El escenario internacional atraviesa una fase de descomposición acelerada. El secuestro de Nicolás Maduro, las amenazas abiertas de anexión de Groenlandia y la presión sistemática sobre Cuba y América Latina no son episodios aislados ni caprichos de un dirigente excéntrico. Son la expresión concentrada de un cambio profundo en la política mundial, donde la fuerza, el chantaje y la violación de la soberanía vuelven al centro de la escena.
El imperialismo estadounidense, lejos de ser un garante de estabilidad, se presenta hoy como un factor activo de caos global. Estos hechos reflejan la dinámica de las contradicciones capitalistas: cuando el capital ya no puede gobernar mediante el consenso, cuando las instituciones se vacían de contenido y las promesas de prosperidad se convierten en frustración social, la dominación se sostiene cada vez más sobre la coerción y el autoritarismo.
La política exterior de Trump no es una anomalía. Es la cristalización de una tendencia histórica: el recurso al militarismo y al expansionismo como salida reaccionaria frente a la crisis del capitalismo.
La historia nos ofrece una advertencia clara. En los años treinta, la quiebra del orden tras la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y revoluciones derrotadas, abrieron el camino al ascenso del fascismo. Hitler no surgió del vacío: fue producto de la crisis, de la fragmentación del movimiento obrero y de la parálisis de las potencias "democráticas" que toleraron su avance.
Hoy, aunque los tiempos y formas son diferentes, vemos un proceso parecido: un orden mundial en ruinas, organismos internacionales desacreditados y potencias que prueban hasta dónde pueden llegar sin encontrar resistencia real.
Por eso, el objetivo aquí es analizar los paralelos estructurales entre Trump y Hitler, no desde comparaciones de estilo o moralismo, sino desde el materialismo histórico. Queremos entender qué hay detrás del expansionismo, el desprecio por el derecho internacional y el recurso creciente a la fuerza. Queremos ver cómo estas políticas se relacionan con la crisis orgánica del capitalismo y qué lecciones plantea la historia para la clase trabajadora.
Hoy estamos en un momento crítico: los límites del imperialismo se están poniendo a prueba. Y de la respuesta consciente de los trabajadores dependerá si esta escalada nos arrastra hacia una nueva guerra mundial o abre la puerta a la emancipación social.
La crisis orgánica del capitalismo mundial
El capitalismo mundial atraviesa una crisis orgánica profunda, es decir, una crisis que no se limita a oscilaciones coyunturales del ciclo económico, sino que atraviesa simultáneamente las esferas económica, política y social, erosionando los fundamentos mismos de la dominación burguesa. No se trata de un "mal momento" del sistema, sino de una fase histórica de descomposición, en la que los mecanismos tradicionales de regulación ya no logran restablecer el equilibrio ni garantizar estabilidad duradera.
En el plano económico, el sistema se encuentra atrapado en una combinación explosiva de estancamiento, inflación persistente, endeudamiento masivo y caída tendencial de la tasa de ganancia. Décadas de financiarización, sobreacumulación de capital y destrucción de fuerzas productivas no han resuelto las contradicciones de fondo; apenas las han desplazado y agravado. Los Estados se endeudan hasta niveles históricos para sostener bancos, empresas estratégicas y mercados financieros, mientras descargan el costo de la crisis sobre la clase trabajadora mediante recortes, precarización y ataques a salarios reales. La promesa neoliberal de crecimiento infinito se ha revelado como una ficción ideológica.
Esta crisis económica se traduce inevitablemente en una crisis política. Los regímenes liberales pierden legitimidad a ojos de amplias capas de la población. Los partidos tradicionales se vacían de contenido, la representación parlamentaria se convierte en una cáscara formal y la polarización se agudiza. La burguesía ya no puede gobernar como antes, pero tampoco encuentra una salida estable dentro de los marcos democráticos que ella misma construyó. En este contexto, emergen figuras autoritarias que prometen orden, fuerza y grandeza nacional, canalizando el descontento social por vías reaccionarias.
