O se hacen o mueren

La tragedia de la revolución

Cosa curiosa que somos los seres humanos, por tanto tiempo hemos estado sometidos a tal cantidad de reglas y límites marcados por la moral y por las leyes que han ido acumulándose con la historia en la forma concreta y violenta como esta se ha dado, que no nos queda otra salida, paralelamente a la violencia física, que estar construyendo cualquier cantidad de símbolos, palabras compuestas y leyendas que le dan una supuesta justificación de ser a estos límites y reglas. Se trata de toda clase de representaciones materializadas en expresión, formas “artísticas” (cuadros, estatuas, dibujos, esculturas, fotografías) y discursivas (libros, textos seculares, audiovisuales, revistas, escritos escolares, cuentos, himnos, canciones), en fin, formas y palabras compuestas de todo tipo que definen en forma explicita o implícita el “deber ser” de nuestra conducta, el “ser” de nuestra identidad colectiva, y que repetimos interminablemente en toda clase de razonamientos y juicios sobre los hechos de la vida que elaboramos a diario. Son estas construcciones culturales las que ayudan a justificar toda la opresión que ejercemos contra nuestros cuerpos, nuestros deseos y la infinita imaginación que poseemos. Mensajes que nos penetran y que terminamos interiorizando hasta el punto de quebrarnos por dentro, llenarnos de policías interiores y terribles miedos que nos silencian y nos someten sin necesidad que se ejerza (mientras no nos rebelamos contra esto) ningún castigo feroz contra nosotros ya que somos nosotros mismos los que autogestionamos individual y colectivamente esta maldición, desde el delincuente y el mundo que lo rodea hasta la monja mas pura y su convento.

La sociedad capitalista entendió algo tarde pero muy bien esta gran condena de nuestra existencia, al menos desde que nacieron la moral y las jerarquías impuestas, que además, el mismo capitalismo como modo universal de vida, acrecentó descomunalmente al forzarnos a convertirnos en fuerza trabajo y consumidores de los productos producidos por nosotros pero que el capitalista al apropiarse de ellos y de nuestro trabajo ha convertido en mercancía. En este mundo de explotados y explotadores, mercaderes y consumidores, todo se vigila, todo se controla, cualquier desborde se reprime y si no se puede exterminar se regulan sus límites y posibilidades, reiterándose el ciclo de vigilancia, control y represión, con el único fin de que se respete la propiedad de unos y funcione el mercado que les da su ganancia. Por supuesto, esto ha creado un lastre de infelicidad y frustración generalizado que se multiplica cuando nos quitan hasta el derecho de ser parte del mundo de la producción y el consumo de mercancías, condenándonos a la pobreza total.

Comprendido esto y la imposibilidad de evitarlo -mas bien se agudiza como consecuencia última de su reproducción- el capitalismo y todo el universo que gira alrededor de él (empresarios, políticos, militares, intelectuales, sacerdotes, burócratas, tecnólogos, gerentes, comunicadores, publicistas, etc.), han tratado de convertir su propio mundo de dineros y mercancías en una emulación permanente del placer, la felicidad, el goce individual, pero al mismo tiempo han incrementado bajo todas las formas los mecanismos de generación de terror (los “tate quieto” desde la maquinaria militar yankee hasta los ejércitos paramilitares y privados) por si nos atrevemos a confrontar los órdenes impuestos, llenando toda nuestra cotidianidad de los mensajes que advierten del horror de su furia. Sin duda una ideología maestra que utiliza para su supervivencia la mezcla transversal de toda una discursiva textual, auditiva, visual y audiovisual, con una producción iconográfica y simbólica variadísima alusiva a la libertad, los derechos humanos, la democracia, la reivindicación de las historias nacionales que convive con la gigantesca basura de un delirante marketing publicitario que nos llama a “gozar de la vida”, “sé quien eres”, “la vida es bella, “i love you”, atravesados todos ellos en forma directa o subliminal con amenazas directas de mandatarios y cuerpos armados a su servicio y cuyo eco resuena a partir de una gigantesca industria de mensajes aterrorizantes que nos convierten fácilmente en neuróticos y sometidos de oficio, al menos que nos atrevamos a confrontarlos de la forma que podamos. Cuando esta segunda opción no solo se ejerce como resistencia individual o colectiva, sino que triunfa bajo la forma de un combate político multitudinario que va desmoronando los ordenes y límites impuestos por el poder aterrorizante e impulsa un ideario de liberación colectiva, se desatan los fenómenos y procesos revolucionarios.

