La revolución acaba con la mentira social. La revolución es la verdad. Comienza llamando a las cosas por su nombre [...] Pero la revolución en sí misma no es un proceso integral y armonioso. Está lleno de contradicciones [...] La propia revolución crea un nuevo estrato dominante que busca consolidar su posición privilegiada y es propenso a verse, no como un instrumento histórico transitorio, sino como la conclusión y la coronación de la historia
Trotsky. La revolución desfigurada: la escuela estalinista de la falsificación
Hace cincuenta años que el mundo escuchó la noticia de la muerte de Stalin.
Durante décadas, la maquinaria estalinista de propaganda alentó continuamente el
mito de Stalin, lo presentó como “el Lenin actual”, con quien, supuestamente,
había dirigido el Partido Bolchevique. Pero todo esto, simplemente, era algo
fabricado con la intención de justificar la usurpación del poder por un tirano
que destruyó el partido de Lenin, liquidó las conquistas políticas de Octubre y
destruyó la Internacional Comunista.
En realidad, Stalin jugó un papel
secundario en la historia del Partido Bolchevique. Ingresó al Comité Central en
un momento en el cual había escasez de personas experimentadas en Rusia. Stalin,
asistió al V Congreso del partido en Londres en 1907, pero no pronunció una sola
palabra en ninguna de las sesiones. Stalin era lo que se podría llamar un
“práctico” un hombre de comité implicado en los aspectos administrativos y
prácticos del trabajo del partido revolucionario. Nunca fue un teórico, un
escritor o un orador. Su función se reducía a la construcción de la maquinaria
del partido.
Personas como éstas pueden jugar un rol importante en el
partido, en la medida que están bajo el control de una dirección firme
ideológicamente y desarrollada teóricamente. Pero si intentan tomar el control
del partido y sustituir la teoría por la estrechez organizativa, eso siempre es
una receta acabada para el desastre. La ausencia de autoridad política y moral,
siempre los lleva a recurrir al aparato para resolver los problemas internos.
Esto, inevitablemente, sólo provoca crisis y divisiones. Además, tienden a
abordar cada problema desde un punto de vista organizativo y administrativo.
Esto ha ocurrido en más de una ocasión en la historia del movimiento
revolucionario y siempre con resultados muy negativos.
Lenin nunca vio el
partido de esta forma, aunque era perfectamente capaz de construir un aparato, y
lo hizo en más de una ocasión. Para Lenin, el partido, en primer lugar, era un
programa, ideas, métodos y tradiciones, y sólo en segundo lugar, un aparato para
llevar estas ideas a la práctica. Comprendía los peligros que podían surgir si
la maquinaria del partido escapaba al control político.
Stalin
y la Revolución de Octubre
En varias ocasiones, Lenin
enfrentó implacablemente en esta cuestión a los “hombres de comité”
bolcheviques. En los momentos críticos, esos “prácticos” demostraron su total
incapacidad para comprender las ideas revolucionarias y la teoría marxista, y
quedaron totalmente desorientados. Eso ocurría con Stalin, el arquetipo de
“hombre de comité” o apparatchik del partido. En estas personas, la
intransigencia organizativa (o la clara bravuconería) es el reflejo, no de la
fuerza, sino de la debilidad política. Stalin se unió a los bolcheviques, no por
su claridad política y teórica, sino porque era una organización disciplinada y
centralizada. No fue una casualidad que en 1903 la fracción de Lenin fuera
conocida como “los duros”, frente a “los blandos” que apoyaban a Martov.
Sin
embargo, la “dureza” de los bolcheviques, su intransigencia revolucionaria, sólo
era una expresión de su línea política, que a su vez estaba arraigada en la
teoría marxista. La organización centralizada no tenía significado en sí o por
sí misma. Era sólo un medio para conseguir un fin. Sin embargo, los “hombres de
comité” tenían tendencia a verla como un fin en sí mismo. De una forma peculiar,
repetían la idea del revisionista Bernstein, quien decía: “el movimiento es
todo, el objetivo final es nada”. Esta afirmación (en realidad sin sentido)
refleja la mentalidad del “práctico” del partido, la estrechez mental del
apparatchik o burócrata, que ve la revolución no como el movimiento propio de la
clase obrera, sino simplemente a través de los anteojos de la organización del
partido.
Como la mayoría de los “hombres de comité”, Stalin pudo demostrar
su intransigencia en la etapa más intensa de la lucha de clases; y sobre todo en
la revolución, en estas situaciones, se encontraba perdido. En cada momento
clave de la historia del Partido Bolchevique, en el período previo a la
revolución, Stalin vaciló y se adaptó al oportunismo y al conciliacionismo.
Incluso llegó a describir las diferencias entre Lenin y los mencheviques como
una “tormenta en una taza de té” y una pelea de emigrados. Esto provocó serios
conflictos con Lenin, por ejemplo en 1912 y de nuevo en febrero de 1917, cuando,
junto a Kámenev, estaba a favor de la unificación de bolcheviques y
mencheviques.
Stalin en 1917
En abril de
1917, cuando Lenin exigió que los bolcheviques se posicionasen firmemente contra
el gobierno provisional burgués, Stalin y Kámenev, inmediatamente, lo repudiaron
en las páginas de Pravda, afirmando que su posición era “inaceptable porque
partía de la presunción de que la revolución democrático burguesa había
terminado [...]”. (Pravda, 21 de abril (8) de 1917). Sólo después de una
profunda lucha interna, Lenin consiguió convencer al partido de su postura.
Contrariamente a lo que dice la vieja mitología, el papel de Stalin en la
revolución de octubre fue insignificante. Durante los años treinta se hicieron
intentos absurdos de falsificar la historia con la intención de dar un papel
especial al llamado Centro Militar Revolucionario, al cual pertenecía Stalin. En
realidad, este comité sólo era un subcomité subordinado al Consejo Militar
Revolucionario, que estaba dirigido por León Trotsky. Realmente, el famoso
Centro Militar Revolucionario nunca funcionó y sólo fue recordado años más tarde
cuando era necesario encontrar algún papel para Stalin en la Revolución de
Octubre.
Era un orador pobre, el verdadero campo de acción de Stalin no eran
las barricadas, las fábricas o los barracones, sino las oficinas del partido,
donde trabajaba para rodearse de una capa de compinches. Maria Joffé, viuda del
dirigente bolchevique Adolf Joffé que se suicidó en los años veinte para
protestar contra los estalinistas, que pasó veintiocho años en un campo de
concentración de Stalin comenta lo siguiente:
“Uno de los hombres de Smolny,
débil e insignificante [...] nunca visitaba las fábricas o los regimientos;
estaba sentado permanentemente al final del telégrafo, conectado con todas las
provincias y ciudades. Aunque la encantadora y amable Elena Stasova era la
secretaria del Comité Central, todas las instrucciones diarias, todas las
respuestas a las preguntas urgentes y la rutina telegráfica normal, todo llevaba
su firma (la de Stalin). Por esa razón, las distintas organizaciones regionales
y locales mayoritariamente sólo veían y recordaban su nombre en particular. Y,
de acuerdo con las instrucciones, las respuestas iban dirigidas a él. Nadie en
ese momento fue capaz de ver cómo este hombre, poco a poco, tenazmente,
cortejaba a las provincias, éstas se acostumbraban a él y las ganaba para su
bando. En ocasiones, llamaba a algún trabajador destacado para que viniera y lo
viera. Por esa razón, en los congresos del partido, parece que tenía más amigos
que cualquier otro. Los invitaba a una bebida “amistosa”, le gustaba conocer en
detalle como funcionaba una organización en particular. Así era en 1917”. (Maria
Joffe. One Long Night. pp. 69-70).
Que Stalin en 1917 era prácticamente un
desconocido fuera del estrecho círculo de activistas del partido se puede
comprobar claramente al leer la famosa obra John Reed sobre la Revolución de
Octubre: Diez días que estremecieron al mundo. En la introducción del libro,
Lenin lo describió como la “versión más fiel de los acontecimientos”.
“Recomiendo firmemente este libro a todos los trabajadores del mundo” y añade
que “le gustaría ver publicados millones de ejemplares del libro [...] y que
fuera traducido a todos los idiomas”. Pero en este libro, que insiste en el
papel de Trotsky, Stalin apenas es mencionado, a pesar de que sí menciona en
1917, en mayor o menor medida, a un gran número de personas. En el índice del
libro se puede ver que menciona cincuenta y cuatro veces a Trotsky, mientras que
Stalin sólo aparece en dos ocasiones. Este hecho expresa con toda certeza la
verdadera situación. Esto también explica por qué el libro de Reed, a pesar de
las entusiastas recomendaciones de Lenin, se retiró de todas las bibliotecas de
la Unión Soviética durante los años treinta y no se volvió a reeditar en la URSS
en vida de Stalin.
La democracia soviética
Una de las mayores calumnias que se repite hoy en día es que
el leninismo y el estalinismo son iguales. En realidad, no existe nada en común
entre el régimen de democracia obrera establecido por Lenin y Trotsky, y la
monstruosidad totalitaria que Stalin edificó sobre los huesos del Partido
Bolchevique.
En El estado y la revolución, escrito durante los días
revolucionarios de 1917, Lenin estableció las cuatro condiciones que debía
cumplir el poder soviético, no para el socialismo o el comunismo, sino para los
primeros días del poder obrero:
Elecciones libres y democráticas
con derecho a revocar a todos los funcionarios soviéticos.
Ningún
funcionario recibiría un salario superior al de un trabajador calificado.
No al ejército o la policía permanentes, sino el pueblo en armas.
Gradualmente, todo el mundo, por turnos, debería participar en todas las
tareas de gestión del estado. “Cuando todo el mundo es un ‘burócrata’, nadie es
un burócrata”.
Estos principios elementales del leninismo estaban
incluidos en el programa del partido de 1919. Es verdad que, en unos momentos
difíciles donde la revolución quedó aislada en unas condiciones de atraso
terrible, hambre y analfabetismo, esta situación provocó distorsiones que eran
inevitables. Pero eran deformaciones relativamente pequeñas, nada que ver con el
monstruoso régimen que después instauró Stalin.
La verdadera causa de los
problemas a los que enfrentaron los bolcheviques fue el aislamiento de la
revolución. Lenin y Trotsky formaron la Internacional Comunista en 1919 como una
forma de romper este aislamiento. Este fue el único paso adelante. El programa
del partido de 1919 se escribió aplicando los términos intransigentes del
internacionalismo proletario. Comenzaba con la siguiente premisa: “ha empezado
la era de la revolución proletaria mundial”.
En él se explicaba que, debido
a la guerra, la “privación de derechos políticos o cualquier clase de limitación
a la libertad, sólo eran medidas temporales”, pero cuando la guerra hubiera
terminado el “partido tendría que reemplazarlas y eliminarlas completamente”.
Pero este objetivo se tuvo que posponer debido a la invasión del estado
soviético por parte de veintiún ejércitos extranjeros de intervención que
ahogaron al país en un baño de sangre.
A pesar de todo, la clase obrera
disfrutaba de derechos democráticos. El programa del partido de 1919
especificaba que “se debía convencer a todas las masas trabajadoras, sin
excepción, para que participaran en el trabajo de la administración del estado”.
La dirección de la economía planificada estaba principalmente en manos de los
sindicatos. No se mencionaba la colectivización, sino que se apoyaban distintos
tipos de cooperativas.
Este documento inmediatamente fue traducido a los
principales idiomas del mundo y se distribuyó ampliamente. Sin embargo, en 1936,
en el momento de las purgas, era considerado un documento peligroso y se
retiraron todos los ejemplares de las bibliotecas y librerías de la URSS.
Se
creó una comisión, presidida por Stalin, para elaborar un nuevo programa del
partido. Junto a Stalin, había otros veinticinco funcionarios del partido,
incluidos Voznesensky, Beria y Bagrov, los veinticinco murieron más tarde
fusilados al ser considerados “enemigos del pueblo”. Cuando Lenin y Trotsky
estaban al frente del partido, los congresos se celebraban cada año, incluso
durante los difíciles años de la Guerra Civil. Con Stalin, pasaron trece años
hasta que se celebró el XIX Congreso del partido en octubre de 1952. Incluso se
dio la situación grotesca de que durante muchos años la URSS estuvo gobernada
por un partido que tenía un programa (teóricamente todavía válido) prohibido por
la censura.
El secretario general nunca fue el puesto más importante de la
dirección del Partido Bolchevique, tenía un carácter principalmente
administrativo. Antes de Stalin, el secretario general era Sverdlov, un
organizador excepcional y con una elevada talla moral. Pero Sverdlov murió en
marzo de 1919. Lenin estaba ansioso por encontrar un sustituto y pensó que
Stalin era el candidato adecuado. Pero Stalin no era Sverdlov. Desde 1919, con
el crecimiento del nuevo aparato del partido, el puesto de secretario general se
hizo más importante. En diciembre de 1919 se aprobó un mandato a través del cual
el trabajo de los secretarios de distrito pasó a ser un trabajo a tiempo
completo.
A partir de 1920, comenzaron las quejas sobre el “burocratismo”
del partido. Pero estas quejas al principio estaban relacionadas con abusos
individuales, trámites, etc., En ese momento, la URSS todavía era un estado
obrero relativamente sano, con algunas desviaciones burocráticas menores. Pero
eso cambió.
En la medida que la clase obrera estaba agotada y debilitada por
los largos años de guerra, revolución y guerra civil cayó en la pasividad. Esto
provocó un aumento colosal de la burocracia. El final de la guerra civil
acrecentó el problema. La desmovilización del Ejército Rojo supuso que una parte
importante del anterior personal militar fuera absorbida por el aparato del
estado. Estas personas principalmente eran comunistas honrados, pero se habían
acostumbrado al método de trabajo del mando.
Lenin quería una persona fuerte
en el centro del aparato del partido para eliminar la corrupción y el
burocratismo. Pensaba que Stalin era esa persona, pero estaba equivocado. Una
vez instalado en un puesto importante, Stalin comenzó a llenar las oficinas
centrales del partido con compinches como Kaganovich, que fue puesto a cargo del
Departamento Organizativo del Partido (Orgotdel). Este comité controlaba los
nombramientos. Por lo tanto, tenía poderes para patrocinar a personas. A
Sverdlov nunca se le habría ocurrido utilizar su puesto para beneficio personal.
Y el propio partido era muy claro en la cuestión de los nombramientos y en los
puestos no electos en general. El X Congreso del Partido, celebrado en
condiciones muy difíciles, aprobó la siguiente resolución sobre los sindicatos:
“Por encima de todo es necesario poner en práctica [...] a una escala
amplia, el principio electivo en todos los órganos [...] y suprimir el método de
nombramientos desde arriba”.
Otra resolución decía que se debía garantizar
que todos los militantes formaran “parte activa en la vida del partido, en las
discusiones de todas las cuestiones que se planteen en el partido”. Además, “la
naturaleza de la democracia obrera excluye cualquier forma de nombramiento que
sustituya al sistema electoral”. (Ver KPRSS v rezolyutsiyakh, vol. 1, pp. 516-27
y 534-49).
En general, el sistema de nombramientos sólo debería ser
permisible en condiciones de clandestinidad. Sin embargo, Stalin,
sistemáticamente, utilizó el sistema de nombramientos para construirse una base
de apoyo entre los funcionarios del partido que le estaban agradecidos por su
promoción.
Lenin contra Stalin
Toda
burocracia tiende a convertirse en una casta cerrada de elementos privilegiados,
ansiosa sólo por defender sus intereses creados. Pensar que un estado obrero es
de alguna manera inmune a estas tendencias es una locura. Pero en un estado
obrero en condiciones de atraso extremo, con una clase obrera débil y exhausta y
una población campesina en su mayor parte analfabeta, los peligros de la
degeneración burocrática eran extremos. Por eso Lenin estaba alarmado. Veía que
la burocracia podía minar y destruir el estado soviético, la historia demostró
que estaba en lo cierto.
En un intento de luchar contra la burocracia, Lenin
creó el Rabkrin ¾ Inspectorado Obrero y Campesino ¾ y puso a su cargo a Stalin.
Pero en lugar de luchar contra la burocracia, el Rabkrin se convirtió en un
semillero de burocracia. En una de sus últimas cartas, Lenin dice que el Rabkrin
no tiene un átomo de autoridad y pide su reorganización. Lenin avisó en muchas
ocasiones, especialmente en sus últimos escritos y discursos, del peligro de
burocratismo en el estado obrero. Su consejo de quitar a Stalin de la secretaría
general no fue una casualidad. Poco a poco se dio cuenta que Stalin representaba
las mismas tendencias burocráticas contra las que estaba luchando.
Lenin,
durante la etapa final de su enfermedad, inició una dura lucha contra Stalin por
su manipulación de la Cuestión Nacional, una cuestión de vida o muerte para la
revolución de octubre. En 1920, sin consultar con la dirección, Stalin efectuó
lo que equivalía a un golpe, cuando preparó al final de la guerra civil la
invasión de Georgia, cuyo gobierno controlado por los mencheviques apoyaba
abiertamente la reacción contra la revolución en Rusia. Enfrentado a los hechos
consumados, Lenin consintió de mala gana pero hizo una dura advertencia para que
se tratara a los georgianos con sensibilidad y respecto.
El secuaz de
Stalin, Ordzhonikidze, se convirtió en el virtual dictador de Georgia. Lenin lo
bombardeó con instrucciones que pedían la moderación y aconsejaban que se
hicieran concesiones a los mencheviques georgianos. Ignoraron estos consejos. La
situación empeoró tanto que los agentes de Stalin actuaban como una fuerza de
ocupación. Los dirigentes bolcheviques georgianos protestaron, pero les
respondieron con las tácticas de la bravuconería y la intimidación. En una
ocasión, un bolchevique georgiano fue agredido físicamente por Ordzhonikidze.
Este acto no tenía precedentes, aunque no fue nada si se compara con la
violencia desatada posteriormente por Stalin y sus gángsteres.
En 1922
Stalin, Dzerzhinsky y Ordzhonikidze utilizaron la violencia y las tácticas
intimidatorias para obligar al gobierno georgiano a aceptar los dictados de
Moscú. Con Lenin seriamente enfermo, Stalin utilizó su control del aparato del
partido para aislarlo completamente. Pero Lenin descubrió lo que ocurría en
Georgia. Estaba escandalizado con la conducta de Stalin y sus secuaces
-Dzerzhinsky y Ordzhonikidze-. Esto tenía implicaciones serias no sólo para la
cuestión nacional, también para el futuro de la democracia soviética en general.
Comprendía claramente que Stalin y su camarilla burocrática estaban detrás de
todo esto, de ahí su decisión de destituir a Stalin como secretario general.
Stalin intentó aislar a Lenin, utilizando su control del aparato del partido
y los médicos del Kremlin. A pesar de su mala salud, Lenin dictó una serie de
cartas a sus secretarias y las consiguió sacar en secreto con la ayuda de su
esposa, Krupskaya. Uno de estos mensajes era un memorando secreto para Trotsky,
pidiéndole que se hiciera cargo de la defensa de las posiciones de Lenin en el
próximo congreso del partido. La existencia de esta correspondencia entre Lenin
y Trotsky fue revelada a Kámenev por Trotsky. Lo que éste no sabía era que
Kámenev y Zinoviev habían formado un bloque secreto con Stalin.
El 22 de
diciembre de 1922, Kámenev escribió a Stalin:
“Josip:
Anoche me telefoneó T[rotsky], me dijo que había recibido una nota de
St[arik] (Lenin, nota de Alan Woods), quien, aunque está contento con el informe
del congreso de Vneshtorg (ministro del comercio exterior, nota de Alan Woods),
quiere que T[rotsky] informe sobre esta cuestión a una fracción del congreso y
prepare el terreno para plantear la cuestión en el congreso del partido.
Aparentemente, significa fortalecer su posición. Trotsky no da su opinión, pero
me preguntó si podía plantear el tema en la sección del CC responsable de la
dirección del congreso. Le prometí que te lo diría y lo estoy haciendo: Yo no
podía llamarte por teléfono.
En mi informe voy a presentar con fervor la
resolución en el Pleno de CC, Saludos.
L. Kam[enev]”.
Stalin respondió inmediatamente:
“¡Camarada Kámenev!
He recibido tu nota. Pienso que deberíamos limitarlos a la declaración
de tu informe sin llevar esto ante la fracción. ¿Cómo ha podido Starik organizar
esta correspondencia con Trotsky? Foerster le prohibió completamente hacerlo.
J. Stalin”.
(Izvestiya Ts. Kom. KPSS, 1989, p. 191)
Estas dos cartas no se publicaron en la Unión Soviética hasta 1989.
