La guerra en Ucrania, la decadencia yanqui-europea y los estertores del billete verde

El Imperio yanqui ha provocado otra conflagración muy lejos de sus fronteras: la intervención de Rusia en Ucrania es el corolario de las constantes agresiones del régimen neonazi de Kiev -apoyado por Washington y Bruselas- a las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, ubicadas en la región de Donbass. Hay que recordar que en 2014 hubo un golpe de Estado en Ucrania, promovido por la CIA, que depuso al presidente legítimo de esa nación eslava -Viktor Yanukovych- cuando éste decidió suspender la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea. De hecho, en Donbass (sureste del país) surgieron dos Estados que ya hemos mencionado con anterioridad (Donetsk y Lugansk) para desconocer la pretérita medida de fuerza y resistir la oleada fascista que buscaba exterminar a los habitantes rusoparlantes de esa parte de Ucrania (*). Desde 2014, más de 14 mil personas han sido asesinadas en Donbass, entre éstas decenas de niños, por el pertinaz bombardeo del ejército de Kiev sobre dichas coordenadas. En vista de esta delicada situación y debido a que la seguridad nacional de Rusia ha estado en peligro ante las amenazas de Ucrania de unirse a la infame OTAN (lo que violaría los acuerdos suscritos entre James Baker, secretario de Estado de EEUU durante el gobierno de Bush padre, y el presidente de la antigua URSS, Mikhail Gorbachov, de no extender la Alianza Atlántica hacia Europa del Este), Vladimir Putin -presidente de Rusia- autorizó la incursión militar en dicho territorio el pasado 21/02 y a pedido de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, las cuales habían sido reconocidas horas antes por el Kremlin. Mediante el Tratado Dos Más Cuatro firmado el 12 de septiembre de 1990, se buscaba que Moscú aceptara la reunificación de Alemania y que ésta fuese miembro de la OTAN bajo la condición soviética de que este organismo militar no continuase sumando aliados en el campo del ya desaparecido Pacto de Varsovia. El tiempo ha develado que todo fue un engaño de los yanquis: la OTAN siguió creciendo y los guarismos no mienten, ya que de 12 naciones fundadoras que tenía en 1949 -que luego subieron a 16 en 1990- ahora dispone de 30, de las cuales 28 están en el Viejo Continente. Es evidente que la decisión de Putin tiene un carácter estratégico (**) y como líder nacionalista, como estadista que es, ha actuado para evitar que continúe una masacre que acumula ocho años en Donbass y ha envalentonado a los neonazis de Kiev..

Moscú tiene motivos de bastante peso para entrar a Ucrania: ambos tienen una herencia en común al ser descendientes del primer Estado eslavo fundado en el siglo IX por escandinavos autodenominados "rus". De la federación medieval conocida como Kyivan Rus, se derivaron Rusia y Ucrania. Desde 1764, este último terruño pasó a integrar el Imperio Ruso y fue así hasta la Revolución Bolchevique de 1917, cuando estalló la guerra de independencia ucraniana y se sucedieron distintos gobiernos en un período de aguda inestabilidad que duró cuatro años. Con la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922, nació la República Socialista Soviética de Ucrania, a la que se añadió más superficie en su flanco izquierdo (ganada a Polonia) al final de la Segunda Guerra Mundial. Si no fuese por la implantación del socialismo en el país más vasto del orbe, Ucrania ni existiría en la actualidad puesto que sería un componente más de la Federación Rusa. Hasta los idiomas de estas naciones son muy parecidos, ya que comparten el alfabeto (con algunas variaciones), la gramática es similar y 62% de las palabras son comunes, por ejemplo. Demasiada razón tiene Putin al afirmar que -a grandes rasgos- son un mismo pueblo. Por desgracia, los neonazis de Ucrania -como los de las repúblicas bálticas- albergan un odio visceral contra Rusia y han emprendido una campaña brutal de rusofobia desde el desmembramiento de la antigua URSS, en 1991. Todo ello, desde luego, instigado desde Occidente y no es gratuito que hayamos atisbado el brote de agrupaciones políticas neonazis en varios países de Europa durante las décadas pasadas. Es la misma rusofobia que promovió el golpe de Estado de 2014 en Kiev y sirvió de justificación para la matanza de civiles inocentes en Donbass, ante las retinas cómplices de Washington y Bruselas. ¡Pura hipocresía!