En el terreno social, la crisis se expresa en la precarización generalizada de la vida. Millones de trabajadores sobreviven en condiciones de inseguridad permanente, mientras aumentan las migraciones forzadas producto de guerras, saqueo imperialista y colapso económico. El viejo consenso social —basado en la idea de progreso, movilidad ascendente y estabilidad— se rompe definitivamente. La sociedad capitalista ya no puede ofrecer un horizonte creíble para la mayoría; solo administra la escasez, el miedo y la competencia entre oprimidos.
Este cuadro no es nuevo en la historia. El paralelo con la Gran Depresión de los años treinta es evidente. Entonces, como ahora, el capitalismo entró en una crisis orgánica que desbordó los marcos institucionales existentes. El colapso económico, la bancarrota de los partidos burgueses tradicionales y la incapacidad de la socialdemocracia para ofrecer una salida revolucionaria abrieron el camino al fascismo. Hitler fue la expresión política de una burguesía desesperada, dispuesta a aplastar al movimiento obrero y lanzarse a la expansión militar para resolver sus contradicciones internas.
La lección histórica es clara y brutal: cuando el capitalismo entra en crisis orgánica, la tendencia dominante no es la reforma ni la paz, sino el autoritarismo y la guerra. Incapaz de garantizar estabilidad por medios económicos y políticos "normales", la clase dominante recurre a la fuerza, al militarismo y al expansionismo como mecanismos para recomponer su hegemonía. No porque sean racionales o sostenibles, sino porque son las únicas salidas que el sistema decadente puede ofrecer.
En este marco debe entenderse la política actual de las grandes potencias, y en particular la de Estados Unidos bajo Trump. El militarismo, el desprecio por el derecho internacional y la escalada de tensiones no son anomalías, sino manifestaciones necesarias de un capitalismo en fase de decadencia histórica. Frente a esta dinámica, la alternativa no puede ser la nostalgia por un orden liberal que ya no existe, sino la construcción consciente de una salida revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.
El militarismo como salida a la crisis
Cuando el capitalismo entra en una fase de crisis orgánica prolongada, el militarismo deja de ser un recurso excepcional y se convierte en un instrumento central de gobierno. No se trata simplemente de una política exterior más agresiva, sino de una reorganización general del poder burgués, en la que la fuerza armada asume un papel decisivo para sostener un orden social cada vez más frágil. En este sentido, el militarismo no es una desviación irracional, sino una respuesta estructural del capital en crisis.
En primer lugar, el militarismo cumple la función de reordenar mercados y esferas de influencia. Cuando la competencia capitalista se intensifica y los mecanismos "pacíficos" de expansión —inversión, comercio, endeudamiento— resultan insuficientes, la guerra y la amenaza de guerra aparecen como métodos directos para garantizar acceso a recursos, rutas estratégicas y mercados cautivos. La violencia estatal se convierte así en un medio para resolver, por la fuerza, contradicciones que el mercado ya no puede absorber.
En segundo lugar, el militarismo es un instrumento para imponer hegemonía internacional. Las potencias dominantes, enfrentadas a rivales en ascenso y a la erosión de su supremacía histórica, recurren a la demostración de fuerza como mensaje político global. No se trata solo de derrotar enemigos concretos, sino de advertir al conjunto del sistema internacional quién dicta las reglas. La política de hechos consumados —intervenciones, amenazas, despliegues militares— busca disciplinar tanto a adversarios como a aliados vacilantes.
Pero el militarismo cumple también una función decisiva en el plano interno: sirve para desviar y contener las tensiones sociales provocadas por la crisis. La movilización nacionalista, la creación de enemigos externos y la lógica de "estado de emergencia" permiten justificar recortes de derechos, represión y sacrificios sociales en nombre de la seguridad. La guerra —real o latente— se convierte en un mecanismo de cohesión forzada de una sociedad profundamente fracturada por la desigualdad de clase.
La experiencia histórica del fascismo alemán ilustra con claridad este proceso. Hitler no recurrió al militarismo por impulso personal o delirio ideológico, sino como eje central de un proyecto burgués de salvación nacional. El rearme masivo, la economía de guerra y la disciplina social impuesta por el Estado nazi permitieron reducir el desempleo, revitalizar sectores industriales clave y aplastar al movimiento obrero. La militarización de la sociedad fue presentada como una salida a la humillación, la crisis y el caos, preparando al mismo tiempo el terreno para la expansión imperialista.