Cuando Stalin se enteró del memorando entró en cólera y llamó a Krupskaya para
advertirla que no se entrometiera. Krupskaya intentó defenderse y en el curso de
la conversación, Stalin, la atacó de forma lamentable, la llamó “puta” y “zorra
sifilítica”. Estas expresiones ilustran perfectamente el carácter de Stalin y su
grado de lealtad y afecto hacia el agonizante Lenin.
Al día siguiente,
Krupskaya le escribió a Kámenev para protestar por la conducta de Stalin:
“Lev Borisych:
Con relación al breve dictado que me hizo Vlad.
Ilyich, con el permiso de su médico, Stalin ayer me habló en términos muy
groseros. Este no es mi primer día como militante del partido. Durante estos
treinta años no he escuchado una sola palabra grosera de ninguno de mis
compañeros. Los intereses del partido y los de Ilych no tienen menos importancia
para mí que para Stalin. Ahora, necesito ejercer un gran autodominio. Sé mejor
que cualquier médico lo que le viene bien o mal decir a Ilyich, como también sé
lo que lo inquieta y lo que no. En cualquier caso, yo lo sé mejor que Stalin.
Recurro a vos y a Grigori (Zinoviev, nota de Alan Woods), como los amigos más
cercanos a V.I. y te pido que me defiendas ante esta injerencia grosera en mi
vida personal y ante estos insultos y amenazas. No dudo de la decisión unánime
de la Comisión de Control, con la cual Stalin se ha tomado la libertad de
amenazarme, pero no tengo la fuerza ni el tiempo para malgastar en esta pelea
estúpida. Soy un ser humano y mis nervios ya están muy agotados.
N.
Krupskaya”. (Lenin. Obras Escogidas en ruso. Vol. 54, 1965, pp. 674-5).
El 5 de marzo de 1923, Lenin dictó una carta a Stalin donde rompía las
relaciones personales y de camaradería con él, en un acto sin precedentes. El
mismo día, Lenin ofreció a Trotsky formar un bloque contra Stalin. Pidió a
Trotsky que “emprendiera urgentemente la defensa de Georgia en el Comité
Central”. Al día siguiente, Lenin envió a Trotsky tres notas sobre la cuestión
nacional que había dictado diez semanas antes.
Si Lenin no hubiera caído
enfermo, sin duda, Stalin habría sido destituido del puesto de secretario
general. Una de sus secretarias recuerda que Vladimir Ilyich estaba “preparando
una bomba” contra Stalin en el congreso del partido. Envió una nota a los
dirigentes bolcheviques georgianos, Mdivani y Makhradze, dándoles su apoyo “con
todo mi corazón” contra Stalin.
Aunque Lenin había roto todas las relaciones
con Stalin y exigía su destitución como secretario general, Stalin consiguió
mantener su posición gracias a una serie de maniobras. Como resultado de estas
maniobras, el testamento de Lenin no se hizo público, a pesar de las protestas
de Krupskaya. En la reunión del Politburó y el Presidium donde se iba a discutir
la cuestión, Stalin dijo:
“Sugiero que no hay razón para publicarlo,
especialmente porque Ilyich no ha dado instrucciones para hacerlo”. (D.
Volkogonov, Trotsky, p. 243).
El paso que dio Lenin para romper relaciones
con Stalin no tiene precedentes. Su testamento era un golpe devastador. Pero el
mensaje no se hizo público nunca. El testamento de Lenin permaneció oculto para
la población de la URSS hasta que Kruschev lo citó en una sesión secreta del XX
Congreso del PCUS, en 1956. Hasta entonces, había sido publicado por los
trotskistas en occidente, pero denunciado como una falsificación por los
estalinistas. Fueron indecentes y desleales con la última voluntad de Lenin.
Después de la muerte de Lenin
Mientras
Lenin vivía, la camarilla de Stalin actuaba con cautela. La memoria de la
revolución de octubre estaba demasiado reciente y la autoridad personal de Lenin
era demasiado grande. Pero cuando ya no estaba Lenin, comenzaron a maniobrar
para tomar el control del partido. La ambición de Stalin aumentó con el
fallecimiento de Lenin, a quién temía a muerte. Después de la muerte de Lenin,
una casta de funcionarios privilegiados usurpó el poder en la Unión Soviética.
Dentro del partido estaba representada por la fracción burocrática que se había
formado alrededor de Stalin.
Se creó un triunvirato secreto, formado por
Zinoviev, Kámenev y Stalin, con el objetivo de aislar a Trotsky. En su
testamento, Lenin únicamente mencionaba a Trotsky como el miembro más capacitado
del Comité Central, también decía que “no se debería utilizar contra él” su
pasado no-bolchevique. Pero el triunvirato ignoró el consejo de Lenin y lanzaron
una campaña vitriólica contra Trotsky, inventando el mito del “trotskismo”. Como
parte de esta campaña, crearon el culto a Lenin. Contra los deseos de Krupskaya
su cuerpo fue embalsamado y puesto en lugar público en el mausoleo de la Plaza
Roja. Más tarde Krupskaya diría: “Toda su vida Vladimir Ilyich estuvo en contra
de los iconos y ahora él se ha convertido en un icono”.
En esto jugaron un
papel nefasto Zinoviev y Kámenev, motivados por consideraciones mezquinas de
ambición y celos iniciaron una campaña de calumnias contra Trotsky. Cuando Lenin
describió a Trotsky en su testamento como el miembro del Comité Central más
capacitado, eso ofendió en particular a Zinoviev por que él se consideraba como
el sucesor natural de Lenin. Por supuesto, las enemistades personales, los celos
y las rivalidades nunca pueden determinar el resultado de un proceso histórico
amplio. Más bien caen en el apartado de accidentes históricos. Pero como explicó
Hegel la necesidad se expresa a través del accidente. Actuando como lo hicieron,
Kámenev y Zinoviev sin duda facilitaron la tarea de Stalin y aceleraron en gran
medida el proceso de degeneración burocrática.
Lenin no confiaba en Kámenev
y Zinoviev, en su testamento advertía que su conducta durante la revolución de
octubre no fue una casualidad. Una vez más, su juicio demostró ser correcto.
Stalin los utilizó con el objetivo de desacreditar a Trotsky y después se volvió
contra ellos. Más correctamente, ellos se volvieron contra Stalin cuando se
dieron cuenta hacia dónde llevaba éste a la URSS. Durante un tiempo participaron
con Trotsky en la Oposición de Izquierda. Después, en un gesto típico, cuando
las cosas se volvieron difíciles capitularon ante Stalin.
El discurso de
Stalin en el funeral de Lenin fue un ejemplo típico de su hipocresía. Sentía
alivio por la muerte de Lenin, porque sabía que Lenin estaba dispuesto a
destituirlo. Pronunció una oración funeraria en los términos del culto
bizantino. Ya estaba fuera de peligro y ahora podía adular a Lenin porque éste
había muerto. Algunas veces los muertos son más útiles que los vivos. Stalin
utilizó el lenguaje litúrgico de la iglesia ortodoxa que había aprendido en el
seminario, se parecía más a un sortilegio religioso que a un discurso marxista.
Esto no era casualidad, mientras construía el culto religioso a Lenin, Stalin
pisoteaba los principios más elementales y la política del leninismo. Bajo la
bandera del “leninismo” se estableció el nuevo credo estalinista, el polo
opuesto a las ideas del Partido Bolchevique.
Por supuesto, no hay nada nuevo
en esto. En la historia, toda casta usurpadora siempre se ha visto obligada a
ocultar su revisionismo con el disfraz de la “ortodoxia”. Las ideas comunistas
revolucionarias de los primeros cristianos fueron desplazadas por la defensa de
los ricos y privilegiados cuando Constantino tomó el control del estado. La
iglesia se convirtió en su contrario, se convirtió en la iglesia de los ricos y
privilegiados. Sin embargo, lo hacía en nombre del hijo de un pobre carpintero y
de un rebelde de Galilea. Lo mismo ocurrió con Napoleón Bonaparte, mientras
pisoteaba las tradiciones de la Revolución Francesa y se ponía la corona
imperial sobre la cabeza, continuaba hablando con el lenguaje de la república,
de Libertad, Igualdad y Fraternidad.
La Oposición Unificada
Más que una idea, el estalinismo comenzó como un ambiente
concreto de reacción entre los funcionarios. La campaña contra el “trotskismo”
era, en esencia, un reflejo de la reacción pequeño burguesa contra Octubre. La
numerosa casta de funcionarios soviéticos estaba cansada de la tormenta y la
tensión de la revolución, que asociaban con la idea de la “revolución
permanente”, aunque el verdadero significado de esta idea era un libro cerrado
para ellos.
Stalin realizó una maniobra para aislar y acabar con la
vanguardia leninista, organizó la conocida “promoción Lenin”. Las puertas se
abrieron y eso permitió la entrada y votación en el congreso de una masa de
nuevos militantes, ignorando los estatutos del partido que establecían un
período de premilitancia.
Maria Joffe recuerda:
“Las puertas del
partido, que tan celosamente se guardaban para no permitir la entrada de
personas indignas, se abrieron de par en par: obreros, oficinistas, funcionarios
del servicio público, todos entraron en masa, convencidos por promesas de mayor
alcance. Todo lo que necesitaban eran demostrar que eran “disciplinados” y que
“tomaban nota”. El significado político de la ‘promoción Lenin’ era la
disolución de las filas revolucionarias, que fueron sustituidas por materia
prima humana, no curtida en la batalla, sin experiencia y sin una mente
independiente. Más bien tenían la antigua costumbre rusa, ahora de nuevo
cultivada, de temer a las autoridades y obedecer ciegamente”. (Maria Joffe. One
Long Night, pp. 71-2).
A finales de 1927, el 60 por ciento de los
secretarios de los grupos principales del partido había entrado después de 1921,
es decir, después de la Guerra Civil. En el período de la revolución y la Guerra
Civil, la militancia del partido no suponía ninguna ventaja e implicaba sólo
riesgos y sacrificios. Pero después de 1921 todo esto cambió. El partido estaba
en el poder y atraía a todo tipo de elementos arribistas. Debían su ascenso a
Stalin y éste se basó en ellos para atacar al ala izquierda del partido.
En
agosto de 1922 el partido tenía 15.325 liberados o rentados. Cuando se celebró
el XIV congreso —en 1925— la cifra ya ascendía a 20.000. El salario de estos
funcionarios era un 50 por ciento superior al de los trabajadores del gobierno
y, lo más importante, disfrutaban de privilegios que no tenían los trabajadores.
Por lo tanto, tenían intereses materiales que defender.
Sin embargo, la
política antiobrera y antisocialista de la burocracia, tenía que disfrazarse con
fraseología “socialista”. Esto se consiguió con la teoría antimarxista del
“socialismo en un solo país”. Cuando Stalin planteó esta consigna reaccionaria,
violando todos los principios del leninismo, fue demasiado para Kámenev y
Zinoviev. Rompieron con él. Después, intentaron defender las ideas básicas del
leninismo y la revolución de octubre, aunque de una forma vacilante y poco
entusiasta.
Finalmente, Kámenev y Zinoviev unieron sus fuerzas con Trotsky
para formar la Oposición de Izquierda Unificada, que incluía a destacados viejos
bolcheviques, como la viuda de Lenin: Krupskaya. En una reunión de la Oposición
de Izquierda celebrada en 1926, Krupskaya dijo que “si Vladimir Ilyich hoy
estuviera vivo, estaría en una de las cárceles de Stalin”. Era una prueba de lo
lejos que habían ido las cosas. Cuando Kámenev y Zinoviev capitularon y fueron
asesinados por Stalin, Krupskaya fue silenciada con amenazas y el chantaje de
Stalin. Le advirtió que si seguía molestándolo siempre podría encontrar otra
“viuda de Lenin”.
En ese momento, Stalin viró a la derecha y unió sus
fuerzas con Bujarin, que estaba a la cabeza del ala de derecha del partido. Hizo
concesiones a los campesinos ricos (kulaks). Planteó una consigna directa a los
campesinos: “Enriquézcanse, desarrollen sus granjas y no teman porque nos les
impondremos restricciones”.
La expulsión de la Oposición
La Oposición defendía los principios del leninismo y de
Octubre. Avisó de las consecuencias que tendría esta política desastrosa de
compromiso con los campesinos ricos. En su lugar, la Oposición defendía los
impuestos a los kulaks y la industrialización, incluida la instauración de
planes quinquenales. Todo esto unido a otras medidas destinadas a restaurar la
democracia obrera frente al burocratismo y a la defensa del internacionalismo
proletario.
Pero la lucha era desigual. Stalin movilizó todo el peso del
aparato para aplastar a la Oposición. Despidieron de su empleo a los
oposicionistas, los expulsaron del partido, los persiguieron y arrestaron.
Stalin utilizó patotas para disolver las reuniones de la Oposición. Todo esto
era completamente ajeno a las limpias tradiciones del Partido Bolchevique.
Al giro a la derecha en Rusia siguió el viraje a la derecha internacional.
La política de Stalin y Bujarin provocó la ruina de la Internacional Comunista.
Garantizó una derrota tras otra: en Estonia, Bulgaria, Gran Bretaña y la peor de
todas, en China.
Stalin, el “práctico” de mente miope, intentó basarse
internacionalmente en el ala de derecha, de la misma forma que se había basado
en los kulaks rusos. Sin confianza en la clase obrera o en la Internacional
Comunista, llegó a toda una serie de acuerdos y alianzas con los dirigentes
sindicales de derecha en Gran Bretaña y con Chiang Kai Shek en China. Este
último incluso entró al Comité Ejecutivo Internacional de la Comintern, con un
solo voto en contra, el de León Trotsky.
Cada nueva derrota de la revolución
internacional profundizaba la desilusión y la desesperación de los trabajadores
soviéticos y aumentaba la confianza de los burócratas.
Finalmente, en 1927,
el XV Congreso del partido votó a favor de la expulsión de la Oposición. Fue
llevada a cabo por los seguidores de Stalin pero fue el resultado de una
decisión predeterminada. Trotsky y los demás oradores de la Oposición eran
interrumpidos y acosados constantemente por los estalinistas, una violación
clara de las tradiciones democráticas escrupulosas del partido de Lenin.
La
burocracia triunfó no por los errores de la oposición o la capacidad de
previsión de Stalin, sino porque la clase obrera estaba agotada después de
largos años de guerra, revolución y guerra civil. Estaba desencantada y
desanimada. Los funcionarios soviéticos se aprovecharon de la paz y el orden
para continuar con sus tareas administrativas. No comprendían el
internacionalismo bolchevique y recelaban de él. Eran igualmente hostiles a la
democracia soviética que permitía a los trabajadores “interferir” en sus planes
y en el funcionamiento de sus departamentos.
“La lucha política, en esencia,
es la lucha de fuerzas e intereses, no de argumentos. La calidad de la dirección
está, por supuesto, lejos de ser algo indiferente para el resultado del
conflicto. Aunque no es el único factor, en última instancia, sí es el factor
decisivo. Cada uno de los bandos en contienda exige dirigentes a su propia
imagen y semejanza”. (Trotsky. La revolución traicionada).
El argumento de
que Stalin ganó porque fue más habilidoso y perspicaz que Trotsky es
completamente falso. La lucha estuvo determinada por la correlación de fuerzas
de clase y en ese momento era desfavorable para la vanguardia proletaria. Las
personalidades de las fuerzas en contienda eran una característica completamente
secundaria. Lo que aquí ocurrió fue el triunfo de la burocracia sobre la clase
obrera soviética y su vanguardia. En la persona de Stalin la burocracia encontró
un líder a su propia imagen y semejanza.
Stalin: el liquidador
del partido de Lenin
La política de Stalin-Bujarin creó una
situación peligrosa en el campo, donde los kulaks se estaban convirtiendo en una
fuerza poderosa hostil al poder soviético. Aquí vemos el rudo empirismo y la
ausencia de comprensión marxista de Stalin. En febrero de 1928 escribía: “La NEP
es la base de nuestra política económica y seguirá siéndolo durante mucho
tiempo”. En abril del mismo año, Stalin y el Pleno del Comité Central aprobaron
una resolución en la que se decía: “sólo los mentirosos y los
contrarrevolucionarios pueden extender rumores sobre la abolición de la NEP”.
La Oposición de Izquierda advertía continuamente del peligro que
representaba el kulak y pedía un cambio de rumbo. Pero todos sus llamados
cayeron en oídos sordos. Pocos meses después toda esta política se convirtió en
su contrario. Los kulaks organizaron una huelga de venta de granos como primer
paso para la contrarrevolución capitalista contra el poder soviético. A finales
de 1927, la caída del suministro de grano a las ciudades había adquirido
proporciones alarmantes. Con un giro de ciento ochenta grados Stalin anunció la
“liquidación de los kulaks como clase”.
En 1930, Trotsky advirtió que la
colectivización del campesinado debía hacerse de forma gradual y de forma
voluntaria, y en ningún caso abrir un conflicto entre el proletariado y el
campesinado. Defendía que no se colectivizara más del 20-25 por ciento de las
granjas “por temor a que se excediese el marco de la realidad”.
Esto estaba
en línea con la actitud de Lenin hacia la colectivización. En su lugar, Stalin
insistió en colectivizar todo. En este proceso, no hicieron distinción entre los
campesinos medios y los ricos. El resultado fue una guerra civil sangrienta y
enviaron al campo al Ejército Rojo. Como resultado de la política lunática de
Stalin, en 1932-3, una hambruna terrible asoló el país. Millones de personas
murieron de hambre. Se dieron casos de canibalismo en Ucrania y Asia Central.
Desde un punto de vista económico no se podía iniciar una colectivización a
gran escala cuando la industria soviética no estaba en situación de suministrar
a las granjas colectivas los tractores y las cosechadoras necesarias. Como
irónicamente dijo Trotsky: “Al poner juntos las azadas primitivas y los pobres
caballos de los mujiks, no se crea agricultura a gran escala, de la misma forma
que no se crea un gran barco de vapor juntando muchos barcos de pesca”.
Más
tarde Stalin tuvo que dar marcha atrás, pero el daño ya estaba hecho. La
agricultura soviética nunca se recuperó de este golpe. La política aventurera de
Stalin de colectivización forzosa de la agricultura, provocó un desastre
terrible. Stalin más tarde admitió ante Churchill que habían muerto de hambre
diez millones de personas”. (Ver Churchill. The Second World War, vol. IV, pp.
447-8).
En el terreno de la industria, Stalin zigzagueó de la misma forma.
Cuando Trotsky, siguiendo los pasos de Lenin, defendió una política de
industrialización basada en planes quinquenales y la electrificación del país,
fue acusado de ser un “super-industrializador”. Stalin ridiculizó la propuesta
de Trotsky de construir un proyecto hidroeléctrico en el río Dnieper
(Dnieperstroy) respondiendo que sería lo mismo que ofrecer a un campesino un
gramófono en lugar de una vaca. Pero, de repente, después de denunciar la idea
de Trotsky del plan quinquenal, Stalin proclamó “un plan quinquenal a cuatro
años”.
Esto provocó una dislocación de la industria y se consiguió
rectificar con grandes dificultades y con grandes pérdidas. Sin embargo, el
lanzamiento del plan quinquenal fue un gran paso adelante para la URSS que le
permitió salir del terrible atraso e industrializarse en un corto espacio de
tiempo. En realidad, Stalin robó algunas de las políticas de la Oposición de
Izquierdas, a las que anteriormente se oponía. Por supuesto está fuera de toda
duda que no aceptaba las reivindicaciones básicas de la Oposición, las
relacionadas con la democracia obrera y el internacionalismo. El resultado no
fue una genuina política socialista, sino una caricatura burocrática.
Sin
embargo, el viraje “a la izquierda” de la fracción de Stalin fue interpretado
por muchos oposicionistas como una prueba de que su política estaba siendo
rectificada. Varios destacados dirigentes capitularon, empezando con Kámenev y
Zinoviev. Pero la capitulación es una pendiente resbaladiza. Se puede convertir
en una costumbre. Capitularon por segunda vez y después, una tercera de la forma
más rastrera, pero eso no les salvó. Stalin los utilizó y después los ejecutó.
Ninguna capitulación pudo salvarles. La consolidación del estalinismo exigía la
completa liquidación de los viejos bolcheviques.
