Arvelo Torrealba en mis recuerdos

Fui amigo del Dr. Arvelo (así lo llamábamos) y de su esposa Doña Rosa Ramos Calles y por un tiempo frecuenté su casa, que se encontraba en la Urbanización El Paraíso, en Caracas. Allí conocí a su hijo Alberto, al Dr. Tomás Gibbs, a la gente de “Contrapunto”, y muchas personas más. Antes, por otros medios, llegué a conocer personalmente al eminente médico psiquiatra, Dr. Raúl Ramos Calles, su cuñado.

Muchas veces emprendimos viajes en automóvil con el Dr. Arvelo y con nuestro común, querido y recordado amigo Alcibíades Musso Jiménez, nativo de Barinas de todos conocido como "Chiví", quien me introdujo en su intimidad familiar. De Valencia, a Acarigua, a Guanare a Barinas... Imagínense ustedes, de cuántas cosas no hablábamos: nosotros unos jóvenes inexpertos e ignaros con un hombre como Arvelo Torrealba, todo un Monumento Nacional. Pero al menos yo no lo veía tan grande como era, porque su talante era tan humano y sencillo; y que si bien lo trataba con respeto y admiración, a la vez lo hacía con cierta irreverente confianza, la que nos fuimos ganando poco a poco. Una vez nos encontramos con alguien, una persona que lo conocía y lo trataba con cierta familiaridad, quien le preguntó por su salud, y el Dr. Arvelo mostrando una cajita en donde guardaba sus medicinas le dijo: Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

- ¿Como voy a estar con todas estas pastillas que tengo que tomar

A lo que el amigo le dijo:

- Me extraña que usted esté enfermo, porque tiene muy buen semblante.

El Dr. Arvelo le respondió:

- Se equivoca usted, yo no estoy enfermo del semblante.

Así era él, un poco gruñón, “Chiví” y yo erramos regañados" con mucha frecuencia, indicándonos cómo teníamos que proceder ante ciertas situaciones que en el ejercicio de la profesión se nos presentaba. Era muy respetado en los Tribunales a los que en contadas ocasiones acudimos; y como el Dr. Arvelo se quejaba de los dolores que le producían sus piernas por la flebitis que lo aquejaba, a veces no quería caminar y entonces nos encomendaba que le trajéramos al Secretario del Tribunal o al Juez, quienes siempre acudían presurosos a atender, en el propio automóvil, al Dr. Arvelo.

¿Y porqué se desató ese caudal de recuerdos? Por las mismas razones que a Marcel Proust, en la constante búsqueda del tiempo ¿perdido? Así, de repente me vino a la memoria un dicho muy común en Barinitas, y que no estoy seguro que el Dr. Arvelo lo haya compartido con muchos. Es posible. El dicho popular se refería a dos damas muy famosas en Barinitas: una era Lolita Angulo y la otra la Zute Eleuteria, cuyos atributos físicos estaban en polos, muy, pero muy opuestos. Según me decía el Dr. Arvelo, en Barinitas, cuando la gente quería poner las cosas en su justo término, guardando el mayor equilibrio, decía: "No será Lolita Angulo, pero tampoco la Zute Eleuteria".

En aquellos años maravillosos de mi vida, una década estupenda para mi, (1958-1968), la posición política que entonces tenía es la misma que hoy tengo y se la manifestaba con mucho respeto y consideración al Dr. Arvelo, quien toleraba mis opiniones, que no estaban muy distantes de muchas de las suyas y de su pensamiento, aunque muy moderadas, por supuesto. Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.

En cierta ocasión el Dr. Arvelo me refirió ciertas cosas íntimas de su persona, que en aquella época eran nada relevantes, pero cosas íntimas al fin, que he guardado celosamente y que después de la muerte de “Chiví”, quien también era nativo de Barinas, me las he tomado para mí solo. A lo mejor estoy exagerando, pues son cosas baladíes que mucha gente ya sabrá y habrá comentado, pero a mí no me consta. Me refiero a una de esas intimidades, y concretamente a los "ojos color del ensueño” y de las "pupilas color del alma de la resaca azulita", que no serían otros que los de Lolita Angulo.

Desde hace muchos años podría haber escrito sobre esas cosas, pero algo me había frenado. Quizá sea muy melindroso, pero he llegado a la conclusión de que tenía que hablar este asunto.

Celosamente guardo en mi archivo el recorte del obituario del Dr. Arvelo, donde está estampado mi nombre. Me recuerdo mucho de unos gallos de plata que servían de centro de la mesa del comedor de la casa del Dr. Arvelo. Esos recuerdos no devoran mi alma, al contrario alimentan mi espíritu. ¡Que Dios te guarde poeta”

Internet: "La Página de Omar Montilla"

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Omar Montilla


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