En el presente, la política de Trump debe analizarse bajo esta misma lógica. La intervención directa, las amenazas militares abiertas y el desprecio por las formas diplomáticas tradicionales no son simples gestos de provocación, sino expresiones de una estrategia de fuerza consciente. El secuestro del presidente en Venezuela, las amenazas territoriales y el lenguaje de dominación buscan reafirmar la hegemonía estadounidense en un contexto de declive. Al mismo tiempo, estas acciones refuerzan internamente una narrativa de orden, poder y grandeza nacional frente a una sociedad profundamente polarizada.
En ambos casos, el militarismo aparece como una respuesta sistémica a la crisis del capitalismo. No es el resultado del carácter individual de Hitler o Trump, ni puede explicarse únicamente por factores ideológicos. Es la forma que adopta el poder burgués cuando ya no puede gobernar mediante el consenso ni ofrecer mejoras materiales duraderas. La violencia organizada del Estado se convierte entonces en el último recurso para preservar un orden social históricamente agotado.
Esta dinámica encierra una advertencia fundamental: el militarismo no resuelve la crisis, la profundiza y la generaliza. Lo que comienza como una "salida" a problemas internos termina inevitablemente en guerras más amplias, destrucción masiva y nuevas catástrofes para la clase trabajadora. Frente a ello, la tarea histórica del proletariado no es alinearse con ninguna fracción del militarismo imperialista, sino oponer a la lógica de la guerra la perspectiva del internacionalismo proletario y la revolución socialista.
Expansionismo imperialista
La expansión territorial y geopolítica ha sido históricamente un rasgo distintivo del capitalismo en crisis. Cuando los mercados internos se saturan y las viejas formas de acumulación dejan de funcionar, la burguesía recurre a la conquista de espacios estratégicos, recursos y mercados extranjeros como válvula de escape para sus contradicciones internas. Esto no es un accidente personal de ciertos líderes, sino una lógica estructural del imperialismo en descomposición.
Hitler y el Lebensraum.
El proyecto nazi no fue mera retórica belicista, sino un programa explícito de expansión territorial. El concepto de Lebensraum —"espacio vital para el pueblo alemán"— sintetizaba la necesidad de conquistar territorios en Europa del Este para asegurar recursos, mano de obra barata y mercados para la burguesía alemana. La anexión de Austria, los Sudetes y la eventual invasión de Polonia reflejaron este objetivo: no sólo dominar mercados, sino reorganizar la geografía política en beneficio del capital alemán, allanando el camino para la guerra continental.
Trump y la "Doctrina Monroe".
En la coyuntura actual, la administración Trump ha recuperado y radicalizado el espíritu de la Doctrina Monroe, originalmente formulada en 1823 para impedir la intervención europea en el continente americano y, con el tiempo, convertida en justificación de la hegemonía estadounidense en la región. Es una política de dominación directa del hemisferio occidental, en la que Venezuela, Cuba y el Caribe son presentados como esferas bajo control estratégico estadounidense. El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y la declaración de que "este es nuestro hemisferio" ilustran este viraje explícito hacia la intervención abierta y la hegemonía unilateral en la región.
Pero la expansión no se limita al sur: la intención declarada de incorporar o controlar Groenlandia —denunciada incluso por líderes daneses como inaceptable— inscribe este proyecto imperial en una lógica global de acaparamiento de territorios estratégicos con recursos naturales y posiciones geopolíticas clave.
En ambos casos la expansión no es defensiva; es un programa imperialista consciente, impulsado por la lógica de acumulación y hegemonía del capital en crisis. Se trata de dominar regiones enteras para asegurar recursos, mercados y posiciones estratégicas, sin importar las fronteras o soberanías establecidas.
El expansionismo moderno de Trump, como el de Hitler en los años 30, se acompaña de una violación explícita de soberanías y normas internacionales. El secuestro de líderes extranjeros, la amenaza de anexión de territorios reconocidos y el uso de la fuerza para influir en gobiernos soberanos constituyen un desprecio consciente por los tratados y las instituciones creadas en la posguerra para preservar la estabilidad internacional.
