Nada es más terrible: que niños sicarios

Existen dos grandes culpables que en este mundo haya niños sicarios: por un lado, el capitalismo salvaje con su modo de explotación, saqueo y guerras depauperizando y degenerando a los seres humanos y, por el otro, el proletariado pragmático de las naciones imperialistas que se niega a hacer su papel emancipador de la humanidad. Convertir un niño en sicario es aprovecharse de la inocencia o ingenuidad de una criatura para deformarle la mente y transformarlo en un animal salvaje que no tiene raciocinio. ¿Es o no un crimen de lesa humanidad hacer ese papel?

            En casi todos los países de este planeta existen niños sicarios. En unos más que en otros. En Colombia, por ejemplo, hay como monte y, lastimosamente, en nuestra queridísima Venezuela, existen. Es un flagelo hasta más perverso que poner a niños a traficar con drogas. Crímenes ambos de lesa humanidad. Lo arrecho es que se sabe en demasía que mientras exista capitalismo en este mundo es difícil –incluso- reducir el porcentaje de niños sicarios, porque aumenta el narcotráfico, se incrementa la pobreza, se eleva la promiscuidad y se siguen haciendo guerras de rapiña, lo cual requiere de ese criminal flagelo: la utilización de niños como sicarios. Demasiados hombres en este planeta que nunca han llevado un niño por dentro y demasiadas mujeres que tampoco han llevado una niña por dentro. Pero, igualmente, es oportuno refrescar la memoria con un ejemplo maravilloso y sublime de una infancia que no se dedica ni al sicariato ni al narcotráfico sino a la lucha, en la medida de sus probabilidades y de su pequeño nivel de conciencia, por su patria o por las ideas que liberan a su pueblo del ignominioso régimen de opresión que domine el Estado de su nación. Recordemos, entonces, a los gloriosos niños de Vietnam que se convirtieron en una verdadera pesadilla para los impostares, para los mercenarios estadounidenses que pretendieron eternizarse en la región para que la aplastante mayoría de vietnamitas (hombres y mujeres) fuesen sus esclavos. ¡Viva ese género de niños luchadores por la redención de la humanidad!

            Luego de tres años de haber pagado condena un niño –deportado a Estados Unidos- que convirtió la guerra del narcotráfico en sicario es que se le viene a sacar punta al lápiz. Ese niño (Edgar Jiménez) se transformó en sicario por obtener dólares. Pero además se le agregaba que las órdenes de asesinar las cumplía bajo los efectos de las drogas. Doble el crimen cometido por los adultos que lo contrataban. Jesús Radilla (el negro), un adulto era quien le ordenaba cometer los asesinatos y Héctor Beltrán Leyva era el jefe del cártel de drogas en el Pacífico Sur para quien prestaba su servicio de sicario el niño Ponchis. Pero, igualmente, hay que sumar al método del niño Ponchis para asesinar a sus víctimas una macabra experiencia de paramilitarismo: degollaba a las víctimas. Y, para que la lista se alargue de monstruosidades cometidas por el niño Ponchis en su actividad de sicario, cuando no encontraban a la persona escogida o seleccionada para matarla, pasaban por las armas a cualquier inocente para que les pudieran cancelar el salario por su terrible y sucio trabajo. Que en este tiempo se viva esa realidad es la prueba más fehaciente de un mundo totalmente descompuesto que anda con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo.  Sólo el socialismo lo invertirá: cabeza arriba y pies hacia abajo como realmente debe ser.

En México el narcotráfico hace una guerra sin paz ni cuartel contra todo lo que considere le adversa. Y para ello, para no utilizar adultos, contrata niños para que hagan bien su papel de “inocentes” sicarios. Algo semejante se hace con el paramilitarismo y del cual Colombia posee incontables ejemplos macabros y terribles. El Ponchis perteneció a la banda denominada “Sanguinarios asesinos” y prácticamente todos eran menores de edad. ¿Hacen falta revolucionarios como los Zapata y los Villa para ponerle orden al desorden que tiene en México la democracia burguesa?

¿Quién asumirá la reconversión del Ponchis para que sea un ser humano capaz de convivir en sociedad sin continuar cometiendo más asesinatos? No faltarán, sin quitarles sus razones, las personas que se pregunten: ¿Tiene derecho a la vida el Ponchis cuando cometió terribles asesinatos y si ser menor de edad lo exculpa por completo de sus crímenes?

Es hora en que los adultos (hombres y mujeres), los jóvenes (muchachos y muchachas), los viejos maduros o verdes (ancianos y ancianas) y, especialmente, el proletariado, deben pensar con la cabeza fría y el corazón ardiente y decidirse, de una buena vez, a transformar este mundo y no dedicarse en una interminable inversión de tiempo en tratar de interpretarlo. Verga, en otras palabras, lo dijo Marx y no hay tu tía.



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Freddy Yépez


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