Sobre la revolución latinoamericana

O NOS UNIMOS...

La integración Sudamericana es el paso insoslayable para el desarrollo
sustentable con justicia social de nuestros pueblos. El gran proyecto
bolivariano no sólo tiene hoy vigencia por la justeza de sus posiciones, sino
también porque le ha llegado su tiempo histórico. ¿Qué quiero decir con esto?
Simplemente que en los tiempos en que vivimos, en medio de la globalización
neoliberal, nada es más urgente que avanzar hacia la unidad de Nuestra
América. “O nos unimos o nos hundimos”, ha señalado en varias oportunidades
el Presidente Chávez, y lo acertado de

esta frase radica precisamente en alertar sobre esa otra posibilidad cierta,
tremendamente cierta, que es la posibilidad de hundirnos más aun. La crisis
en nues-tra región está desatada, algo nuevo está por nacer pero no acaba de
nacer y algo viejo está muriendo pero no acaba de morir.

La cuestión está planteada de esta manera. Lo nuevo que está naciendo es la
unidad latinoamericana caribeña y la segunda independencia; lo viejo que está
muriendo es la desintegración y la explotación imperialista. Partera y
enterrador son los sujetos necesarios para los tiempos presentes.

Pero este sistema que no se resigna a morir continúa frenando la irrupción
del nuevo ciclo; y aún conserva fuerzas como para reponerse de la agonía y
seguir actuando descabelladamente. La Revolución entonces, tiene que abrirse
camino en esta etapa, poner las cosas en su lugar y hacer estallar los
principios rectores del orden establecido por el moribundo sistema actual.
Sin Revolución, no sólo el nacimiento se retarda, sino que probablemente se
pueda involucionar hasta grados imprevisibles. La Revolución se presenta como
una tarea insoslayable y a los revolucionarios latinoamericanos-caribeños les
tocará la nada fácil labor de impul-sarla.

O NOS HUNDIMOS...

El hundirnos más aún, significaría la desintegración total de Nuestra
América, la refragmentación regional a partir de la disputa interimperialista
que hoy solapadamente se presenta. La “cabeza del iceberg” ya aparece a
partir de expresiones incipientes pero con honda raíz histórica, agazapada y
solo a la espera de ser activada por la poderosa maquinaria financiera,
mediática y militar del poder del Nor-te. Ahí está el conflicto latente de la
región de Guayas en Ecuador; la Triple Frontera en Paraguay; la “Media Luna”
(Trinidad, Beni, Santa Cruz de la Sierra y Tarija) en Bolivia; y en menor
medida gracias al freno a las tendencias divisionistas que significan los
gobiernos populares de Brasil, Venezuela y Argentina, en Río Grande Do Sul,
el Zulia y la Patagonia respectivamente.

La globalización neoliberal ha llevado a las potencias capitalistas a una
nueva carrera armamentista e intervencionista que se presenta descaradamente
por parte de los Estados Unidos y su aliada Inglaterra y encubierta por
cantos de sirenas desde el bloque continental europeo (Francia y Alemania).
Japón, por otro lado, no queda al margen de esta disputa, pero con un área de
influencia más reducida. China se presenta como la gran preocupación para el
poder hegemónico tradicional; Rusia, pieza clave para el bloque continental
europeo, se encuentra en pro-fundo debate para definirse entre las presiones
de la UE y EEUU u optar por una salida independiente. El resto del mundo está
en la mira de las necesidades de la gran burguesía internacional, ansiosa de
nuevos mercados, de mayores márgenes de ganancia y de mayores niveles de
explotación por consecuencia.

¿Cómo disputar nuevos mercados cuando estos cada vez se restringen más? ¿Cómo
adueñarse del petróleo, fuente vital de energía, hoy en manos de países “poco
confiables”? ¿Cómo garantizar el pago de la deuda externa por parte de
naciones cada más empobrecidas, justamente por la carga de una deuda siempre
fraudulenta? ¿Cómo controlar regiones ricas en biodiversidad y minerales
impres-cindibles para el desarrollo de las tecnologías de punta? Estas son
las preguntas que hoy desvelan a los gobiernos imperialistas.

A partir de la reelección de Bush, Estados Unidos ha definido claramente su
política exterior: se profundizará el intervencionismo y la prepotencia de
las armas. Mientras tanto, el capitalismo europeo, no menos imperialista, en
una suerte de discurso por “izquierda”, “anti-Bush”, disputa la hegemonía
yanqui presentando al mundo la opción de un “capitalismo humanizado”. Opción
fácilmente desmentida con sólo señalar sus “humanitarias” acciones en el
África, los Balcanes y otras regiones del planeta.

