Muertos conocidos, criminal anónimo

En agosto de 1995 fue publicado este artículo sobre el crimen de Hiroshima. La amenaza de nuevas matanzas "preventivas" le da una estremecedora actualidad. En este nuevo aniversario considero pertinente, además, volver a publicarlo como parte de la lucha contra el olvido y para honrar a aquellas víctimas que deben permanecer siempre en nuestra memoria. Para tener presente aquel crimen. Para que no vuelva a suceder.

En un excelente artículo escrito por Mario Benedetti en 1985, Maniobras y mecanismos de desinformación, éste se pregunta "¿Qué es la desinformación sino una desfiguración de la historia, aunque se trate de lo que está sucediendo en este instante?"

El poeta uruguayo ilustra la hipótesis recordando que al cumplirse aquel 1985 los 40 años del ataque atómico a Hiroshima, su intendente pronunció un discurso muy emocionante en el que lamentó el sufrimiento de los supervivientes e hizo un llamado a luchar por la paz. Benedetti señala el curioso hecho de que el Nº 1 de la municipalidad de esa ciudad japonesa no hizo la menor alusión al país responsable ni al presidente que ordenó la matanza. "¿Será que Hiroshima ─se pregunta el escritor─ se puso inadvertidamente debajo de una bomba de autor anónimo?"

Al cumplirse en 1995 el medio siglo del primer bombardeo atómico de la historia, la Municipalidad de Montreal envió a los medios de difusión un comunicado invitando a una conferencia de prensa, el 9 de agosto, en la que se inauguró la exposición Hiroshima.

Aquel 7 de agosto, el diario La Presse reproduce un cable de la agencia Reuter, en el que se refiere al aniversario. También Le Devoir publica un artículo al respecto en su edición del 9 de agosto. Ambos diarios califican al bombardeo de "catástrofe", y eluden nombrar o tan sólo sugerir al misterioso bombardeador. El expediente de prensa entregado por la municipalidad a los medios de difusión continúa con la ambigüedad, ya que tampoco nombra al responsable e insiste en el carácter azaroso y hasta accidental de la explosión, que en dicho expediente se le llama "tragedia" en 3 oportunidades, "catástrofe" en 9, y una vez "hecatombe". Con la misma escasa precisión hablaron los intendentes de Montreal y de Hiroshima, Pierre Bourque y Takashi Hiraoka respectivamente.

Las fotografías exhibidas son de Hiromi Tsuchida, quien fue a tomarlas a Hiroshima, según sus palabras "...para satisfacer mi curiosidad de artista".

La muestra en la municipalidad presenta ─además de las fotos del curioso de Tsuchida─ objetos quemados, deformados o fundidos por los aproximadamente 4.000 grados centígrados que liberó la detonación que aún sigue matando a las personas expuestas a la radiación. Hay fotos de lo único que quedó de personas ubicadas en el perímetro del epicentro de la deflagración: una sombra sobre la pared.

Hay testimonios como el de Yukihisa Tokumitsu: "Me acuerdo claramente de las últimas palabras de mi madre: «¡Viene el diablo! ¡Viene el diablo!» Hiroshima era entonces verdaderamente un infierno." Nuriyuki Oe, quien murió 12 años después del bombardeo, declaró: "Yo estaba mirando un libro de imágenes..." El ama de casa Yuriko Hayashi dijo: "El día anterior, mamá me había hecho un vestido. La mañana del 6 de agosto, ella estaba cosiendo los botones al vestido para que yo pudiese llevarlo a la escuela..."

Los testimonios son espontáneos, conmovedores, sí, las fotos y los objetos también; pero a mí me parece que los supervivientes deben haber dicho algo más. Algo que se omitió. Me parece que la desinformación sigue desfigurando la historia. Porque Hiroshima continúa siendo un misterio al seguir evitando nombrar al travieso de la bomba, al jodón que estrenó su chiche aquel 6 de agosto de 1945. Es como si intentase hacer creer que un fatalismo inevitable, sobrenatural ─no alguien─ descendió sobre la ciudad japonesa, la convirtió en cenizas radioactivas, mató a la mitad de sus 300.000 habitantes, mató y sigue matando al resto de distintos tipos de cáncer, produjo las más espantosas y dolorosas heridas jamás producidas por una explosión, y destruyó la flora y fauna por obra y gracia de una accidental e involuntaria catástrofe-tragedia-hecatombe.

En el mismo artículo citado al principio, Benedetti agrega otra perla que confirma cómo actúa la desinformación. Poco antes de aquel 40 aniversario se realizó una encuesta en la que se preguntaba a los escolares japoneses:

"¿Quién arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima?" La gran mayoría de los niños respondió: "Los rusos".

No hay que ser un licenciado en psicología para saber que los recuerdos de la infancia son los que quedan más profundamente grabados en la memoria. No olvido, por ejemplo, que casi todos los días iba a mi casa el señor Capello, un vecino del barrio. Capello se las sabía todas. Era un jubilado que le gustaba mucho conversar y leer, y recuerdo que fue la primera persona a quien escuché hablar sobre Hiroshima, un tema que le apasionaba tanto como le atormentaba. Mi vecino citaba una frase que luego escuché en una película de Akira Kurosawa: "Los vivos envidiaban a los muertos". El hombre contaba que durante mucho tiempo no voló un pájaro sobre Hiroshima; que la onda de choque se desplazó aproximadamente 3.700 metros en unos 10 segundos; que la radiación, en un radio de 900 metros destruyó huesos y vasos sanguíneos y daño gravemente hígados, riñones, pulmones y otros órganos; que la ciudad estuvo en llamas todo un día en un área de 2 kilómetros. En fin ─decía─, fue una increíble crueldad.

Capello sabía quién era el responsable. Por eso, cuando terminaba de hablar de Hiroshima, hacía un silencio que todos acompañábamos respetuosamente; la cara manchada por los años se le ensombrecía, dejaba caer su cabeza, se pasaba una mano flaca por su infaltable corbata negra, y decía muy despacito, acaso para sí mismo: "La puta que los parió".

Agosto de 1995

* Escritor y periodista

agustin_prieto@msn.com


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Agustín Prieto*


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