El ascenso de
la burocracia
Un punto de inflexión decisivo fue la abolición
del Partmaximum*. Esta medida leninista tenía la intención de evitar la
formación de una capa privilegiada de burócratas “comunistas”. Lenin explicó que
la existencia de diferencias salariales era un remanente del capitalismo, y que
desaparecería cuando la sociedad se encaminara hacia el socialismo. El
desarrollo de las fuerzas productivas iría acompañado de una mejora general de
los niveles de vida y las desigualdades disminuirían. Sin embargo, en la Rusia
estalinista ocurrió lo contrario. Lejos de reducirse la desigualdad, aumentó
enormemente la diferencia entre los niveles de vida de la clase obrera y las
capas superiores de la burocracia.
En un discurso pronunciado en 1931,
Stalin hablaba de la “vida feliz” de la población de la Unión Soviética. En ese
momento los niveles de vida de los trabajadores eran muy bajos, los salarios de
los trabajadores continuaron deprimidos a lo largo de los años treinta, a pesar
de las colosales conquistas del Plan Quinquenal. Sí, la “vida feliz” era una
realidad para millones de funcionarios del estado y del “Partido Comunista”;
ellos vivían muy bien. Además de otros privilegios relacionados con el
abastecimiento y el alojamiento, se creó una nueva red de “distribuidores”
cerrados, y restaurantes que eran de uso exclusivo para los altos funcionarios
comunistas o del estado. Después, se crearon “tiendas estatales” especiales
también para su uso exclusivo. En estas tiendas se podía comprar todo y a unos
precios que los trabajadores no podían pagar.
Los principios de Lenin fueron
pisoteados. Lenin había dicho que las diferencias salariales eran un remanente
del capitalismo que deberían reducirse cuando la URSS se encaminara hacia el
socialismo. Ocurrió precisamente lo contrario. Ciliga comenta el estilo de vida
y la mentalidad del burócrata y sus familias:
“El valor de un hombre se
medía por la elegancia de las vacaciones que podía permitirse, por su
apartamento, mobiliario, ropa y la posición que ocupaba en la jerarquía
administrativa. [...]
La diferenciación de la elite burocrática llegaba a
otro plano; los maridos, las mujeres y los niños constituían tres grupos, cada
uno con sus propias normas. Los maridos han desarrollado un sentido de la
diplomacia, no son agresivos y no recuerdan ‘entrar en contacto con las masas’,
no mantienen apariencias proletarias o revolucionarias. Se expresan en términos
cautelosos. Las mujeres no tenían estas consideraciones. Su único pensamiento
era cómo deslumbrar con sus vestidos, su palco en el teatro, la elegancia de sus
casas, o las descripciones de sus vacaciones en tal o cual lugar, o su viaje al
extranjero. Eran conscientes de pertenecer a la ‘sociedad’ y vivían sólo para
sus pequeñas ambiciones. [...]
En cuanto a los niños, estaban asombrados por
la hipocresía de sus padres. Ellos querían llamar a las cosas por su nombre.
‘Aquí somos los jefes, ¿por qué ocultarlo?’ ‘¿Por qué no vestimos siempre con
ropas elegantes? ¿Por qué sólo lo hacemos en ciertas ocasiones, mientras que en
las demás debemos vestirnos con fingida modestia? ¿Por qué no salimos en coche
si tenemos uno? ¿Por qué fulano lleva los niños a la escuela en coche mientras
que papá no quiere hacerlo?’ La fraseología revolucionaria les molestaba,
odiaban escuchar una y otra vez la palabra proletario”. (Ante Cigila. The
Russian Enigma. pp. 118-9).
En estas pocas líneas está toda la información
necesaria para comprender exactamente lo que ha ocurrido en Rusia, Europa del
Este y China durante los últimos diez o veinte años.
Las
Purgas de Stalin
Después de la muerte de Lenin, el PCUS
experimentó un proceso de degeneración burocrática que terminó en la dictadura
de Stalin. Pero para consolidar su poder, Stalin primero tenía que destruir el
partido de Lenin. Lo hizo físicamente, exterminando el Partido Bolchevique con
las célebres Purgas.
El Partido “Comunista” con Stalin se transformó en un
club burocrático. En realidad, no era un partido, era parte del aparato del
estado, un vehículo para controlar a la clase obrera y el avance de los
arribistas. Aunque quedaban algunos verdaderos comunistas, la aplastante mayoría
de sus militantes eran arribistas, aduladores, buchones, espías y parásitos.
En 1935, la Sociedad de Viejos Bolcheviques se disolvió, un mes más tarde lo
hizo la Sociedad de Antiguos Prisioneros y Exiliados Políticos. La historia del
partido se reescribió para glorificar a Stalin y éste no quería testigos
incómodos a su alrededor que pudieran contradecirlo. La juventud era una amenaza
aún mayor. A iniciativa de Stalin se reorganizó drásticamente el KOMSOMOL (las
juventudes comunistas), con el objetivo de eliminar a los “enemigos del pueblo”.
Los primeros juicios políticos, en 1930, fueron los de la llamada oposición
industrial. Ingenieros completamente inocentes sirvieron de chivos expiatorios
para el caos económico provocado por la locura política del “plan quinquenal en
cuatro años”. Se los acusó de organizar una red de sabotaje en nombre del Alto
Mando francés. Se los obligó a confesar crímenes inexistentes y se los condenó a
largas penas de prisión. Fue el ensayo general de Stalin de las Purgas de Moscú.
A éste siguió el juicio del “Buró de Socialistas Mencheviques”.
Anteriormente, eran personas desconocidas que en determinado momento habían
pertenecido a los mencheviques, pero ahora estaban inactivas. También confesaron
la organización de un programa de sabotaje para preparar la intervención militar
extranjera contra la URSS. En esa acusación no había ni un átomo de verdad, pero
preparaba el terreno para cosas mayores.
Al XVII Congreso de octubre de 1934
se lo aclamó como “el congreso de los vencedores”. Los delegados competían entre
sí para cantar las alabanzas al Líder, pero casi todos los 2.000 delegados que
asistieron a ese congreso, posteriormente, fueron víctimas del terror de Stalin.
El congreso demostró que Kirov, el jefe del partido en Leningrado, era popular
entre los delegados, demasiado popular. Recibió una sonora ovación al principio
y al final, fue elegido para el Secretariado del Comité Central. Esto
significaba que sería trasladado de Leningrado a Moscú, donde sería un rival
para Stalin. Los desastres de la colectivización forzosa y el caos económico
provocado por la mala gestión del Plan Quinquenal habían provocado muchas dudas
sobre Stalin, y un sector del partido estaba a favor de sustituirlo por Kirov.
Eso marcó su destino.
El 1 de diciembre de 1934, Kirov fue asesinado por un
joven comunista llamado Leonidas Nikolayev, que había sido, oportunamente,
militante de segunda fila en la oposición zinovievista de Leningrado. En
realidad, Nikolayev trabajaba para la GPU y era una simple herramienta de las
maquinaciones de Stalin. Que Nikolayev era un provocador se puede comprobar en
el siguiente hecho. Escribía un diario donde a principios de 1934 revelaba no
sólo la actitud crítica hacia la dirección del partido, sino que también
revelaba sus tendencias terroristas. Lo descubrieron y fue expulsado del
partido, pero después volvió a ser admitido. Eso le permitió continuar
trabajando en el Instituto Smolny, los cuarteles generales del partido en
Leningrado.
Debido a estas circunstancias es incomprensible que Nikolayev
pudiera entrar en contacto con Kirov, quien, como todos los demás dirigentes del
partido, iba rodeado de guardaespaldas. Sin embargo, en el momento del
asesinato, no había ni un sólo guardaespaldas a la vista. Inmediatamente después
del asesinato, se dieron los pasos necesarios para acabar con todos los testigos
y así ocultar las pistas. No sólo fue ejecutado Nikolayev, también fueron
asesinados los guardaespaldas y el chofer de Kirov, además de la esposa de
Nikolayev y otros miembros de su familia.
No existe la más mínima duda de
que este asesinato fue planeado por Stalin. Temía a Kirov porque era su rival.
En el momento en que Stalin perdía apoyo, el nombre de Kirov circulaba como un
posible sustituto en los círculos del partido. Tenía que ser y fue eliminado.
El juicio a Kámenev y Zinoviev
Al
principio, se culpó de la muerte de Kirov a elementos de la Guardia Blanca, pero
después, se fabricó la historia de que los autores reales eran Kámenev y
Zinoviev, aquellos “brutales enemigos” que se decían guiados por el “mercenario
fascista Trotsky”. En 1935 fueron llevados a juicio en secreto, acusados de la
responsabilidad política del asesinato de Kirov. Después de haber capitulado una
vez ante Stalin, ahora, capitulaban de nuevo. Stalin les prometió perdonarles la
vida si confesaban y los envió a un campo de trabajo. Pero esto no era
suficiente para Stalin. Los quería muertos. Así que, después de dieciocho meses,
regresaron a Moscú para otro juicio.
El 19 de agosto, cuando estaba en pleno
apogeo la discusión de la nueva Constitución soviética de Stalin (“la
constitución más democrática del mundo”), 16 dirigentes ex–oposicionistas
encabezados por Zinoviev y Kámenev, junto con Yevdokimov y Smirnov, fueron
llevados a juicios acusados de cargos capitales. En esta ocasión fueron
acusados, no de la “responsabilidad política” del asesinato de Kirov, sino de
organizar actos terroristas contra Stalin, Voroshilov, Kaganovich y Zhdanov,
siguiendo instrucciones directas de Trotsky.
Este juicio era una excusa para
llevar a cabo arrestos en masa de todos aquellos que cuestionaban la dirección
de Stalin. Durante las sesiones, a los acusados se los obligó a arrojar basura
sobre sí mismos. Kámenev testificó que: “él mismo sirvió al fascismo y que junto
a Zinoviev y Trotsky habían preparado una contrarrevolución en la URSS”.
Zinoviev declaró que: “el trotskismo es una variante del fascismo”. La
naturaleza miserable de estas confesiones no los salvó: fueron ejecutados. Doce
meses después de este juicio, sólo en Leningrado, 100.000 personas habían sido
arrestadas o ejecutadas.
Los métodos de la GPU eran similares a los de la
Inquisición. Los acusados eran sacados de la cama a mitad de la noche, los
aislaban, golpeaban, torturaban, amenazaban a sus familias, les arrancaban a la
fuerza una confesión falsa. Los interrogatorios se hacían ininterrumpidamente,
día y noche, durante 16 y 24 horas, a los prisioneros se les impedía dormir (el
sistema “transportador”). Los que no confesaban eran ejecutados o simplemente
desaparecían. Utilizaban a provocadores para conseguir las denuncias. A los
niños se les pedía que denunciaran a sus propios padres.
El principal motivo
de las Purgas era liquidar el Partido Bolchevique, destruir a toda una
generación de viejos bolcheviques y de este modo consolidar el dominio de la
burocracia. Cualquiera que pudiera recordar las antiguas tradiciones
democráticas internacionalistas del leninismo estaba en peligro. Como cualquier
criminal común, Stalin comprendía la necesidad de eliminar a todos los testigos.
Pero también había un motivo personal. Stalin era un mediocre que no se podía
comparar a los antiguos dirigentes bolcheviques. Comparado con Bujarin, Kámenev
e incluso Zinoviev, menos aún con un genio como Trotsky, Stalin era una nulidad.
Y lo sabía. Por lo tanto, abrigaba sentimientos de venganza hacia toda la
generación de viejos bolcheviques.
Stalin era un sádico que tenía interés
personal en atormentar a sus víctimas. Llevó a Moscú los métodos primitivos de
las peleas sangrientas georgianas, donde no sólo se asesinaba a los enemigos,
sino también a sus familias. En cierta ocasión dijo: “No hay nada más dulce en
el mundo que un plan de venganza sobre un enemigo, ponerlo en práctica y
después, irte tranquilamente a la cama”. Él personalmente redactaba la lista de
sus víctimas y decidía quién podía vivir o quién debía morir. De un total de
700.000 casos, personalmente firmó 400 listas, con un total de 40.000 personas.
Una de estas listas contenía los nombres de todos los principales lugartenientes
y compañeros de armas de Lenin.
Stalin tenía una receta muy simple para el
interrogatorio de los prisioneros: “Golpear, golpear y golpear de nuevo”. En la
época de los primeros juicios el jefe de la OGPU-NKVD, era Genrykh Yagoda.
Aplicó las directrices de Stalin, pero no lo hizo con el suficiente entusiasmo
para el Vozhd (el Jefe). Stalin estaba furioso porque Yagoda no había obtenido
en el juicio de 1936 las confesiones de Kámenev y Zinoviev por el crimen de
Kirov. Lo llamó y le dijo: “Tu trabajo es malo, Genrykh Grigorievich. Sé que
Kirov fue asesinado siguiendo las instrucciones de Zinoviev y Kámenev, ¡pero no
has sido capaz de demostrarlo! Debes torturarlos hasta que finalmente digan la
verdad y revelen sus relaciones”. (Anna Larina. This I cannot forget. p. 94).
Yagoda era un funcionario corrupto y un arribista despreciable, sus manos
estaban manchadas de sangre, pero era militante del partido desde 1907, estaba
inhibido por las viejas tradiciones y algunas veces le costaba seguir las
monstruosas órdenes que se esperaba que él cumpliera. Esto marcó su destino. Fue
destituido, llevado a juicio, acusado entre otras cosas de envenenar al escritor
Máximo Gorki, y posteriormente fue ejecutado. La acusación sobre Gorki es
insignificante. Gorki, que tenía un corazón bondadoso, a menudo, solía
interceder ante Lenin en nombre de personas que habían sido arrestadas e intentó
hacer lo mismo con Stalin. Pero éste no era Lenin. Stalin encontraba irritantes
las peticiones del anciano. Pero Gorki era demasiado famoso para llevarlo a
juicio por “trotskista”, así que con toda probabilidad Stalin acabó con él y
acusó al desafortunado Yagoda. Esto era muy del estilo de Stalin.
El año 1937
1937 pasará a la historia como
un sinónimo del terror desenfrenado de Stalin. El hombre que sustituyó a Yagoda,
Nikolai Yezhov, era un monstruo a la imagen de Stalin. Ningún acto era demasiado
bajo o sangriento para él, ninguna orden era demasiado atroz. Esta criatura era
la encarnación perfecta de la contrarrevolución política de Stalin.
En los
campos de trabajo, millones de personas pasaban hambre y trabajaban hasta la
muerte. Entre 1929 y 1934 la esperanza media de vida era inferior a los dos
años. Y todavía el Jefe decía que las condiciones en los campos de trabajo eran
demasiado cómodas: eran “como centros de salud”. Hasta 1937, la administración
de los campos de trabajo no llevó a cabo una política deliberada de exterminio
de los prisioneros, aunque muchos murieron como resultado de la mala
alimentación y el exceso de trabajo. Yezhov cambió todo eso. Cuando él se hizo
cargo la situación empeoró. Para empezar, la condena máxima después de la pena
de muerte, pasó de diez a veinticinco años. En la mayoría de los casos esto
suponía una sentencia de muerte.
Según los datos suministrados por Yezhov a
finales de 1936 y principios de 1937, sólo en las instituciones centrales de
Moscú, fueron arrestados miles de “provocadores trotskistas”. Entre octubre de
1936 y febrero de 1937, fueron arrestados y condenados el siguiente número de
trabajadores de los Comisariados del Pueblo: Transporte: 141; Industria de
Alimentación: 100; Industria Local: 60; Comercio Interno: 82; Agricultura: 102;
Economía: 35; Educación: 228; y así sucesivamente. Más tarde la situación
empeoró. Sólo en un día, el 12 de diciembre de 1938, Stalin y Molotov
sentenciaron a muerte a 3.167 personas, y después se fueron al cine.
Ahora
se sabe que la NKVD (luego KGB) tenía cuotas de arrestos y que se esperaba que
las cumpliera, como las cuotas de acero, carbón y electricidad durante el Plan
Quinquenal. Yevgeniya Ginsberg relata la siguiente conversación que tuvo en
prisión en 1937: “Como tártara, era muy simple convertirme en una nacionalista
burguesa. En realidad, primero me catalogaron de trotskista, pero Rud envió de
vuelta el informe diciendo que ya habían sobrepasado la cuota de trotskistas y
que tenían pocos nacionalistas, aunque habían detenido a todos los escritores
tártaros que recordaban”. (Yevgeniya Ginsberg. Into the Whirlwind. pp. 109-10).
La maquinaria propagandística de Stalin funcionaba en todo momento. Se
organizaban reuniones con consignas como “¡Muerte a los mercenarios fascistas!”
“¡Aplastar a las sabandijas trotskistas!” y “¡Trotsky es otra forma de
fascismo!” El 6 de marzo de 1937 Pravda decía que “los trotskistas son un
descubrimiento para el fascismo internacional [...] El número insignificante de
esta banda no debe tranquilizarnos, debemos aumentar por diez nuestra
vigilancia”. El 15 de marzo de 1938 Vechernaya Moskva decía lo siguiente: “La
historia sabe que ninguno de los actos malignos iguala a los crímenes de la
banda del bloque derechista-trotskista antisoviético. El espionaje, el sabotaje
y la destrucción cometida por el mayor de los bandidos, Trotsky, y sus
cómplices, Bujarin, Rikov y los demás, provocan sentimientos de furia, odio y
desprecio, no sólo en el pueblo soviético, también en el género humano
progresista”. (Citado por D. Volkogonov. Trotsky. pp. 381-2).
La historia no
conoce peores actos malignos que los crímenes perpetrados por la banda de
gángsteres antisoviética de la burocracia estalinista. Stalin desató una oleada
de terror contra el pueblo de la URSS. Decenas de millones de personas inocentes
fueron arrestadas, condenadas y enviadas al Gulag. Incluso fueron purgados los
servicios de seguridad. En 1937-8, 23.000 funcionarios de la NKVD fueron
arrestados. La mayoría delataron a otros para poder sobrevivir.
No todas las
víctimas de Stalin fueron llevadas a juicio. El líder sindical, Tomsky, seguidor
de la Oposición de Derecha de Bujarin, se suicidó. La esposa de Stalin, Nadezhda
Alleluyeva, también fue empujada por Stalin al suicidio. Era una mujer honrada y
decente, pero simpatizaba con Bujarin. Se pegó un tiro para protestar contra la
perfidia moral y política de Stalin. Más tarde siguió el mismo destino Sergo
Ordzhonikidze, el antiguo amigo y camarada de Stalin. El 18 de febrero de 1937,
murió repentinamente, supuestamente de un ataque al corazón. En realidad, fue
empujado al suicido por Stalin, que había arrestado al hermano de Sergo, lo
había torturado y ejecutado sin razón alguna.
Los detalles de este caso
fueron revelados por Kruschev en el XX Congreso del PCUS celebrado en 1956. En
el mismo discurso reveló que del total de 139 miembros y candidatos al Comité
Central elegido en el XVII congreso de 1934, 98 de ellos, el 70 por ciento,
fueron ejecutados. Kruschev dijo que los arrestados fueron sometidos a torturas
brutales y que sólo confesaron “todo tipo de crímenes brutales e improbables”
cuando “ya no podían soportar más las brutales torturas”.
La
destrucción del Ejército Rojo
Stalin recelaba del Ejército
Rojo que había sido fundado por Trotsky. Muchos de sus dirigentes, héroes de la
Guerra Civil, habían luchado con Trotsky y estaban bajo su influencia. Muchos de
ellos eran personas con mucho talento y al menos una de ellas, M. N.
Tujachevski, era un genio militar. Antiguo oficial del ejército zarista,
Tujachevski se pasó al lado de la revolución y fue leal hasta su muerte. Dirigió
el Ejército Rojo en la lucha contra Wrangel y los polacos.
En 1920 sus
fuerzas llegaron a Varsovia, donde fueron derrotadas, en parte, porque los
títeres de Stalin, Voroshilov y Budyonny, se negaron a aunar fuerzas con
Tujachevski y prefirieron hacer la guerra por su propia cuenta, persiguiendo el
objetivo completamente secundario de la ciudad de Lvov. Como resultado de esto,
el Ejército Rojo fue derrotado en las puertas de Varsovia, un importante revés
para la estrategia de la revolución mundial de Lenin, que llevó al aislamiento
de la revolución rusa, separándola de la revolución alemana.
El dictador
polaco, Pilsudsky, más tarde reveló: “Nuestra situación parecía completamente
desesperada. La única mancha brillante en el horizonte era el fracaso del ataque
de Budyonny sobre mi retaguardia [...] el XII Ejército demostró su debilidad”.
[Es decir, el ejército que seguía las órdenes del comisario Stalin se había
negado a ayudar a la fuerza de Tujachevski y se había separado de ella].