¿Cuál es el proyecto del imperialismo para América Latina y el Caribe? ¿Cuál
es el remedio inmediato para el moribundo sistema yanqui? En líneas generales
no es otro que la búsqueda de la recolonización de su “patio trasero”; que
Latinoamerica se convierta de una vez por todas en una reserva funcional a
los intereses financieros e industriales de Norteamérica.

El problema: los gobiernos que defienden la dignidad nacional, la tradición
inde-pendentista y el espíritu solidario del pueblo, bases constitutivas de
lo que está por nacer.

Ya en los años 80 Henry Kissinger, en su Memorandum 200, planteaba que había
que hacer algo para frenar el crecimiento de la población en los países del
Tercer Mundo y en particular de América Latina y el Caribe. No podía ser que
los habitantes de estos remotos confines del planeta estuvieran consumiendo
cada vez más los recursos reservados para la población norteamericana.
Planteaba en ese do-cumento que había que premiar a los países que
combatieran el alto índice de natalidad. ¿El objetivo de esta propuesta de
control de la natalidad era que no siguiera creciendo la pobreza? No, el
objetivo era que los pobres no se adueñaran y usufructuaran de las reservas
naturales, los alimentos, el agua potable, la energía, etcétera. Las riquezas
naturales de cualquier lugar del mundo, siguiendo la lógica imperialista,
tienen un solo dueño: los Estados Unidos. El concepto de “soberanías
restringidas” aparece así como consecuencia de la necesidad del gobierno de
EEUU de adueñarse todo lo que para ellos es útil y necesario.

Es fácil de vislumbrar cuál es el proyecto yanqui para Nuestra América:
maquila-doras, mano de obra regalada, materias primas para sus fábricas de
alta tecnologías, gobiernos sumisos, fuerzas armadas convertidas en fuerzas
policiales, refragmentación nacional, incentivando las autonomías regionales,
y disponibilidad total de recursos naturales. A su vez, contempla la
incorporación de un mercado no subestimable de entre 50 y 60 millones de
habitantes con un alto poder adquisitivo. Para el resto, o sea entre 450 y
460 millones de habitantes, se les ofrece la lucha entre la inclusión como
mano de obra barata consumidora de excedentes chatarra o la marginalidad.

A este proyecto perverso, le sobran 250 millones de habitantes. La solución a
este problema, para la maquinaria fascista del Imperio no es otra que el
genocidio: por hambre, enfermedad, guerra, delincuencia, drogadicción,
alcoholismo, etcétera.

LA UNIDAD LATINOAMERICANA ES UNA TAREA ESENCIALMENTE PATRIOTICA Y
ANTIIMPERIALISTA

El enemigo principal de la unidad de Nuestra América es el imperialismo y las
oligarquías nativas. Sin derrotar a esos agentes del atraso, la miseria y la
postergación, será imposible cristalizar el sueño bolivariano. No hay espacio
para reformas o meros maquillajes.

Se puede entender que en momentos determinados, bajo circunstancias apre- miantes y contemplando una correlación de fuerzas adversas, se permita “nego- ciar” algunos aspectos secundarios; pero no se puede transigir en los
principios rectores, en el rumbo estratégico y en la confrontación con el
enemigo principal. El comandante Chávez, en Venezuela, está dando una lección
fundamental a todos los revolucionarios de Nuestra América y del mundo. Nada
ni nadie ha apartado al líder venezolano y a la Revolución Bolivariana de su
objetivo estratégico. Paso a paso se ha avanzado, palmo a palmo se han
conquistado espacios de poder antes en manos del enemigo. La Revolución
Bolivariana es por acción y declaración an-tiimperialista, popular, nacional,
democrática y humanista.

Lamentablemente en otras regiones de Sudamérica no se percibe ese carácter.
Tanto el presidente Kirchner en Argentina como su colega Ignacio Lula da
Silva del Brasil, se debaten en una peligrosa suerte de “negociación” con los
enemigos históricos de los sectores populares. No por esto vamos a firmar
ningún tipo de certificado de defunción a los gobiernos populares de
Argentina y Brasil –a lo sumo eso tendrán que hacerlo, ni antes ni después,
sus respectivos pueblos-, pero no podemos dejar de observar con profunda
preocupación que ni Lula ni Kirchner les señalan objetivos claros a sus
seguidores.

