, con los medios de
prensa o sin su apoyo, pero siempre habrá que disponer de los recursos
financieros que muevan la carroza.

Pese a que las leyes del desarrollo tecnológico tienden a hacer de
los medios de comunicación vehículos cada vez más sociales, los dueños
del capital se las han arreglado para situar siempre a las
comunicaciones y la prensa en un lugar ajeno a los controles de los
centros democráticos de poder a fin de facilitar su control por los
dueños de los recursos financieros, los capitalistas.

La experiencia cubana –con sus virtudes y sus muchos defectos que hoy
son intensamente debatidos por los periodistas en la isla- demuestra
que la propiedad social sobre los medios de prensa y comunicación con
la más amplia participación popular, en una sociedad donde igualmente
prime la propiedad social sobre los principales medios de producción y
distribución, abre la posibilidad del uso y disfrute efectivo por las
mayorías de estos medios… y de salvaguardarlos de la insaciable
avaricia del capital.

Otros mecanismos pudieran ser válidos, pero aun están por probarse y
certificarse en la práctica.



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Manuel Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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