La oscura vida de Clara o El Síndrome de Estocolmo.

Cada mañana, Clara se levanta y, antes de colar el café, antes de cepillarse los dientes y lavarse la cara, antes de besar a su pareja y a los niños, enciende el televisor para sintonizarse con el captor de sus ideas.

En lugar de ver un sol radiante al despertar, Clara se desayuna con un buenos días que, más que un saludo, parece un escupitajo. Una locutora, como sacada de un casting para la novia de Drácula, se encarga de ensombrecer un día que podría ser precioso, con un panorama aterrador.

Las noticias más que hechos son amenazas, los análisis son augurios apocalípticos, las tertulias, rosarios grotescos de mentiras y burlas. Veinticuatro horas de agresiones que Clara acepta como una realidad inevitable, sin darse cuenta que Globovisión y otros canales secuestraron su tranquilidad hace años.

Con el desayuno atragantado, se despide de su marido para siempre, como cada mañana. Con los ojos maléficos de Aymara Lorenzo en la mente, no nota que su pequeña va al cole con los ojitos llenos de lagañas.

Salen tempranito, porque a Clara le toca su ‘’pico y placa’’, como cada miércoles. Sube a los niños al carro y sintoniza la radio en cualquier estación que le recuerde que su vida está un paso de convertirse en pesadilla. Los niños atrás, escuchan cómo su futuro será negro, mientras matan bichitos en su gameboy.

Clara llega al colegio y se dirige a la administración para pagar su donación obligatoria, es una manera muy ingeniosa que descubrió el colegio para contrarrestar la medida del gobierno, que tuvo el tupé de congelar las matriculas escolares para que la educación de calidad que reciben sus niños, como todo en este país, termine de desmoronarse.

Aunque tenga que comer mierda. -piensa Clara con rebeldía, mientras paga en efectivo para no dejar rastros de su patriótico acto de desobediencia civil.

Una vez en su oficina, Clara recibe una noticia que no esperaba, hoy no va a cobrar su sueldo de siempre, desde ahora será un poco más pobre por el bien de la empresa. Este gobierno nos está ahorcando.- explica el jefe. -Ya no es rentable hacer lo que hacemos, por lo que pido que nos apretemos los cinturones para que esta gran familia que somos pueda seguir de pie y unida. Una vez dicho esto se sube el pez gordo en un avión rumbo a Saint Marteen, mientras Clara se pregunta cómo va a hacer con la donación obligatoria, con la póliza de salud, con la ropa de los niños y las piñatas que cuestan un ojo de la cara.

Clara necesita despejarse, por lo que va al centro comercial a comprar cualquier tontería que, a modo de Alka Seltzer, le proporcione alivio instantáneo. Compra una pintura de labios igualita a una que compró hace tres meses en mayami. Allá pago ocho dólares por ese tubito embellecedor. Aquí le cobran diez veces más por el mismo producto, pero ella lo paga, porque no es culpa del comerciante, sino de Chávez y su control de cambio.

No hay leche. Aunque Clara tiene diez latas de leche en polvo en su despensa, trata de conseguir un poco mas por si acaso. Es increíble, -dice indignada a otra señora que busca lo mismo sin éxito. -La regulación afecta el margen de ganancia de los empresarios y comerciantes. ¿Como va a haber leche? ¿Es que acaso pretenden que esa gente trabaje como burros para ganar tres centavos?

No hay leche, ni carne, ni huevos, ni pollo, ni arroz, ni azúcar, no hay ninguno de los productos que están sometidos al yugo caprichoso de Chávez. Pero hay productos lácteos que no están regulados, leche en polvo con sabor a vainilla, hay queso, yogur, hay ketchup picante y light, hay postres ricos en las panaderías, toditos llenos de huevo y azúcar, hay todo lo que no hay, pero disfrazado de otra cosa. Eso es culpa de Chávez.

