Ya para el año 1943, se escribía, en Venezuela, respecto a la agricultura lo siguiente: "El problema de la tierra tiene una trascendencia nacional de tal naturaleza, que es él, sin duda alguna, el que decidirá si llegaremos a ser un pueblo próspero y civilizado, o si, por el contrario continuaremos atados a la miseria y el atraso" (Amenodoro Rangel). El tema agrícola, es una asignatura pendiente, incluso, para el proceso revolucionario Bolivariano, por lo complejo que significa su naturaleza misma.
El concepto de la agricultura como negocio llega a Nuestra América de la mano del sistema colonial impuesto por los europeos; la agricultura de plantaciones, instaurada luego de la extracción de perlas y materiales preciosos como el oro y la plata, no obedeció a una dinámica propia de los hombres del llamado nuevo mundo, la misma es el resultado de la imposición de un sistema de explotación, concebido por los colonizadores y esclavistas, españoles, franceses, holandeses, portugueses e ingleses: la llamada economía de puertos.
Según relatan las Crónicas de las Indias, escritas por los mismos colonizadores, así como los testimonios de arqueólogos, antropólogos e historiadores estudiosos del tema, refieren que para el momento del arribo de las huestes de forajidos europeos a estas tierras en siglo XVI, ya los primitivos habitantes de las Américas manejaban el cultivo de grandes y pequeñas extensiones de tierra, así lo refiere, el alemán, Nicolás Federmann, en su libro de Ruta a la Provincia de Venezuela, dando fe de haber encontrado grandes sembradíos de maíz en nuestros territorios. Estos registros también dan cuenta de la presencia de agricultura en sistemas de terrazas en las zonas andinas, así como el manejo de la tecnología que esta forma de trabajo requiere; todo ello era conocido por los aborígenes: el manejo de sistemas hidráulicos, conservación de semillas, control natural de agentes perturbadores, entre otros. De manera que, la agricultura como sistema que implica el desarrollo de los conocimientos y la práctica del cultivo y la vida sedentaria, era ampliamente conocida en los lugares que posteriormente los conquistadores llamarían América.
El conuco indígena era una unidad productiva ampliamente desarrollada en nuestro territorio desde tiempos inmemoriales, sólo que a diferencia del conuco campesino, éste poseía una característica particular: era colectivo. Los investigadores coinciden en que esa forma de producción está lejos de ser lo que algunos han querido hacer ver como expresión de una economía agrícola marginal de poco rendimiento; por el contrario, estos sistemas representaron verdaderas fuentes de sustento para grandes porciones de población que asumían la producción de alimentos de manera colectiva. Eran grandes sistemas que permitían el sustento de comunidades enteras, de allí que, esta apreciación derriba otro mito histórico que nos repiten a cada momento en las escuelas y universidades: "los indígenas eran atrasados, se encontraban en un estadio bajo de desarrollo, eran simples cazadores, recolectores y pescadores", negando de esta manera, el conocimiento de la agricultura como elemento que los hacía ser sedentarios y con ello portadores de cultura derivada en organización, poblamiento, hábitat, tecnología, entre otros.
Con la implementación de las plantaciones y las haciendas como estructuras de soporte de la economía colonial, el aborigen, convertido en peón de hacienda fue conservando pequeños lotes de tierras, algunas veces en los resguardos indígenas, otras en tierras baldías, manteniendo de manera casi intacta la tradición del conuco como forma de agricultura para el sustento de su familia y los excedentes se regalaban a algún pariente o personas del caserío o comunidad. De esta manera, los pequeños espacios donde se desarrollaba una agricultura a pequeña escala –lo cual es distinto a agricultura de subsistencia- representó en buena medida el aporte más importante al consumo de alimentos para la población, ya que la llamada gran agricultura, servía sólo para la exportación o para el monocultivo de algunos rubros, entre los cuales cabe destacar: caña de azúcar, añil, algodón, cacao y más cercano al siglo XX, el café.