Este quiebre de límites no es incidental, sino parte de un mensaje más amplio: el poder imperial ya no siente la necesidad de disimular su dominio bajo el manto de la legalidad o la diplomacia tradicional. Al contrario, la conquista de espacios geopolíticos se convierte en la forma en la que las grandes potencias intentan reconfigurar un orden mundial que consideran cada vez más obsoleto.
Tanto Lebensraum como la reinterpretación agresiva de la Doctrina Monroe reflejan una misma lógica del capital en su fase más destructiva: la expansión territorial y geopolítica como herramienta para intentar resolver contradicciones internas, asegurar recursos y mercados, y proyectar hegemonía en un sistema internacional cada vez más fragmentado y conflictivo. El expansionismo no es un "error" del sistema, sino uno de sus modos de funcionamiento cuando las vías pacíficas de acumulación han dejado de bastar.
Quiebre del orden mundial
El expansionismo, el militarismo y la política de fuerza no emergen en el vacío. Son síntomas y aceleradores de un proceso más profundo: el quiebre del orden mundial existente. Tanto en los años treinta como en la coyuntura actual, asistimos a momentos en los que las estructuras internacionales creadas para estabilizar el capitalismo dejan de cumplir su función. Cuando el orden ya no garantiza la reproducción "pacífica" del capital, las potencias imperialistas comienzan a romperlo abiertamente.
El orden internacional posterior a la Primera Guerra Mundial, cristalizado en el Tratado de Versalles y en la Sociedad de Naciones, fue un intento de las potencias vencedoras de reorganizar el mundo capitalista bajo nuevas reglas, manteniendo la dominación imperialista y conteniendo las tensiones revolucionarias abiertas por 1917. Sin embargo, este orden nació débil, contradictorio e inestable.
Versalles no resolvió las contradicciones del capitalismo europeo: las agravó. Alemania fue humillada, fragmentada económicamente y sometida a cargas que estrangularon su desarrollo. Lejos de garantizar la paz, el tratado sembró resentimiento, crisis y descomposición social. La Sociedad de Naciones, por su parte, se mostró incapaz de imponer sus decisiones: carecía de fuerza material y dependía de la voluntad de las mismas potencias que violaban sus principios cuando sus intereses lo exigían.
Con la Gran Depresión de 1929, este frágil equilibrio colapsó. El comercio internacional se contrajo, el proteccionismo se generalizó y cada potencia comenzó a actuar por su cuenta. El ascenso de Hitler fue inseparable de este proceso: Alemania rompió abiertamente con Versalles, se retiró de la Sociedad de Naciones y comenzó a rearmarse y expandirse sin encontrar una resistencia efectiva. El orden mundial de posguerra no solo estaba cuestionado: estaba muerto, y su cadáver abrió el camino a la Segunda Guerra Mundial.
Tras la caída del estalinismo y la disolución de la URSS, se configuró un nuevo orden mundial bajo hegemonía estadounidense. Se habló de un "mundo unipolar", del "fin de la historia" y de una era de estabilidad basada en el libre mercado, la democracia liberal y el multilateralismo. En realidad, se trató de un orden imperialista, en el que Estados Unidos actuó como árbitro global, garante armado de la expansión del capital financiero y las multinacionales.
Las instituciones multilaterales —ONU, FMI, Banco Mundial, OMC— funcionaron como instrumentos del capital, legitimando intervenciones, imponiendo ajustes estructurales y disciplinando a los países dependientes. Mientras la economía mundial crecía y la hegemonía estadounidense parecía incuestionable, este orden pudo sostenerse, aunque siempre mediante guerras "periféricas", saqueo y violencia.
Hoy, ese orden se resquebraja aceleradamente. Ya no garantiza estabilidad, ni crecimiento sostenido, ni control político. La crisis económica prolongada, el ascenso de nuevas potencias, la fragmentación de los bloques imperialistas y la rebelión social en múltiples países han vaciado de autoridad real a las instituciones internacionales. La ONU es ignorada, los tratados se violan sin consecuencias y el derecho internacional se reduce a un instrumento cínico, aplicado solo contra los débiles.
