Los límites filosóficos del liberalismo

Desgraciadamente para el mundo intelectual y académico, después de la caída del Muro de Berlín, se ha verificado en muchas Universidades del mundo una ausencia de verdadera reflexión crítica contra el liberalismo y el capitalismo. Ello se ve plasmado no solamente en los temas investigados, sino también en los cursos impartidos en estas Universidades.

Ello ha contribuido al nacimiento de líneas alternativas de pensamiento en el seno mismo de la filosofía política que tratan de una manera u otra de criticar y resistir intelectualmente a la dictadura liberalista y capitalista actual, plasmada incluso en el mundo filosófico.

Es precisamente en este sentido que surge un debate que es imprescindible tomar en consideración a la hora de reflexionar filosófico-políticamente. El presente artículo, que será dividido en dos partes, se basa precisamente en dicho debate que comienza en el 1971 con la publicación de Teoría de la justicia de John Rawls, un libro de tendencia liberal que cambiará el modo de pensar los grandes problemas de la filosofía política. Tanto sus defensores como sus adversarios a través de un diálogo apasionante en relación a los principales puntos que rigen esta obra fueron construyendo de modo tempestivo a lo largo de todos estos años eso que podemos llamar el debate entre liberalistas y comunitaristas.

A partir del 1971 numerosos autores han respondido, creado, dejado y retomado diversas y muy variadas posiciones en relación a los puntos cardinales de la discusión: Dworkin, Taylor, Ackerman, Sandel, MacIntyre, Walzer, Williams, Raz, Larmone, Waldron, Kymlicka, Macedo, Galston, Nagel, Skinner, tal vez puedan ser nominados como los precursores a partir de los cuales la identificación de posiciones y términos fueron tomando forma. Pero la presente conferencia tratará, más que de autores, de temas fundamentales de la discusión. Para ello se ha de tomar en consideración dos principales críticas contra el liberalismo: la crisis del individualismo elevado a Moral y la crisis del capitalismo entendido como la propuesta política del liberalismo.

Primer límite del liberalismo:

La crisis del individuo: el individualismo elevado a Moral y su lucha contra la historia

El individuo contemporáneo posee una aversión en relación al pasado. Su lugar es un presente que lo deja perdido al no poder medir sus acciones y valores a través de eso que lo precedió.

Dos sociólogos estadounidenses, protagonistas del debate, tomando como paradigma dicha sociedad, han descrito de manera objetiva y reflexiva el status quo del individuo liberal contemporáneo. Tanto Bellah1 como Lasch2 de dos formas diversas describen y critican la misma realidad, fruto de un conflicto con el pasado: sujetos cerrados en sí mismos, incapacidad de comunicar el otro, ausencia de concepciones fuertes del bien y evasión de las propias responsabilidades sociales.

La crisis de la historia como imagen del pasado es de este modo la crisis de una historia que es cada vez menos leída por los ciudadanos, que es contada por los gobiernos sólo en parte, que es olvidada por el mercado en vista del futuro próximo, que es despreciada en las escuelas por sus defectos. La historia como imagen del pasado no es por ello sólo un recordar algunos aspectos importantes y positivos que marcaron el rumbo de una cierta sociedad. La historia en la arquitectura del fuero interno del individuo funciona como brújula existencial.

Un ejemplo de Taylor podría ayudarnos. De nada sirve que a un individuo que se encuentra perdido le venga donado un mapa con todas las especificaciones espaciales del terreno en el cual está, si antes no se le señala un detalle: el punto en el cual se encuentra él mismo. En este sentido la historia nos ofrece las coordenadas del lugar en el cual nos encontramos en el mundo. Entender la situación del individuo contemporáneo quiere decir por ello comprender que la misma es determinada por una crisis de la historia y del pasado.

Para Bellah uno de los primeros síntomas de la crisis de la historia puede ser encontrado en la ignorancia de muchos de los individuos por él entrevistados en Habits of the Heart en relación al propio pasado:

En nuestra sociedad, que mira siempre hacia adelante, somos más capaces de hablar del futuro que del pasado, nos es más fácil imaginar que nuestras diferencias son, en gran medida, consecuencia de un conflicto de intereses actuales. No obstante, incluso en el debate sobre nuestro futuro, la presencia de la tradición cultural, con sus diferentes componentes, es aún muy fuerte y nuestro diálogo sería mucho más acertado si fuéramos conscientes de este hecho3.

