A Fabricio, hoy lo encontramos en la indignación de la gente, no en la montaña

El proceso bolivariano tiene una enorme riqueza, tiene sus claves, tiene sus enseñanzas. Tuvo su gran punto de inflexión en el febrero de 1989, con la gente en la calle, con la disputa y sus protagonistas enfrentándose al orden establecido, ese gran puñado de personas que fue replegado a punta de balas, pero que ya tenía instalada en su cabeza la disposición de cambio y la manifestó en aquella consigna: ¡No hay pueblo vencido!

Las claves de la revolución bolivariana nos hablan de un gran método: El constituyente. Ese sujeto vivo, dinámico y motorizador. También nos hablan de la democracia participativa y protagónica, de un pueblo movilizado que enciende su genio intuitivo y creador, tanto así, que indudablemente el mejor Chávez lo tuvimos precisamente cuando más hubo movilización y participación sin control burocrático ni cupular. Ese dinamismo con autonomía e independía era capaz de voltearle la cabeza al mismísimo comandante. Recuerden el ejemplo del caso de SIDOR.

Fabricio Ojeda se indignó ante la traición, ante la barbarie, ante la situación que lo atormentaba. Era un hombre de principios, de moral, de talla revolucionaria, pero se equivocó en su política. Fue también una respuesta a la realidad de aquel entonces, otra época y en donde la gran referencia era la revolución cubana, que no estaba blindada contra malinterpretaciones o falsificaciones. El balance de hoy es que el resultado de toda esa presión de los métodos y la política guerrillerita llevaron al exterminio a grandes y valiosos revolucionarios.  

Fabrico y tantos otros mártires, han sido reivindicados por la revolución bolivariana. Y han sido reivindicados a razón del carácter anticapitalista, antiimperialista, contestatario, rebelde y crítico de nuestro proceso y todas sus conquistas. He allí, lo criminal de lo que está haciendo el gobierno de Maduro al utilizar el nombre de Fabricio Ojeda y su acto burocrático de llevar sus restos al panteón nacional, siendo que ellos actúan igual o peor que aquello contra lo que el nativo de Trujillo se reveló. Nada más habría que decir que el gobierno de los autollamados hijos de Chávez es quien ha reventado todos los logros que fueron el resultado de décadas de luchas.

Y el gran protagonista del proceso bolivariano ha sido el pueblo venezolano, ha sido su gente. Ese mismo pueblo que hoy está indignado, desorientado, molesto y defraudado pues había confiado en una dirección política que no estuvo a la altura de su exigencia. Y seria equivocado pensar que no lo estuvo por un asunto de ineficiencia, capacidad o torpeza; no lo estuvo porque su política era otra. El PSUV-Gobierno sabe muy bien lo que hace.

Ser como Fabricio hoy es ir contra el gobierno de Maduro y su pacto con las cúpulas de la MUD. Ser como Fabricio hoy es empalmar con el sujeto constituyente, llevándole el pulso, dialogando con él, hacer los debates, las actividades y presentarle las propuestas. Es exigir más democracia y luchar para defender nuestro derecho a organizarnos, a disentir, a opinar críticamente…

Ser como Fabricio hoy, es ponerle el pecho a las grandes tareas que se nos abren, entre ellas la construcción de un nuevo referente político, con todas las complejidades que ello implica y no perder la convicción de que los trabajadores, los jóvenes, los estudiantes, nuestros viejitos, los campesinos y toda una gran cantidad de militantes, más temprano que tarde hablaran y harán. Los votos nulos de diciembre de 2015, así como las protestas de diciembre de 2016 vienen avisando.  

Y no necesitamos “mesías” ni que ante la indignación Fabricio Ojeda  “vuelva a la montaña”  



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Gustavo Martínez Rubio


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