El problema de la agricultura y su desarrollo en Venezuela lo podemos ubicar desde el mismo momento de la colonización del territorio, tal como lo apunta Miguel Acosta Saignes: "Fueron las condiciones históricas de la colonización de Venezuela por los españoles las que condujeron a la creación de hatos y la preferencia por el comercio de ganado". De acuerdo a Saignes, esta inclinación de los colonizadores por la ganadería demeritó la fuerza que pudo haber tenido la agricultura como actividad principal, reduciéndose a una producción para la exportación de determinados rubros, y de sustento, pero de gran importancia para el mantenimiento de la población. Más tarde, con el desarrollo que implicó el advenimiento del fenómeno de la explotación petrolera, durante un largo periodo, convivieron los dos sistemas, hasta que ya para los años sesenta del siglo XX, la economía de la renta petrolera culmina por arropar todos los sectores y afecta gravemente la agricultura, es el tiempo de "comprar todo" en los mercados: “tú me vendes petróleo barato, yo te suministro alimentos” y por allí se fueron llevando las divisas producto de la renta. A las oligarquías entreguistas y apátridas les era más fácil y rentable, comprar que producir, de esta forma se fue perdiendo la estructura agrícola del país y ésta importante actividad quedó relegada; los intentos por recuperarla han sido insuficientes.
Las mayores complejidades de este problema están representadas por el gran éxodo de trabajadores y campesinos a la ciudad, así como por la existencia de un sistema perverso: el latifundio. A esto se le suma la instauración por parte del Estado de programas de poco estimulo a la producción y al desarrollo agrícola integral, que incluye entre otras cosas, vialidad, salud y una educación adecuada a la vida campesina.
Sin embargo, ante estas consideraciones, un importarte sector de campesinos continua aferrado a la tierra y en especial a la agricultura como sistema de vida; a pesar de los desaciertos en materia de políticas agrícolas y de la precariedad de la vida campesina, los campesinos venezolanos hacen sus modestos aportes para poder satisfacer las necesidades alimentarias. Estos esfuerzos se traducen en prácticas como la agricultura familiar, granjas integrales, cría de especies animales y aves, entre otros, que siguen impactando positivamente el problema alimentario; pero si, queremos revertir esta tendencia se requiere de programas educativos en materia de agricultura a pequeña escala, provistos de una visión agroecológica, ecosocialista, y sustentable, que nos permitan producir los alimentos necesarios para la dieta diaria, léase, hortalizas, que por sus consumos diarios al ser parte casi obligatoria de la dieta diaria, del venezolano, su producción y distribución impactan positivamente en la reducción de los índices inflacionarios.
Experiencias latinoamericanas sobre agricultura familiar, conucos y agricultura peri-urbana representan elementos muy válidos a la hora de estudiar esta problemática. Este esfuerzo derivado de una acción consciente de las comunidades en producir sus propios alimentos es inmensamente loable, en un mundo donde el fomento de la mal llamada "revolución verde" hace de las suyas, con la aplicación de sus paquetes "integrales" provistos de fertilizantes altamente contaminantes y sus semillas transgénicas.
Es en este el complicado y confuso panorama en el que, a la Universidad Campesina de Venezuela Argimiro Gabaldón le corresponde asumir el proceso de educación y formación, implementando programas de masificación de la agricultura familiar y fomentando entre otras técnicas, la práctica del conuco, a fin de estimular el proceso de producción agroalimentaria, y poder lograr la tan añorada seguridad y soberanía agro alimentaria, requisito elemental para conseguir el primer objetivo del Plan de la Patria: La Independencia.
No es la pretensión de este artículo indicar la formula de cómo resolver este problema económico del Socialismo, sino aportar a través de programas de formación y trabajo, los esfuerzos de llamados de atención al tema, para que estos complementos del proceso productivo del sistema agropecuario puedan contribuir a la tarea de producir los alimentos que requerimos para el consumo interno, fomentando la agricultura a todos los sectores de la población. Es por ello que, en nuestros programas de Aulas Campesinas hemos fomentado estas propuestas de producción masiva de alimentos, a través de la agricultura familiar, promoviendo la participación consciente del pueblo en la resolución de sus propios problemas.
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