Para el individuo contemporáneo la narración de lo anterior se presenta como una práctica fuera de moda que, delante de la rapidez vertiginosa del presente, no le ayuda mucho en su vida cotidiana. Ello es determinado en gran medida por la concepción del tiempo en las sociedades a las cuales nos referimos. El tiempo del individuo occidental contemporáneo es determinado por un presente que cada vez más rápidamente se proyecta en el futuro. Un buen ejemplo de ello es la voz del mercado a través del marketing que le recuerda a la sociedad de comprar los ornamentos de navidad al final de octubre, o de pensar en la moda primaveral justo en medio del invierno. Todo ello conduce a una anulación espontánea del pasado y una adicción desesperada por el futuro:

Vivir el momento es la pasión dominante: vivir para uno mismo, no para nuestros predecesores o para la posteridad. Estamos perdiendo en forma vertiginosa un sentido de la continuidad histórica, el sentido de pertenencia a una secuencia de generaciones originada en el pasado y que habrá de prolongarse en el futuro4.

¡Carpe diem! Éste parece ser el imperativo de la sociedad contemporánea. Vivir sólo en el presente supone, en este caso, un silencio en relación al pasado. Silencio que atenta directamente contra la creación de sentido y sobre todo contra el conocimiento del bien que nos antecede y nos informa como individuos y sociedad.

La conciencia histórica parte de una narración del pasado: el silencio, entendido como ausencia de narración, hace entonces del individuo un narcisista cerrado en sus propias convicciones y su propio presente. La incapacidad de narrar nuestro pasado es la puerta que lleva al individualismo. La unión a través de una sociedad de individuos cerrados en sus propios presentes conlleva, a su vez, a una ausencia de interés del mundo social y, por ende, de la política.

El imperativo de la sociedad liberal contemporánea es la de fundar las propias convicciones sobre sí mismo. Este tipo de pensamiento atenta directamente contra el pasado. Sobre todo lo que sea pasado se crea, de este modo, un silencio en nombre de una idea tergiversada de autonomía del individuo contemporáneo que es necesario analizar.

La moral del individualista: el narciso contemporáneo y el dogma de la autenticidad

Debemos ahora hacer referencia al tipo de moral que se esconde detrás del «autónomo» individuo contemporáneo, pues no es cierto que detrás del individuo liberal, aparentemente liberado de toda moral, no se encuentre una moral especifica.

El individuo actual, partiendo de teorías y cambios socioeconómicos que datan del inicio de la modernidad, ha llegado a una moralidad concebida como «moral de la autorrealización». Esta moral se funda en el individuo mismo y posee como fin una serie de valores que no van más allá de sus elecciones personales. Como Lasch, también Taylor piensa que sería un grave error pretender explicar y entender este tipo de moral diciendo que se trata solamente de un tipo de egoísmo contemporáneo fundado en el suceso personal a toda costa. Es cierto que el contenido de esta afirmación constituye una característica notable dentro de la tipología actual, pero de ninguna manera puede funcionar como razón fundadora de la moral actual.

El problema actual es más complejo y está sobre todo en el hecho que si antes el individuo en ciertas situaciones ponía el propio interés y la propia existencia como anterior a todo y a todos, de una cierta manera, esta actitud delante de la vida no se colocaba como un telos absoluto al cual llegar. En nuestros días sí:

Lo importante de la cuestión estriba en que mucha gente se siente llamada a obrar de este modo, en que cree que debe actuar así, y tiene la impresión de que se desperdiciarían o desaprovecharían sus vidas de no actuar de esta forma5.

En este sentido el narcisismo descrito por Lasch se convierte en moral, es decir, en «deber ser». Detrás de dicha moral se encuentra un ideal muy fuerte que Taylor llama «ideal de la autenticidad». La autenticidad justifica cualquier comportamiento sólo a condición que nazca de los más profundos sentimientos del individuo. Todo lo que haga o pueda hacer el individuo será bueno si viene realizado de forma espontánea.