En
1935 Tujachevski fue ascendido a mariscal del Ejército Rojo. Era un puesto
merecido. Este gran genio militar pronosticó que la Segunda Guerra Mundial sería
una guerra móvil con tanques y aviones. Pero Stalin recelaba de él y sospechaba
del Estado Mayor del Ejército Rojo. Cuando Tujachevski insistió en aumentar el
número de aviones y tanques del Ejército Rojo, Stalin se negó, llamándole
intrigante atolondrado. (Ver Dimitri Shostakovich. Testimony, p. 103).
El
mediocre de Stalin siempre odiaba a las personas con talento. Odiaba y temía a
Tujachevski porque su brillantez siempre le recordaba su propia incompetencia en
cuestiones militares, donde le habría gustado ser un genio. Pero lo más serio es
que Stalin vivía con el temor a un golpe militar. Por lo tanto, organizó una
nueva maquinación para implicar a todo el Estado Mayor soviético. Acusó a
Tujachevski y a otros líderes clave del Ejército Rojo, de ser aliados de Hitler.
El famoso compositor soviético Dimitri Shostakovich era amigo personal de
Tujachevski. En sus memorias escribe: “Ahora es conocido que Tujachevski fue
destruido por los esfuerzos conjuntos de Stalin y Hitler. Pero no se debe
exagerar el papel del espionaje alemán en esta cuestión. Si no hubieran existido
documentos falsificados que ‘delataban’ a Tujachevski, de cualquier forma Stalin
se hubiera deshecho de él”. (Ibíd., p. 99).
Stalin sustituyó a este gran
pensador militar por sus compinches, Budyonny y Voroshilov, dos incompetentes
que pensaban que la Segunda Guerra Mundial ¡se lucharía con caballería! Dos
semanas antes de la Segunda Guerra Mundial, ¡proyectaban películas
propagandísticas en Rusia de Voroshilov y su caballería barriendo al enemigo!
Sólo después de las primeras derrotas importantes del Ejército Rojo en 1941
Stalin fue consciente de su error, pero fue una lección muy costosa para la
URSS. Lo mismo ocurrió con los cohetes. Stalin había ejecutado a todos los
expertos en cohetes de Leningrado y después tuvo que empezar desde cero.
La
Purga destruyó todo el cuadro dirigente del Ejército Rojo y dañó la capacidad
defensiva de la URSS. Tujachevski, Yakir y otros, fueron ejecutados en secreto,
lo que indica que se negaron a confesar. La Purga militar continuó durante 1938
y llevó a la eliminación del 90 por ciento de todos los generales, el 80 por
ciento de los coroneles y 30.000 oficiales de baja graduación. Esto debilitó
seriamente al Ejército Rojo en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Sabemos
que fue uno de los factores que llevaron a Hitler a atacar la URSS. Silenció las
objeciones de sus generales con el comentario: “Ellos no tienen buenos
generales”.
El juicio de los veintiuno
En
marzo de 1938 se inició en Moscú el juicio de los veintiuno. Bujarin, Rikov,
Kretinski, Rakovski y otros miembros del llamado Bloque Trotskista de Derecha.
Estos viejos bolcheviques fueron descritos por el ex–menchevique Vyshinski como
“carroña fétida”, “canallas lamentables”, “malditas sabandijas”, “jauría de
perros del imperialismo” y otras cosas por el estilo. Pravda describió esta
parodia repugnante de juicio como “el tribunal popular más democrático del
mundo”. Este veredicto fue aceptado por el “amigo de la Unión Soviética” más
inesperado, Wiston Churchill, quien describió la representación de Vyshinski en
el juicio como “brillante”.
El primer día del tercer juicio, el 2 de marzo
de 1938, el antiguo menchevique Andrei Vyshinski, calumnió al hombre que Lenin
había descrito en su testamento como “el favorito del partido”: “Bujarin, el que
se sienta ahí con la cabeza agachada, es un traidor, tiene dos caras,
lloriqueando, es una nulidad funesta que ha sido desenmascarado [...] como líder
de esta pandilla de espías, terroristas y ladrones, como instigador de asesinato
[...] Este sucio y pequeño Bujarin”. (The Case of the Anti-Soviet Bloc of Rights
and Trotskyists. Registrado en las Actas del Juicio, Moscú, 1938, 99. 656-7).
Aunque es Vyshinski quien lee las líneas, su autor era Stalin, se burlaba y
difamaba a su víctima antes de aniquilarla físicamente. Este era el método
favorito del “amado líder y profesor”. “La hipocresía y perfidia de este hombre
excede a la mayoría de los crímenes pérfidos y monstruoso conocidos en la
historia de la humanidad”. Estas palabras no se pueden aplicar a Bujarin, un
revolucionario perfectamente limpio, honesto y dedicado, pero sí describen
perfectamente al propio Stalin.
Más tarde Bujarin declaró: “La confesión de
los acusados es un principio medieval de jurisprudencia [...] Yo no me declaro
culpable [...] Yo no sé nada de esto [...] lo niego [...] niego categóricamente
cualquier complicidad”.
No sólo los trotskistas fueron asesinados, también
muchos estalinistas cayeron en desgracia ante el “amado líder y profesor”. Abel
Yenukidze, por ejemplo, fue ejecutado por intentar salvar la vida de antiguos
bolcheviques. No contento con asesinar a sus enemigos, Stalin se vengó de sus
familias y amigos. Cientos de miles fueron enviados a los campos de trabajo, no
sólo como “enemigos del pueblo”, también como chesirs o “familiares de un
traidor a la madre patria”. Entre estas víctimas estaban la esposa y las
hermanas de Tujachevski, la esposa de Bujarin, la primera mujer de Trotsky, su
hijo menor, Sergei, quién no participaba en actividades políticas, fue arrestado
por negarse valientemente a denunciar a su padre y fue ejecutado.
Los
métodos de la GPU quedaron al descubierto de una forma sorprendente durante los
propios Juicios de Moscú. Cuando el propio Yagoda fue llevado a juicio,
Vyshinski declaró (11 de marzo de 1938): “Yagoda está en la cima de la
tecnología del asesinato y lo hace con las formas más enrevesadas. Representa la
última palabra en la ‘ciencia’ de la bestialidad”. (Sudebny otchet po delu
antisovetskogo trotskiiskogo tsentra, informe oficial del juicio en ruso, Moscú
1937, p. 332). En medio de todo el pantano de mentiras y distorsiones que forman
estos documentos probablemente es lo único verdadero.
Yezhov había
conseguido el máximo poder. El culto a Yezhov se emparejó con el culto a Stalin.
Yezhov era llamado oficialmente “el amado de la nación”. Los horrores que él
infligía a sus víctimas eran conocidos como las “púas de Yezhov” (Yezh en ruso
significa erizo). Las bardas de Asia Central cantaban al Padre Yezhov. Todo esto
no era bien visto por Stalin que tenía un temor mórbido por sus rivales.
Yezhov incluso envió un borrador de decreto al CC, supuestamente a
iniciativa de “incontables peticiones de los trabajadores” para que Moscú fuera
rebautizada con el nombre de Stalinodar (Ver Volkoganov, p. 463). Sin embargo,
Stalin no estaba lo suficientemente loco para aceptar. En su lugar, arrestó a
Yezhov en 1938. Como era habitual, Stalin culpó de todos los horrores y
dislocaciones de las Purgas a su títere Yezhov, a quien sustituyó por un títere
georgiano, Lavrenty Beria. El “amado de la nación” desapareció en el Gulag,
parece ser que fue ejecutado en 1939.
El asesinato de Trotsky
La única oposición seria a Stalin fue la Oposición de
Izquierda de Trotsky. Stalin leía todo lo que escribía Trotsky y había decidido
eliminarle. Los trotskistas rusos (bolcheviques leninistas) mantenían su fe en
los principios del bolchevismo y en la perspectiva de la revolución mundial.
Mantuvieron viva su organización incluso en los campos de concentración de
Stalin. Organizaron huelgas de hambre contra sus atormentadores y sólo fueron
silenciados por los pelotones de fusilamiento. Cuando se encaminaban hacia la
muerte en la congelada tundra cantaban la Internacional.
Con estos métodos
Stalin erradicó los últimos remanentes de las tradiciones del leninismo de la
Unión Soviética. Pero una voz seguía desafiándole, la del principal
lugarteniente de Lenin, el arquitecto de la revolución de octubre y fundador del
Ejército Rojo, Lev Davidovich Trotsky. Mientras Trotsky siguiera con vida Stalin
no podía descansar.
A pesar de todo, Stalin no se sentía seguro. Su
persecución contra Trotsky no sólo era una cuestión de odio personal, aunque
también existía. Sobre todo era temor a las ideas y al programa de Trotsky y los
bolcheviques leninistas, y a que éstos pudieran encontrar un eco entre la clase
obrera soviética. No era un temor infundado. Entre la clase obrera soviética
aumentaba el descontento con las malas condiciones de vida y, sobre todo, con la
creciente desigualdad y los privilegios de la burocracia.
Incluso en el
momento álgido de las Purgas existían síntomas de fermento subterráneo de
descontento. A través de los informes del partido y del NKVD, Stalin era
consciente de la verdadera situación. En 1937 los protocolos del partido de la
empresa de construcción Medgorodsk (Smolensk), nos proporcionan una descripción
inusualmente sincera de las condiciones de vida de los trabajadores:
“Se
puede decir que los trabajadores en los barracones están en una situación de
hacinamiento y extrema desesperación, hay goteras que caen directamente sobre
las camas de los trabajadores. El calor raramente llega a los barracones. La
ropa de cama no se cambia y el trabajo sanitario apenas existe. No hay cocinas y
los comedores están en construcción. No se puede conseguir comida caliente hasta
la tarde, entonces los trabajadores tienen que recorrer largas distancias para
llegar al comedor. ‘Muchas de las mujeres’, dice una trabajadora del partido,
‘viven prácticamente en la calle. Nadie les presta atención; algunas de estas
criaturas indefensas amenazan con suicidarse’. Además, ‘hay casos donde no se
pagan los aumentos salariales. Todo este ‘abandono de las necesidades
elementales de los trabajadores’, así como ‘la ausencia de cuidado por los seres
humanos’ provoca ‘insatisfacción completamente justificada’ y amargura entre los
trabajadores.
Algunos trabajadores describen el ambiente como “amenazante’ y
‘directamente contrarrevolucionario’. Por ejemplo, en una discusión sobre la
constitución de 1936, un tal Stepan Danin, carpintero, cita a los trabajadores
de su brigada:
¡Debemos permitir la existencia de varios partidos políticos
en nuestro entorno, como ocurre en los países burgueses! Así podrán observar
mejor los errores del Partido Comunista. En nuestro entorno no ha desaparecido
la explotación, los comunistas y los ingenieros emplean y explotan a los
sirvientes.
No se debe fusilar a los trotskistas Kámenev y Zinoviev porque
son viejos bolcheviques. A la pregunta de un agitador de quién debería ser
catalogado como viejo bolchevique, un trabajador respondió: ‘Trotsky’”. (Citado
por M. Fainsod. Smolensk Under Soviet Rule, p. 322).
Stalin seguía muy de
cerca las actividades de los trotskistas. Tenía infiltrados en sus filas y los
artículos de Trotsky estaban cada mañana en su escritorio del Kremlin, a menudo,
antes de que fueran publicados. Los agentes de Stalin en París asesinaron al
hijo de Trotsky, León Sedov, que estaba jugando un papel clave en el movimiento.
Este fue un serio golpe contra la Cuarta Internacional que todavía se encontraba
en su fase embrionaria. Uno por uno, los colaboradores de Trotsky, los amigos y
su familia, fueron asesinados por Stalin.
A un agente del NKVD, Sudoplatov,
se le encargó del asesinato de Trotsky. El primer ataque armado en su casa de
Coyoacán fracasó. Pero inmediatamente después vino otro. El 20 de agosto de
1940, Lev Davidovich fue asesinado por uno de los agentes de Stalin en Ciudad de
México.
STALIN Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Stalin como intendente militar de Hitler
Existen muchas equivocaciones sobre la Segunda Guerra
Mundial, especialmente, relacionadas con el papel de Stalin. El intento de
presentarle como “un gran líder bélico” está basado en pura mitología. En
realidad, con su política, Stalin consiguió poner a la URSS ante un peligro
mayor.
A finales de los años treinta la guerra era algo inevitable. Antes de
que fuera asesinado por un estalinista, León Trotsky explicó que todos los
marxistas debían defender a la Unión Soviética, pero también explicó que la
única defensa real de la URSS era la preparación sistemática del terreno para el
derrocamiento del capitalismo en occidente. La clase obrera internacional debía
defender a la URSS frente al imperialismo, pero el mayor peligro para la Unión
Soviética era la propia camarilla de Stalin. En un corto espacio de tiempo estas
palabras demostraron ser completamente correctas.
A diferencia de Lenin, que
siempre defendió una política internacionalista inflexible, la política exterior
de Stalin estaba dictada por estrechas consideraciones nacionalistas. Su
política consistía en una serie de maniobras con los imperialistas y sacrificó
los intereses de la revolución en occidente ante los supuestos intereses de la
Unión Soviética. En realidad, estas maniobras no eliminaron el peligro de la
guerra, sino que lo aumentaron enormemente. Mientras que Lenin y Trotsky basaban
la política exterior del estado soviético en la perspectiva de la revolución
mundial, y con tal propósito crearon la Comintern, Stalin en cambio desconfiaba
de la clase obrera mundial y no tenía tiempo para la Internacional Comunista.
Trató a esta última no como un vehículo para la revolución mundial sino como un
simple instrumento en manos de la política exterior rusa. La utilizó como un
trapo sucio y después la desechó desdeñosamente. En 1943 la disolvió
ignominiosamente sin ni siquiera convocar un congreso.
Como siempre, los
llamados realistas siempre se convierten en utópicos sin esperanza. El abandono
de la política leninista y del internacionalismo proletario en favor de
maniobras diplomáticas sin principios, puso a la URSS en un gran peligro.
Constantemente socavó las luchas revolucionarias de la clase obrera en China,
Alemania, Francia y sobre todo en España. Stalin creó las condiciones para la
victoria de la reacción fascista en un país tras otro. La derrota de la clase
obrera española eliminó el último obstáculo en el camino de la nueva guerra
europea. Esto hizo inevitable la guerra contra la URSS.
Después de la
derrota de la clase obrera española, los “aliados democráticos” de la URSS
alentaron a Hitler para que satisficiera su apetito volviéndose hacia el Este.
Le permitieron rearmarse y ocupar la región del Rin y Austria sin un murmullo.
En 1938 el primer ministro británico, Chamberlain, firmó el infame acuerdo de
Munich que permitía a Hitler absorber Checoslovaquia. La clase dominante
británica dio luz verde a Hitler para que atacara la URSS. Ante el temor de un
ataque alemán, Stalin rápidamente abandonó sus maniobras con Gran Bretaña y
Francia y firmó un pacto con Hitler.
La firma del Pacto Hitler-Stalin en
otoño de 1939 fue una bofetada en la cara de la clase obrera mundial y para el
movimiento comunista internacional. Por otro lado, las denuncias del pacto por
las llamadas “democracias europeas” sólo eran hipocresía. En términos
diplomáticos las acciones de la URSS tenían un carácter puramente defensivo.
Pero la forma en que se comportó Stalin realmente fue una traición. Mientras que
es permisible que un estado obrero se comprometa en maniobras con los estados
burgueses, incluidos los más reaccionarios, bajo ninguna circunstancia se debe
hacer diplomacia a expensas de los intereses del proletariado y la revolución
internacional. En última instancia, las maniobras diplomáticas tienen una
importancia secundaria y pueden traer ventajas temporales.
Stalin creía que
estas maniobras salvaguardarían a la URSS del ataque. Sus acciones, como
siempre, se basaban en cálculos estrechos e ignoraban completamente a la clase
obrera de otros países, excepto como un peón del juego diplomático. Su
comportamiento con relación a la Alemania de Hitler fue más allá de lo que Lenin
hubiera podido tolerar. Al final, tuvo el resultado contrario al que pretendía.
Al colaborar con Hitler, Stalin, multiplicó por mil el peligro. Sus acciones
desarmaron a la Unión Soviética, animaron a Hitler y desorientaron a la clase
obrera mundial en un momento de extremo peligro.
La ocupación de Polonia,
Finlandia y los estados Bálticos por parte del Ejército Rojo, también fue, sin
duda, un movimiento defensivo, destinado a fortalecer las fronteras de la URSS.
Pero se hizo de una forma típicamente burocrática y reaccionaria. En 1938 se
disolvió el PC polaco con el pretexto de que se habían infiltrado los fascistas.
Casi todos sus dirigentes, en el exilio en Moscú fueron ejecutados. Para
facilitar la división de Polonia entre Alemania y Rusia, Stalin estaba dispuesto
a sacrificar los intereses de la clase obrera. Mientras que Lenin siempre
demostró una gran sensibilidad en la cuestión de las relaciones entre los
pueblos rusos y no-rusos de la URSS, el estrecho nacionalismo de Stalin pisoteó
los sentimientos nacionales de los pueblos. El resultado de la aventura
finlandesa fue que los fineses lucharon ferozmente contra el Ejército Rojo que,
debilitado por las Purgas de Stalin, sufrió enormes bajas y no consiguió sus
objetivos. Este hecho, más que cualquier otro, convenció a Hitler de que el
Ejército Rojo no resistiría un ataque del Wehrmacht.
Después de firmar el
Pacto, Stalin y su camarilla llegaron a los extremos más increíbles, incluso
llegó a congraciarse con los Nazis. El siguiente extracto del diario de Hencke,
un diplomático alemán, describe el banquete de celebración del Pacto, demuestra
lo lejos que estaba dispuesto a llegar a Stalin para reconciliarse con Hitler:
“Brindis: En el curso de la conversación, Herr Stalin, espontáneamente,
propuso al Führer lo siguiente: ‘Sé cuánto ama la nación alemana a su Führer,
por lo tanto, me gustaría brindar a su salud’. Herr Molotov bebió a la salud del
ministro de exteriores del Reich y del embajador, el conde von der Schulenburg.
Herr Molotov levantó su copa hacia Stalin, comentando que había sido Stalin
quién con su discurso de marzo de este año, que se había comprendido muy bien en
Alemania, había conseguido cambiar el rumbo de las relaciones políticas. Herren
Molotov y Stalin brindaron repetidamente por el Pacto de No-Agresión, la nueva
era de las relaciones ruso-alemanas y por la nación alemana. El ministro de
exteriores del Reich (Ribbentrop) a su vez propuso un brindis por Herr Stalin,
un brindis por el gobierno soviético y el desarrollo favorable de las relaciones
entre Alemania y la Unión Soviética. Moscú, 24 de agosto de 1939”. (Nazi-Soviet
Relations, pp. 75-6, reproducido por Robert Black, Stalinism in Britain, p.
130).
Justo antes del Pacto, en un gesto de complacencia hacia los nazis
antisemitas, el comisario soviético de exteriores, Maxim Litvinov (que era
judío) fue sustituido por Molotov. Más increíble aún, Beria, responsable de los
asuntos internos, publicó una orden secreta a la administración del Gulag
prohibiendo que los guardias de los campos ¡llamaran a los prisioneros
fascistas! Esta orden no se derogó hasta después de la invasión de la URSS por
parte de Hitler en 1941. Lo peor de todo fue que los antifascistas alemanes
fueron entregados a Hitler. Esta no era la forma de preparar al pueblo soviético
y a los trabajadores del mundo para el terrible conflicto que se avecinaba. La
URSS estaba dominada por un falso sentido de seguridad en el momento de mayor
peligro. Sus defensas estaban debilitadas y sus ejércitos estaban en manos de
incompetentes, como Voroshilov y Budyonny, que más tarde fueron descritos por un
general soviético como “cobardes y lamebotas”.
Stalin confiaba en sus buenas
relaciones con el Führer. No creía que Alemania atacara a la Unión Soviética.
Incluso envió un mensaje de felicitaciones a Hitler con ocasión de su entrada en
París. El comercio entre la URSS y la Alemania nazi aumentó. Desde el estallido
de la Segunda Guerra Mundial hasta junio de 1941, cuando Hitler atacó a Rusia,
la Alemania nazi recibió un gran aumento de las exportaciones de la URSS. Entre
1938 y 1940 pasaron de 85,9 millones de rublos a 736,5 millones, lo que sirvió
de gran ayuda a los esfuerzos belicistas de Hitler. En este momento, Trotsky
caracterizó a Stalin como el lugarteniente de Hitler. Era bastante acertado.
