Bush tiene razón. O derrota a Hugo Chávez antes de que inicie su segundo mandato, en febrero de 2007, o el imperialismo habrá sufrido una derrota más, de muy graves derivaciones.

El tercer golpe

Bush tiene razón. O derrota a Hugo Chávez antes de que inicie su segundo mandato, en febrero de 2007, o el imperialismo habrá sufrido una derrota más, de muy graves derivaciones. Por eso prepara un tercer intento golpista. Lo inverso vale para Chávez, quien el 31 de agosto ante una multitud que lo recibió en Caracas al cabo de una larga y exitosa gira por el exterior, resumió en siete puntos el programa para la próxima etapa:

1. Nueva ética socialista;
2. Modelo productivo socialista, economía socialista;
3. Democracia protagónica revolucionaria. El poder del pueblo como máximo poder;
4. Suprema felicidad social;
5. Nueva geopolítica nacional (en las ciudades, en el campo, desarrollo ferrocarrilero, desarrollo interno);
6. Nueva geopolítica internacional, mundo pluripolar;
7. Venezuela potencia energética mundial.

 Es más cómodo y tranquilizador suponer que resta espacio para variantes intermedias. Pero no es verdad. Cabe en la coyuntura la sentencia del Che: “en una revolución, cuando es verdadera, se triunfa o se muere”.  Ya el Departamento de Estado tenía un análisis correcto de la perspectiva hemisférica cuando a partir de diciembre de 2001 resolvió acabar con la Revolución Bolivariana, con los resultados conocidos.

 Ahora está claro que las elecciones serán un nuevo y formidable revés para el imperialismo: tras un penoso preámbulo la oposición llegó a lo que denomina “candidato único”, Manuel Rosales, gobernador de Zulia. Con ostensibles antecedentes golpistas Rosales no es en doble sentido el candidato único de la oposición: es uno entre los 28 inscriptos hasta fines de agosto; pero sobre todo, no es fruto del acuerdo sino del fracaso anticipado de Teodoro Petkoff y Julio Borges, quienes desistieron compelidos por Washington.

Si en los próximos meses ocurriera el milagro de una convergencia opositora en torno al menos flaco de sus portavoces, las proyecciones de los propios cenáculos contrarrevolucionarios adelantan un resultado ominoso: por cada voto de Rosales, Chávez obtendría tres.
Ése es un saldo inaceptable para la Casa Blanca. Y es allí donde cobran sentido acontecimientos recientes, ocurridos como eslabones de una misma cadena: fuga de cuatro golpistas de una prisión militar; contrabando enmascarado como valija diplomática desde Washington; viaje de Rosales a Estados Unidos; y recrudecimiento de una campaña mediática mundial contra Hugo Chávez.

 El eje de esa operación se entrevé en la “valija diplomática”, que era en realidad un cargamento de 12 contenedores y cuatro bultos. El caso está en manos de la fiscal Luisa Ortega Díaz, quien indicó que según admitió el sargento estadounidense Lesvik Joseph Argüeyo, en el cargamento había cartuchos, mechas, detonadores de explosivos y motor de cohete. “La Disip realiza una experticia al motor de cohete a fin de determinar el uso de este artefacto”, explicó Ortega Díaz. Hay quienes aseguran que el cargamento incluía repuestos para aviones F-16. La fuerza aérea venezolana tiene varios de esos aviones, desactivados desde hace tiempo por la negativa estadounidense a suministrar piezas de recambio.

Pasar de enviarle a la oposición millones de dólares a través de un tentáculo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) denominado Súmate, al contrabando descubierto en Maiquetía el 23 de agosto, más que el aumento en la beligerancia del Departamento de Estado indica la mengua de sus recursos locales. Y adelanta la táctica resuelta ante la coyuntura: disturbios y atentados terroristas, que en su mejor hipótesis desembocarían en un golpe de Estado y, en la variante menor, darían excusas a Rosales para retirarse de las elecciones y deslegitimar la victoria de Chávez, con lo cual se pasaría a una segunda fase, siempre con respaldo político, financiero y militar directo de Estados Unidos. Ya ha comenzado la campaña de prensa internacional destinada a encubrir esta operación.

 Después de haber vencido los intentos golpistas en 2002, la Revolución Bolivariana remontó la cuesta: una fantástica redistribución de ingresos tras el proyecto “socialismo del siglo XXI”, sumó millones de voluntades.  Luego tuvo otra victoria en un segundo terreno: el Alca fue sepultado, el Mercosur se replanteó con el ingreso de Venezuela y se conformó el Alba sobre el eje La Habana, Caracas, La Paz.

A esas dos victorias estratégicas se suma una tercera en los últimos meses. Está claro el lugar que ha ganado Chávez (es decir, la Revolución Bolivariana) en América Latina. Esta columna reseñó en números anteriores el testimonio directo de una acogida masiva al presidente Venezolano en Europa. Ahora, a fines de agosto, Chávez fue ovacionado por multitudes que salieron a las calles para recibirlo en su visita a Siria.

Y esa recepción resumía un fenómeno que se extiende a buena parte del mundo árabe. Si no ocurre un viraje de última hora, tal respaldo internacional podría llevar a Venezuela al Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Quienes conocen sus planes saben que, si esa posibilidad se confirma, la Revolución Bolivariana le hablaría al mundo para explicar desde esa tribuna planetaria la necesidad del socialismo. Se comprende la pesadilla de Bush: ése es el tercer golpe; y no el que vanamente programa la CIA.



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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