Desde esta perspectiva toda revolución se presenta como una avanzada de las mayorías oprimidas en contra de todo el orden de moral y cultural, de creencias y reverencias impuestas (la formación ideológica), político (las relaciones de poder y jerarquía) y material (el orden de apropiación de las riquezas) dominante en función de destruirlo y levantar sobre sus escombros un nuevo orden. Una nueva realidad presente que abra los horizontes de la moral colectiva (un nuevo “deber ser” que va liberando y no oprimiendo el comportamiento social de nuestros cuerpos), reinvente formas, lenguajes y modos de construcción cultural, redescubra y reivindique nuestras fuentes de identidad, y por supuesto, desate un movimiento constituyente y reapropiativo que permita levantar nuevos ordenes de autoridad radicalmente contrarios a las estructuras de poder dominantes, al mismo tiempo que adelanta todos los programas, planes y acciones posibles de socialización de la propiedad y la producción, como de promoción de la justicia social. Obviamente que en medio de este huracán es muy probable que caigan estatuas, gobiernos, se tomen tierras, escuelas, servicios e industrias.

¿Quién hace esto? No hay junta revolucionaria, gobierno central, partido, estructura de estado, caudillo, ejército, que pueda sustituir ni imponerse en este caso a la acción libre y soberana de un pueblo convertido en poder constituyente. Desde las nuevas simbologías y culturas hasta el orden crudo de lo material, su transformación radical tomará cuerpo solo y solamente a partir de la creatividad y la acción directa que ejerzan las clases explotadas, las minorías o mayorías excluidas, como sujeto libre, conciente, organizado y en movimiento; no hay un solo dato histórico que nos diga lo contrario, o por el contrario, cuando se ha intentado hasta de buena fe, considérese que se ha decretado el fin de cualquier proceso revolucionario.

La tragedia de casi todos los grandes procesos revolucionarios conocidos es que todos ellos al haberse sometido a los intereses de las nuevas dirigencias que se fueron enquistando en el poder que se formó con estos, terminaron montándole una terrible emboscada a los mismos pueblos que han sido los protagonistas y forjadores directos de estos procesos. Las revoluciones se redireccionaron contra ellas mismas reconduciendo la misma violencia –incluso multiplicada- que antes se ejerció contra las antiguas clases dominantes, hacia sus principales actores y creadores. El poder constituyente que expresaron las mayorías insurgentes terminó enquistándose en el poder constituido y convertido en “Estado”, de acuerdo a los mismos códigos que forjaron estas estructuras de dominio desde que comenzó la expansión del capitalismo en el mundo. De esta manera, lo que al comienzo fueron cuerpos colectivos que fluían en toda dirección e iban liberando todas sus zonas de opresión y explotación, por más controversiales, difíciles y dolorosos -incluso erráticos- que hayan sido estos procesos, terminaron arrinconándose y llenándose de nuevo de jerarquías, burocracias, aparatos de muerte, privilegiados y excluidos, propietarios y desposeídos, hasta que no les quedó otra salida que regresar al mundo que comenzaron confrontando, incluso como garantía para la sobrevivencia en el tiempo de quienes se apropiaron de la revolución que les dio mando. De nuevo nos encontraremos con un mundo lleno de bloqueos, miedos, moralidades cerradas, creencias intocables, silencios, informaciones ocultas, y con ello, toda una discursiva, toda una iconografía, todo un marketing publicitario, justificando el fin de la esperanza y el renacimiento de lo viejo bajo las nuevas formas del “i am free and happy”, del divino neoliberalismo. Este ha sido, en sus modalidades y recorridos particulares, el final fatal, entre otras, de las tres grandes revoluciones que conmovieron el siglo XX: la mejicana, la soviética y la revolución china.