Partiendo de lo antes dicho, veamos cómo ideas que buscan el respeto por una autonomía individual pueden llegar a convertirse en fundamentos del narcisismo.

Al origen de la conquista de la autonomía contemporánea se encuentra entonces la ética de la autenticidad la cual presupone una riqueza de valores inmensa. Las raíces de este tipo de ética parecen salir en el tardío setecientos, donde la evocación Cartesiana a pensar independientemente y las teorías lockeanas6 de una voluntad personal prioritaria a la obligación social, dieron inicio a la emancipación del individuo. La edad romántica comenzó a desarrollar una crítica contra éstos últimos, considerando la racionalidad de la cual hablaban como desencarnada y portadora de un atomismo social7.

La noción que circulaba en los años setecientos veía en el individuo la capacidad de juzgar el mundo en su totalidad a través de un sentido moral casi intuitivo. El criterio moral dejó de ser una imposición extraña al individuo: nunca más el Estado, la religión, las estructuras sociales, etcétera, podrían influir en el juicio personal de cada persona. El antropomorfismo ganó terreno en esos años. Si antes el ser, la divinidad o el absoluto disponían de todo el poder, ahora parecía ser el individuo y su profundidad interna lo único «verdadero».

Rousseau se mostró como uno de los personajes más influyentes de esta nueva visión del individuo. La salvación moral para Rousseau está en el diálogo continuo con este «sentiment de l’existence»8. Encontrarnos con nosotros mismos es más importante que cualquier imperativo categórico, producto de órdenes que no dependen de nuestra interioridad.

Pero con Herder y su idea según la cual cada uno de nosotros posee, una manera original de ser hombre, se marca el inicio de una cierta perversión de la ética de la autenticidad. Según este autor cada persona, hombre o mujer posee en sí una medida propia del mundo9. Con este tipo de mentalidad nace el concepto de una libertad como mera autodeterminación. El ser humano será libre en la medida en que decida individualmente eso que le interesa. De esto se deduce la eliminación de los horizontes morales y, lo que es peor, la creación de una dimensión moral propia. Aquello que inició como una ética de la autenticidad a través del curso de la modernidad nos llega entonces como un ideal narcisista.

El problema radica en que detrás de la «relatividad moral» se esconde un «ideal moral» que consiste en la fidelidad a sí mismo:

¿Qué entiendo por ideal moral? Entiendo una descripción de lo que sería un modo de vida mejor o superior, en el que «mejor» y «superior» se definen no en función de lo que se nos ocurre desear o necesitar, sino de ofrecer una norma de lo que deberíamos desear. 10

La relatividad moral se convierte de este modo en un imperativo categórico a medida del narciso. Según Bellah nos encontramos frente a un profundo impasse, por el hecho que el individualismo moderno parece proponer una forma de vida que no es concretizable, ni individualmente, ni socialmente, y un regreso a las formas tradicionales significaría regresar a discriminaciones y opresiones intolerables.11

Segundo límite del liberalismo

Síntomas disfrazados de diagnósticos: la propuesta política del liberalismo

Pero detrás de dicha moral de la autenticidad se esconde una propuesta política. De hecho, el instrumento político del narcisista contemporáneo no es otra cosa que el capitalismo. Hemos de notar entonces que detrás de un argumento moral (el ideal de la autenticidad) se esconde un argumento político (el capitalismo) y que éste último, más que ser político, es económico.

Podemos considerar a Robert Nozick como una de las figuras emblemáticas del liberalismo de derecha o libertarismo actual. Este propone una pauta capitalista compuesta por el libre mercado y la limitación del Estado. Pero las razones que da Nozick para justificar el capitalismo son por lo demás radicales.