La llegada de soldados rusos a las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, y el posterior avance de estos hasta las puertas de la urbe de Kiev, es una operación necesaria para detener el aniquilamiento de rusoparlantes en Donbass y evitar la escalada a un conflicto mayor en Europa que podría tener consecuencias inimaginables para todos. El decadente Tío Sam, como de costumbre, ha venido azuzando la pugna desde hace años por diferentes causas: primero está su vocación imperial y para ello la OTAN es su instrumento en el Viejo Continente, debido a que la ofensiva hacia oriente implica el sometimiento absoluto de Rusia (también de China) y el dominio global de los halcones de Washington. En ídem dirección, los genocidas del Distrito de Columbia desean arrebatar a Rusia su cuota en el mercado europeo del gas (***) y, al mismo tiempo, vetar los canales de información de Moscú como Russia Today (RT) o Sputnik, los cuales han hecho mella en la hegemonía comunicacional de medios yanquis como CNN o Fox, verbigracia. Este último objetivo es clave: Occidente necesita acallar voces adversas a la narrativa de EEUU y la UE, con el fin de posicionar -sin cuestionamientos- sus planes de una dictadura terráquea aún más sanguinaria del Capital. Los imperialistas -a ambos lados del Atlántico- saben que sus abyectos proyectos sólo tendrán éxito con una aceitada maquinaria de propaganda a su favor y sacar del camino a estaciones de televisión "disonantes" como RT, es cuestión de supervivencia.

LAS SANCIONES INSERVIBLES, EL DECLIVE YANQUI-EUROPEO Y EL DÓLAR EN LA PICOTA

Pase lo que pase en los próximos días, es irrebatible que Vladimir Putin se ha anotado un triunfo palmario en esta crisis: ha parado las intenciones de los neonazis de Kiev de utilizar el suelo ucraniano como base de la OTAN para un ataque inminente a Rusia y así desencadenar una conflagración mucho más grave (****). Igualmente, ha cesado el exterminio de rusoparlantes ejecutado por las bandas armadas patrocinadas por el "presidente" Zelenski y sus secuaces. El Kremlin está en la postura de imponer condiciones al puñado de delincuentes que desgobierna Ucrania. Washington y Bruselas, como era de esperarse, han desempolvado su repertorio de cacofónicas sanciones a Moscú. Creen en su "buena fe", los ineptos burócratas de la UE, que éstas podrían zarandear a una nación que se ha estado preparando ocho años para este instante: Rusia es autosuficiente en muchos ámbitos (el agrícola, el avícola, el militar y el energético), posee reservas de oro por el orden de las 2.271 toneladas en su banco central y hasta dispone de un sistema de pagos propio (SPFS). De hecho, varios bancos rusos se han integrado a la plataforma china de amortizaciones (CIPS) y los dos países realizan transacciones sin utilizar la infraestructura occidental para ello. Por lo tanto, las amenazas de expulsar a Moscú del SWIFT (sistema de pagos belga) podrían revertirse a sus perpetradores y para muestra un botón: 32% del gas que se consume en Alemania proviene de Rusia y si se concretase la proscripción total de este proveedor confiable de energía en el SWIFT, Berlín no sólo estaría impedido de cancelar una buena porción de sus facturas por este combustible fósil, sino que podría quedarse -de la noche a la mañana- sin un cupo considerable del gas que necesita para el invierno boreal. Además, en un contexto donde el yuan chino es moneda de reserva -equiparable al dólar yanqui, al euro o al yen nipón- los "castigos" de Washington y Bruselas pierden preponderancia porque Moscú puede echar mano de la divisa de su aliado geopolítico: Beijing. Es más, las sanciones -incluido el "affaire" del SWIFT- empujarían a Rusia a establecer con sus socios más cercanos un sistema financiero y comercial alternativo al occidental, lo que sería un nada despreciable zarpazo al predominio del dólar estadounidense en sectores como el de la energía. O sea, el papelón de la burocracia yanqui-europea con sus trasnochadas retaliaciones a Moscú, es estelar.

En Ucrania ha quedado patente que el esperpento de la Unión Europea, aquel aberrante club que manejan los inicuos banqueros de los dos extremos del "charco", es una vulgar herramienta del imperialismo estadounidense para expandir la lógica de guerra y destrucción de los halcones de Washington. La "hoja de ruta" del Tío Sam, desde que feneció la URSS, ha sido la conquista de cada rincón del orbe para empotrar en nuestras mentes el dogma de la economía neoclásica y el "sálvese quien pueda". Con la crisis de Kiev hemos sido testigos de la segunda derrota bélica de EEUU a seis meses de la humillación de Afganistán y ello es muy significativo: platicamos de una "superpotencia" que ya no es capaz de ganar conflictos bélicos y aún no se percata de esto, lo cual la convierte en un bufón universal. Si la desmilitarización y la desnazificación de Ucrania son tareas urgentes en Europa, la desmilitarización del Imperio y la desdolarización del planeta contribuirán en demasía a salvar a la raza humana.