Pero si ya somos muy curiosos los humanos en general, curiosas también las tragedias en que nos embarcamos, especial atención debemos tenernos los venezolanos. La “revolución bolivariana” que bien merece este denominativo, al menos por las fuerzas de organización, movilización y conciencia que ha despertado, rápidamente se ha embarcado dentro de esta tragedia y de manera patética. La primera versión de esta tragedia criolla tiene que ver con el modelo de “revolución pacífica” -cuya razón e intención defendemos- en su versión “oficialista”, por tanto hegemónica y flagrantemente reaccionaria. Desde el mismo comienzo de esta aventura histórica ella ha servido para justificar toda clase de impunidades, conservar intocables los más cochinos intereses de los privilegiados públicos y privados de siempre, mantener en silencio el grueso de los movimientos populares bajo el principio de “cállate que esto puede ser insumo para el enemigo”, fortalecer día a día una nueva plutocracia corrupta que se levanta hablando los lenguajes originarios de la revolución, y claro esta, tergiversar gran parte de los planes de gobierno de mayor alcance revolucionario convirtiéndolos en planes de propaganda y fuentes maravillosas de enriquecimiento. Más allá, está su propia coherencia como bloque de poder en formación en lo que tiene que ver con las políticas emanadas desde sus oficinas. Vemos pasar calladas o aplaudidas contrataciones con transnacionales alrededor del gas, la faja petrolera del Orinoco, la sobreproducción inútil y criminal de carbón, el reotorgamiento de las tierras de Imataca, el regreso de la tecnocracia a PDVSA, las alianzas con los sectores bancarios más fuertes y hasta golpistas, y más cerca que lejos, forzar el curso de este proceso hacia un neoliberalismo de estado perfectamente posible con el petróleo a 50 dólares. Una verdadera voltereta del proyecto de “refundación nacional” en un estado de mafias sin otra contraloría que no sea la de sus propias jefaturas internas y externas.

La segunda versión es más esencial, no menos irritante, y muy probablemente sea la causa de la aparente invulnerabilidad -por ahora- del oficialismo mafioso. El problema es que en definitiva lo que comenzó y sigue siendo a desesperación de muchos un proceso fundado en la teoría y la praxis alrededor de toda una gama inmensa de iniciativas populares y constituyentes (lo que denominamos desde hace mucho “proceso popular constituyente”), estas no han podido terminar de quebrantar en forma definitiva las estructuras que sostienen a mafias, oligarquías, banqueros, burócratas, etc, porque desde el presidente hasta los últimos personeros de buena fe en cargos de gobierno y dirección política del proceso se han sostenido en esas mismas estructuras para implementar su obra gobierno, y a ilusión de todos, darle un espaldarazo a la obra autónoma y constituyente del colectivo popular. Además no han visto otra salida que sostenerse en ellas. “Para acabar con el enemigo me sostengo en él” dicta esta línea de acción, cosa que no podría entender ni el genio militar de Sun-Tzu. Se argumenta el problema de la paz, de la necesaria tolerancia y negociación, otros hasta han querido sacar de aquí hasta una teoría de la transición y hasta meten a la constitución y la democracia participativa en esto, hasta se llega a la insólita afirmación de la ignorancia e inorganicidad del pueblo: ¿Qué tanta organización y conciencia quieren? Argumentos que ya no se pueden sostener en ningún lado al menos después de abril de 2002 y la perpetuidad que desde entonces ha adoptado la conspiración y la violencia de imperios y oligarquías. Que no se haga de la paz, como valor y causa de todos, una justificación de lo injustificable.

¿A qué nos lleva todo esto? Por un lado, oímos un presidente radicalizar su discurso al punto de llamar el mismo a la acción directa (toma de tierras, toma de alcaldías y gobernaciones) hablar de pueblos en armas, abrir la fase antiimperialista, hasta enfrentar sin detenimiento al sistema capitalista como modelo de vida, moral y producción, tratando de emprender programas de gobiernos que sirven a este propósito de ruptura con el capital. Y por otro lado, tenemos un estado y un gobierno comandado por él y el reguero bolivariano en mando o representación de las instituciones de estado, que no hace –particularmente después de saboteo petrolero- sino reprimir, obviar o silenciar, toda acción que se acerque a los estrechos límites de este orden de estado (estamos hablando del orden real de poder no del que esta marcado en la idílica constitución) o simplemente los trascienda. ¿De quién es la culpa? ¿Es un problema de comprensión del proceso, de límites de la misma propuesta revolucionaria bolivariana, de demagogia, de madurez o impotencia del movimiento popular, de dirección política, de modelo de liderazgo, de carencias estratégicas, de amenazas y secretos no divulgables? ¿Es un poco de todo esto? La respuesta definitiva no esta en nuestras manos, las respuestas también se consiguen andando, lo cierto es que ya a estas alturas estamos metidos a fondo dentro de esta segunda versión trágica y no nos toca mas que asumir a fondo nuestra responsabilidad en la reproducción de esta tragedia y buscar la salida a ella. Terminemos con hechos e intuiciones de propuesta.