La política de Trump expresa este quiebre de forma brutal y abierta: desprecio por los organismos internacionales, ruptura de acuerdos, amenazas de anexión territorial y uso directo de la fuerza como método de política exterior. Ya no se intenta preservar el orden existente, sino imponer uno nuevo por la coerción, o al menos asegurar ventajas en medio del caos.
En este sentido, el paralelismo histórico es claro: así como en los años treinta el orden surgido tras la Primera Guerra Mundial colapsó bajo el peso de la crisis capitalista, hoy se quiebra el orden construido tras la caída del estalinismo. En ambos casos, el imperialismo responde no con cooperación, sino con nacionalismo agresivo, militarismo y expansión, preparando el terreno para choques de mayor envergadura.
El quiebre del orden mundial no anuncia una transición pacífica hacia algo superior. Bajo el capitalismo, anuncia más guerras, más barbarie y más sufrimiento para la clase trabajadora, a menos que una fuerza revolucionaria internacional logre intervenir conscientemente en la historia.
Tanteo de límites y ausencia de resistencia
En el corazón de las dinámicas expansionistas del imperialismo hay un patrón histórico que se repite cuando las potencias dominantes perciben debilidad o falta de voluntad para confrontar sus acciones: el tanteo sistemático de límites. Tanto en el periodo que condujo a la Segunda Guerra Mundial como en el presente, esta táctica ha servido para probar hasta dónde puede avanzar una potencia sin encontrar una resistencia efectiva que frene sus impulsos agresivos.
En los años 30, Hitler puso en práctica esta estrategia con claridad al remilitarizar la región del Rin y avanzar sobre Austria y los Sudetes. La histórica remilitarización del Rin en 1936 violó el Tratado de Versalles y los acuerdos de Locarno, y ni Francia ni Gran Bretaña organizaron una respuesta militar que la detuviera. La inacción ante este claro atropello materializó la política de hechos consumados que caracterizó los primeros pasos de la agresión nazi dirigida a reconfigurar Europa. Asimismo, en 1938 durante la llamada política de "apaciguamiento", los aliados permitieron la incorporación del Sudetenland a Alemania sin oponer resistencia significativa, lo que reforzó la percepción de Hitler de que podía avanzar sin consecuencias militares serias.
Hoy, ese mismo patrón de tanteo y medición de límites es evidente en la política exterior de Donald Trump. Tras la intervención militar en Venezuela, donde la operación para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y consolidar la influencia estadounidense impactó profundamente las relaciones latinoamericanas y las convenciones diplomáticas, Trump ha continuado con una serie de amenazas diversas en múltiples frentes. Estas incluyen no solo la presión sobre Venezuela y Cuba, sino también sobre Colombia, México y especialmente Groenlandia —una isla autónoma bajo soberanía danesa rica en recursos y estratégicamente ubicada en el Ártico— a la que Trump ha insistido en reclamar por motivos de "seguridad nacional".
La respuesta internacional ha sido desigual y, en muchos casos, insuficiente para frenar la escalada. Los gobiernos de Dinamarca y Groenlandia han rechazado con firmeza la idea de ser absorbidos por Estados Unidos, y se han reafirmado en la autodeterminación de su pueblo, incluso recibiendo solidaridad pública de sectores europeos. Sin embargo, estas declaraciones, aunque importantes políticamente, aún no se traducen en una resistencia coordinada y decidida capaz de imponer límites concretos al expansionismo estadounidense.
Este vacío de resistencia efectiva recuerda que —en tanto el orden mundial ya no se sostiene sobre un consenso hegemónico estable— los actos de agresión pueden consolidarse únicamente con tal de que no exista un contrapeso real. El tanteo de Trump no es un error táctico ni la expresión de un carácter belicoso particular: es una exploración consciente de hasta dónde puede llegar el imperialismo sin costarle un conflicto abierto con otras potencias o con una coalición internacional sólida.
Más aún, la ausencia de una reacción contundente no solo a nivel de gobiernos —que en muchos casos prefieren el diálogo o la diplomacia cautelosa para no desestabilizar acuerdos económicos o militares—, sino también a nivel de movimientos sociales y de masas, refuerza la percepción de impunidad. Esta dinámica produce una espiral de escalada: cuanto más se prueba que no hay resistencia real, más se intensifica la audacia, y más lejos están los límites de la expansión imperial de cualquier restricción práctica.