ADÁN GONZÁLEZ LIENDO

@rpkampuchea

P.D. La cruzada del Kremlin en Ucrania es comparable a la incursión soviética en Afganistán o al arribo de las fuerzas vietnamitas a Kampuchea Democrática, ambos eventos acontecidos en 1979. A Kabul, el Ejército Rojo llegó a petición de las autoridades de ese territorio ante el acoso terrorista de los "muyahidines" auspiciados por EEUU; a Phnom Penh, los soldados de Ho Chi Minh entraron para cesar la anarquía desatada por el régimen del Pol Pot y la limpieza étnica contra los vietnamitas -en Kampuchea Democrática- dirigida por algunas facciones del Angka, el partido político del Khmer Rouge. En el caso de Ucrania, Moscú irrumpe en escena, entre otros factores, para detener ocho años de abominables atropellos a las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

(*) El 11 de mayo de 2014, se realizaron dos referenda en la región de Donbass para decidir la autodeterminación de Donetsk y Lugansk, áreas donde se rechazaba el golpe de Estado en Kiev, acaecido el 22 de febrero de 2014, y no se reconocía al nuevo gobierno de facto de Ucrania. Hay que remarcar que se trata de una zona minera de predominancia rusoparlante, la cual fue hostigada desde el minuto uno por los fascistas que tomaron el poder en Kiev en 2014. Los inequívocos resultados a favor de la independencia en los referenda de Donetsk (91,78%) y Lugansk (96,2%), abrieron las puertas al establecimiento de sus respectivas repúblicas populares y soberanas. Antes, el 16 de marzo de ese mismo año, la península de Crimea -que también era componente de Ucrania- había celebrado una consulta popular en la que se aprobaba con 95,5% de respaldo su anexión a la Federación Rusa. Es conveniente destacar que Crimea fue cedida a Ucrania por la Rusia soviética, el 19 de febrero de 1954.

(**) Antes de que los marxistas de librito -o cafetín- nos acusen de ser "reaccionarios", "apologistas de Putin" o "agentes del Kremlin", aclaramos: no estamos afirmando que Putin sea comunista, socialista o de izquierda (tampoco somos de su club de admiradores), sólo expresamos que es un líder nacionalista que han plantado cara a los fascistas de Washington y Bruselas, lo que debe reconocerse y avalarse sin mezquindades. El presidente de Rusia, nos guste o no, ha sido un muro de contención a las ambiciones imperialistas de EEUU y la UE. El marxista que no sepa admitir eso, por desgracia, estará en los "pañales" de la dialéctica. Los "revolucionarios" que espetan el "no a la guerra" para defender a un gobierno de neonazis asesinos y demonizar a Putin, deben revisarse en sus vergonzantes poses. Hacen un flaco servicio al análisis científico y a la izquierda en general.

(***) No es casualidad que la crisis en Ucrania haya alcanzado su apogeo después de la exitosa conclusión del gasoducto Nord Stream 2 -que conecta a Rusia con Alemania-, lo que ha representado un revés para las maquinaciones de Washington de paralizar la construcción de éste. Al conseguir posponer su puesta en funcionamiento gracias a la contienda en Ucrania, los yanquis persiguen vender más gas natural a Europa y a un importe más alto. Voilá!

(****) Esta crisis podría acabarse mañana si Occidente aceptase que Ucrania debe ser neutral y no otorgarle membresía en la OTAN, por ejemplo. Así como Washington no aceptaría el despliegue de misiles rusos en México o Cuba, Moscú está exigiendo que no se emplacen armas de destrucción masiva en sus propias narices. Lógico, ¿no? Si, por el contrario, Occidente (Washington y Bruselas) optara por seguir jugando con fuego en este delicado asunto, todo esto iría a peor y estaríamos ante una reedición de la Crisis de los Misiles de 1962. Para más inri, Kiev ha estado quebrantando con ahínco los Acuerdos de Minsk desde hace ocho años, ya que no ha respetado el alto al fuego estipulado por éste en Donbass. Como analistas estimamos que podrá haber más tensión, provocación y miedo en este escenario bélico, pero la sangre no llegará al río. ¡Que así sea!


 

 



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Adán González Liendo

Traductor, corrector de estilo y locutor

 elinodoro@yahoo.com      @rpkampuchea

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