Al final de la tarde, Clara recoge a los niños en el cole. Al menor lo castigaron tres día sin recreo por gritarle a la maestra ‘’¿Por qué no te callas?’’. Mami, no te pongas brava, -dice el chico- si te vi aplaudiendo como loca cuando el rey le dijo así a Chávez.

Al llegar a casa, descubre que el vigilante no está. Lo botamos por chavista. -dice la presidenta del condominio. -Menos mal que se dieron cuenta. -respira aliviada nuestra oscura Clara, que esta noche no pegará un ojo pensando en esa puerta sin vigilancia y en ese ex vigilante chavista.

Clara está aturdida porque no viene mas la señora de servicio. Resulta que la muy traidora, después de todo lo que he hecho por ella, después de haberle abierto las puertas de mi casa para que la limpiara, le ha dado por meterse en la misión no se que cosa para luego trabajar en una cooperativa. A este ritmo no va a haber quien quiera trabajar de verdad verdad.

Ya lo habían advertido el Aló ciudadano, ya nos avisaron cómo nos van a ir desangrando estos comunistas.

Clara vive una vida oscura, es el jamón de un sandwich amargo. Se encuentra defendiendo intereses que atentan contra los suyos solo por evitar el peligro que se cierne sobre ella y su familia: La nube roja, violenta y devastadora del comunismo.

‘’Que me rebajen el sueldo, que me vendan capuccinos con leche que no es leche porque tiene vainilla, que regresen los créditos indexados, que regrese Lusinchi con todo y barragana, quiero a que La Bicha me amargue mi café en señal abierta, quiero marchar y marchar hasta que se gasten mis zapatos, que se vaya Chávez, que lo saquen como sea…’’

Hiperventila en la cama Clara, pero no porque su marido la esté sobando. Ni ella ni él están para esas cosas, no vaya a ser que tengan otro niño que en cualquier momento les vayan a quitar.

A través de sus ojos abiertos y secos por un sueño que nunca llega, entran nuevas amenazas, nuevas certezas de que el final está cerca. Recuerda aquella frase tan graciosa de su no lejana juventud: ‘’A tirar, a tirar que el mundo se va a acabar.’’ Pero nada, no se acaba el mundo, solo se acaba su país.

Mas allá, cruzando el pavoroso Caribe, pasando sobre la isla inmombrable, allá arribita está la civilización. Allí todos tiran seguramente, pero no porque el mundo se vaya a acabar sino porque son felices.

Kiko y Carla se ríen y Clara llora. Viene el himno y Clara tiembla de pavor.

Abajo cadenas, grita Clara como el señor, cagándose en el pobre en su choza que libertad pidió.

En la mañana la veo salir con sus ojeras oscuras como su vida. Clara, -le digo, no crees que sería bueno que no vieras mas Globovisión, que escuches a tus niños en el carro en lugar de oír a Marta Colomina, que no te sigan envenenando, que no dejes que sigan secuestrando tus ilusiones, tus ideas, tu alegría.

Una mirada furiosa hizo que sus ojos cobraran vida por un momento. Fue entonces cuando supe que tanto tiempo en cautiverio solo podía dar paso al Síndrome de Estocolmo.

¿Sabes que es eso Clara?

No, -respondió- pero si viene de ti, es otra mentira chavista.

Y se subió en su camioneta, la vi alejarse con sus dos NO pintados en los cristales, con su tortícolis crónica, con esa vida de mierda por la que está dispuesta a morir, con su terror aumentado porque los chavistas habíamos agregado un nuevo elemento a su lista horrores: El Síndrome de Estocolmo.

¿Qué carajo será eso?...


carolachavez.blogspot.com



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Carola Chávez

Periodista y escritora. Autora del libro "Qué pena con ese señor" y co-editora del suplemento comico-politico "El Especulador Precóz". carolachavez.wordpress.com

 tongorocho@gmail.com      @tongorocho

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