Chávez, desde el primer día de su gobierno –antes también, por supuesto-
manejó un diálogo transparente con su pueblo, que incluía temas tan
fundamentales co-mo: Revolución, refundación de la República, lucha contra la
pobreza, soberanía, democracia participativa, justicia social e igualdad,
antiimperialismo y protagonismo popular. A nadie le quedan dudas de que el
gobierno bolivariano marcha hacia objetivos bien concretos y lo esencial en
esto es que quien lo sabe perfectamente es el pueblo venezolano. De ahí su
apoyo, compromiso y permanente movilización. La relación entre el conductor y
las bases es transparente: el conductor orienta, instruye, se nutre del
pueblo, pone el ejemplo y planifica estratégicamente.

En los casos de Kirchner y Lula nada de esto se da. Es cierto que todo los
proce-sos son diferentes y que no hay calcos ni modelos a imitar; pero lo que
marcamos aquí es simplemente un “llamado de atención”, una preocupación que
debe motivar a todos los revolucionarios de Nuestra América y especialmente a
los argentinos y brasileños.

Ambos presidentes cuentan con suficiente apoyo popular y con buenas intencio- nes para gobernar. También ambos deben enfrentar poderosísimos intereses de
las oligarquías nativas y el imperialismo. ¿Qué elemento puede desequilibrar
ese “empate” entre el pueblo y los factores tradicionales de poder? Creemos
que solamente la movilización popular puede fortalecer a los componentes más
decididos de ambos gobiernos y debilitar a los agentes internos que pretenden
defraudar las expectativas del pueblo. Ahí radica la importancia las
organizaciones patrióticas y revolucionarias que acompañan tanto a Lula como
a Kirchner. En el caso de Argentina, las agrupaciones sociales y políticas
nucleadas en el Frente de Organizaciones Populares, tienen un papel relevante
que jugar. Lo mismo las fuerzas más consecuentes con los postulados
históricos del PT de Brasil.

REFORMA O REVOLUCIÓN

En el caso de Venezuela como el de Cuba, no caben dudas de que el proceso
revolucionario avanza. Los gobiernos progresistas de Brasil y Argentina han
dado señales claras de no querer transitar por el camino del neoliberalismo y
la dependencia al poder estadounidense. El próximo gobierno de Tabaré Vázquez
en Uruguay se sumará a las posiciones de Kirchner y Lula. Los cinco gobiernos
plantean fortalecer la integración Latinoamericana. Eso no es poco. Un bloque
de países, en torno a un Mercosur ampliado, significaría un salto
trascendente hacia grados más profundos de unidad. Contra eso está trabajando
el imperialismo norteamericano y, en menor medida el capital europeo.

Venezuela es el país que más se ha comprometido con los ideales bolivarianos
de unidad. Hoy es el eje motor del proceso integrador, no sólo por los hechos
concretos que así lo demuestran, sino también porque esos hechos van
acompañados de una prédica concientizadora. Se hace y se explica porqué se
hace y para qué se hace. El Presidente Chávez está proveyendo de un cuerpo
teórico y práctico al tema de la integración. Nadie, hasta el momento, ha
transmitido tan claramente a los pueblos sobre la necesidad de la unidad. Lo
común, antes de Chávez, era que se firmaran acuerdos, discursos protocolares,
alguna ofrenda floral y nada más. Todo al margen del pueblo y con escasísima
relevancia mediática.

Con Chávez y su constante prédica concientizadora todo ha cambiado. Es el pue- blo y sus organizaciones quienes deben velar para que los acuerdos entre
países hermanos prosperen y no sucumban en las trincheras de la
burocracia. “Estos acuerdos –ha señalado el primer mandatario venezolano en
su reciente visita a la Argentina- son para beneficio de los pueblos, de los
más pobres”.

La Revolución entonces, es la fortaleza que Chávez demuestra para poder
enfren-tar a los poderosos, al enemigo principal, al imperialismo. La unidad
latinoamericana caribeña es el paso insoslayable para derrotar al artífice de
nuestros males. Y eso lo entiende Chávez a la perfección.

¿Qué destino les deparará a aquellos que no definen y expresan claramente
cuál es el rumbo de sus gobiernos?, ¿podrán enfrentar las presiones
imperialistas sin movilizar a las masas populares?, ¿se podrán sostener sin
mensajes claros hacia el pueblo? ¿Es posible en la América Latina y Caribeña
de hoy alcanzar bienestar con un simple proceso de reformas?