Muchos suponen que el implante del capitalismo obedece a razones de orden productivo, es decir que asumen el problema desde un punto de vista económico. Otros plantean que la pauta capitalista funciona como un medio eficaz para evitar la tiranía, encontrando en éste una solución política. Pero para Nozick estas dos vertientes del capitalismo son contingentes en cuanto ven en las soluciones capitalistas instrumentos en pro de fines económicos y políticos. Lo específico del liberalismo de derecha de Nozick va más allá de los dos puntos anteriores, afirmando que el libre mercado es algo intrínsecamente justo y, más aún, que la puesta en práctica del mismo obedece a una cuestión de derechos connaturales al individuo.

De todo lo antes dicho resulta que la propuesta libertarista que promueve el Estado mínimo, el libre mercado y la institución de un cierto tipo de derechos de propiedad del individuo, va más allá de todo ello, presentándose como una visión intrínseca de todo lo que el individuo es, proponiéndose entonces como meta el vasto territorio de la naturaleza misma del individuo.

Pero analicemos más de cerca los elementos principales de la propuesta liberal de autores como Nozick que, sin duda alguna, funciona como base teórica de eso que en el plano económico llamamos el neoliberalismo.

La dogmatización de los derechos individuales

La teoría de Nozick limita toda la dimensión individual y social del individuo al respeto por los derechos individuales, considerados como «derechos negativos»1. Los derechos de los cuales habla Nozick no proponen nada que no sea no pasar sobre ellos. A partir de los mismos se crea una «libertad negativa» la cual parece ser sólo el resultado de la prohibición por parte de los otros de intervenir en mis decisiones personales.

Según la teoría, la radicalidad de los derechos no debe ser valorada en consideración con las situaciones existentes, ni mucho menos en relación con las situaciones que se derivarán de la aplicación de los mismos. Juzgarlos de ese modo sería una acción utilitarista. Toda acción realizada, independientemente de los motivos por la cual fue realizada y del ambiente que la determinó, será juzgada sólo en relación a los derechos ya establecidos antecedentemente por el libertarismo.

A partir de este consecuencialismo implícito a la teoría surge el argumento del mercado. El mercado de Nozick puede ser definido como deontológico. Éste se justifica a partir del hecho que se presenta como la única institución económica coherente con la tutela de la igual libertad negativa para los individuos2. De hecho, de la dogmatización de los derechos individuales y de la fundación de los mismos en el mercado surge su propuesta del Estado Mínimo como solución política.

El mini del Estado y el hiper de los derechos

Nozick afronta la cuestión política a partir de su propuesta de un Estado mínimo. Según su modelo del «anárquico individualista» el planteamiento de la existencia de un Estado es «intrínsecamente inmoral» en cuanto: (a) Establece un monopolio del uso de la fuerza. (b) Castiga a aquellos que traten de violar ese monopolio. (c) Obliga a todos los individuos a ampararse en su protección. (d) Obliga a algunos a proveer los medios para proteger a otros según una pauta redistributiva.

De ello surge una conclusión categórica: plantear la existencia de un Estado quiere decir contradecir las necesidades básicas de las libertades individuales a través de la asignación de derechos exclusivamente individuales a una institución monopolizadora.

La posición sostenida por este defensor del Estado ultramínimo será congruente, si su concepción de derechos sostiene que forzarle, a usted, a contribuir al bienestar de otros, viola sus derechos; mientras que, el que alguien no proporcione a usted las cosas que necesita imperiosamente, incluyendo cosas esenciales para la protección de sus derechos, no viola por sí mismo sus derechos, aun si esto evita que sea más difícil para alguien violarlos3.

Eso que parece ser el respeto absoluto por la autonomía de cada individuo, a través de la imposibilidad de establecer obligaciones que no salgan de su esfera individual, traería consigo precisas consecuencias prácticas en el plano político y social:

Por ello no hay educación pública, ni atención sanitaria estatal ni cuidado del transporte, caminos, o parques. Todas estas actividades implican una tributación coercitiva sobre cierta gente en contra de su voluntad, lo que vulnera el principio de que «a cada uno como escoja, a cada uno según ha escogido»4.

Resultados de la propuesta política del libertarismo de Nozick

La desigualdad social y la inseguridad social

No siempre las prerrogativas impuestas a partir de una posición individual llevan a resultados positivos para el individuo o el grupo interesado. Es por ello que, incluso para el bien individual, las acciones en el campo político se deben desarrollar siempre a partir de un dato concreto que presuponga a todos los otros.