La lección histórica de los años treinta y la experiencia contemporánea muestran que la ausencia de resistencia no detiene al agresor; lo valida. En ambos momentos, la política de hechos consumados —sea en Europa ante Hitler, sea en el hemisferio occidental ante Trump— ha encontrado un terreno fértil en la debilidad o la fragmentación de las oposiciones políticas e institucionales. Esta tendencia no solo impulsa la expansión territorial y geopolítica, sino que también alimenta un clima en el que la lógica de la fuerza sustituye a la de la ley y la diplomacia se relega a la retórica vacía.
Desprestigio y parálisis de los organismos internacionales
El quiebre del orden mundial y la escalada imperialista no sólo se expresan en la acción directa de las potencias, sino también en la impotencia creciente de los organismos internacionales creados precisamente para evitar ese tipo de desenlace. En los momentos de crisis orgánica del capitalismo, estas instituciones revelan su verdadero carácter: lejos de ser árbitros neutrales, son estructuras subordinadas a la correlación de fuerzas entre las potencias imperialistas. Cuando esa correlación se rompe, los organismos quedan paralizados, desacreditados y vaciados de contenido real.
La Sociedad de Naciones: impotencia frente al fascismo
En los años treinta, la Sociedad de Naciones fue el ejemplo más acabado de esta bancarrota. Concebida tras la Primera Guerra Mundial como garante de la paz y la cooperación internacional, nunca dispuso de los medios materiales ni de la voluntad política para enfrentar a las potencias agresoras. Frente a la remilitarización de Renania, la anexión de Austria, la ocupación de los Sudetes o la invasión italiana de Etiopía, la Sociedad de Naciones respondió con resoluciones vacías, llamados morales y condenas formales.
La razón era estructural: la Sociedad de Naciones no representaba un interés "general de la humanidad", sino el equilibrio inestable entre potencias capitalistas rivales. Cuando ese equilibrio se quebró, la institución quedó reducida a un cascarón. Su impotencia no fue un error técnico, sino la demostración de que no puede existir un derecho internacional efectivo mientras subsista la anarquía del capitalismo y la competencia imperialista.
ONU, OEA y OTAN: condenas sin capacidad de freno
En la actualidad, la ONU, la OEA y otros organismos multilaterales atraviesan un proceso similar de desgaste acelerado. Formalmente más robustas que la Sociedad de Naciones, estas instituciones han demostrado una incapacidad crónica para frenar guerras, intervenciones y violaciones flagrantes de la soberanía de los Estados cuando estas son impulsadas por las grandes potencias.
La ONU emite resoluciones que son ignoradas sistemáticamente; el Consejo de Seguridad está paralizado por vetos cruzados; la OEA actúa como instrumento directo del imperialismo estadounidense en América Latina, perdiendo toda pretensión de neutralidad; y la OTAN, lejos de ser un organismo defensivo, se ha transformado en un brazo militar ofensivo, utilizado para imponer por la fuerza los intereses del capital occidental.
Las acciones de Trump evidencian este desprecio estructural por los organismos internacionales. Las "condenas" diplomáticas no alteran el curso de los acontecimientos. No existe un mecanismo real de freno porque el imperialismo dominante ya no necesita siquiera simular respeto por esas instituciones.
Pérdida de legitimidad ante las masas
Este proceso tiene una consecuencia decisiva: la pérdida de legitimidad de los organismos internacionales ante las masas trabajadoras. Para amplios sectores de la población mundial, la ONU, la OEA o los tribunales internacionales aparecen como estructuras hipócritas, selectivas y funcionales al poder de las grandes potencias. Condenan a los países débiles, pero callan o justifican las agresiones de los fuertes.
Este descrédito no conduce automáticamente a una conciencia revolucionaria, pero sí erosiona las ilusiones en la legalidad internacional burguesa. Cada nueva guerra tolerada, cada resolución ignorada, cada intervención impune refuerza la percepción de que el "orden internacional" no es más que la ley del más fuerte maquillada con retórica jurídica.
