¿La Venezuela que queremos o el venezolano que debemos ser?

Inútil hablar de una sin considerar la otra. Cambiar a Venezuela y hacerla el país que soñamos, requiere que al menos aspiremos a ser protagonistas de ese mismo sueño. Venezuela somos todos y cada uno de sus ciudadanos. Somos los que le damos la vida, o la muerte. Y al menos en dos ocasiones he sido testigo de cómo la hemos atropellado.

Un día del año 1975 fui testigo de un triste espectáculo. El estreno de una de las películas más taquilleras de todos los tiempos fue durante ese año. “Tiburón” estaba anunciada en la cartelera del teatro local.

Sabiendo los despelotes que usualmente se armaban en los estrenos, me planté de primero en la taquilla hora y media antes de que la abrieran. No solo quería un ticket de entrada. También quería la opción de poder sentarme donde me diera la gana.

Alrededor de media hora mas tarde éramos dos en la cola. En los próximos diez minutos la cola creció rápidamente a treinta o cuarenta personas. Entonces, aquí fue donde empezó el “subdesarrollo”. Alguien con las “pilas puestas” se me puso al lado y de primero en otra fila. De inmediato fue seguido por treinta o cuarenta más con las baterías igual de nuevas.

Previendo el desorden que se avecinaba, el dueño del teatro llamó a un policía. La “autoridad” llegó y empezó su trabajo aceptando el hecho de que ya existían dos colas en vez de una. Rolo en mano comenzó a caminar entre las dos filas de arriba abajo. Al mismo tiempo, y en voz alta, le exigía al público mantener el orden.

Intempestivamente un chistoso de esos que sobran en nuestro país, le voló la gorra al policía de un manotazo. Este se apresuró a recogerla. Alguien se adelanto y la recogió. Pero, en vez de entregársela a la “autoridad”, se la tiró a alguien en la fila. El policía terminó correteando y saltando detrás de la gorra al ritmo de las carcajadas de la mayoría de mis compatriotas.

La última vez que vi al pobre hombre, cruzaba la esquina literalmente huyendo del sitio, avergonzado, humillado, sin gorra. La gente se rió del “chiste” por un rato.

Eso no fue todo. La situación volvió a la “normalidad” con el ruido de la puerta de la taquilla que se abría. Dos filas se convirtieron en seis y el caos que se desarrolló fue de dimensiones apocalípticas. La taquilla fue literalmente separada de la base del edificio.

Días más tarde, la taquilla del teatro fue enrejada con barras de hierro para prevenir una situación similar.

Treinta años más tarde, un día del año 2005, me tocó ir a ver a Guaco en la ciudad de Houston, Texas. Las mesas estaban enumeradas sin ningún orden en particular. Un veterano de esas “guerras”, asiduo asistente a eventos venezolanos, me comentó que los que llegaban temprano le cambiaban los números a las mesas.

Es tan fácil soñar con la Venezuela que queremos y es tan difícil aceptar la responsabilidad más mínima para hacer ese sueño realidad. Una cosa es estar en vías de desarrollo. Otra cosa es echarnos a andar.

El problema no es de ideología sino de “ciudadanía”.

elio@vheadline.com


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Elio Cequea


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