La inaplicación de este criterio nos lleva a un resultado observable en muchas ciudades del mundo en las cuales: (a) la puesta en práctica de exageradas políticas de libre mercado respetuosas de los derechos del individuo que, en cuanto tales, anulan la intervención redistributiva de los bienes en manos de poco, (b) han llevado a una desigualdad social que, a su vez, se hace tangible en (c) una inseguridad social atroz, que lleva por una parte a (d) medidas de seguridad privadas que hacen encerrar a los más privilegiados en urbanizaciones-cárceles y por otra (e) llevan al Estado a la práctica de medidas policiales y judiciales exageradas de carácter punitivo que tienen como mira a los presuntos sospechosos, es decir, a aquellos que poseen menos recursos.

Es importante notar que estas últimas medidas (e) se presentan entonces como las novedosas y sofisticadas soluciones a los problemas de inseguridad, diferencia social y atomismo social; cuando en realidad es el punto (a) el problema. Muchas de las soluciones liberales de nuestros días se presentan entonces como «síntomas disfrazados de diagnósticos»5. Es ilógico querer establecer políticas económicas y sociales basadas en el individualismo y querer resolver los inconvenientes que derivan de las mismas mediante medidas de represión. La solución se encuentra más bien en la puesta en práctica de verdaderas políticas sociales, no sólo de la redistribución de bienes, sino también de las libertades de los menos favorecidos. Igualdad y libertad van de la mano en cuanto una libertad neutral y desmedida, típica del capitalismo libertarista, lleva a una desigualdad que no permite el desarrollo de las posibilidades del individuo, quitándoles la libertad a los mismos; pero de igual modo una igualdad absoluta, típica de un Estado paternalista-perfeccionista, arrebata las diferencias naturales de cada uno, dejándolos sin sus libertades fundamentales.

La unión inusual: el liberalismo paternalista

Actualmente la confusión en el campo político ha llegado a niveles tales que derecha, izquierda, liberales, conservadores, democracia social, Estado mínimo, Estado paternalista, etcétera, parecen ser apelativos sin ninguna definición precisa. Ello gracias a una desconcentración en relación a las razones que fundan el liberalismo que hoy muchos critican sólo desde el punto de vista económico. Más allá de los partidos y las tendencias políticas particulares existe hoy día un modelo de Estado en las democracias occidentales con características comunes. Dicho Estado en sus propuestas políticas aplica de más en más un mínimo de redistribución social y de intervención en el mercado, y un máximo de intervención policial y procesos jurídicos.

Esta corriente viene catalogada como «liberal» en cuanto estableciendo un mínimo de intervenciones en el plano de los cambios económicos da lugar al crecimiento del mercado privado y, por ende, al incremento del capital privado. Desde este punto de vista el Estado se presenta como un Estado débil.

El problema está en que por otra parte se desarrollan políticas estatistas que presuponen una exagerada intervención estatal, y que se ven reflejadas en la acción contra la inseguridad, a través de políticas de mano dura policial y de leyes fuertemente punitivas que hacen del Estado un Estado fuerte.

Los proyectos de privatización de la educación ofrecen, por ejemplo, ventajas a los intereses individuales, obligando al Estado a no encaminar políticas perfeccionistas miradas a «educar ideológicamente» a los individuos, lo que para el libertarismo significaría dejar intactas sus libertades. A través de estas medidas el Estado sería entonces de nuevo Estado débil.

Pero por otra parte vienen invertidas grandes cantidades de dinero para preservar las «garantías» en relación a la «soberanía del Estado», a través de la compra o producción de armas de guerras y la puesta en práctica de duras políticas de inmigración, medidas a través de las cuales los individuos y el mercado son asegurados contra el peligro de una inestabilidad que venga del exterior. Podemos decir sin lugar a dudas que estas medidas hacen y presuponen entonces un Estado fuerte.

Podríamos hablar entonces de un proceso contemporáneo a través del cual nos vamos acercando cada vez más a la creación de una definición de Estado que en sí misma posee dos términos aparentemente incompatibles: liberalismo paternalista. Dicho Estado reposa en una concepción negativa de la libertad y los derechos individuales.

