La maquina de la felicidad

Cuando Leo Auffmann le pregunta a Lena: «¿Qué pensarías si trato de inventar una máquina de la felicidad?» Ella le responde rápidamente con una pregunta: «¿Pasa algo malo?»

La pregunta, en cuestión, es algo muy sencilla y, a la vez, atiende a un asunto muy importante. Porque si es necesario inventar una maquina de la felicidad es por qué algo pasa o algo no anda bien. Por otra parte, en el diálogo se contraponen dos caracteres opuestos, el soñador de Leo Auffmann y el espíritu de Lena Auffmann, que percibe algo presente y lo acepta como algo presente; en este percibir, Lena deja que lo presente este ante ella tal como es.

Auffmann es aupado, por algunos amigos, a llevar adelante su proyecto, para que acalle a aquellos «comentaristas de la muerte». Por esta razón, debe inventar una maquina que «anime el futuro, infinitamente alegre». Esta es una esperanza muy vieja en el género humano, que anda tras la búsqueda de la felicidad como el burro tras la zanahoria, desde hace tiempo.

Leo Auffmann, por su parte, argumenta interrogativamente «¿Acaso hoy las máquinas no nos hacen llorar?» Porque cada vez que el hombre y la máquina parecen entenderse algo cambia. «Y los aeroplanos nos tiran bombas, los coches nos arrojan a los precipicios». El conflicto hombre-maquina parece irresoluble según Auffmann y muchos otros que así lo consideran.

La meta que se propone Leo Auffmann con la máquina de la felicidad es que ésta ayudaría a la «metamorfosis de la infancia» y, cuando pasaran los años el invento, «permitiría que un hombre dormitara en las hojas caídas como los niños en otoño». De esta manera, los hombres se alegrarían de ser parte del mundo. Por lo que tal aparato a pesar «de los pies húmedos, la sinusitis, las camas arrugadas, y esas horas de las tres-de-la-mañana cuando los monstruos le devoran el alma a uno, fabrique felicidad».

Por su parte, Lena Auffmann sentencia que tal máquina «no la necesitamos».

¿Cómo será el aspecto de una maquina de la felicidad? Auffmann piensa que puede ser «algo que se pueda llevar en el bolsillo o que lo lleve a uno en su bolsillo». Por lo menos, «tiene que ser brillante». La felicidad siempre consideramos que debe y tiene que ser algo radiante.

Ahora bien, cómo llegar a saber ¿qué es la felicidad? Para esto el inventor recurre al diccionario y pregunta a Lena «¿Te sientes "complacida, contenta, alegre, deleitada"? ¿Te sientes "dichosa, afortunada"? ¿Las cosas son para ti "agradables y convenientes", "satisfactorias y cómodas"?» No es la pregunta sobre la ontología de la felicidad, las que hace Auffmann, sino más bien interroga sobre un estar o sentirse de una determinada manera en el mundo, esto es, un ¿cómo qué?

La máquina toma forma y Leo Auffmann temblando de fatiga, hambriento y tambaleándose por el arduo trabajo anuncia que la maquina de la felicidad está lista y terminada. Un anuncio de esta naturaleza indudablemente tiene que atraer a todos los de la casa y el pueblo.

En medio de la noche, Leo Auffmann sabe que algo lo ha despertado. Pues, en otro cuarto alguien llora. Es Saul, su hijo, quien llora en medio de la noche. Auffmann se levanta, se acerca a la cama del hijo y le pregunta si ha tenido una pesadilla; pero éste no deja de llorar hasta que al fin se duerme de nuevo.

El padre con un presentimiento baja al garaje y comprueba que la maquina está caliente. Confirma que Saul ha estado esta noche ahí y ha usado la maquina de la felicidad. Pero ¿por qué Saul no es feliz? ¿Por qué necesita de la máquina? ¿Por qué quiere aferrarse a la felicidad? Y, sin embargo, habiendo estado en la maquina llora en medio de la noche.

A la tarde siguiente, Leo Auffmann guía a Lena ante la máquina y ella pregunta: «¿Esto es la felicidad? ¿Qué botón debo apretar para sentirme alegre, contenta, agradecida, y satisfecha?» Saul le advierte a la madre que no entre a la máquina.