Stalin socava la defensa de la URSS
Stalin
y sus purgas criminales diezmaron completamente las defensas de la Unión
Soviética. El gran mariscal soviético, Tujachevsky, era un genio militar que
pronosticó que en la Segunda Guerra Mundial se lucharía con tanques y
aeroplanos. Cuando Tujachevsky y sus compañeros murieron asesinados en las
purgas, su lugar fue ocupado por compinches de Stalin como Voroshilov,
Timoshenko y Budyonny, quienes pensaban que ¡la próxima guerra se lucharía con
caballería! Voroshilov, un inepto de segunda fila, fue puesto a cargo del
Comisariado de Defensa y se rodeó de otros como él. Estas criaturas de Stalin
fueron promovidas a posiciones clave no por su capacidad personal, sino por su
lealtad servil a la camarilla dominante.
A pesar de que la potencia de fuego
combinada del Ejército Rojo era mucho mayor que la de los alemanes, las purgas
mermaron su capacidad y destruyeron el cuerpo de oficiales. Este fue el elemento
decisivo que llevó a Hitler a atacar en 1941. En el juicio de Nuremberg, el
mariscal Keitel declaró que muchos generales alemanes habían avisado a Hitler de
que no atacara Rusia, diciendo que el Ejército Rojo era un formidable
contrincante. Hitler rechazó este aviso y le dio a Keitel la razón principal:
“Los oficiales de primera clase y alto rango fueron destruidos por Stalin en
1937, y la nueva generación no tiene todavía los cerebros que necesita”. El 9 de
enero de 1941, en una reunión de generales, Hitler les dijo que planificaran el
ataque a Rusia porque “no tienen buenos generales”. (Medvedev. Let History
Judge, p. 214).
“Durante las últimas semanas antes del ataque alemán”,
escribe George F. Kennan, “Stalin se comportaba de forma extraña. Parecía
paralizado por el peligro que ahora se cernía sobre él. Se negaba resueltamente
a cualquier reconocimiento externo de este peligro o a discutirlo con los
representantes de exteriores. Aparentemente, incluso se negó a poner bajo alerta
a las fuerzas armadas soviéticas. No se avisó a la oficialidad ni a la población
soviética de la catástrofe que se avecinaba. Contra esta Rusia asustada y en
muchos aspectos desprevenida, Hitler lanzó toda su maquinaria bélica en las
primeras horas del 22 de junio de 1941”. (G. F. Kennan. Soviet Foreign Policy,
1917-1941, p. 113).
El extraño comportamiento de Stalin era bastante
característico. La leyenda de un líder que todo lo ve y todo lo sabe es un mito
creado por la burocracia que necesitaba creer que su jefe era infalible. En
realidad, Stalin siempre fue un pensador mediocre, su “sabiduría” no iba más
allá del empirismo vulgar, con una gran dosis de astucia y una ausencia total de
escrúpulos a la hora de conseguir sus objetivos. Su “marxismo” era de la clase
más superficial y pobre, aplicado en forma de consignas y aforismos como un
sacerdote desparrama en sus sermones citas adecuadas de las Escrituras.
Este
no es el talento de un líder revolucionario sino las mezquinas artimañas de un
intrigante burocrático. Las intrigas son en el mejor de los casos un sucedáneo
de la política. Sólo un político provinciano podía cometer tal error de táctica
con algo que puede resolver los problemas fundamentales. La capacidad para
maniobrar tiene una importancia relativa en la política y en la guerra. Hay que
aprender cuando se debe atacar y cuando retirarse, cómo fingir cierto movimiento
para engañar al enemigo ante tus verdaderas intenciones. Pero pensar que esto es
decisivo es engañarse. En el pequeño mundo del aparato burocrático esto parece
terriblemente importante y un signo de gran influencia. Pero en la vasta arena
de la política mundial no tiene más peso que los virajes patéticos del zumbido
de una mosca cuando se estrella contra una ventana.
Hitler y
Stalin
Se han hecho muchos intentos de comparar a Stalin con
Hitler. Detrás de estos intentos se esconden intentos normalmente maliciosos de
comparar el comunismo con el fascismo y atacar a la Unión Soviética.
Superficialmente, hay muchos puntos de similitud entre los regímenes
totalitarios de la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin. Pero también hay una
diferencia fundamental: el régimen de Stalin era una excrescencia del estado
obrero ruso y, en última instancia, descansaba sobre las formas de propiedad
nacionalizada establecidas por la Revolución de Octubre. El régimen de Hitler se
basaba en las relaciones de propiedad capitalista y reflejaban una expresión
monstruosa del capitalismo monopolista e imperialista. Por eso, la guerra por la
defensa de la URSS era progresista mientras que ponerse de parte de la Alemania
nazi era algo reaccionario.
El intento de reducir los grandes
acontecimientos históricos a las ”personalidades” individuales es algo
extremadamente superficial y, normalmente, refleja una incapacidad de abordar la
historia desde un punto de vista científico. Sin embargo, los individuos juegan
un papel importante en la historia y la clarificación del carácter, las
capacidades o limitaciones de los dirigentes tienen una importancia relativa
como parte de un cuadro mucho más grande. Incluso aquí, los intentos de
establecer un parecido entre Hitler y Stalin fracasan miserablemente porque es
imposible comprender a los dos hombres fuera de su papel peculiar en una
situación histórica determinada. Para comprender a Hitler y Stalin no es
suficiente con catalogar sus crímenes y demostrar que utilizaron métodos
similares. En el sentido de la represión y demonio autocrático, Napoleón
Bonaparte utilizó métodos similares a los utilizados por los monarcas Borbones a
quienes él sustituyó (el oportunista jefe de la policía, Fouché, sirvió a
ambos). Pero es necesario explicar a qué clase o estrato social representaban.
De otra forma, llegaríamos al impresionismo literario en lugar de hacer
caracterizaciones sociales certeras.
Hitler era un monstruo, pero un típico
dirigente de masas fascista, un aventurero pequeño burgués que sabía muy bien
como embravecer a la clase media alemana que se había arruinado debido al
colapso del capitalismo alemán. Sabía como atraer su odio a los grandes bancos y
monopolios, recurriendo a una ruda caricatura de la jerga “socialista” y
“revolucionaria”, mientras que al mismo tiempo adulaba su sentido de orgullo
nacional y superioridad racial. Sabía como dirigir su odio lejos de los
banqueros alemanes y capitalistas alemanes y hacia el “enemigo externo” —los
judíos y las potencias extranjeras, los bolcheviques y los sindicatos que
estaban “destrozando Alemania”—. Todo esto lo hizo con un grado considerable de
destreza (aunque le robase la mayoría de esto a Mussolini que estaba más
capacitado). En su búsqueda de poder (ayudado por supuesto por los banqueros y
capitalistas alemanes) demostró energía y una determinación incuestionable.
Aquí la cuestión de las características individuales está íntimamente
relacionada con las consideraciones objetivas y de clase. Hitler era la
personificación de la pequeña burguesía arruinada, enloquecida por la crisis del
capitalismo. Pero su movimiento no representaba a la pequeña burguesía alemana
sino a los grandes bancos y monopolios alemanes que lo financiaban. El fascismo
es la esencia destilada del imperialismo. Su doctrina racista es simplemente la
esencia destilada de la creencia imperialista de que algunas naciones están
destinadas a dominar sobre las demás. El impulso hacia la guerra fluía
naturalmente de la posición del imperialismo alemán después de 1919. Hitler
simplemente dio a esta realidad objetiva un carácter particularmente febril e
insano. El arrojo de Hitler procedía (mezclado con una gran dosis de
aventurerismo) de esto. Empujó a la burguesía a un lado y empezó a gobernar sin
ella, e incluso algunas veces en contra de ella. Pero, objetivamente, los nazis
expresaban la necesidad del capitalismo alemán de expandirse a nuevos mercados y
conquistar colonias para escapar de la crisis y romper la camisa de fuerza que
le habían impuesto Gran Bretaña y Francia después de la Primera Guerra Mundial.
La crudeza intelectual de Hitler era comparable a la de Stalin. Como Stalin,
también utilizaba la intriga y el engaño como armas. Efectivamente, engañó a
Chamberlain y lo hizo creer que no tenía más pretensiones territoriales después
de Checoslovaquia (al menos ninguno que afectara negativamente al imperialismo
británico). Pero su arma preferida era el empleo rudo de la violencia. Nunca se
le habría ocurrido a Hitler depositar ninguna confianza en sus maniobras. El
puño era lo que siempre determinaba las cosas, interna y externamente.
Tanto
Hitler como Mussolini habían llegado al poder al frente de movimientos fascistas
de masas. Ambos eran hábiles en las artes de la demagogia de masas. Eran
aventureros y no sentían aversión por las acciones atrevidas donde fuera
necesario. Stalin era algo diferente. No encabezó una revolución. Las acciones
de masas le eran ajenas. Era un orador pobre, su esfera natural de operaciones
eran las oficinas del partido, al final de la línea telefónica. Para él no era
el discurso incendiario y el golpe teatral audaz. Stalin era el producto de la
burocracia que llegó al poder con sigilo cuando todas las fuerzas vitales de la
revolución de octubre estaban agotadas. Sus principales instintos eran los del
burócrata: cautela, conservadurismo y una tendencia a recurrir a la maniobra y
la intriga para mejorar su posición y destruir a sus enemigos.
A diferencia
de la burguesía imperialista alemana, la burocracia de la URSS no quería la
guerra, sino una vida pacífica para poder continuar con sus funciones
administrativas. Stalin aún quería menos la guerra, porque temía que una guerra
acabara con su posición. Stalin temía a la guerra con Alemania porque temía que
ésta llevase directamente a su derrocamiento. Tenía miedo especialmente del
ejército. Deseaba desesperadamente la paz, aunque tuviera que conseguirla
participando en una intriga con Hitler. Pero al hacer eso, Stalin y su camarilla
subestimaron a Hitler e hicieron inevitable la guerra.
Aquí, una vez más, la
limitación nacional de Stalin jugó un papel nefasto. Que la situación objetiva
de Alemania hacía inevitable la guerra estaba claro para todos, pero Stalin no
creía que Hitler estuviera decidido a invadir la Unión Soviética y reducirla a
una colonia esclavista. Pero esto estaba perfectamente claro para todo aquel que
hubiera leído Mein Kampf. Stalin nunca pensó que Hitler estuviera tan loco como
para empezar una guerra en dos frentes. Este burócrata cauteloso creía que
Hitler pensaría como él. Pero Hitler, el fascista aventurero, pensaba de una
forma completamente diferente. Estaba decidido desde el principio a lanzar un
ataque devastador sobre Rusia. Cegado por sus éxitos fáciles en occidente
subestimó seriamente el potencial militar de la URSS.
Ante las objeciones de
sus generales, Hitler señaló la pobre calidad de la dirección del Ejército Rojo,
como se había demostrado en la desastrosa campaña finlandesa de 1939-40. Y por
su conducta, Stalin parecía no estremecerse con convicción de Hitler. Después de
destruir a los mejores cuadros del Ejército Rojo, Stalin depositó una confianza
ciega en su maniobra “inteligente” con Hitler e ignoró los numerosos informes
que decían que los alemanes estaban preparados para el ataque. Cuando estas
ilusiones quedaron hechas añicos por la marcha despiadada de los
acontecimientos, el valor de Stalin se resquebrajó y cayó en un estado de total
postración.
Hitler ataca
A mediados de
junio de 1941 Hitler había trasladado enormes recursos militares a la frontera
soviética. Cuatro millones de soldados alemanes se posicionaron en la frontera
dispuestos a invadir. También había 3.500 tanques, unos 4.000 aviones y 50.000
armas y morteros. Se intentó mantener esta movilización en secreto, pero dado su
tamaño, al gobierno soviético le llegaron numerosos informes de las unidades
fronterizas, del servicio soviético de inteligencia, incluso de funcionarios de
los gobiernos británico y estadounidense. Stalin se negó a actuar y sobre estos
informes escribió: “Para archivar” y “Para clasificar”. Todo esto fue confirmado
por el general Zhukov en su libro: Reminiscences and Reflections.
En julio
de 1941 los ejércitos de Hitler lanzaron un ataque devastador sobre la URSS,
avanzaron quinientas millas hacia el frente. Incluso entonces, Stalin se negó a
actuar. No creía que Hitler invadiera. Esto desarmó completamente a la Unión
Soviética frente a la agresión nazi. Cuando el mando militar soviético pidió
permiso para poner en alerta a las tropas soviéticas, Stalin se negó. “Cada vez
más aviones alemanes violan el espacio aéreo soviético”, dijo el Mariscal del
Aire A. Kovikov, “pero no tenemos permiso para detenerlos”. (Citado por
Medvedev, Let History Judge, p. 332).
En el XX Congreso del PCUS celebrado
en 1956, el líder soviético, Nikita Kruschev, por primera vez reveló la
verdadera situación: “La guerra tuvo consecuencias muy graves, principalmente en
su fase inicial. El motivo fue la aniquilación, entre 1937 y 1941, de muchos
mandos militares y trabajadores políticos debido a la suspicacia y a las
acusaciones calumniosas de Stalin. Durante estos años, se reprimió a
determinados sectores de los cuadros militares, comenzando por los batallones y
compañías, y extendiéndose hasta a los altos centros de mando militar. En esta
época se liquidó prácticamente a todo el cuadro de dirigentes que habían
adquirido experiencia militar en España y el Lejano Oriente.
La política de
represión a gran escala contra los cuadros militares socavó la disciplina
militar porque durante varios años, a los oficiales de cualquier rango e incluso
a los soldados en las células del partido y el Komsomol, se los enseñó a
‘desenmascarar’ a sus superiores como enemigos ocultos. (Murmullos en la sala).
Es natural que en el período inicial de la guerra esto tuviera una influencia
negativa.
Y, como ya sabemos, antes de la guerra teníamos excelentes cuadros
militares que eran incuestionablemente leales al partido y la Patria. Basta con
decir que aquellos hombres que consiguieron sobrevivir, a pesar de las duras
torturas a las que fueron sometidos en las prisiones, en los primeros días de la
guerra se comportaron como verdaderos patriotas y lucharon heroicamente por la
gloria de la Patria; Tengo en la mente a compañeros como Rokossovsky (quien,
como sabéis, estuvo encarcelado), Gorbatov, Maretskov (que está presente como
delegado en el congreso), Podlas (fue un comandante excelente que murió en el
frente), y muchos, muchos otros. Sin embargo, muchos mandos murieron en los
campos y en las prisiones, el ejército no les vio nunca más. Todo esto provocó
la situación que existía cuando comenzó la guerra y que supuso una gran amenaza
para nuestra Patria”. (Special Report on the 20th Congress of the CPSU. N. S.
Kruschev, 24-25 de febrero de 1956).
Aunque en el momento del ataque nazi
sobre la Unión Soviética el potencial de fuego combinado del Ejército Rojo era
mucho mayor que el del Whermacht, las fuerzas soviéticas fueron rápidamente
rodeadas y diezmadas. Increíblemente, no se habían preparado planes de defensa
en caso de un ataque alemán. Muchos tanques soviéticos no tenían tripulación.
Incluso cuando Hitler lanzó realmente su ofensiva, Stalin ordenó al Ejército
Rojo que no resistiera. De este modo, las poderosas fuerzas armadas soviéticas
quedaron paralizadas en las primeras cuarenta y ocho horas críticas. La fuerza
aérea fue destruida en tierra. En las primeras veinticuatro horas, más de dos
mil aviones soviéticos fueron destruidos y cientos de miles de soldados
rodeados. Debido a la confusión y a la parálisis por arriba, una gran parte del
territorio se perdió en las primeras semanas. Millones de soldados soviéticos
fueron capturados sin apenas resistencia. El corresponsal de guerra y escritor
soviético K. Simonov, en su libro Zhiviye I Myortviye (Víctimas y héroes)
describe esta catástrofe militar.
Este desastre sin precedentes no fue el
resultado de la debilidad objetiva, sino de una mala dirección. Con una
dirección apropiada, sin duda, los invasores alemanes habrían tenido que
retroceder a Polonia al inicio de la guerra. Se habría inflingido una derrota
decisiva a Hitler en 1941. La guerra podría haber terminado antes y se podrían
haber evitado las horribles pérdidas sufridas por Bielorrusia, Rusia occidental
y Ucrania. La pesadilla que sufrió el pueblo de la URSS, fue el resultado
directo de la política irresponsable de Stalin y su camarilla.
El “gran líder militar”
Después de la
guerra, el Kremlin hizo intentos arduos para extender el mito de Stalin como un
“gran líder militar”. Esto no resiste el más mínimo examen. Ya hemos visto cómo
la política de Stalin dejó a la Unión Soviética a merced de Hitler. Cuando
Hitler invadió los líderes soviéticos estaban confundidos. A Stalin al principio
le entró el pánico y se escondió. Sus actos significaban la capitulación total.
A pesar de esto, se dio el título de “generalísimo” y adornó su papel en la Gran
Guerra Patriótica.
Kruschev expresó en los siguientes términos la verdadera
situación: “Sería incorrecto olvidar que, después del primer desastre grave y la
derrota en el frente, Stalin pensaba que esto era el final. En uno de sus
discursos de aquella época dijo: ‘Todo aquello que Lenin creó lo hemos perdido
para siempre’. Después de esto, Stalin durante un largo tiempo no dirigió las
operaciones militares y no hizo nada. Regresó a la dirección activa sólo cuando
algunos miembros del Buró Político lo visitaron y le dijeron que era necesario
dar determinados pasos para mejorar la situación en el frente”.
Algo típico
de Stalin, ejecutó al general a cargo del frente occidental culpándole de la
derrota de la cual era responsable el propio Stalin. Ordenó, tardíamente, la
liberación de miles de oficiales soviéticos que estaban encarcelados desde las
purgas. Según Medveded, a finales de “1942 Stalin ordenó que se ejecutara en los
campos a un gran grupo de oficiales del Ejército Rojo, los consideraba una
amenaza en caso de que se produjeran acontecimientos desfavorables en el frente
soviético-alemán”. (R. Medvedev. Que juzgue la historia, p. 312).
Al final,
la URSS ganó la guerra contra Hitler sin ayuda. Los británicos y estadounidenses
fueron simples espectadores de la batalla titánica entre la Unión Soviética y la
Alemania de Hitler que contaba con el apoyo de las fuerzas productivas europeas.
La victoria gloriosa del Ejército Rojo es un testamento de la superioridad
colosal de una economía nacionalizada y planificada que permitió a la URSS
sobrevivir a los primeros desastres y reorganizar las fuerzas productivas más
allá de los Urales. En 1942 la economía ya se estaba recuperando rápidamente. En
1943 los soviets producían y atacaban al enemigo. El equipamiento y las armas
fabricadas por la URSS eran de primera calidad, superiores a las utilizadas por
los alemanes, británicos o estadounidenses. Este fue el secreto de su éxito.
Echa por tierra la tantas veces repetida mentira de que la economía
nacionalizada o planificada no es capaz de producir mercancías de alta calidad.
El mariscal Zhujov recuerda: “En 1943 nuestra industria fabricó 35.000
aviones de guerra de primera clase, 24.000 tanques y piezas de artillería
autopropulsada. En este aspecto, ya estaba muy por delante de Alemania, tanto en
calidad como en cantidad. El alto mando nazi emitió una orden especial para
evitar combates con nuestros tanques pesados [...]” (G. Zhukov. Reminiscences
and Reflections, p. 214).
Sin embargo, incluso cuando las fuerzas soviéticas
pudieron pasar a la ofensiva, Stalin jugó un papel negativo y perjudicial,
interfiriendo en el mando militar y publicando órdenes que aumentaban seriamente
el número de bajas soviéticas. Stalin publicó una orden para que “ninguna unidad
de tierra” se rindiera. Esto era una locura porque siempre existen condiciones
en las cuales el ejército tiene que retirarse para evitar ser rodeado y
derrotado. Una vez más, la ecuación compleja de la guerra se espera que se
acomode a las decisiones arbitrarias tomadas por el burócrata en su oficina sin
tener en cuenta las condiciones reales en el terreno. Como si esto no fuera
suficientemente malo, la célebre Orden 270 decía que ningún soldado soviético
podía rendirse y todo aquel que lo hiciera sería considerado un traidor. Un gran
número de soldados soviéticos que se rindieron y fueron capturados en 1941 como
resultado directo de la chapuza de Stalin, de repente, eran considerados
sospechosos y después de la guerra enviados a Siberia.
