Caudillismo petrolero, frustración popular

La sociedad venezolana viene arrastrando desde la aparición del petróleo, al menos, varias limitaciones que condicionan el funcionamiento de su metabolismo.

Es a partir del llamado ¨colapso rentístico¨, como causa sui que se hace evidente, con una condición que explica el funcionamiento del Estado rentista, con todas sus mediaciones convertidas en desviaciones, suerte de perversiones, que a su vez relacionan dos fenómenos, igualmente subyacentes, con efectos devastadores sobre las posibilidades de una transformación socioeconómica radical; por un lado el caudillismo petrolero, como directriz, fuerza hegemónica, representada por personajes que han caracterizado la vida nacional, desde su misma representatividad como Presidentes de la República, e igualmente como líderes, supuestamente, ejerciendo una jefatura indiscutible.

Por otro lado, la presencia de otro fenómeno complementario, una frustración popular, que tiene raíces históricas profundas que vienen sintiéndose desde la creación de la primera república en 1830, al manifestarse en continuas reivindicaciones aplazadas, deseos insatisfechos y anhelos incumplidos.

Como tercer lado de la ecuación, consecuencia de la misma presencia abarcadora del Estado rentista, la existencia de una serie de mediaciones, convertidas en desviaciones, claras perturbaciones tales como: el clientelismo rentista, el partido aparato, la corrupción generalizada, el mecanismo eleccionario en sus diferentes modalidades, y como tales, la inestabilidad producto de la ingobernabilidad reinante.

La savia proveniente del provento petrolero ha sido, lo continua siendo, aún después de la aparición del colapso con la ya mermada renta de hidrocarburos, el ambiente, que ha propiciado y profundizado la presencia de los dos fenómenos señalados: el caudillismo petrolero, por un lado, y la frustración popular, por el otro, como colofón, marco de referencia para comprender la dinámica interna de la lucha de clases en Venezuela, a lo largo el entero Siglo XX y lo que llevamos en las dos primeras décadas del Siglo XXI, nada menos y nada más que la entrada en el tercer milenio de nuestra era global.

Caudillismo petrolero, que tiene su expresión máxima en la supuesta pero eficaz creencia de un liderazgo indiscutible, labrado por la presencia de personajes que han cubierto la escena político social venezolana como Juan Vicente Gómez (1908-1935), Rómulo Betancourt y el Doctor Rafael Caldera (1936-1998), y finalmente, el Comandante Hugo Chávez (1992-2012), como última expresión de ese liderazgo indiscutible, propio de esa dependencia de una sociedad que ha hecho de la cultura rentista un modus vivendi, cuyos efectos melodramáticos, suerte de tragicomedia, que se vienen dando luego de la desaparición física de su último representante, el 5 de marzo del año 2013.

Sostenemos que no es posible comprender lo que nos ocurre en la actualidad como sociedad venezolana, si no ponemos sobre la mesa de análisis, tales contradicciones que ubican al Estado rentista, junto a ambos fenómenos: el caudillismo petrolero, por un lado, y su fiel compañero, la frustración popular.

Todo ello más allá del contexto geopolítico mundial, que determina no solamente a Venezuela como tal, sino a todo el globo terráqueo, sumergido en una crisis estructural del metabolismo del capital, que afecta de manera diferenciada a los casi ocho mil millones de seres humanos que habitamos, por los momentos al menos, el planeta Tierra.

Laberinto a ser superado que ya mostró en dos hechos indiscutibles: la rebelión popular de febrero del año 1989, y las rebeliones militares del año 1992. A lo cual siguió un período de distribución rentista, basado en el control de la renta petrolera por un lado, y el pago de una deuda social acumulada, posiblemente desde 1830. Período que ha quedado opacado, silenciado, como trágica involución, a partir de abril del año 2013, período nunca visto en la historia de Venezuela, cuestión que plantea de manera urgente, necesaria, una salida inmediata, que intente superar, al menos en un período de transición, el poder retomar un camino institucional que surja de la base popular, de una rebelión popular, que alimente las esperanzas tantas veces frustradas de la mayoría de la población, y que sea capaz de superar igualmente, a partir de un liderazgo político colectivo, ese fenómeno tan lacerante del caudillismo petrolero.



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Jorge Giordani

Ex-ministro de Planificación.


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