El silencio de la traición y el zumbido de los drones: anatomía de un secuestro sin estruendo…

«El engaño más eficaz es aquel que distrae con ruido mientras opera en silencio.»
HANNAH ARENDT

Hacía calor maracucho a esa hora indeterminada entre el café de la mañana y el primer cigarrillo de la tarde. El ventilador no solo gruñía; gemía, como un animal viejo atado a un teclado de mecanografía. Anacleto estaba sentado en el banco de madera, ese que tiene la huella de setenta y nueve años de esperas. No limpiaba su portafolio; lo acariciaba, como quien acaricia el lomo de un perro que ya no ve pero cuya respiración todavía reconoce. Frente a él, el pichón de periodista agitaba el teléfono como un banderín de auxilio. En la pantalla, cifras que brillaban con el fulgor barato del "clickbait" o cebo de informaciones falsas y/o engañosas: "3.000 millones en oro, 150 aviones, saqueo histórico". Anacleto soltó una carcajada. No era de burla; era la risa del que ha visto demasiados fantasmas vestidos de noticia. «Mira, hijo… apaga eso un momento y escucha el viento.» Su voz tenía la textura del papel de lija, viejo. «¿Ves ese zumbido que se oye a veces, casi como un mosquito eléctrico? Eso es la modernidad. Eso son los drones. El que cree que para tumbar a un gigante hacen falta 150 aviones atronando el cielo, es porque todavía vive en las películas de los años cuarenta.» El fogonazo de su fósforo cortó la penumbra del café. Un instante de luz violenta, luego el humo. «El ruido es para los bobos… El ruido es lo que te venden en YouTube para que te quedes pegado a la pantalla. Te hablan de 3.000 millones en oro porque el ser humano es codicioso y esa cifra brilla, te encandila. Pero el oro no vuela, hijo, el oro pesa, se queda en las bóvedas o se mueve en barcos con calma. Nadie manda un avión de carga en medio de una guerra para llevarse lingotes; mandas tecnología para anular al enemigo.» La profesora, siempre en su rincón de sombras y preguntas, intervino: «¿Entonces lo de los 150 aviones y helicópteros no es verdad, es simplemente un guión joligudense?» Anacleto asintió con un movimiento lento de cabeza, como el de un árbol que se inclina bajo un viento conocido. «El daño de verdad no hizo ruido. Fue ese enjambre de drones artillados, moviéndose como una sola mente, rompiendo defensas sin necesidad de un solo grito heroico. Eso es lo que no quieren entender los que buscan ‘clics’: que la guerra ya no es un desfile de banderas, es un algoritmo silencioso que te deja ciego antes de que puedas disparar.» Apoyó los codos en la mesa. Las yemas de sus dedos se encontraron, formando un triángulo que temblaba levemente. «Pero lo más importante no fue el metal, fue el hombre.» Sonrió, pero era una sonrisa sin alegría, como la de quien encuentra la pieza faltante de un rompecabezas triste. «Esos que dicen que ‘llegaron los yanquis’ y bajaron por cuerdas desde un helicóptero no saben nada de la vida. La caída de un hombre poderoso nunca empieza por fuera, empieza por dentro. La traición es el arma más barata y más efectiva del mundo.» Se secó la frente con el pañuelo a cuadros. El gesto era casi ritual. «Fíjese en la ironía: a Maduro no lo venció un misil de un millón de dólares. Lo venció una mentira de alguien que desayunaba con él. Le dijeron: ‘Venga, jefe, al búnker, que aquí está seguro’. Y el hombre, confiado en su propia sombra, se subió con su esposa a su propio helicóptero manejado por su propia gente, para terminar aterrizando en una fragata ajena.» Levantó las cejas. La expresión decía, sin palabras: ¿Ven? Se los dije. «Eso es lo que yo llamo ‘el silencio de la traición’. No hubo disparos en esa captura, solo el sonido de una puerta cerrándose y el motor de un helicóptero desviándose de su ruta. Los disparos se escuchaban a lo lejos, y provenían de los drones artillados que hacían su trabajo. Así que no crean en "El mito del ejército invencible".» La sonrisa se le hizo agria, como el café de última hora. «Mientras tú buscas el oro en esos videos de YouTube, te estás perdiendo la verdadera lección: Al que tiene el poder no lo roban los de afuera, lo entregan los de adentro. El resto… lo del oro y los 150 aviones, son cuentos para que los que no entienden de silencios tengan algo de qué gritar.» Hizo una pausa. La mirada recorrió las mesas, deteniéndose en cada rostro. «Camaritas… si el titular brilla más que el sentido común, es que te están vendiendo un espejo para que no veas la realidad.» El coronel retirado, que había estado mudo como una piedra, alzó la voz. Tenía el tono del que aún cree en los manuales de guerra de papel. «Anacleto, en YouTube se encuentran videos que anuncian la extracción de oro venezolano en un avión transporte del ejército de EEUU, supuestamente acaecida ayer u hoy. Eso debe ser falso, porque nuestra FANB, después de lo del sábado, no permitiría la entrada de aviones gringos. ¿O estoy equivocado?» Anacleto se acercó. Apagó su cigarrillo en el cenicero, junto a las otras colillas. El gesto era lento, deliberado, como si cada movimiento fuera una puntuación. «Estimado coronel, camaritas,» dijo, haciendo un paneo con la mirada que era a la vez afectuoso y condescendiente. «El mundo es un teatro de sordos. Los que ven 150 aviones en el cielo son los mismos que creen que el oro se saca en carretillas voladoras mientras el país se cae a pedazos. ¿Ustedes saben lo que son ciento cincuenta aviones?» Inhaló profundamente, como si el aire del Bohemio contuviera alguna verdad que solo él podía filtrar. «La verdad no hace tanto ruido. La verdad es un enjambre de drones que no viste venir y el susurro de un oficial de confianza que te abre la puerta del helicóptero equivocado. Lo demás… lo del avión del oro, es la melodía que le tocan a los bobos para que no pregunten quién dio la orden de desviar el vuelo.» El ventilador gruñó, como si estuviera de acuerdo. «Al final, quizá el rumor de los aviones dice más sobre nosotros que sobre los hechos.» murmuró, «Revela nuestro apego infantil a lo espectacular, nuestra resistencia a aceptar que las grandes derrotas suelen llegar envueltas no en estruendo, sino en silencio administrativo. Mientras buscamos en el cielo los 150 aviones que nunca existieron, nos perdemos el zumbido barato que redefinió el poder y el susurro en la oreja que sigue siendo, desde Judas hasta hoy, la tecnología de traición más efectiva y barata.» Anacleto apoyó la espalda en el banco, como quien ya dijo lo necesario. No miró a nadie en particular. Habló al aire espeso del Bohemio. «Camaritas…», dijo al fin, con una calma que incomodaba más que un grito «Los imperios no siempre caen por invasiones. A veces caen porque alguien, con uniforme conocido y sonrisa doméstica, decide abrir la puerta correcta en el momento equivocado.» El ventilador siguió girando, obstinado. «El ruido,» continuó «es para distraer a los que necesitan épica, aviones imaginarios, cifras infladas, videos mal editados. Eso es utilería. La historia verdadera casi nunca lleva banda sonora.» Encendió el cigarrillo y aspiró apenas. «La historia de verdad se escribe cuando un hombre confía en quien no debe, cuando el poder se acostumbra a verse protegido por rostros familiares… y olvida que la traición siempre entra por la puerta principal.» La profesora bajó la mirada. El coronel no dijo nada. «Por eso les digo algo que no verán en titulares», remató Anacleto, aplastando la colilla con una precisión quirúrgica. «No busquen la derrota en el cielo. Busquen la rendición en los pasillos. No pregunten cuántos drones volaron. Pregunten quién dio la orden de no disparar. No pregunten cuantos cayeron por bando, porque cayeron, de lado y lado, así el pedófilo lo niegue. El resultado ya lo conocemos.» Se levantó despacio. Ajustó el portafolio. «Ya habrá tiempo para que Nicolás nos cuente la verdad. Porque mientras ustedes miran al cielo esperando estruendo», concluyó, «el poder verdadero cae sentado, en silencio… y siempre acompañado. La próxima revolución, sea donde sea, no será televisada; será tuiteada, viralizada y monetizada con clicks… mientras la verdad, como siempre, esperará en un café a que alguien apague el teléfono y escuche el viento »