El imperialismo ya ha demostrado su ferocidad contra la Venezuela
Bolivariana. Ni bien la Revolución comenzó a avanzar sobre la sinrazón del
orden establecido por la IV República, la oligarquía y el gobierno
norteamericano actuaron, sin éxito para bien del pueblo, pero en una
constante línea de agresividad. La fortaleza del gobierno consistió en el
tremendo respaldo popular activo, gracias a la conciencia revolucionaria de
las grandes mayorías. ¿Podrán los gobiernos progresistas, con el pueblo
desmovilizado, enfrentar con éxito la embestida imperialista cuando cho-quen
los intereses nacionales con los de las oligarquías vendepatrias? La historia
nos enseña que no hay nada peor para los gobiernos que mostrar debilidad ante
los poderosos.

LA VIA MUERTA

Los gobiernos progresistas de América Latina, si optan por la mera reforma o
el “capitalismo humanizado” estarán perdidos. Nada indica con certeza que
esta sea la decisión tomada, pero pocos elementos indican que se haya optado
por la vía revolucionaria de liberación nacional. El antiimperialismo lleva a
la Revolución y no hay unidad latinoamericana sin combatir al imperialismo,
como tampoco habrá salida para nuestros pueblos sin integración. Revolución,
antiimperialismo y unidad de Nuestra América son pilares estructurales del
proceso de cambio, a favor de los pueblos, en nuestra región.

La vía muerta es aquella que intenta eludir el rumbo del necesario proceso de
transformación que necesita América Latina y el Caribe. ¿Se pueden generar
los cambios impostergables conviviendo con el sistema de dependencia y
privilegio para unos pocos? La gran tentación para algunos gobiernos tibios
es creer que se puede generar ciertos focos de bienestar para la gente sin
confrontar con las multinacionales, el gran capital y el imperialismo. ¿Pero
desde dónde se le podrá exigir a los poderosos que respeten las medidas de
carácter social que puedan im-pulsar los gobiernos progresistas? ¿Desde qué
poder?

El problema se plantea cuando se pretende emprender políticas de justicia
social y soberanía sin chocar con los intereses antipopulares y
antinacionales. Esa es una faceta. La otra es que los gobiernos deben de
frenar también los niveles de explotación que sufre el pueblo y los recursos
de la Nación por parte de las clases privi-legiadas y el imperialismo. La
cuestión es clara: enfrentar a los sectores parásitos y especulativos para
poder desarrollar a los sectores laboriosos y productivos.

Ya decía el General Perón que no se puede alcanzar la soberanía política sin
an-tes alcanzar la independencia económica. Mucha razón tenía en esto. Pero
para alcanzar la independencia económica se necesita poder político y ese
poder radica sustancialmente en el pueblo. No en el pueblo en abstracto, sino
en el pueblo conciente, organizado y movilizado. Esa es la clave y ese el
gran desafío. Hugo Chávez así lo entendió, es de esperar que tanto Lula, como
Néstor Kirchner y Ta-baré Vázquez también lo comprendan.

AISLAR A CHÁVEZ Y EMPRENDER LA REFORMA

La vía muerta es el gatopardismo declarado: discursos progresistas, cambios
superficiales, promesas tradicionales, golpes de efecto mediáticos y
asistencialismo institucionalizado. El imperialismo trata, a toda costa, de
tentar a Brasil, Argentina y Uruguay para que opten por la vía muerta. Para
esto deben aislar a Venezuela –y también a Cuba, se entiende-.

Antes de tomar ninguna medida más drástica –intervención militar o magnicidio- los Estados Unidos pretenden armar un “cordón sanitario” que proteja a los
gobiernos latinoamericanos del “virus” bolivariano. Sus operadores: Uribe por
derecha y Lagos por izquierda. Uribe acaudillando a sus aliados naturales
(Gutiérrez, Toledo, Maduro, Mesa, Saca, Fox, etc) y Lagos, con una tarea más
difícil, conven-cer sobre las bondades del “modelo chileno” (neoliberalismo
progresista) a Kirch-ner, Lula, Vázquez, Torrijos, Duarte y Fernández.

Ante esta situación ¿quiénes podrán acompañar decididamente a Chávez en la
búsqueda de una integración seria y con soberanía? Los presidentes
progresistas deberán ir definiéndose. En una primera etapa, felizmente,
parece que Chávez ha tomando la delantera. Los acuerdos alcanzados entre
Venezuela y otros países de la región así lo indican. ¿Dejarán los yanquis
que la fuerzas de cohesión genera-das desde la tierra de Bolívar sigan
creciendo sin traspié? Difícilmente.