Siguiendo las
instrucciones del jefe, que hacían caso omiso a las ideas del alto estado mayor,
se lanzaron ofensivas mal preparadas en unas condiciones que sólo podían llevar
a la derrota. En una de estas ofensivas, cuando Stalin ordenó a los defensores
de Leningrado que rompieran el asedio (una tarea imposible en el invierno de
1941 cuando la ciudad estaba asediada y hambrienta), el Ejército Rojo sufrió
25.000 bajas y las defensas alemanas quedaron intactas. Hubo muchos ejemplos más
que demostraban el pernicioso papel que jugó Stalin durante la guerra. La
realidad es que la guerra la ganaron los trabajadores y campesinos soviéticos,
no gracias, sino a pesar del régimen de Stalin. Con unos sacrificios terribles
demostraron más allá de cualquier duda la viabilidad de las nuevas relaciones de
propiedad establecidas por la Revolución de Octubre. Pero pagaron un precio
terrible, 27 millones de muertos y la destrucción sistemática de las fuerzas
productivas.
Sin embargo, la victoria de la Unión Soviética en la guerra
fortaleció el régimen estalinista durante todo un período. Además, los
estalinistas tomaron el poder en Europa del Este y China, aunque estas
revoluciones estaban deformadas desde el principio. Se basaron no en la
democracia obrera de 1917, sino en la caricatura totalitaria burocrática de la
Rusia de Stalin.
Stalin y los intelectuales
“¿Quién puede defender seriamente que Stalin tuviera alguna
idea de la situación general? ¿O qué tenía alguna ideología? Stalin nunca tuvo
ninguna ideología, convicción, ideas o principios. Stalin siempre se decantaba
por las opciones que le permitían más fácilmente tiranizar, asustar y
culpabilizar a los demás. Hoy, el profesor y líder podía decir una cosa, mañana
otra distinta. Nunca le preocupó qué decir en la medida que mantenía su poder”.
(Dimitri Shostakovich. Testimony, p. 187).
Estas líneas son completamente
ciertas. Stalin no tenía otra ideología que conseguir el poder y controlarlo.
Tenía una tendencia a la sospecha y la violencia. La “teoría” se añadía como una
ocurrencia, como se pone una bola en el árbol de Navidad. Era un apparatchik
típico, de mente estrecha e ignorante, como las personas a cuyos intereses
representaba. Los demás dirigentes bolcheviques que habían pasado años en Europa
occidental y hablaban otros idiomas con fluidez, participaron personalmente en
el movimiento obrero internacional. Stalin no hablaba ningún otro idioma e
incluso hablaba un pobre ruso con un fuerte acento georgiano.
A diferencia
de Lenin, cuya modestia era proverbial, Stalin amaba los títulos
grandilocuentes, como “Padre de todos los Pueblos” y “Corifeo de la Ciencia”.
Aunque él mismo era ignorante e inculto, le gustaba ser considerado como la cima
de la sabiduría artística y el árbitro del saber. Odiaba a los intelectuales y a
todo aquel que tuviera un nivel cultural más alto que él porque en su presencia
se sentía inferior. Sin embargo, tenía un remedio simple para esto: la
eliminación física de estas personas.
La política del “realismo socialista”
no tenía nada que ver con el socialismo o el realismo, sólo tiene que ver con un
deseo totalitario de controlar el arte y ponerle una camisa de fuerza. Como
todas las demás actividades sociales, la cultura estaba sometida a la vigilancia
del estado a través de las actividades de una GPU (KGB) artística y a la red de
informadores, aduladores y títeres. Los gobernantes de la URSS eran conscientes
de que la disidencia se podía expresar a través de una amplia variedad de
canales y de muchas formas diferentes. En un régimen totalitario donde todos los
partidos y tendencias de oposición son prohibidos, la oposición al régimen puede
salir a la superficie de otras formas, de aquí la necesidad compulsiva de
censurar el arte.
Se recelaba de la innovación. Era vista como algo
peligroso, como cualquier otro desvío de las normas oficiales dictadas desde lo
alto por el líder que todo lo ve y todo lo sabe. El contenido estético y social
del “realismo socialista” se puede resumir simplemente: es el arte de cantar
alabanzas a la burocracia y al Líder Supremo en un lenguaje que todos pudieran
comprender. Stalin, y los burócratas cuyos intereses representaba, era un hombre
rudo y con una mentalidad estrecha. Sus gustos artísticos eran conservadores. En
los años veinte, en la URSS hubo una explosión de la experimentación artística.
El partido expresaba sus opiniones sobre las distintas tendencias artísticas y
literarias, pero nunca soñó con utilizar el estado para promover a unas y
reprimir a otras. Más que cualquier otra manifestación humana, el arte necesita
libertad para respirar, desarrollarse y experimentar. Con Stalin todo eso se
transformó en lo contrario.
En el nuevo entorno se impuso una uniformidad
sofocante y mortecina, que hizo casi completamente imposible cualquier
creatividad artística. Mayakovsky, el famoso poeta y con una larga vida como
bolchevique, se suicidó en 1931 para protestar contra la contrarrevolución
burocrática. Más tarde, el régimen se apoderó de él y publicó su obra en grandes
ediciones. Boris Pasternak calificó este hecho como su segunda muerte: “Se
empezó a introducir a la fuerza a Mayakovsky, como ocurrió con las papas durante
el reinado de Catalina la Grande. Fue su segunda muerte”.
Durante las Purgas
muchos artistas e intelectuales fueron asesinados o desaparecieron, incluidos
destacados escritores como Isaak Babel. Gorki creó a Stalin algunos problemas
porque siempre estaba intercediendo por algunos de los arrestados. Había hecho
lo mismo con Lenin. Pero en esta ocasión el resultado fue diferente. Con casi
total certeza Stalin envenenó a Gorki. Yagoda más tarde fue acusado de este
crimen. Puede que lo hiciera, pero siguiendo las instrucciones de Stalin. El
hecho de que previamente se publicaran artículos atacando al hasta ese momento
sacrosanto Gorki, es una prueba de que su caída estaba planificada y que tal
medida sólo podía venir del propio Stalin. No era cuestión de llevar a juicio a
alguien como Gorki. Tenía que desaparecer silenciosamente.
Cuando las Purgas
recobraron su impulso, desapareció toda una generación de artistas e
intelectuales. En los años treinta, muchas personas con talento fueron enviadas
a la muerte en los campos de Stalin. Entre ellos estaba el célebre director de
teatro Meyerhold, un brillante innovador, deportado en 1937 y muerto en un campo
de concentración. A Isaac Babel, el autor de Caballería Roja, le esperaba un
destino similar. El famoso poeta Osip Mandelshtam, fue arrestado por escribir un
epigrama atacando a Stalin y murió en un campo de concentración. Hubo muchos
otros.
Stalin, personalmente, intervino en la purga de los artistas. La
ópera Lady Macbeth de Mtsensk, escrita por Dimitri Shostakovich, fue un gran
éxito, hasta que Stalin abandonó una representación. Al día siguiente, apareció
una editorial en Pravda con el siguiente titular: “Caos en lugar de música”. El
autor era el propio Stalin y acababa con la siguiente frase: “Esto puede
terminar muy mal”. Estas palabras en el contexto determinado era el equivalente
a una sentencia de muerte. La razón por la cual Stalin odiaba Lady Macbeth de
Mtsensk, no era sólo que no pudiera comprender la música. El argumento implica
una condena a la brutalidad de la policía zarista, que, en el punto álgido de
las Purgas, no se podía tolerar.
El dictador estaba llegando a un punto en
que nadie, no importa lo famoso que fuera, estaba a salvo. Después de la
publicación del artículo de Stalin en Pravda, el destino de Shostakovich parecía
sellado. Tenía día y noche preparada una maleta por si el destino llamaba a la
puerta. La razón de su supervivencia demuestra la naturaleza caprichosa del
régimen de Stalin. Al dictador le gustaban las películas, especialmente aquellas
en las que desempeñaba un papel importante como La caída de Berlín. Había
actores soviéticos que no hacían otra cosa que interpretar en las películas el
papel de Stalin. Y, naturalmente, sólo un gran compositor podía escribir la
banda sonora de estas películas. Y Shostakovich, sin duda, era un gran
compositor. Eso le salvó la vida.
El otro gran compositor soviético, Sergei
Prokofiev, que había regresado a Rusia en 1936, fue denunciado por “modernista”
y cada vez tenía más problemas para representar sus obras. Su ópera, Simyon
Kotko, se basaba en un tema soviético, los guerrilleros en Ucrania en el momento
de la Guerra Civil. Pero el director era Meyerhold y fue arrestado en medio de
este trabajo y más tarde fue ejecutado.
A finales de los años treinta
Prokofiev colaboraba con el famosos director de cine soviético Sergei Eisenstein
en la película Iván el Terrible. Desde el punto de vista de los primeros
historiadores soviéticos, Iván Grozny era un tirano y un sanguinario, pero como
Stalin lo admiraba hubo que modificar esta idea. La película de Eisenstein
comienza con una apología de Iván, pero en la segunda parte, describe la
crueldad del régimen de Iván, eso la hace cada vez más ambivalente. El
paralelismo entre el oprichiniki de Iván y la GPU de Stalin era demasiado obvio.
Stalin llamó a Prokofiev y Eisenstein, los atacó violentamente por la forma en
que habían presentado a su héroe. Los nervios de Eisenstein estaban destrozados,
poco tiempo después, murió de un ataque al corazón. La tercera parte de Iván
quedó inconclusa y la película desapareció de los archivos.
Después de 1945,
Stalin creía que necesitaba restablecer su grillete sobre la sociedad en
general, y sobre las artes en particular. Utilizó los servicios de una de sus
criaturas, Andrei Zhdanov, para lanzar después de la guerra una violenta purga
de artistas, compositores y escritores. Destacados compositores como Prokofiev y
Shostakovich fueron vilipendiados y humillados. Se celebraban reuniones
especiales donde los escritores a sueldo del partido y los arribistas repulsivos
como Zhdanov hacían cola para denunciar a “formalistas” como Prokofiev y
Shostakovich. La viuda de Prokofiev fue arrestada y condenada a diez años de
trabajos forzados.
¿Por qué persiguió Stalin tan cruelmente a los
compositores? ¿Cómo una pieza de música puede representar un peligro para el
estado? La música tiene un lenguaje propio y puede decir muchas cosas a quien
comprenda su lenguaje. La música soviética era muy sofisticada y se utilizaba
para leer entre líneas no sólo los artículos de un periódico sino también
partituras sinfónicas. La Sexta Sinfonía de Prokofiev era un manifiesto musical
antiestalinista, por eso fue prohibida. Esto es incluso más cierto con las
sinfonías de Shostakovich, desde la quinta en adelante.
Lo mejor es dejar la
última palabra a un hombre que conocía a Stalin muy bien y que sufrió
personalmente su régimen: “¿Por qué a los tiranos los entusiasma la idea de ser
considerados ‘patrocinadores’ y ‘amantes del arte’? Creo que hay varias razones.
En primer lugar, los tiranos son hombres infames, hábiles y astutos, saben que
es mucho mejor para su trabajo sucio aparecer como hombres cultos y no como
ignorantes y patanes. Permiten que hagan el trabajo los patanes y los peones.
Los peones están orgullosos de ser patanes, pero el generalísimo siempre debe
ser sabio en todo. Y este hombre sabio tiene un gran aparato trabajando para él,
escribiendo para él, le escriben sus discursos y también sus libros. Un gran
equipo de investigadores le preparan los papeles sobre cualquier cuestión,
cualquier tema. ¿Quieres ser un especialista en arquitectura? Lo serás. Sólo da
la orden, amado líder y profesor. ¿Quieres ser un especialista en artes
gráficas? Lo serás. ¿Un especialista en orquestación? ¿Por qué no? ¿En idiomas?
Te nombro. [...]
Todos los peones, parásitos, chiflados y demás almas
pequeñas también quieren desesperadamente que su líder y profesor sea un titán
incuestionable y absoluto del pensamiento y la pluma”. (Dimitri Shostakovich.
Testimony. p. 125-6).
El último período
Durante la guerra, Stalin se vio obligado a aflojar los lazos
del terror para no socavar la voluntad de lucha de la población. Pero
inmediatamente después de 1945 de nuevo se cerraron las ventanas. Bajo las
órdenes de Stalin comenzó una campaña contra el “cosmopolitismo” y “la
humillación ante occidente”. Comenzaron de nuevo los arrestos y deportaciones de
masas, se realizaron duros ataques antisemitas. Simultáneamente, el nacionalismo
se celebraba a la menor oportunidad.
El poder de Stalin ahora era absoluto.
El temor a las masas obligó a la burocracia a cerrar filas aún más
fervientemente alrededor del Líder que garantizaba sus privilegios. Las razones
políticas en Stalin a menudo se mezclaban con consideraciones psicológicas y
personales. Nunca podía tolerar a alguien demasiado grande a su lado. Como
Stalin era bajo de estatura se aseguraba que le fotografiaran cerca de alguien
más bajo que él. Los artistas pintaban los retratos del Jefe con longitudes
extraordinarias, desde un ángulo que exageraba su estatura. Nadie podía ser más
alto que Stalin, nadie más sabio, más fuerte, más despierto artísticamente, más
brillante, más previsor, más amado por el Pueblo.
Stalin siempre sospechaba
y envidiaba a todo aquel que tuviera talento, como si esto representara una
afrenta a su genio. Sospechaba particularmente de los jefes de las fuerzas
armadas porque temía un golpe de estado. El mariscal Zhukov, que jugó un papel
importante en la victoria sobre Hitler, se ganó el odio eterno de Stalin porque
demostró cierta independencia mental y ocasionalmente expresaba opiniones
contrarias a las del Padre de todos los Pueblos. Pero en el verano de 1945, para
sorpresa de Zhukov, Stalin insistió en que él diera el saludo en el desfile de
la victoria de Moscú. Zhukov recuerda las circunstancias en sus memorias:
“No puedo recordar la fecha exacta pero creo que estaba cerca del 18 o 19 de
junio, Stalin me citó en su casa de campo. Me preguntó si había olvidado cómo
montar a caballo.
-‘No’, respondí.
-‘Bien’, dijo Stalin, ‘Tendrá
que dar el saludo en el desfile de la victoria. Rokossovsky lo dispondrá’.
Y respondí:
‘Gracias por ese gran honor, ¿pero no sería mejor que
usted diera el saludo? Usted es el general en jefe supremo y tiene el derecho y
el deber de dar el saludo’.
Stalin respondió:
‘Soy demasiado
viejo para pasar revista a los desfiles. Lo hará usted, es más joven’”. (G.
Zhukov, Reminiscences and Reflections, vol. 2, p. 424).
Este era un ejemplo
típico de la astucia de Stalin, su tosquedad y deslealtad. Al poner a Zhukov en
esta posición, un gesto aparente de amistad y modestia, le estaba preparando una
trampa. Quería deshacerse de Zhukov y necesitaba una excusa. Como Zhukov era
demasiado conocido y respetado para asesinarle, Stalin satisfizo su deseo de
venganza humillando a su general. Envió a Zhukov a un puesto sin importancia en
un oscuro lugar del sur. La razón de esto fue su “falta de modestia”.
El culto a Stalin
El crecimiento de la
economía iba paralelo al aumento de la represión y el culto a Stalin. En el XIX
Congreso del Partido, el culto al líder adquirió su expresión más grotesca. Aquí
tenemos algunos ejemplos del discurso de clausura de Malenkov:
“La obra del
camarada Stalin que se acaba de publicar: Problemas económicos del socialismo en
la URSS, tiene una importancia cardinal para la teoría marxista-leninista y para
toda nuestra actividad práctica. (Aplausos estrepitosos y prolongados).
El
camarada Stalin ha elaborado los planes del partido para el futuro, define las
perspectivas y las formas de nuestro progreso, basados en un conocimiento de las
leyes económicas básicas, de la ciencia de la construcción de la sociedad
comunista. (Aplausos estrepitosos y prolongados).
Una contribución
importante a la economía política marxista es el descubrimiento del camarada
Stalin de la ley básica del capitalismo moderno y la ley económica básica del
socialismo (!).
El descubrimiento del camarada Stalin [...] El camarada
Stalin demuestra [...] El camarada Stalin nos ha enseñado [...] El camarada
Stalin ha descubierto [...] El camarada Stalin ha revelado [...] Las obras del
camarada Stalin son un testimonio gráfico y tienen una importancia fundamental
para ligar nuestro partido a la teoría [...] El camarada Stalin avanza
constantemente en la teoría marxista [...] El camarada Stalin ha revelado la
función del lenguaje como un instrumento del desarrollo social y ha indicado las
perspectivas para el futuro desarrollo de las culturas y lenguas nacionales”.
Y, finalmente, después de numerosas interrupciones por “aplausos”,
“prolongados aplausos” y “estrepitosos y prolongados aplausos”:
“Bajo la
bandera del inmortal Lenin, bajo la sabia dirección del gran Stalin, ¡hacia la
victoria del comunismo!
(En cuanto a la conclusión del informe, todos los
delegados se pusieron en pie y saludaron al camarada Stalin con vítores
estrepitosos y prolongados. Hay gritos desde todas las partes de la sala:
‘¡Larga vida al gran Stalin! ¡Viva por nuestro querido Stalin!)”. (Informe del
XIX Congreso del PCUS, pp. 134-44).
Basta con comparar este circo adulador
con los congresos democráticos del Partido Bolchevique bajo la dirección de
Lenin y Trotsky, y veremos el abismo que separa al estalinismo del leninismo.
Aquí tenemos el culto al líder en toda su gloria.
Pero el Líder no estaba
satisfecho con esto. En los años anteriores a su muerte, Stalin estaba
preparando toda una serie de purgas sangrientas en Rusia, en la línea de las
lanzadas en 1936-8. El objetivo real de las obras “teóricas” de Stalin de este
período (que no tienen un contenido teórico real) era preparar el terreno para
una nueva Purga. En su última obra, Problemas económicos de la URSS, publicada
en 1952, Stalin planteaba que los “errores” en acto de servicio y en los
pensamientos estaban reapareciendo en los partidos comunistas, incluido el de la
URSS. Eso significaba que lo peor estaba por llegar, la obra “teórica” de Stalin
sobre economía marxista tuvo consecuencias drásticas. N. A. Voznesensky, miembro
del Politburó, desapareció en 1949 y fue ejecutado en 1950. Más tarde, fue
acusado de sobre enfatizar la ley del valor en la economía y dar la impresión de
que las leyes económicas se pueden crear a través de la acción subjetiva.
En
realidad, el subjetivismo extremo y lo que los marxistas llaman voluntarismo,
siempre eran los ingredientes principales del pensamiento de Stalin, combinado
con el formalismo más rudo y el empirismo. Pero, de vez en cuando, la propia
vida le daba una bofetada y lo obligaba a dar un giro de ciento ochenta grados.
Estos vaivenes son una característica constante de su línea política. La
“teoría” siempre era algo a posteriori para justificar estos giros violentos. A
finales de los años cuarenta había un gran descontento entre las masas debido al
bajo nivel de vida, que contrastaba escandalosamente con la mimada existencia de
la élite. Hacían falta chivos expiatorios.
La Purga de
Leningrado
Stalin había utilizado a Zhdanov en su campaña
contra los escritores y compositores soviéticos. Pero Zhdanov tuvo demasiado
éxito y provocó los celos de Stalin. Como Kirov y Yezhov antes que él, se estaba
convirtiendo en una figura destacada en el ojo público. Ante la insistencia de
Stalin, su viejo amigo fue enviado a un sanatorio del Kremlin. Los expedientes
médicos de Zhdanov, que se hicieron públicos recientemente, demuestran que
sufría una enfermedad seria de corazón y que el tratamiento médico correcto
habría sido el descanso. Pero los médicos del Kremlin le recomendaron un régimen
de ejercicio enérgico. El 31 de agosto de 1948, un mes después de entrar al
sanatorio, el paciente murió. La muerte de Zhdanov no fue casual. Los médicos
del Kremlin le allanaron el camino y las órdenes venían de Stalin.
Está
bastante claro que Stalin lo mató y culpó de su muerte a los médicos del Kremlin
(“el complot de los médicos”). Como ocurrió con el asesinato de Kirov, tenía la
intención de preparar el terreno para arrestos en masa. Todos los que habían
sido dirigentes de la organización del partido en Leningrado durante la guerra
compartieron el mismo destino que Zhdanov.