Lena entra, cierra la puerta y aprieta un botón. La máquina, dice Bradbury, «se estremeció suavemente, como un enorme perro dormido». Fuera Leo y sus hijos comenzaron a oír la voz de sorpresa de Lena, pues ella veía París, Londres, Roma, Las Pirámides, La Esfinge; sentía el olor del perfume; escuchaba El Danubio azul y comenzó a bailar. Es «asombroso», dijo Lena.

Sin embargo, sin mediación alguna, Lena se echó a llorar. Todos se quedaron sorprendidos por aquel «llanto de bebé» que oían. Leo Auffmann no se pudo contener y abrió la puerta de la máquina, «allí estaba su mujer, con lágrimas que le rodaban por las mejillas. — Espera -dijo-. Déjame terminar. Lloró otro poco».

Auffmann apagó la máquina.

«—¡Oh, qué cosa más triste! -gimió Lena-. Me siento mal, terriblemente mal -salió de la máquina… ¡París! Y de pronto quise estar en París, ¡y supe que no estaba!». El desconcierto se da porque la máquina produce la sensación de que es cierto lo que se ha visto, oído u olido. Sin embargo, al estar sentados en la máquina se sabe con certeza que aquello no es cierto. Es un choque de emociones en la certeza de saber que aquello que parece verdad es mentira, es una mera ilusión. De allí el desconsuelo y el llanto de quienes han usado la máquina.

Nada de lo que ahí se siente es importante, dice Lena:

«—Pero tu máquina dice que es importante. Y lo creí. Ya se me pasará, Leo. Déjame llorar un rato.

— ¿Y qué otra cosa?

— ¿Otra cosa? La máquina me dijo: "Eres joven." Y no lo soy. ¡Miente, esta Máquina de la Tristeza!»

La maquina de la felicidad es en verdad la máquina de la tristeza. Pues, dentro de la ésta «la puesta de sol parece ser eterna, el aire huele bien, la temperatura es agradable. Todo lo que quieres que dure, dura». Sin embargo, en algún momento, dice Lena, uno tiene que «salir de aquí e ir a lavar platos y hacer camas… los chicos esperan el almuerzo, las ropas necesitan botones». Tenemos que afrontar un mundo de acciones prácticas que la máquina excluye.

La eternidad de la felicidad no es posible, concluye Lena. «La puesta de sol dura un minuto o dos, mejor. Luego, pasemos a otra cosa. La gente es así, Leo». Por ello, «las puestas de sol son hermosas porque sólo ocurren una vez y desaparecen». Esto recuerda aquellos placeres falsos, de los cuales Epicuro exhortaba a no seguir.

El error de Leo Auffmann, según Lena, es que él ha detenido las cosas rápidas y ha traído las cosas lejanas al patio. A un sitio que no les corresponde. Ese es el dilema de la máquina de la felicidad, que nos muestra y nos hace disfrutar de algo que sabemos que es inalcanzable.

Esa separación nos enajena, porque comenzamos solo a anhelar aquello otro sin tener la posibilidad de alcanzarlo. Estamos acá y, a la vez, queremos irnos; por eso lloramos y no somos una unidad. «Lo primero que se aprende en la vida es que uno es tonto. Lo último que se aprende en la vida es que se sigue siéndolo», nos dice Bradbury. Esto es cierto si llevamos una vida desmembrada, sin darnos cuenta que la felicidad todavía funciona, no siempre bien; pero todavía funciona.

La felicidad, esa cosa ambigua que buscamos como un ensueño, está aquí todo el tiempo, en la vida cotidiana. En las metas que nos proponemos, en nuestras posibilidades, en nuestros proyectos; en el hacer con los familiares y amigos; está en nuestro pensar-hacer-sentir de cada día. En nuestras interrelaciones con los otros. En medio de nuestras tristezas, alegrías, miedos y sorpresas que cada uno de nosotros construimos y padecemos. En esas cosas que cada día hacemos y no nos damos cuenta por ser tan sencillas.



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Obed Delfín


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