LE MONDE | 20.09.02 |
Plaza San Martín, en el corazón de Buenos Aires, los barrenderos aun no han pasado. A dos pasos del lujoso hotel Plaza, acurrucado sobre la acera, en medio de la oscuridad y del frío invierno austral, Diego, 10 años, lame los restos de un pote de yoghurt. A su lado, su madre, María, se arremanga las mangas para introducir sus manos en un saco de basura colocado en el suelo. Lentamente, con cuidado de no herirse, busca algo de comer. Mendrugos de pan, restos de legumbres y huesos en los que quede aun algo de carne, con los que poder hacer una sopa. Frente a las puertas de un edificio de lujo, su marido y su hija mayor recogen cartones y pilas de periódicos dejados en la calle, los que amontonan con cuidado en un carrito de supermercado. Como ellos, todas las tardes, no más caída la noche, miles de mendigos hambrientos y cartoneros invaden todos los barrios de la ciudad.
La misma escena se repite en todas las grandes ciudades argentinas. Familias enteras, muchos adolescentes, mujeres y retahílas de críos. Esos ejércitos de hormigas silenciosas son inofensivas. Pero, en la ciudad mal iluminada por causa de la crisis, esas sombras furtivas e inquietantes refuerzan el clima de inseguridad que reina en Buenos Aires, en la que se han multiplicado las agresiones y los secuestros. Imposible por lo tanto de ignorarlos. Se cruza uno con ellos en cualquier lugar ya que son parte del paisaje urbano. Se les llama los "nupos", "nuevos pobres". Son los desechos de la nueva Argentina, hundida desde diciembre pasado en la crisis económica más grave de su historia, en la que se ha producido una depauperación acelerada, sin precedente en un país que hace apenas un año estaba entre los más ricos del continente. Más de la mitad de la población, es decir 19 millones de personas, viven ahora en la pobreza, y cerca de 9 millones en la indigencia. Los planes de auxilio distribuídos por el Gobierno – 150 pesos al mes (42 euros) – a los jefes de familia desempleados no bastan para llenar la cesta básica cuyo costo estimado está en 600 pesos al mes. A falta de cifras oficiales, el sociólogo Artemio López estima que entre 30 y 40 mil personas viven de lo que consiguen en los pipotes de basura.
"Al principio tenía vergüenza", confiesa María, 30 años, antigua empleada doméstica que perdió su trabajo hace cuatro meses y que, todas las tardes, viene de Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires, con su familia. "No tenía otra alternativa, mi marido, que es electricista, también está desempleado y hay que vivir de algo. Trato de convencerme que esto es un trabajo como otro cualquiera y que es mejor que tener que robar." Aprendió rápidamente y ya, de una sola mirada, es capaz de evaluar el contenido de un saco de basura. Los cartoneros recolectan cartones - la actividad ha dado lugar al nacimiento de todo un vocabulario que se ha incorporado al lenguaje corriente -, papeles, pero también las latas de aluminio, potes de conservas, botellas de cristal o plástico. Todo aquello que pueda ser vendido a fábricas de reciclaje.
Después de haberse devaluado el peso en un 70%, a principios de enero, los precios han subieron, y el del cartón se incrementó de 3 a 40 céntimos de peso el kilo. Un buen mes, la familia puede hacer entre 200 y 300 pesos (entre 55 y 80 euros). "Lo más duro, es sentirse degradado en lo humano", dice María, quien ha perdido la cuenta de las veces que se ha cortado los dedos con objetos filosos. Hay que caminar horas, kilómetros arrastrando cargas que a veces sobrepasan los cien kilos. Algunos lo hacen a pie, otros en bicicleta, en tren y mismo subidos sobre carretas arrastradas por caballos. Han transformado a Buenos Aires en una "Corte de los milagros", mientras que los folletos turísticos la presentan como el "París de América Latina".
En la estación de Colegiales, barrio burgués de Buenos Aires, uno de los últimos trenes de la noche ha sido bautizado con el nombre de "tren fantasma", porque es en el que regresan a sus casas hordas de miserables que, la mirada perdida, se amontonan en rudimentarios furgones. Frente al número creciente de ellos y a las quejas de los demás usuarios, la sociedad privada que explota la línea de ferrocarril ha puesto a disposición de los cartoneros un tren especial, destartalado, sin asientos para así dejar más espacio a las carretillas, sin luz, sin calefacción. Enlaza la capital con José León Suárez, un terminal miserable de la provincia de Buenos Aires.