El derecho internacional subordinado a la fuerza
El resultado final de este proceso es claro: el derecho internacional queda subordinado a la fuerza militar. Las normas, tratados y organismos sólo tienen validez mientras no contradigan los intereses estratégicos del capital imperialista dominante. Cuando lo hacen, son barridos sin contemplaciones.
Este fenómeno no es una anomalía, sino una expresión coherente del capitalismo en crisis orgánica. En ausencia de un poder revolucionario internacional que imponga una alternativa, el mundo avanza hacia una situación en la que la política internacional se rige cada vez más por la coerción directa, el chantaje militar y la violencia abierta.
Así como la impotencia de la Sociedad de Naciones fue el preludio de la Segunda Guerra Mundial, el descrédito actual de los organismos internacionales anuncia una fase de conflictos más agudos, guerras regionales y enfrentamientos entre potencias, en la que la clase trabajadora será llamada a pagar los costos de una crisis que no ha creado. La única salida progresiva no pasa por "reformar" estas instituciones, sino por superar el sistema social que las condena inevitablemente a la bancarrota.
Rearme mundial
El avance del militarismo y del expansionismo imperialista tiene una expresión material concreta: el rearme mundial acelerado. No se trata de decisiones aisladas ni de una suma de políticas nacionales inconexas, sino de una tendencia global que refleja la profundidad de la crisis orgánica del capitalismo. Cuando el sistema ya no puede garantizar estabilidad, crecimiento y cohesión social por medios "pacíficos", se prepara para resolver sus contradicciones por la vía de la fuerza.
En la actualidad asistimos a una carrera armamentística a escala planetaria. Las grandes potencias incrementan sus presupuestos militares, amplían sus ejércitos, modernizan arsenales y desarrollan nuevas doctrinas de guerra. Estados Unidos, Europa, Rusia y China —cada uno desde su posición específica en el sistema imperialista— destinan recursos colosales a la producción de armas, mientras se recortan derechos sociales y se profundiza la explotación de la clase trabajadora.
Este rearme no es defensivo. Es la consecuencia directa de un mundo en el que los equilibrios anteriores se han roto y donde la fuerza militar vuelve a ocupar el lugar central como instrumento de la política internacional. La competencia económica se traduce cada vez más abiertamente en competencia militar, y los conflictos comerciales, tecnológicos y energéticos se preparan para resolverse, llegado el momento, mediante la coerción armada.
El rearme contemporáneo no solo implica más armas, sino armas cualitativamente más destructivas. La modernización tecnológica ocupa un lugar central: drones, misiles de largo alcance, sistemas hipersónicos, inteligencia artificial aplicada a la guerra, ciberarmas y militarización del espacio. El capital no solo invierte en la guerra tradicional, sino en nuevas formas de destrucción masiva que reducen los tiempos de decisión y aumentan el riesgo de escaladas incontrolables.
Este proceso revela una contradicción brutal: en un mundo que produce riqueza suficiente para garantizar condiciones de vida dignas para toda la humanidad, recursos gigantescos son desviados hacia la destrucción organizada. El complejo militar-industrial se convierte en uno de los sectores más dinámicos de la acumulación capitalista, alimentándose de la crisis misma que contribuye a profundizar.
El paralelismo histórico con los años treinta es ineludible. Entonces, tras el colapso del orden de posguerra y en el marco de la Gran Depresión, el rearme se presentó como una salida económica y política a la crisis. En Alemania, el nazismo utilizó la economía de guerra para reducir el desempleo, disciplinar a la clase obrera y preparar la expansión imperialista. En otras potencias, aunque con discursos distintos, el resultado fue similar: la preparación material para un conflicto generalizado.
Hoy, el rearme cumple una función análoga. Actúa como estímulo económico artificial, como herramienta de control social y como preparación estratégica para choques futuros. No es casual que este proceso avance al mismo tiempo que se desmoronan los organismos internacionales, se normaliza el uso de la fuerza y se multiplican los conflictos regionales.
El rearme mundial es la prueba más contundente de que el capitalismo contemporáneo no se prepara para la paz, sino para la confrontación. Las declaraciones diplomáticas sobre estabilidad y seguridad contrastan con una realidad en la que los Estados se arman hasta los dientes, anticipando escenarios de guerra abierta.