El problema radica en que una libertad, defendida como el valor que vale la pena de ser instituido, si deja de un lado una rectificación de las diferencias económicas y sociales entre los individuos, lleva irremediablemente a la supresión de la libertad misma.

De todo esto surge entonces un liberalismo paternalista, es decir, la mezcla de un Estado débil y un Estado fuerte, liberal y conservador que se transfigura sólo para asegurar la libertad del mercado (liberalismo) y suprimir los efectos negativos en la esfera social (paternalismo) a través de duras políticas de control judicial y policial. En teoría, un Estado débil que libere el mercado y un Estado fuerte que luche contra los posibles peligros que vengan de las víctimas de dicho mercado.

Conclusión: la imposición de nuevos valores políticos y la confusión contemporánea

MacIntyre es muy claro en su refuto total contra eso que él llama el «orden económico moderno», por ser éste una de las causas más efectivas del individualismo actual. Su refuto se ve reflejado sobre todo en el progreso inminente de dicho orden en relación a un «afán adquisitivo» y «su elevación de los valores del mercado al lugar central de la sociedad»6.

La política libertarista trata de imponer a través de la supuesta defensa de la libertad, valores nuevos relacionados con el mercado. Mas ¿Cómo podemos resumir la libertad humana a la libertad de intercambiar productos?, ¿cómo podemos limitar la justicia a la libertad de realizar estos intercambios privados? Resulta claro que detrás de las posibles respuestas que pueda dar el libertarismo a estas preguntas, se encuentra la institución de una nueva escala bien precisa de escondidos valores, explicados en la primera parte de esta reflexión.

Más allá de lo que nos puedan decir estas teorías en relación a la neutralidad y a la ausencia de valores, no parece muy complicado enunciar el nuevo valor que proponen: el nuevo hombre económico-individualista.

El punto de partida de esta institución de nuevos valores parece ser la confusión de ideas y valores. Como ya lo dijimos, en la teoría libertarista la dictadura del libre mercado es defendida a partir de derechos individuales, que entre otras cosas se presentaban como connaturales a cada uno de los individuos y cuya defensa se resumía en los derechos de propiedad. Toda esta unión inusual de derechos naturales, justicia, mercado y política capitalista, deja como saldo provisorio una confusión generalizada de lo contemporáneo.

En este sentido la confusión actualmente existente, encarnada en la política libertarista, ha llegado a hacer del amplio horizonte de la libertad un sinónimo de la realidad circunscrita del mercado libre capitalista.

La confusión de frente a la cual nos encontramos ha separado en fin de cuentas el ámbito individual del ámbito social, y con esto ha dejado la política fuera del alcance de las relaciones entre un yo y un tú real, haciendo de la sociedad una suma de individuos, un 1+1 que nunca dará como resultado un 2. La fragmentación es entonces el saldo, aparentemente definitivo, que nos ha dejado la modernidad.

Todo esto lleva en definitiva «a que la política moderna no pueda ser asunto de consenso moral auténtico. Y no lo es. La política moderna es una guerra civil continuada por otros medios»7. Como lo afirma Charles Taylor, «no podemos abolir el mercado, pero tampoco podemos organizarnos exclusivamente mediante mercados»8. De llevar a cabo políticas libertarias fundadas únicamente en el mercado y el capital iremos irremediablemente a un modelo fundado en la fragmentación social y el individualismo. Para terminar es necesario recordar a todos aquellos que ven el mercado capitalista como un remedio contra el peligro que representa la tiranía del Estado que, hoy día, «el peligro no lo constituye el despotismo, sino la fragmentación».

*Director del Centro de Investigaciones Teóricas (CENIT)

mperez@idea.gob.ve


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Miguel Ángel Pérez Pirela*

Doctor en Filosofía Política. Escritor. Comunicador. Investigador del www.IDEA.gob.ve. Conductor y Creador de Cayendo y Corriendo (VTV). Autor de la novela Pueblo.

 maperezpirela@gmail.com      @maperezpirela

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