Para contrarrestar la ofensiva imperialista que se avecina se tendrá que
contar, necesariamente, con los pueblos y sus organizaciones naturales. Aquí
la tarea de los revolucionarios en la coyuntura: evitar que aislen a Chávez
de Kirchner, Lula y demás gobiernos progresistas de la región.

SOLO EL PUEBLO SALVARÁ AL PUEBLO

Esta vieja consigna, siempre en la voz de las masas populares movilizadas,
tiene hoy una vigencia absoluta. Sin protagonismo popular no habrá
Revolución, ni integración latinoamericana caribeña, única solución para
romper las cadenas que nos atan al Imperio, ni siquiera habrá reforma. El
valor de las masas en movimiento es inconmensurable; desatar esa tremenda
fuerza patriótica, creativa y transformadora debe ser la misión de las
organizaciones revolucionarias del continente.

Desde algunos espacios, bien intencionados pero carentes de voluntad
revolucio-naria, se intenta minimizar la necesidad de coordinación,
formación, articulación y disciplinamiento de las fuerzas populares. Parece
ser que, si bien se entiende que el enemigo principal es el imperialismo
yanqui, no se actúa en consecuencia. Co-mo si se impusiera la sensación de
que el imperialismo yanqui morirá por muerte natural, por mero envejecimiento
y no por la acción directa, conciente y combativa de las masas populares.

La historia nos enseña que ningún imperio cayó sin la acción de los pueblos
organizados. Fueron los “bárbaros”, organizados en ejércitos, quienes
arrasaron con el Imperio Romano; fueron los pobres de Francia, organizados
en “clubes políticos” quienes destruyeron el orden monárquico-feudal de la
nobleza y el credo; fueron los jóvenes revolucionarios cubanos quienes
organizados en guerrilla voltearon el régimen corrupto del cipayo Batista,
fueron los proletarios y soldados quienes bajo la dirección de la fracción
Bolchevique terminaron con el poder de los zares en Rusia; fueron los
campesinos vietnamitas organizados en Ejército Popular de Liberación quienes
derrotaron al imperialismo yanqui en Asia... Podríamos seguir mencionando
decenas de casos más.

Son los pueblos, organizados bajo una conducción revolucionaria quienes produ- cen los grandes cambios, las verdaderas revoluciones. Si bien en esto no se
pue-de desconocer los procesos de desgaste, decadencia y descomposición que
su-fren en su seno los propios imperios, quienes en definitiva dan el golpe
final, son los pueblos. Más allá de quienes luego puedan aprovechar o
usufructuar el triunfo popular. Esa es otra historia.

Y los pueblos se organizan de la forma en que las circunstancias facilitan.
En mo-mentos en torno a movimientos sociales, en otros, alrededor de partidos
políticos y también en circunstancias particulares a través de la lucha
armada. Así lo indica la experiencia en Nuestra América.

Es por ello que, ante los desafíos del momento, la organización de las masas
po-pulares debe estar acorde a las necesidades históricas. Si la gran tarea
de los revolucionarios latinoamericanos caribeños es la Revolución, la lucha
antiimperialis-ta y la unidad de América Latina y el Caribe, ¿porqué no
impulsar un movimiento patriótico, democrático, humanista y revolucionario de
dimensión latinoamericano caribeño? ¿No estamos maduros todavía para intentar
solucionar los problemas latinoamericanos-caribeños con nuestras propias
fuerzas, sin tutelajes de ningún tipo? Un movimiento internacional, desde
esta región del planeta, será un aporte invalorable en la lucha contra la
globalización neoliberal y en pos de un nuevo equilibrio entre las naciones
en base a la multipolaridad.

El Libertador Simón Bolívar intentó en su lugar y época materializar el sueño
de una Patria Grande con justicia e igualdad. Para esto creó un ejército
sudamericano que fue la organización de masas del momento. A la idea no le
había llegado su tiempo y el proyecto fracasó. ¿No será hoy la hora indicada
para el encuentro en-tre esa idea y el momento histórico? Y si esto fuera así
¿qué esperamos los revolucionarios para organizarnos continentalmente?.


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Fernando Bossi

Historiador argentino. Co-Presidente de la Unión Bicentenaria de los Pueblos. Director de la Escuela de Formación Política Emancipación y del Portal ALBA alianzabolivariana.org

 fernando.bossi.rojas@gmail.com      @BossiRojas

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