Desde el punto de vista de la clase trabajadora, este proceso es profundamente reaccionario. El rearme significa más recortes sociales, más propaganda nacionalista, más represión interna y, finalmente, la posibilidad concreta de ser enviada a morir en guerras que no responden a sus intereses. Como en los años treinta, la burguesía intenta hacer pagar a las masas el precio de su propia crisis histórica.
El rearme mundial no es una anomalía pasajera, sino un síntoma de que el sistema se adentra en una fase de choques más violentos. Frente a ello, la alternativa no puede ser la ilusión pacifista ni la confianza en instituciones desacreditadas, sino la organización consciente e internacionalista de la clase trabajadora para impedir que la humanidad vuelva a ser arrastrada a una catástrofe aún mayor que las del siglo XX.
Advertencia histórica y tareas de la izquierda
Trump no es una anomalía histórica ni un simple desvío personalista, sino una expresión concentrada de la decadencia del capitalismo imperialista en su fase actual. Su política de fuerza, su desprecio por las normas internacionales, su expansionismo abierto y su recurso sistemático al militarismo no rompen con la lógica del sistema; la llevan a su forma más desnuda y brutal.
Los paralelos con los años treinta no deben ser entendidos como un ejercicio académico o una advertencia moral abstracta. Son una señal de peligro histórico. Entonces, la combinación de crisis orgánica del capitalismo, quiebre del orden mundial, rearme, expansión imperialista y ausencia de resistencia efectiva condujo a la mayor catástrofe del siglo XX. Hoy, la repetición de esos mismos elementos —en condiciones tecnológicas y destructivas infinitamente superiores— anuncia no estabilidad ni "reacomodos pacíficos", sino el riesgo real de guerras mayores, devastación social y barbarie generalizada.
Frente a esta situación, la izquierda reformista y socialdemócrata aparece completamente desarmada. Su estrategia de confiar en las instituciones internacionales, en el derecho burgués o en la "moderación" de las potencias imperialistas se revela no solo ilusoria, sino peligrosa. Estas fuerzas no ofrecen una salida, sino que desarman políticamente a la clase trabajadora, sembrando expectativas en estructuras que han demostrado su bancarrota histórica.
Ante esta perspectiva, se plantean tareas urgentes e ineludibles para la clase trabajadora y la izquierda revolucionaria:
Romper con las ilusiones institucionales.
No existe una salida progresiva dentro del marco del orden internacional capitalista. La ONU, la OEA, la OTAN y demás organismos no son garantes de paz, sino mecanismos subordinados a la correlación de fuerzas entre imperialismos. La izquierda debe decir la verdad a las masas: no habrá freno real al expansionismo y al militarismo mientras se mantenga intacto el sistema que los genera.
Construir organización política independiente.
La crisis del capitalismo abre espacios para la intervención consciente del proletariado, pero solo si este actúa de manera independiente de la burguesía y sus agentes políticos. Esto implica reconstruir partidos revolucionarios, fortalecer sindicatos combativos y desarrollar formas de autoorganización que permitan a la clase trabajadora intervenir como sujeto histórico, no como fuerza de maniobra de uno u otro bloque imperialista.
Oponer el internacionalismo obrero al expansionismo imperialista. Frente al nacionalismo reaccionario y al chauvinismo militar, la respuesta no puede ser el apoyo a "imperialismos rivales", sino el internacionalismo proletario. La consigna no es elegir entre potencias, sino unir a los trabajadores de todos los países contra sus propias burguesías, contra la guerra y contra el sistema que la engendra.
La historia no se repite mecánicamente, pero sí castiga duramente a quienes no extraen sus lecciones. Los años treinta demostraron que la pasividad, el legalismo y el reformismo allanan el camino a la reacción y a la guerra. Hoy, cuando los síntomas de una nueva catástrofe se multiplican, la responsabilidad histórica de la izquierda revolucionaria es enorme.
O el proletariado logra intervenir con un programa socialista e internacionalista, o la humanidad será arrastrada nuevamente por la lógica destructiva del capital en crisis. Esta no es una advertencia retórica: es la alternativa histórica concreta que se abre ante nosotros.
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