Marx y el Socialismo desde abajo (II)

Hemos planteado la importancia de diferenciar en el pensamiento marxiano el socialismo desde abajo, de cualquier figura teórico-práctica que plantee la posibilidad de construir alternativas al capitalismo relegando la participación activa de las multitudes, de los trabajadores, del campo popular subalterno. No es lo mismo la liberación del pueblo en un movimiento de auto-emancipación que su sustitución por diversas mediaciones que comienzan a desplazarlo e instrumentarlo.

No son las diversas fracciones propietarias ni la capa de burócratas estatales quiénes pueden “representar” las demandas y aspiraciones legítimas del movimiento popular revolucionario. La lucha por colocar a los órganos del Estado al servició de las multitudes y no por encima de ellas, es parte también del proceso de transformación. No hay una modificación radical entre pueblo y máquina del estado, si no hay transformación de la máquina del estado, si la capa burocrática y su dirección administrativa suplantan y pretenden auto-instituirse en la dirección política de la revolución. Tampoco una forma-partido hegemónica puede suplantar al movimiento de masas, sin que devenga en aparato de dominación sobre las bases populares. El socialismo desde abajo desconfía de las formulas políticas que pretenden hacer naturales, técnicas y neutrales las separaciones entre gobernados y gobernantes, porque la tesis que guía la lucha no es la gobernabilidad a secas, sino el autogobierno de las multitudes populares, a través ciertamente de las propias formas institucionales que puedan efectivamente controlarse con una democracia profunda y radicalizada.

Sabemos que “El Manifiesto Comunista” proclamó que el primer objetivo de la revolución era "ganar la batalla de la democracia". ¿Que significó conquista de la democracia en este contexto histórico. Significa, nada más y nada menos, la construcción de las condiciones que hicieran posible que el poder político estuviera en manos de los trabajadores y el pueblo organizado, para que fuese efectivamente clase gobernante, que gobiernen no la misma maquinaria institucional y estatal del poder burgués, sino una máquina de administración y gobierno, con otras formas y contenidos, lo que implica la transformación democrática de la forma-estado, como Estado- de transición, una estado democrático radicalizado.

Podríamos afirmar que en las más favorables situaciones nacionales y circunstancias históricas, se trataba de transformar el Estado democrático representativo en una Estado que combinara eficazmente la democracia directa con la democracia indirecta: un Estado Democrático Participativo, con sistemas políticos multipartidistas y formas de gobierno con un absoluto control popular. La democracia socialista se acercaba más a la democracia de consejos, que a cualquier caricatura de sistema político de partido único, como fue el paradigma de los socialismos burocráticos.

Por tanto, el socialismo revolucionario de Marx era un socialismo de consejos, un socialismo democrático participativo. La flexibilidad del pensamiento de Marx contrasta históricamente con el dogmatismo de algunos “marxistas”, que en realidad siguen otra tradición, la tradición del “elitismo revolucionario”: el imaginario jacobino-blanquista, que desconfía de la auténtica participación de las multitudes.

Por esto, la relación de Marx y Engels con la revolución francesa, y con los modelos revolucionarios que de ella se desprenden es altamente compleja: “Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera de representarnos el carácter y la marcha de la revolución «social» proclamada en París en febrero de 1848, de la revolución del proletariado, estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de 1830.” Así se expresa Engels en 1891, reconociendo las limitaciones de representaciones y modelos fijados por la historia de los acontecimientos.

Podríamos decir algo semejante, de los “modelos revolucionarios” que se vuelven fetiches y no guías para la acción. Quienes consideran que la revolución es una receta a ser aplicada, una suerte de empaquetado ideológico no logran comprender las siguientes palabras: “Pero la historia nos dio también a nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro punto de vista de entonces. Y fue todavía más allá: no sólo destruyó el error en que nos encontrábamos, sino que además transformó de arriba abajo las condiciones de lucha del proletariado. El método de lucha de 1848 está hoy anticuado en todos los aspectos, y es éste un punto que merece ser investigado ahora más detenidamente.”

Tanto los modelos revolucionarios como las formas-medios de lucha cambian de acuerdo a las circunstancias y condiciones. Sin embargo, incluso en la valoración del terrorismo político, Marx y Engels expresaron su rechazo, y colocaron como contrapunto la acción de propaganda abierta, de organización y educación política de las mayorías. El Socialismo desde abajo es una unidad indisoluble con la democracia participativa de signo revolucionario.

Cuando después del declive de las revoluciones de 1848, la Liga Comunista se disolvió, estaba una vez más en conflicto con el "comunismo vulgar" de los putschistas, que querían sustituir con determinadas bandas de revolucionarios al movimiento de masas real de una clase trabajadora consciente. Marx les dijo: La minoría... convierte a la mera voluntad en la fuerza motor de la revolución, en vez de las relaciones reales. El voluntarismo y el decisionismo conducen inevitablemente a posiciones que desconectan al liderazgo de las bases, a formas elitistas de transformación. Las llamadas “vanguardias” comienzan a sustituir al movimiento de masas real.

El pensamiento marxiano nació en lucha auto-consciente contra los abogados de la dictadura educativa, de los dictadores salvadores, de los revolucionarios elitistas, de los comunistas autoritarios y de los liberales burgueses. Éste era el marxismo de Marx, no las monstruosas caricaturas estalinistas y neo-estalinistas, que tienen que ocultar que Marx declaró la guerra a todos los despotismos burocráticos. La lucha es entonces contra dos frentes, contra los que quieren invocar la naturaleza sacrosanta del capital, como contra aquellos que quieren modificar el capitalismo a fuerza de decretos sin multitudes concientes. Marx enlazó las ideas de socialismo y democracia desde abajo, contra-hegemónicas. Nada de socialismo desde arriba.

El Socialismo era o desde abajo o terminaría siendo una revolución controlada y traicionada: una caricatura de revolución. Por tanto, un socialismo desde abajo es posible, sobre la base de una teoría que ve las potencialidades revolucionarias en las amplias masas, incluso si parecen “poco maduras” en determinado momento y lugar. Son las multitudes populares las verdaderas protagonistas del cambio, y no un “socialismo que cae de algún centro de poder”, un socialismo platónico, un socialismo que sustituye a la inmensa mayoría por el elitismo de una camarilla, de comités centrales, o lo que es peor, por el fetichismo hacia jefaturas únicas. Pues hay una gran diferencia entre la democracia socialista y cualquier idolatría cesarista. Que el socialismo desde abajo corrija estas desfiguraciones políticas.

jbiardeau@gmail.com


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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