Y el Bohemio volvió a hacer lo que mejor sabe: guardar silencio cuando la verdad ya fue dicha

La economía del espectáculo geopolítico - Las cifras astronómicas, tres mil millones, ciento cincuenta aviones, no son errores de cálculo; son moneda de cambio en la economía de la atención. Mientras más absurda sea la cifra, más se comparte, más se comenta, más distrae. El oro venezolano, si acaso se movió, lo hizo por canales bancarios opacos y contratos mineros redactados en oscuras oficinas de Londres o Zúrich, no en cargueros militares visibles desde tierra. Como escribió Umberto Eco sobre la hiperrealidad: "Lo falso brilla más porque no tiene la opacidad de lo real". Los aviones fantasmas son el brillo que ciega; la traición institucional, que ocurre en salas con alfombra y café caro, es la opacidad que nadie quiere ver porque no genera clics.

La traición como tecnología de punta - Anacleto acierta: el arma decisiva no fue un dron, sino la confianza vendida. Ya tanto China como Rusia lo han expresado. En la guerra moderna, el hackeo no se limita a sistemas informáticos; se extiende a sistemas relacionales. El acceso a un helicóptero presidencial no se gana con superioridad aérea, sino con años de lealtad demostrada, seguidos de un solo instante de cálculo frío sobre el precio de esa lealtad en dólares o en impunidad. ¡Cincuenta millones de dólares! Como observó Maquiavelo, el príncipe debe temer más al sirviente que conoce sus rutinas que al ejército enemigo que desconoce su terreno. La captura silenciosa, sin disparos, sin resistencia, es la culminación de esta lógica: cuando la seguridad se externaliza en personas, la soberanía se vuelve una cadena de eslabones, cada uno con su precio de venta.

El zumbido que redefine la guerra - Mientras se discuten aviones fantasmas, el verdadero cambio de paradigma zumba por encima, literalmente. El enjambre de drones, baratos, silenciosos, autónomos, representan la democratización de la capacidad de muerte. Ya no se necesita una flota aérea millonaria; se necesita un operador con joystick y conexión satelital. Esta tecnología no solo cambia tácticas; cambia la psicología del poder. El miedo ya no viene del rugido de los motores a reacción, sino del zumbido casi imperceptible que podría ser un mosquito o podría ser la muerte guiada por inteligencia artificial. Como reflexionaba el teórico Paul Virilio: "La velocidad es el poder". Y nada es más rápido que un algoritmo que decide a quién matar, ni más lento que una burocracia militar que todavía cree en la épica de los aviones.

 



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Luis Semprún Jurado

Profesional, productor audiovisual, co-productor y co-moderador del programa radial El Ojo de la Ciudad en Maracaibo, estado Zulia

 luissemp2003@gmail.com      @luissemp2003

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