A propósito de la expulsión de Venezuela de otro exiliado vasco

No nos gusta, no lo entendemos, no lo callamos.

Carlos Aznárez (Periodista)
Director de Resumen Latinoamericano

Después de haber sido secuestrado durante cuatro días (entre el pasado
sábado y el martes en que fue puesto en un avión hacia Madrid), el exiliado
vasco José Ramón Foruria Zubialdea se apresta a pasar por esos tribunales de
excepción denominados Audiencia Nacional Española, donde seguramente se lo
condenará -como a muchos hijos de su rebelde pueblo vasco- a varios años de
prisión.

Esto no es nuevo en el panorama de los luchadores vascos. Ni tampoco lo es
que se condenen las ideas, la decisión de pensar distinto, la lengua en la
que se expresan desde hace miles de años los habitantes de Euskal Herria
(País Vasco) ni las torturas, las detenciones sin causa, las
deportaciones,los cierres de diarios, revistas y radios, los asesinatos de
militantes vascos. Nada de eso puede asombrar en un mundo donde mandan gente
como Bush, Blair, Sharon o Aznar, por citar sólo a algunos de los carniceros
que se han erigido en paladines del capitalismo y el imperialismo.

Tampoco nos puede llamar la atención que al calor de lo que se ordena desde
Washington, Madrid o Paris se sigan machacando las ansias de los vascos de
autodeterminarse y tratar de ser independientes, a pesar de todo la que les
está cayendo encima.

No, todo eso entra dentro de las generales de la ley, como se suele decir,
cuando los pueblos se revuelven contra la opresión y el colonialismo. Desde
Túpac Amaru hasta el último militante antiimperialista que en este mismo
momento se estará rebelando -con rabia y coraje- en cualquier rincón del
planeta.

Pero lo que no nos cierra, lo que no nos cabe dentro de nuestra concepción
internacionalista solidaria con todos y todas las que luchan, es que José
Ramón Foruria Zubialdea haya sido secuestrado y extraditado desde nuestra
querida Venezuela Bolivariana. Y lo decimos con el máximo respeto y
fraternidad hacia un pueblo y un gobierno al que no dudamos en defender y
apoyar en toda su práctica revolucionaria frente a los mismos enemigos que
habitualmente padecen los pueblos de Latinoamérica y el resto del Tercer
Mundo.

José Ramón Foruria, vivía desde hace 15 años en Venezuela, era parte de un
grupo importante de ciudadanos vascos que habían sido perseguidos por otros
gobiernos españoles por sus ideas y que fueron recogidos -en marcos de
absoluta legalidad- por las autoridades venezolanas de entonces.
Pero de un tiempo a esta parte, justamente cuando quedan claras -sobre todo,
desde la asonada fascista de abril del 2002 contra Hugo Chávez y la
Revolución bolivariana- los estrechos lazos entre los gobiernos de EEUU y
España con los golpistas, la situación de los refugiados y exiliados vascos
en ese país ha tornado a complicarse.

Al caso de Foruria hay que agregar el de Víctor Galarza Mendiola, expulsado
el 2 de junio de 2002 y el de Sebas Etxaniz Alkorta, enviado a Madrid el 17
de diciembre de ese año. Ambos, detenidos-secuestrados en circunstancias más
que oscuras.

La pregunta que nos hacemos como bolivarianos y antiimperialistas, que
defendemos a la Revolución que encabeza Hugo Chávez en todos los sitios
donde sea necesario, es ¿qué está ocurriendo con esta repetición de
situaciones más que graves? Sobre todo, porque se trata de ciudadanos que
habitan en Venezuela desde hace muchos años, que tienen sus familias
constituidas allí, que tienen hijos nacidos en Venezuela y que además,
hacían una vida pública como cualquier otro mortal.

¿Es tan importante la presión del gobierno español, el mismo que no dudó en
apoyar la "presidencia" ilegitimo de Pedro Carmona en abril del 2002? ¿Pesa
tanto esa presión para que policías, jueces y otros magistrados que deberían
intervenir a efectos de asegurar la legalidad de estos ciudadanos vascos,
eludan trámites que son normales en cualquier país del continente, y envíen
-con nocturnidad y alevosía- a los secuestrados hacia las cárceles
españolas?

Obviamente, tenemos en cuenta que puede haber razones de Estado que se
pueden argumentar para tomar tales o cuales medidas, pero no podemos dejar
de manifestar nuestro dolor y nuestra tristeza sobre estos hechos porque NO
ENTENDEMOS NI AVALAMOS que los ciudadanos vascos sean tratados como
mercadería de intercambio para calmar las ansias represivas de un gobierno
(el español) que no dudó en participar de la masacre del pueblo iraquí ni en
sumarse a cualquiera de las aventuras guerreristas ideadas por EEUU.

Menos aún, podemos comprender que en estos tres casos se hayan violado todas
las normas legales de la República Bolivariana de Venezuela, ya que cada uno
de los detenidos-secuestrados no pasaron por tribunal judicial alguno, no
contaron con asistencia letrada y mucho menos pudieron comunicarse con sus
familiares. Fueron cazados como animales salvajes, enjaulados y
transportados hacia el matadero.

Lo repetimos. No nos gusta, no lo entendemos, no nos vamos a callar, como
sabemos que tampoco lo harán numerosos compañeros y compañeras venezolanas
que una y otra vez han manifestado su solidaridad con los exiliados vascos
en Venezuela. Por encima de todo, está la solidaridad internacionalista y
las denuncias de la injusticia venga de donde venga. Esto es lo que hemos
aprendido de Bolívar, San Martín, Abreu de Lima, Morazán y nuestro
inolvidable Che Guevara.
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Carlos Aznárez/Resumen Latinoamericano/ Revista Koeyu Latinoamericano

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