El ayudante de Zhdanov, Alexei
Kuznetsov, había tomado el control de Leningrado en los días más oscuros de la
guerra, cuando estaba asediada por los nazis. El gran Zhdanov naturalmente se
distinguía por una extrema cobardía, pasaba la mayor parte del tiempo en la
seguridad de su bunker. La mayoría de los habitantes de Leningrado demostraron
un gran valor. Pero Stalin no confiaba en ellos. En el cumpleaños setenta de
Stalin, para demostrar quien era el Jefe, se arrestó a Kuznetsov y a otros
dirigentes de Leningrado. Después del asedio de Leningrado Stalin le dijo a
Kuznetsov: “Tu patria nunca te olvidará”. Y no lo olvidó. Fue torturado hasta
que confesó la traición, en 1950. Después de un “juicio” secreto, fue ejecutado.
La paranoia y el régimen totalitario
En
esta época Stalin estaba prácticamente loco. No es casualidad. Al no diferenciar
entre la realidad y la voluntad del individuo, un régimen de poder absoluto, en
el cual todas las críticas están prohibidas, finalmente provoca desequilibrio
mental. Esto también ocurrió en el caso de Hitler. La historia de los zares
rusos y emperadores romanos locos nos cuenta la misma historia. Al final, la
mente de Stalin estaba desquiciada. En ausencia de cualquier control se creía
omnipotente.
Stalin estaba completamente paranoico. Vivía como un recluso en
su dacha. Veía enemigos por todas partes. En su estado de paranoia ya no
confiaba en nadie. Estalinistas de toda la vida eran acorralados y encarcelados.
En 1952 Stalin acusó a sus títeres fieles, Voroshilov y Molotov, de ser espías
británicos y les prohibió asistir a las reuniones de la dirección. Mikoyan fue
denunciado como espía turco, y hasta Beria fue desterrado de la presencia de
Stalin. Incluso arrestó a miembros de su propia familia, incluidas dos de sus
cuñadas y las envió a campos de trabajo.
Todo el mundo vivía con temor al
Jefe, cada capricho suyo era ley. En sus memorias, Shostakovich recuerda un
increíble incidente que ocurrió poco antes de la muerte de Stalin. Siempre vivía
una existencia nocturna y tenía la costumbre de telefonear a la gente en mitad
de la noche. En una ocasión llamó a la Sede de la Emisora Estatal para preguntar
por un concierto de piano de Mozart que había escuchado en la radio. ¿Quién era
el pianista y como podía conseguir una grabación?
Al director de la radio le
entró el pánico. El concierto había sido en vivo y no existía ninguna grabación.
¿Pero cómo podía decirle eso al Jefe? Nadie podía saber como iba a reaccionar y
la vida, como escribía Ostrovsky, es la posesión más preciada del hombre. No
había otra alternativa, reunió a todos los miembros de la orquesta y al
pianista. En medio de la noche grabaron el concierto para que el Jefe lo tuviera
a su disposición por la mañana. Esta grabación todavía estaba en su tocadiscos
cuando Stalin murió.
En el XXII Congreso Kruschev describió la atmósfera
paranoica en el círculo dirigente de Stalin: “Stalin podía mirar a un camarada
sentado en la misma mesa que él y decir: ‘Hoy tu mirada es furtiva’. Se podía
dar por sentado que después el camarada cuya mirada supuestamente era furtiva
sería considerado un sospechoso”. (The Road to Communism-Report on the 22nd
Congress CPSU, p. 111).
El ex-estalinista polaco Bienkowski escribía: “La
clase obrera y todas las demás fuerzas podían ser consideradas un enemigo
potencial para el orden socialista, el verdadero ejemplo y defensor devoto era
el aparato burocratizado de poder”. (Bienkowski, Rewolucki, Ciag Dalszy, Warsaw.
1957, p. 36).
Sobre el papel de Stalin, Bienkowski escribe lo siguiente:
“Stalin, con la suspicacia típica de los dictadores, persiguió primero
moralmente y después físicamente, no sólo a aquellos que tenían el coraje de dar
su opinión, sino también aquellos que se sospechaba eran capaces de tenerla”.
(Ibíd, p.6).
Sin embargo, no es suficiente con hacer referencia a la salud
mental de Stalin para explicar la situación que había en aquel momento en la
URSS. ¿Cómo es posible que un anciano imponga su voluntad sobre millones de
personas sin ningún tipo de oposición? La mala situación mental de Stalin
simplemente era un reflejo de un régimen enfermo. Millones de funcionarios del
estado y el partido compartían los crímenes de Stalin. Aceptaron lo inaceptable
para preservar su situación privilegiada, sus grandes casas y coches, sus
inflados salarios, e incluso los privilegios extras ilegales.
El servilismo
y la corrupción eran endémicos al sistema totalitario y burocrático. Los espías
y los compinches se encontraban en todos los niveles de la sociedad y el estado,
dispuestos a denunciar a todos aquellos que no fueran un ciento uno por ciento
leales a la dirección, y de este modo atraer la atención de sus superiores, y
promocionar. Esto no sólo no era desalentado sino que era activamente promovido
por la jerarquía. De este modo, el número de arribistas “tiende a aumentar
porque, en lugar de denunciarlos, los líderes los toleran con frecuencia e
incluso los miman, ya que eso favorece su vanidad, porque hacen todo y aplican
cualquiera de las órdenes sin ningún tipo de reservas”. (Imre Nagy. On
Communism, p. 60).
“El complot de los doctores”
En enero de 1953, Pravda anunció el llamado Complot de los
Doctores, un “grupo de médicos saboteadores” arrestados por asesinar e intentar
“liquidar a cuadros dirigentes de la URSS”. Siete de cada nueve médicos
mencionados eran judíos y fueron acusados de tener vínculos con la organización
judía Joint, que estaba dirigida por el imperialismo estadounidense. Tres de los
arrestados fueron acusados de trabajar para la inteligencia británica. Empezaron
una campaña contra los judíos con el disfraz de “cosmopolitismo y sionismo”.
Pravda comenzó a hacer una campaña contra las amenazas de “contrarrevolución”.
Además, a la cuestión de Leningrado y al Complot de los Doctores habría que
añadir otra purga en Georgia. Esta iba dirigida contra Lavrenty Beria, un títere
georgiano fiel a Stalin. Beria estaba muy próximo a Stalin porque tomó el
control de la NKVD después de Yezhov en 1938. Publicó una “historia” del Partido
Comunista de Transcaucasia que era una completa falsificación. Stalin, que era
una figura menor del partido en Georgia, era presentado como el gran líder.
Aunque el nombre de Beria aparece como autor, en realidad, pagó los servicios de
un historiador profesional, Erik Bediya, para que lo escribiera. Como Bediya
sabía que era una falsificación, inmediatamente después fue ejecutado por ser un
enemigo del pueblo.
Beria era un tirano violento y un degenerado moral que
estaba especializado en el secuestro y la violación de mujeres atractivas. Una
de sus víctimas fue una famosa estrella de cine soviética que hizo pública su
horrorosa experiencia. Aparte de su simpático pasatiempo, también era un
fanático del fútbol y naturalmente siempre quería que ganara el equipo de la
NKVD, el Dínamo de Moscú. Pero algunas veces el excesivo interés por el fútbol
se convertía en una obsesión. Si el equipo de Beria perdía le entraba una rabia
incontrolable. Desgraciadamente, fue la perdición de su rival, el Spartak de
Moscú. Esto tuvo serias consecuencias.
El presidente del Spartak, Nikolai
Staroshin, era un antiguo amigo de Beria. Pero eso no lo salvó. Beria lo arrestó
y torturó hasta que confesó que era la cabeza de una célula terrorista secreta
que planeaba asesinar a Stalin durante unos juegos deportivos. Al final, el
desgraciado Staroshin, fue sentenciado a diez años en una campo de trabajos
forzados por una ofensa menor. Otros miembros del Spartak le siguieron. Después
de eso, el equipo de Beria ganaba todos los partidos.
En 1949, Stalin había
decidido deshacerse de todos ellos, empezando por el propio Beria. Utilizó al
segundo de Beria, Viktor Abakumov, para acabar con él, como había utilizado
antes a Beria para acabar con Yezhov. Ese era el estilo de Stalin. Comenzó
arrestando a los miembros del partido georgiano. Entre el gran número de
personas arrestadas estaba un grupo de dirigentes del partido, todos ellos
“mingrelianos” y todos próximos a Beria, que era miembro de la misma minoría
nacional. Pero detrás de estos arrestos estaba la segunda acusación: la
conspiración. El “asunto mingreliano” se discutió en el Politburó. Kruschev
comenzó a destituir a los amigos de Beria de los puestos claves en los Servicios
de Seguridad. Se estaban haciendo los preparativos para arrestar a Beria.
Al
mismo tiempo, Stalin había promovido toda una serie de nuevos dirigentes del
partido preparándose para eliminar a todos los viejos. Era el preludio de otra
purga de masas como la de 1937. Estos movimientos provocaron escalofríos en el
círculo dominante. Una nueva purga no sólo significaría su liquidación, también
representaba un peligro para la posición de la burocracia y podía minar todas
las conquistas de la economía planificada en la propia Unión Soviética.
Había signos alarmantes demostrando que el descontento de las masas estaba
llegando al límite. Una nueva purga sería la mecha que encendería el barril de
pólvora. Por esa razón, el círculo dominante decidió poner fin al anciano antes
de que él terminase con ellos. Después de una noche habitual de encuentros de
bebida en su dacha el 1 de marzo de 1953, Stalin sufrió un ataque. Dada su edad
era posible, aunque puede haber otras explicaciones.
El 5 de marzo de 1953
murió Stalin. Pudo haber sido de muerte natural, pero lo más probable es que se
tratase de una “muerte asistida”. Sus compañeros de armas le ayudaron. Lo que sí
es cierto es que su muerte llegó en un momento muy adecuado para el círculo
dominante. Se pudo comprobar que cuando estaba en sus últimos coletazos
mortales, ninguno de los miembros de la dirección fue en su ayuda o llamó al
médico.
Cuando los guardias avisaron que Stalin estaba enfermo, los miembros
del Politburó en la habitación contigua les dijeron que “lo dejaran acostado”.
Después, esperaron hasta que murió. Probablemente, este nido de víboras jugó un
papel más activo en el envío del amado Líder y Profesor a otro mundo mejor. En
cualquier caso, cuando finalmente llegaron los médicos, dos horas después, el
Jefe ya estaba muerto y todos respiraron con alivio.
Después
de la muerte de Stalin
Después de la muerte de Stalin, los
médicos —aquellos que aún estaban vivos— fueron puestos en libertad sin cargos.
En julio de 1953 se anunció el arresto de Beria. Fue ejecutado en vísperas de
navidad junto a otros seis jefes de la policía secreta. Más tarde millones de
prisioneros fueron liberados silenciosamente de los campos de concentración.
Caso por caso, unas 700.000 víctimas del terror de Stalin fueron rehabilitadas
judicialmente. Pero, hasta el día de hoy, nunca se rehabilitó a Trotsky. Será
rehabilitado cuando la clase obrera rusa tome el poder y regrese a las
tradiciones de 1917.
Las revelaciones sobre Stalin en el XX Congreso
provocaron una conmoción en la URSS e incluso más en Europa del Este. En junio
de 1953, unos cuantos meses antes de la muerte de Stalin, hubo un levantamiento
de los trabajadores de Berlín oriental. Más tarde, vimos el Octubre polaco y,
sobre todo, la revolución húngara de 1956.
En 1956 el comunista húngaro,
Imre Nagy, escribía que la policía secreta, con la “gran ayuda ” de Stalin, se
levantó “sobre la sociedad y el partido, se convirtió [...] en el principal
órgano de poder”. Esto llevó a “la degeneración de la vida del partido” y al
exterminio de los cuadros. (On Communism. New York. 1957, p. 51). El resultado
fue el “bonapartismo”. Pero a esta conclusión llegó mucho antes Trotsky, cuyo
análisis de la base social del estalinismo era mucho más profundo que el de
Nagy. El mejor análisis marxista sobre el estalinismo, o por darle su nombre
científico, el bonapartismo proletario, se puede encontrar en su obra maestra:
La revolución traicionada.
El estalinismo sin Stalin
El círculo dominante tuvo que hacer algunas reformas después
de 1953. Pero en esencia, el mismo sistema establecido por Stalin continuó
existiendo después de su muerte. Sólo se eliminaron los peores aspectos. Los
días de las purgas en masa terminaron pero no se regresó a Lenin. La burocracia
siguió firmemente en el poder. Sus ingresos y privilegios aumentaban
continuamente y aunque el nivel de vida de la clase obrera mejoró, el abismo
entre los trabajadores y los parásitos burócratas aumentó aún más rápidamente.
En retrospectiva es posible ver que el estalinismo fue una aberración
histórica temporal. Duró tanto tiempo porque durante todo un período la Unión
Soviética desarrolló los medios de producción, aunque con un costo enorme para
la sociedad y la clase obrera. Sin embargo, a pesar de los crímenes de Stalin y
la burocracia, la superioridad de la producción nacionalizada y planificada, se
pudo ver en la rápida transformación que experimentó un país semifeudal como
Pakistán actual, hasta convertirse en una poderosa potencia industrial con una
población culta y con más científicos que EEUU, Alemania y Japón juntos.
Antes de la guerra, durante los primeros planes quinquenales, la URSS
consiguió una tasa de crecimiento anual nunca vista antes en ningún país
capitalista, de aproximadamente el 20 por ciento. Este notable resultado se
consiguió con pleno empleo, sin inflación y con un presupuesto equilibrado.
Basta con comparar estos resultados con los miserables 3% o similares, que hoy
en día se consideran un gran éxito en occidente, y se ve la ventaja de la
economía nacionalizada y planificada.
Es verdad que la URSS partía de un
punto de partida muy bajo y que era más fácil conseguir estos resultados en la
construcción de grandes acerías que una economía moderna compleja. También es
verdad que la tasa de crecimiento después de 1945 no fue tan espectacular. Pero
incluso entonces, una tasa de crecimiento anual del 10 por ciento, que era lo
normal en la URSS hasta mediados de los años sesenta, tampoco tenía precedentes.
Si esta tasa de crecimiento se hubiera mantenido, la URSS podría haber superado
a Occidente no sólo en términos absolutos, sino también en términos relativos.
Esta tasa de crecimiento no se pudo mantener por el colosal derroche debido
a la mala gestión, el descuido y la corrupción de la propia burocracia. Era un
enorme drenaje que a mediados de los sesenta derrochaba entre un tercio y el
cincuenta por ciento de la riqueza producida por la clase obrera soviética cada
año. Sin el control y la gestión democrática de la clase obrera, la burocracia
fue socavando la economía planificada, atascando todos los poros y sofocando
toda la fuerza creativa del pueblo soviético, tanto de los trabajadores como de
los intelectuales. Esto llevó a la caída de la tasa de crecimiento en los años
setenta que terminó con el colapso de finales de los años ochenta.
Contrariamente a la mentira tan extendida por los enemigos del socialismo,
la burocracia no es el resultado inevitable de la planificación central, es el
resultado inevitable del atraso cultural y económico. La contrarrevolución
política estalinista fue el resultado del aislamiento de la revolución en un
país atrasado donde la clase obrera era una minoría. Pero en los años setenta la
URSS era una economía moderna y avanzada donde la clase obrera era la aplastante
mayoría. Todas las condiciones objetivas existían, al menos en principio, para
emprender la dirección hacia al socialismo. Pero en su lugar la URSS retrocedió,
hacia el capitalismo. ¿Cómo se puede explicar esta monstruosidad?
Hace mucho
tiempo Trotsky pronosticó que: o la clase obrera soviética derrocaba a la
burocracia y restauraba el régimen de democracia obrera de Lenin (el poder
soviético) o sería la burocracia la que emprendería inevitablemente la dirección
hacia la restauración del capitalismo.
Los viejos burócratas estalinistas,
como el propio Stalin, eran ignorantes y rudos pero tenían algún vínculo con las
viejas tradiciones. Pero los hijos y los nietos de los viejos burócratas tenían
un estilo de vida y una mentalidad puramente burguesa. No tenían el más mínimo
vínculo con la clase obrera o el socialismo. Por lo tanto, se pasaron al
capitalismo con la misma facilidad con que un hombre pasa en un tren del
compartimento de fumadores al de no fumadores.
El llamado Partido
“Comunista” de la Unión Soviética colapsó de la noche a la mañana como un
castillo de naipes, sus dirigentes se transformaron en capitalistas privados. Lo
mismo ocurrió en todos los países de Europa del este y ahora se está produciendo
ante nuestros ojos en China. Es imposible comprender este fenómeno si se acepta
la idea de que en la URSS existía el verdadero socialismo.
Esta es una
calumnia contra el socialismo que sólo puede ser útil a sus peores enemigos. Los
marxistas defenderán lo que era progresista en la URSS, es decir, la economía
planificada y nacionalizada. Pero es absolutamente necesario separar lo que era
progresista de lo que era reaccionario. El régimen burocrático y totalitario
creado por Stalin no tenía nada en común con la revolución de octubre o el
socialismo. Era su antítesis y su negación.
El papel del
individuo en la historia
El aniversario de la muerte de
Stalin ha servido de ocasión para una campaña de propaganda antisoviética y
antisocialista. Los enemigos del socialismo están decididos a convencer a la
gente de que no hay diferencia entre Lenin y Stalin, y que el estalinismo y el
comunismo son la misma cosa.
Aunque muchos de estos profesores
universitarios añaden una serie de letras después de su nombre a sus supuestos
estudios “científicos”, la realidad es que carecen de cualquier contenido
científico. Esto no es ciencia sino la peor clase de propaganda enmascarada bajo
la bandera de la “objetividad” ficticia.
Intentan interpretar los procesos
históricos a partir de individuos “malos” y “buenos”. Defienden que Stalin (y
también Hitler) era “extraordinariamente malo”. Esta es una interpretación
puramente subjetiva de la historia. Reduce la historia a una serie de accidentes
impredecibles, ya que es un accidente que Stalin naciera cuando lo hizo. Esta
versión de la historia imposibilita el estudio científico de la causa y el
efecto. Además, no explica qué tipo de figura histórica particular es
“extraordinariamente malo” o, cual es “extraordinariamente bueno”.
Estas
explicaciones realmente no explican nada. La historia no se puede explicar en
términos de personalidades individuales, aunque el individuo, ciertamente, sí
juega un papel importante en la historia. Si, en lugar de ser
“extraordinariamente maligno”, Stalin hubiera sido “extraordinariamente bueno”,
¿habría habido una diferencia fundamental en el destino de la URSS? Llegados a
este punto, abandonamos el reino de la historia para entrar en el de la
hagiografía, el misticismo y la magia.
La lucha entre Stalin y Trotsky no
sólo era un duelo entre dos individuos. Era un reflejo de la correlación de
clases existente en Rusia, una vez que la revolución se había quedado aislada en
condiciones de atraso. Stalin no se representaba sólo a sí mismo, era el
representante político de la burocracia que estaba en ascenso, mientras que la
clase obrera, cansada por los largos años de guerra y revolución, poco a poco
caía en un estado de apatía e indiferencia. Es esta correlación de fuerzas la
que decidió el resultado, no la personalidad individual de los participantes.
Eso no significa que las cualidades personales de los protagonistas en la
lucha de clases sean algo completamente indiferente. No es una cuestión
accidental. Cada clase busca representantes a su propia imagen y semejanza.
Stalin tenía muchos de los atributos de las personas que él representaba: su
estrechez de miras, la mentalidad provinciana, la fuerte inclinación a resolver
todas las cuestiones con métodos administrativos (incluidas las expulsiones, los
arrestos y las ejecuciones), su falta general de cultura, todas estas
particularidades eran muy características de la psicología de cualquier
funcionario.
Revolución y reacción
Podemos
ir más allá y decir que cada período histórico produce caracteres a su propia
imagen y semejanza. Esto tiene bases perfectamente racionales. Determinadas
situaciones objetivas favorecen el ascenso de una clase particular de personas y
disuade a otras. Es una clase de versión histórica de la selección natural.
Constantemente se producen un número infinito de mutaciones genéticas. La
mayoría de las mutaciones son perjudiciales o neutrales. Si no encuentran un
entorno favorable pronto desaparecen. Pero, ocasionalmente, una modificación
genética demuestra ser útil y entonces puede reproducirse y desarrollarse.
Un período revolucionario exige héroes y en estas circunstancias siempre se
encuentran héroes. No hay nada mágico en esto. Entre los millones de personas en
la sociedad siempre hay un número considerable de individuos con un talento
extraordinario que nunca han tenido oportunidad de hacer uso de su potencial. En
los ejércitos prerrevolucionarios del siglo XVIII en Francia y del siglo XX en
Rusia, había oficiales y suboficiales con una enorme capacidad que eran
dirigidos por oficiales más viejos e incompetentes. Sin la revolución nunca
habrían tenido la oportunidad de demostrar lo que eran capaces. Hombres como
Carnot y Tujachevsky ascendieron a la cresta de la oleada revolucionaria. Y lo
que era verdad en la esfera militar era igualmente cierto en otras esferas de la
vida cultura y social.
