Resulta que la cosa no era así

Febrero de 1989 quedó marcado como el punto de inflexión de la historia reciente de Venezuela, el declive definitivo de un modelo caracterizado por los historiadores como el correspondiente a la “democracia puntofijista”, elogiada en el exterior como “la democracia más estable de América Latina”. Se llenaban la boca los gobernantes de entonces con el discursito, mientras también se llenaban los bolsillos con el dinero proveniente del erario público, toda la trama y modus operandi de las comisiones, estafas, simulaciones y triquiñuelas que componen la corrupción en todos sus niveles adquirió proporciones de cultura popular. Se recuerda que la única diferencia aludida entre un gobierno copeyano y uno del partido blanco era que “los adecos roban pero dejan robar”, una especie de lema de campaña para que Juan Bimba entendiera que su destino inexorable era ser explotado por unos y otros, pero que alguna migaja le iba a caer.

Hasta se dieron la bomba de reelegir a Carlos Andrés como presidente, quien se trajo desde el Rey de España hasta al propio Fidel Castro para el acto de asunción del mandato, en un arroz con mango caracterizado por la magnificencia y el derroche. Pocos días después anunció el paquetazo, tratando de explicarle al país que venían tiempos de sacrificio, de ajustes necesarios, que era necesario cumplir al pie de la letra la receta del FMI, instrumentada por los IESA-Boys en alusión a otros llamados Chicago-Boys, artífices originales de lo que después se conoció como Neoliberalismo. Todos los anuncios los hicieron y llevaron a cabo como si Venezuela hubiera sido gobernada antes del 89 por un grupo de marcianos que la había dejado toda maltrecha y arruinada, como si el 80% de pobreza para ese momento era destino de la providencia y no fruto de gobiernos de los mismos que ahora venían a pedir que la gente se apretara el cinturón, tan insensibles eran que no se habían dado cuenta que no había más huequitos en la correa y que la hebilla estaba incrustada en las costillas.

Así los agarró el Caracazo, desprevenidos de su propia prepotencia, de su sensación de todopoderosos e intocables, de su interno convencimiento de que estaban para gobernar a costa de lo que sea y que el pueblo estaba para obedecer sin chistar, y que si había que había que sacrificar que fueran los pobres quienes lo hicieran, total no tenían nada que perder. 23 años después todavía justifican sus conductas de entonces, las reivindican con tal sarcasmo que hasta llegan a decir que Carlos Andrés fue un visionario incomprendido por el pueblo, que no quiso aceptar mansito que lo siguieran exprimiendo.

Considero lo ocurrido los días finales de febrero de 1989 como la gesta de protagonismo y participación popular más auténtica de la historia contemporánea del país, básicamente por su espontaneidad, por no haber sido mediada o dirigida por grupo alguno en particular, por la expresión y liberación de una rabia acumulada por generaciones, un acto de auténtica rebeldía a un modelo explotador, no solo capitalista sino profundamente viciado y corrompido. Todo esto arropado con el discurso de la “social-democracia” y del “social-cristianismo”, nunca asumiéndose los responsables de los hechos como de derecha.

Esto lo aclara el propio candidato de la oposición, en entrevista con Carlos Croes transmitida por televisión y reproducida en un semanario impreso. Sobre su posición ideológica respondió: “Soy centro-izquierda, soy progresista…”, más adelante dice: “En Venezuela, no hay derecha, empezando por ahí. - ¿Por qué? - Porque esta país nunca ha estado a la derecha, nunca”. ¡Fin de mundo! dirían en mi pueblo.

Por tanto, las recetas aplicadas para gobernar este país nunca han sido capitalistas, y quienes lo hemos interpretado así somos víctimas de una gigantesca alucinación colectiva, que el pueblo venezolano nunca tuvo que haber votado por Chávez ya que ya estábamos siendo gobernados por progresistas y socialdemócratas, lo que pasa es que no les dimos chance suficiente a demostrarnos que estaban “preñados de buenas intenciones”. Resulta pues que la cosa no era como lo vivió el pueblo por tanto tiempo, el 27 de febrero fue producto de un acto de locura masiva y no de gobiernos explotadores.

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Arnaldo Cogorno M.


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