El tren no hace más que cuatro paradas, frente a andenes repletos de carretillas, las que son izadas a bordo en un perfecto orden. En un wagon sin puertas, Lucía, 15 años, y su hermano Juan, de 17, asoman sus cabezas al exterior, hacia un aire helado, para así luchar contra el sueño. Es medianoche, pero la jornada está lejos de haber concluido. Hay que hacer aun el trillaje del papel, de los periódicos, de los cartones que cada uno ha almacenado en su casa antes de ir a revenderlos en los depósitos especializados. "Abandoné la escuela", dice Juan. "Mis padres están en el paro, y hace falta que los ayude." Le gustaría que su hermana, al menos, pudiera continuar con sus estudios. " ¡A condición de que me despierte por la mañana! exclama Lucía, quien sueña con ser aeromoza.
Los fines de semana hay menos cartones, pero Juan y Lucía no paran por esa causa. "Vamos a tocar las puertas en los barrios ricos para pedir alimentos no perecederos", señala Juan. Durante el día, como tantas otras bandas de adolescentes, Juan pasa horas en cruces de vías estratégicos de Buenos Aires limpiando parabrisas de automóviles, a cambio de unas cuantas monedas. La deserción escolar se disparó en Argentina en la que hoy el 70% de los niños son pobres, según cifras oficiales.
Contrariamente a los cartoneros que trabajan en familia, Pablo, 50 años, antiguo chófer de autobús, hace viajes con un camión, junto con otros vecinos de La Matanza, barrio pobre de Buenos Aires. Camiones que recorren la provincia y recogen cartoneros por centenares para llevarlos hasta el centro de la capital. "La zona financiera es una mina de oro, porque, con todos esos bancos y oficinas, allí hay toneladas de papel y de cartón", afirma Pablo quien ni siquiera sabe a quienes pertenecen los camiones. Le pagan 10 pesos por viaje y, una vez terminado el trabajo, hacia las dos de la madrugada, puede al fin irse a descansar.
Los cartoneros siempre han existido, pero, desde el derrumbe del país, su número se ha multiplicado ante la crisis que ha aniquilado la clase media argentina, otrora la más importante del continente Latinoamericano. El 60% de los cartoneros son hoy antiguos obreros, textiles o de la construcción, que han perdido sus trabajos, según lo revelas un estudio de la Universidad Nacional General Sarmiento. En le barrio marginal 31 bis de Retiro, encajado entre la estación del tren y la autopista, gruñe la cólera. Los casi 200 cartoneros que viven desde hace años de los depósitos de basura de la capital se quejan de una competencia que tienen por desleal. " Con los cartoneros que trabajan como nosotros ya sea individualmente o en familia, no hay problema" , dice Cristina, la que desde hace tres años se rebusca, con su hijo de 13 años, en los pipotes de basura del centro de la ciudad. Pero están aquellos, dice ella, "que son traídos en camiones desde la provincia. Están armados y nos roban nuestros territorios. Son bandas organizadas que nos desposeen del 25% de nuestro botín. Trabajan para patrones, los que sin duda son los mismos dueños de las fabricas de reciclaje y que tienen la posibilidad de sobornar a la policía", acota Walter, el jefe de los cartoneros de Retiro. Walter, al que le apena esta "guerra de pobres contra pobres", confiesa tener miedo. Los habitantes del barrio marginal han denunciado a la policía, señalando que son perseguidos y que se les imponen multas por "manipulación ilegal y robo de basura."
Por estos delitos, el año pasado, el Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, persiguió a los cartoneros y les secuestró sus carretillas. Ibarra se había amparado en una ordenanza de tiempos de la última dictadura (1973 – 1983). La medida, cuyo objetivo es luchar contra marginales de cualquier especie, sigue en vigencia y prohibe en principio la recuperación de la basura. Los mismos militares habían prohibo tambien la incineración de la basura, creando además un Ente para el tratamiento de la basura, el que aun está en funciones. Depositada para su trillaje en gigantescos basureros a cielo abierto, situados en terrenos que debían convertirse en la zona verde de Buenos Aires, los residuos de basura acumulados han dado lugar al nacimiento de una montaña de basura, maloliente y contaminante. "La recolección de basura es un "business" que deja mucho dinero, por lo que hay mucho contrabando", dice Walter. Las empresas profesionales dedicadas al tratamiento de la basura, contratadas y pagadas por las municipalidades, estiman que los cartoneros les han robado entre un 5 y 10 por ciento del volumen de basura que recogen normalmente para su comercialización. Por lo cual, la competencia salvaje de los cartoneros se tiene por una autentica amenaza. "Los mejores residuos, se los guardan para ellos los profesionales y los montan en sus camionetas para ir a revenderlos", señala Walter, el que hace algunos días trató de acercarse, junto con otros cartoneros, a un depósito de basura. "Nos dispararon encima, cómo si fuéramos conejos."
Christine Legrand
Traducido por Juan Vicente Gómez G.