En el período de descenso de la revolución, cuando el
impulso revolucionario de las masas se ha agotado, las cosas son completamente
diferentes. Los períodos de reacción no requieren gigantes sino pigmeos. No
impulsan las ideas nuevas y originales, ni crean pensadores, sino conformistas y
burócratas. Aquí el mediocre es el rey. Hay períodos en la historia cuando la
mediocridad es necesaria.
Napoleón Bonaparte, a pesar de su ostentosa
presuntuosidad, no era un genio. Era un militar competente porque tuvo una
excelente escuela en los ejércitos revolucionarios. Pero no era un pensador
original, como Carnot, de quién tomó todas las ideas. Heredó el ejército creado
por Carnot y lo utilizó bien. Pero Bonaparte es el producto, no de la
revolución, sino de la decadencia. Sería injusto describir a Napoleón Bonaparte
como un mediocre. Las llamas de la revolución todavía ardían lo suficiente como
para darle una chispa de vida. La burguesía francesa todavía jugaba un papel
relativamente progresista y se consideraba como la abanderada del progreso en
toda Europa. De una forma distorsionada los ejércitos de Napoleón llevaron la
llama de la revolución a otros países.
¿Pero qué se puede decir de su
sobrino, el hombre que se autodenominó Napoleón III? Esta criatura llegó al
poder después de la derrota de la revolución de 1848. Era la mediocridad
personificada. La burguesía francesa ya había agotado su papel progresista y se
encontraba en un combate mortal con el joven y revolucionario proletariado
francés. Las dos clases se enfrentaron entre sí en las barricadas y lucharon
hasta la extenuación. El resultado fue un punto muerto, un callejón sin salida
donde ninguna de las clases había conseguido una victoria decisiva sobre la
otra. En estas circunstancias, como explica Marx en su obra maestra El 18
Brumario de Luis Bonaparte, el Estado, su cuerpo de hombres armados, puede
elevarse sobre las clases y adquirir una gran dosis de independencia. Este es el
fenómeno que llamamos bonapartismo.
En aquella época, en Francia, había
muchos hombres que eran mejores, más inteligentes, con más previsión y más
valerosos que Luis Bonaparte. Pero él triunfó sobre todos ellos. Tenía el nombre
de Bonaparte y eso le ayudó a ganarse la lealtad del campesinado y del ejército
campesino, esa herramienta clásica del bonapartismo. El hecho de que debajo del
manto del Emperador hubiera una mediocridad lamentable era algo irrelevante. La
contrarrevolución triunfó debido a la correlación particular de fuerzas de
clase, y no por el genio de “Napoleón el Menor”. Como señaló Marx, la historia
se repite, primero como una tragedia, después como una farsa. Luis Bonaparte era
el actor perfecto para este drama particular.
Las revoluciones
francesa y rusa
La dinámica interna de la Revolución Rusa fue
bastante similar, aunque el contenido de clase era completamente diferente.
Debemos recordar que la Revolución Rusa fue una revolución proletaria y la
Revolución Francesa fue una revolución burguesa. Está claro que, aunque hay
similitudes, hay diferencias importantes. Una de las diferencias es que la
revolución burguesa puede triunfar más fácilmente que la revolución socialista.
La razón se encuentra en la naturaleza del capitalismo como sistema económico:
funciona de una forma automática a través del mecanismo del mercado. No requiere
una intervención consciente concreta para poder existir.
Por su parte, el
socialismo presupone la dirección consciente de la sociedad por parte de los
hombres y mujeres. Una economía nacionalizada requiere un plan que debe ser
puesto en práctica con la intervención consciente de las propias masas. Por esa
razón la democracia es la condición fundamental para el socialismo: El
socialismo, o es democrático o no es nada.
También se aplica a la forma en
la cual el socialismo empieza a existir. La burguesía no necesitaba una doctrina
científica para derrocar al feudalismo. Todo lo contrario, tuvo que basarse en
ilusiones, porque iba a introducir el Reino de Dios sobre la tierra (Cromwell) o
el Reino de la Razón (Robespierre), para que las masas no lucharan por la
propiedad. Otra cuestión es si la propia burguesía realmente creía estas
ilusiones. Hay que distinguir siempre entre lo que los hombres y mujeres piensan
sobre sí mismos y lo que son en realidad.
La revolución socialista presupone
el movimiento consciente de la clase obrera para tomar el control de la
sociedad. Pero la clase obrera tiene capas diferentes, que sacan conclusiones
diferentes en momentos y ritmos diferentes. El papel de la vanguardia tiene una
importancia fundamental. Y la organización de la vanguardia en un partido
revolucionario basado en una doctrina científica que le permita comprender lo
que es necesario para conseguir sus objetivos, es la condición previa de su
éxito.
Contrariamente, a las calumnias vertidas por los enemigos del
bolchevismo, Lenin nunca propuso que el Partido sustituyera a la clase. La
historia de la Revolución Rusa es una prueba de esto. La tarea del partido era
ganar a la mayoría de la clase obrera y los campesinos pobres, a través de un
trabajo paciente, de agitación, organización y explicación. En el transcurso de
1917, el Partido Bolchevique consiguió esto de una forma brillante. Sólo después
de haber conseguido una mayoría decisiva en los soviets (consejos de obreros y
soldados), se dispusieron tomar el poder en Octubre (noviembre en el calendario
moderno).
El auge y la caída de la revolución
Este no es lugar de tratar la revolución, ya lo hemos hecho
en otras ocasiones (Ver libro de Alan Woods, Bolchevismo: camino a la
revolución). Basta con decir que en su fase ascendente, la revolución puso de su
lado a todo lo que estaba vivo, sano y vibrante en la sociedad rusa. Había una
galaxia de talento humano, jamás visto antes en la historia. A la cabeza de este
trabajo gigantesco de emancipación social había hombres y mujeres que eran
gigantes: Lenin y Trotsky, dos grandes genios del movimiento revolucionario, y
también mucha otra gente talentosa: Rakovsky, Bujarin, Kámenev, Zinoviev, Radek
y otros.
No es casualidad que todas estas personas murieran después
asesinadas en las Purgas, en palabras de Trotsky, en una guerra civil unilateral
de Stalin contra el bolchevismo. En el período de reflujo, cuando la clase
obrera, que estaba agotada y hambrienta, cayó en un estado de desencanto y
apatía, otro tipo de personas encontraron su oportunidad: los oportunistas,
arribistas y todo tipo de “trepadores” sociales. Gente como Vyshinsky, el fiscal
en las Purgas de Stalin, que había combatido a los bolcheviques durante la
revolución, se cambió de camiseta y se subió al vagón.
Podemos mencionar de
paso que hubo analogías similares en la Revolución Francesa. El ejemplo clásico
es Joseph Fouché, el anterior terrorista jacobino que se convirtió en el
sirviente tanto del bonapartismo como de la reacción borbónica. En la revolución
inglesa tuvimos ejemplos similares. Uno de ellos lo recuerda la canción popular,
El vicario de Bray, un personaje real que cambiaba periódicamente de religión
según la convicción religiosa del monarca que estaba en el poder.
Todas
estas personas eran mediocres y de segunda fila, hombres y mujeres sin creencias
o principios fijos, eran atraídos al partido sólo porque éste estaba en el
poder. De este polvo humano surgen las fuerzas de la reacción termidoriana. Y a
la cabeza de estos elementos se puso un hombre cuyos rasgos políticos y
personales reflejaban perfectamente sus aspiraciones y necesidades.
La
personalidad particular de Stalin y su forma de pensar, sin duda, jugaron un
papel en los acontecimientos del período de descenso de la revolución. Sin
embargo, él no provocó el descenso o la reacción burocrática contra octubre. La
reacción estaba enraizada en la situación objetiva, nacional e
internacionalmente. Pero ciertamente, sí influenció las formas específicas en
las cuales se desarrollaron estos procesos.
Cualquier funcionario no podía
ser un Stalin pero podemos encontrar un poco de Stalin en cada funcionario, en
la casta de funcionarios soviéticos que empujaron a un lado a la clase obrera y
se apoderaron del poder en el período de declive y agotamiento de la revolución,
reconociendo en Stalin su propia imagen y semejanza. La adulación a Stalin, en
el fondo, era la auto adoración de la propia burocracia.
Por supuesto, esto
es una simplificación. Stalin tenía muchos rasgos que eran peculiares y
exclusivos de él. Su fuerte inclinación hacia la violencia, su rudeza, la
ausencia total de escrúpulos humanos o morales, estas son las características
por las cuales rápidamente se lo identifica. Pero si miramos más de cerca,
incluso estas características se pueden explicar en términos históricos y de
clase. Aunque, debemos buscar sus orígenes en el campo de la psicología
individual (que está fuera del alcance del presente artículo), la forma en la
cual estas tendencias se manifestaban en los acontecimientos descritos más
arriba, no pertenece al reino de la psicología, sino al de la historia, la
política y la sociología.
Stalin y la burocracia
Cuentan que antes de morir, la madre de Stalin, le dijo que
mejor hubiera sido sacerdote. No sabemos si esta historia es verdad o no, es
imposible saber qué clase de sacerdote hubiera sido Josip Vissarionovich. Pero
está claro que las tendencias arriba citadas no se habrían manifestado de la
misma forma y, ante la ausencia de un campo más amplio en las cuales
desarrollarse no habrían llevado a la muerte de millones de personas.
Stalin
pasó de ser un burócrata revolucionario mediocre, a convertirse en un monstruo.
Eso no ocurrió de repente, Stalin tampoco tenía un plan preconcebido. En
realidad, si al principio hubiera sido consciente de a donde llevaría esto, con
todo probabilidad, se habría horrorizado y cambiado de rumbo. Pero una vez que
Stalin se había elevado al rango de dictador por los esfuerzos de la casta
burocrática en ascenso, esas tendencias que antes simplemente estaban latentes
en él, crecieron hasta convertirse en una fuerza monstruosa.
¿Qué fuerza
había detrás de esta transformación? Los millones de funcionarios soviéticos que
luchaban por su “lugar en el sol”, la loca batalla por la división de los frutos
del poder, el bienestar, los apartamentos y las dachas, los pequeños lujos (y no
tan pequeños) de la vida, los coches con chofer, los sirvientes, las medallas,
el prestigio, son cosas por las que no tienes que hacer cola, son cosas por la
que merece la pena luchar.
Los bolcheviques no luchaban por una vida
confortable. Luchaban por un mundo mejor, una “vida feliz”, pero no para ellos
como individuos, sino para la clase obrera en su conjunto. En contraste, la
consigna de todo dirigente obrero oportunista es: “Estoy a favor de la
emancipación de la clase obrera, uno por uno, empezando por mí”.
En el
movimiento obrero y sindical vemos esto cotidianamente: dirigentes que llegan a
puestos, consiguen ciertos privilegios e ingresos elevados y ¡cómo luchan para
mantener sus posiciones! ¡Con qué determinación de hierro! Si lucharan con la
misma determinación para defender el nivel de vida de los trabajadores que los
eligen, ¡qué espléndido sería!
Trotsky en cierta ocasión comparó un estado
obrero a un sindicato que ha tomado el poder. Si los dirigentes del sindicato se
elevan por encima de la militancia y adquieren privilegios, entonces, mayor es
el peligro en un estado obrero. Marx explicó hace mucho tiempo que el estado
tiene una tendencia a elevarse por encima de la sociedad, a alejarse de la
sociedad, y no hay ninguna ley que diga que esto no puede ocurrir en un estado
obrero.
¿Eso significa que es inevitable? ¡En absoluto! No todos los
dirigentes sindicales son corruptos, si eso fuera inevitable ya hace mucho
tiempo nos habríamos hundido en un pantano putrefacto. Pero no es así, en
realidad, es perfectamente posible que la clase obrera controle a sus
dirigentes. El programa de Lenin, el programa del partido de 1919, señalaba todo
lo que era necesario para conseguir esto. Sólo el enorme atraso de la sociedad
rusa en aquel momento impidió que Lenin tuviera éxito.
El carácter de Stalin
no es más que un reflejo de este atraso asiático general, en una forma destilada
y extrema. El fanático celo con el que persiguió y exterminó a los viejos
bolcheviques, reflejaba algo más que su deseo de venganza personal. Representaba
la furia con la que reaccionaron los funcionarios pequeño burgueses en los días
tormentosos de la revolución, su deseo ardiente de conseguir una “vida feliz”
para ellos y sus familias.
Para esta generación de arribistas y trepadores
sociales, todo lo asociado con el pasado bolchevique era un recuerdo de los
viejos principios de la democracia obrera y el igualitarismo. Veían en esto un
obstáculo en el camino hacia la “vida feliz” y estaban decididos a aplastarlo.
Si eso significa también aplastar cuerpos humanos y tejidos nerviosos, entonces
lo harían. La crueldad de Stalin era la expresión perfecta de este ambiente.
El papel del individuo en la historia
Los
hombres y las mujeres hacen su propia historia, como explicó hace mucho tiempo
Marx. Pero al hacer la historia no son agentes libres como imaginan los
idealistas. Si Stalin no hubiera existido otra figura habría ocupado su lugar.
La diferencia habría sido la intensidad, pero el resultado general no habría
sido diferente. Una vez que la revolución había quedado aislada en condiciones
de atraso extremo, el proceso de degeneración era algo inevitable.
Es verdad
que el carácter peculiar de Stalin dio a la contrarrevolución burocrática un
carácter particularmente bárbaro. Pero Stalin no creó la burocracia ni la
contrarrevolución. Ellas lo crearon a él. Una vez instalado en una posición de
poder absoluto, él interactuó en el proceso, impartiéndole un carácter
particularmente sangriento y feroz. Por esto, el nombre de Stalin siempre
quedará ligado a la injusticia. Pero sería un error asumir que todo lo ocurrido
fue simplemente el resultado de la crueldad de un solo individuo.
Hay
períodos en la historia en que se produce una concatenación peculiar de
circunstancias, como resultado del desarrollo anterior y en estos períodos. El
resultado de los acontecimientos se puede decidir incluso por un solo individuo.
Esa era la situación en octubre (noviembre) de 1917 en Rusia. Las acciones del
Partido Bolchevique fueron decisivas en el curso de la revolución. Y, en última
instancia, dependían de la dirección de Lenin y Trotsky.
Pero cuando la
marea de la revolución comenzó a retroceder, ni Lenin ni Trotsky pudieron
evitarlo. Por supuesto, es posible especular sobre posibles variantes. Si Lenin
hubiera vivido unos cuantos años más podría haber marcado una diferencia
importante en la Internacional Comunista. Si la revolución china de 1923-27
hubiera triunfado, el proceso de burocratización habría sufrido un retroceso y
la clase obrera se habría animado. Por otro lado, la propia Krupskaya opinaba
que si Lenin hubiera estado vivo en 1926 habría estado encerrado en una de las
prisiones de Stalin.
En el período de la Oposición de Izquierda, Trotsky era
consciente de que iban a ser derrotados. Pero intentaba crear una tradición y
una bandera para el futuro. Cuando Kámenev y Zinoviev capitularon ante Stalin
pensaban que eran hábiles. Somos más inteligentes que Stalin, razonaban los dos,
podemos ser más listos que él cuando cambien las condiciones. Todo lo que
tenemos que hacer es una retirada táctica y hacer unas cuantas concesiones. Al
final, sus “concesiones tácticas” llevaron a concesiones políticas y después a
la muerte real. ¿Quién recuerda hoy las ideas de Kámenev y Zinoviev? ¿Y las de
Bujarin? No han dejado nada detrás. Pero los marxistas-leninistas del siglo XXI
se mantienen firmemente sobre unas bases ideológicas sólidas, las de Lev
Davidovich Trotsky.
Fatalismo, escepticismo y revolución
Los individuos, ya sean extraordinariamente buenos o malos,
sabios o estúpidos, valientes o cobardes, no pueden determinar los procesos
fundamentales de la historia. En determinadas circunstancias, sí pueden
modificar las formas en las cuales tienen lugar los procesos. Al interactuar en
los acontecimientos pueden retrasar o acelerar las tendencias subyacentes, pero
no pueden cambiarlas sustancialmente. Tal doctrina determinista puede parecer
que conduce al fatalismo y a la pasividad, pero eso no es verdad en absoluto.
Los seguidores de Calvino en el período de la Reforma, creían fervientemente
en la doctrina de la predestinación pero eso no les impidió ser revolucionarios
activos. Cuando decidieron que iban a luchar al lado de Dios contra el Demonio,
lucharon con gran fervor para garantizar una victoria lo más rápido posible del
Reino de Dios sobre la Tierra. ¡No se puede imaginar a hombres y mujeres con una
visión menos pasiva que estos calvinistas!
Ahora, en el período de
decadencia senil del capitalismo, los marxistas están más convencidos que nunca
en la inevitabilidad histórica de la victoria del socialismo. En retrospectiva,
la victoria de la contrarrevolución capitalista en Rusia será vista como un
episodio. La caída de la URSS es sólo el primer acto de un drama que se está
desarrollando a escala mundial y que terminará en la crisis y derrocamiento del
capitalismo.
La crisis orgánica actual del capitalismo representa la mayor
amenaza para la humanidad. El deber de todos los jóvenes y trabajadores
conscientes es acelerar el proceso de construcción de un movimiento
anticapitalista poderoso en todo el mundo. El éxito de este movimiento en gran
parte estará facilitado en la medida que adopte una política marxista. Esto sólo
es posible en la medida que la vanguardia proletaria absorba las tradiciones del
leninismo y el bolchevismo y tome como modelo la Revolución de Octubre.
¿Y
el estalinismo? Como corriente política el estalinismo está prácticamente
extinguida. Las pocas ancianas que llevan las fotos de Stalin en la Plaza Roja
son una expresión de esto. Es una bandera desacreditada y decadente. Pero en un
sentido, los remanentes del estalinismo todavía persisten dentro del movimiento
obrero, no como una corriente coherente y organizada, sino como un ambiente
definido entre ciertas capas. La base psicológica del estalinismo (y de todas
las tendencias burocráticas en el movimiento obrero) es la ausencia de confianza
en la clase obrera y en su potencial revolucionario y socialista.
Con la
caída de la Unión Soviética, hubo una oleada de apostasía y deserción de las
filas del movimiento marxista. Personas que ayer se autodenominaban comunistas,
ahora hablan desdeñosamente del socialismo y la clase obrera. Estas capas,
presas de la rutina y la inercia, todavía ocupan posiciones en los sindicatos y
partidos obreros, son gente amargada y agotada. Carecen de una formación
marxista seria, no tienen perspectiva. Su único objetivo en la vida es
justificarse culpando a la clase obrera de todo. Intentan envenenar a la nueva
generación con su escepticismo gangrenoso. El pesimismo es el primer artículo de
fe en el Credo de estos cínicos. Juegan el papel de rémora para hacer retroceder
el movimiento y evitar que avance.
Esta capa no representa el futuro, sino
el pasado. No refleja la cara de la clase obrera, sino su espalda. Será apartado
a un costado por el desarrollo de la lucha de clases. La nueva generación, que
ya ha empezado a moverse, apartará a un costado las viejas telas de araña y
buscará la verdad. En palabras de Trotsky, la locomotora de la historia es la
verdad, no la mentira.
La bandera de Octubre quedó ensuciada y ensangrentada
por la contrarrevolución política estalinista. La tarea de la nueva generación
es limpiarla, eliminar toda la suciedad acumulada y elevarla bien alta. Las
verdaderas tradiciones de Octubre son la única forma de hacer avanzar a la clase
obrera. A aquellos cobardes y apocados que intentan decir que la clase obrera ya
no está dispuesta a luchar por su emancipación les respondemos con las palabras
de Galileo: ¡Eppur si muove! (¡Y sin embargo se mueve!)
* El
Partmaximum, que es una palabra rusa, era una regla establecida después de la
revolución de Octubre que limitó el nivel de los salarios que podían recibir
miembros del Partido Comunista que servían como funcionarios del Estado. Aunque
funcionarios y obreros especialistas recibían un salario mas alto que el de un
obrero normal, los miembros del Partido Comunista no podían cobrar sueldos
privilegiados sino que tenían que aceptar el sueldo de un obrero normal. El
Partmaximum fue abolido en 1930.