Protocolo o potro-loco

Dicho por el príncipe de Talleyrand “Sólo los tontos y los ignorantes se burlan del protocolo, porque simplifica nuestras vidas, que ya son complicadas de por sí” Visto esto a la luz de la postmodernidad tenemos que aceptarlo como una gran verdad, el protocolo es ante todo la mejor muestra de respetuosa sensación de eficacia, encaminada a demostrar pleitesía, reverencia y honor.

En la actualidad el protocolo es la piedra angular de todo acto público o privado, que bien dirigido nos conduce al éxito y por lo tanto no puede seguir adscrito a criterios obsoletos y puede muy bien seguirse el respeto a la tradición, con la paulatina introducción de pautas modernas, no farragosas, cuidadas del detalle a la par que indicadores de savia vital renovadora que proyecten la imagen de eficiencia y capacidad profesional, de nada sirve la vistosidad de un acto protocolar si no se respeta el orden jerárquico, no mecánico, sino establecido con tacto para cada ocasión, dentro de una inteligente y concertada planificación. Debemos considerar que el protocolo presta su invalorable concurso a la proyección y prestigio de un pueblo y de una nación, su técnica contiene diferentes conceptos, infinitas formas, que en su conjunto conforman el ordenamiento perfecto de toda actividad y, establece las bases de comportamiento y convivencia de quienes actúan y son sus protagonistas.

No debemos nunca caer en nimiedades y desaciertos tan propias de nuestro medio, cuando respondemos al interés personal o político partidista, como dijo un ilustre político venezolano, el protocolo es “Orden, majestad y respeto”, palabras llenas de sabiduría y que cada día cobran más vigencia por cuanto las mismas responden a cuanto hemos dicho y recogen la extraordinaria importancia que se le debe dar a esta profesión.

Lo contrario al protocolo es el potro-loco y es lo que vemos a diario, en la mayoría de los actos públicos destaca el desorden, la improvisación y el irrespeto, constantemente vemos cosas como estas: acuerdos de duelo que declaran júbilo por la muerte de algún personaje importante; banderas que se izan según la creencia del maestro de ceremonia y no en el orden cronológico de independencia de los países; gobernadores que llevan de la mano a la primera dama o a la querida al presídium; oradores que no saben cómo iniciar su discurso y menos concluirlo; autoridades que se presentan como si fueran a un baile de disfraces; vocativos para saludar hasta la perrita del vecino y por supuesto en vez de orden del día se impone el desorden del día.


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Néstor Abad Sánchez


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