Tenemos el caso de de la huelga de Sidor sucedida hace poco, donde además de las reivindicaciones laborales, se exigió con la fuerza social necesaria la renacionalización de la empresa. ¿Qué paso? Represión al inicio, silencio después, negociación antilaboral por último. La iniciativa obrera por constituir otro modelo de propiedad, de producción y de empresa se fue para el carajo. Y es esto mismo, con palabras mayúsculas, lo que vemos avanzar en PDVSA, donde después de una verdadera reapropiación laboral y social de la empresa que marcó una fabulosa victoria del pueblo, vemos como se avanza en un proceso regresivo hacia el viejo modelo de empresa de las cajas negras, el estado paralelo y el proyecto privatizador, adversado por innumerables puntos de resistencia fuera y dentro de la empresa, pero que ya empiezan a ser despachados de toda dirección, incluso de trabajo, y hasta reprimidos en caso de movilización y protesta. La historia no concluye pero esta en movimiento y no precisamente feliz. Así mismo podríamos tomar el caso de muchas tomas de tierra, proyectos sociales y de producción totalmente bloqueados, hasta la reacción ante las candidaturas disidentes que a pesar de nuestro desacuerdo con esta salida, es una normal y lógica reacción ante la macabra operación de imposición candidatural que produjo el majestuoso comando ayacucho.

El último de los casos –por ahora- lo marcó la acción anticolonial y simbólica del derribo de la estatua de Colón. Mucho más humilde como acción aunque muy potente por el debate que abrió y la diatriba intrarevolucionaria que generó; una iniciativa para abrir la palabra y la visión que tengamos de nosotros mismos, una operación hacia dentro del espíritu pero muy productiva por el modo en que se dio: por medio de la acción y la creatividad colectiva y no sólo el discurso personal. El problema de ella es que esta vez no nos metimos con conflictos de orden material sino con uno de los símbolos fundantes de nuestra centenaria condición de naciones sometidas. Es decir, se puso en cuestión el orden cultural y simbólico sobre el que se sostiene la revolución a pesar de ella, y que, como ya vimos, demarcan y a la vez permiten darle una “razón de ser” a los límites que nos imponen y al régimen de opresión que rige sobre nuestros cuerpos, nuestras expresiones de identidad y el imaginario creador que producimos. Colón como figura es el punto de partida de todo el sistema iconográfico, simbólico, mítico, publicitario sobre el cual se levanta entre nosotros la ideología imperial del capitalismo globalizado; el “new life” que nos toca tragar. Esto causó reacciones completamente encontradas en medio de las cuales podía leerse perfectamente la alegría de algunos al quebrarse al menos por unos instantes esos límites invisibles que garantizan nuestra condición de oprimidos, vasallos de una moral de sometimiento, y por otro lado, aquellos que no podían –y esto se leía perfectamente hasta en sus ojos; ver las caras de los hojilleros indignados por el hecho, esconder su miedo ancestral ante esta violación de límites, prefiriendo esconderse en argumentos de orden “tácticos”, o constitucionales (interpretaciones de la constitución como límite y norma que delimita el silencio de los siempre silenciados, ya no es programa mucho menos un horizonte libertario), ni que decir de los perros de la jerga reaccionaria y colonial. Luego se pasó a los epítetos donde hasta el presidente termina jugando el juego: vándalos, anárquicos, manipulados, resentidos, antihistóricos, talibanes, violentos, hasta llegar a la ridícula tristeza ornamental por la destrucción de la “obra de arte” del “patrimonio histórico” (arte y patrimonio fue lo que quedó hecho sobre esta estatua después de su maravillosa caída a tierra y la posterior manipulación creativa y colectiva que se hizo con ella). El estado actúa, la represión se ejerce, quedan tres compañeros presos, y lo más curioso, después de un intento de manipulación mediática del hecho para arremeter otra vez contra Chávez, los argumentos de escuálidos y oficialistas se hacen los mismos; “esto es inaceptable”. Aquí no hay sangre ni violencia que no sea contra nuestros propios miedos empedrados en los íconos que ayudan a producirlos. ¿Y entonces por qué tanta histeria, tanta indignación, pero también, por qué tanta alegría, tanta imaginación puesta en papel y palabra, hasta en cartas llegadas del mundo? Vaya a saber.

No nos queda otra conclusión después de esta como todas aquellas acciones que han significado apertura, ruptura de límites, acción constituyente hecha desde la rebeldía del pueblo movilizado y presionado por los mismos ideales de la revolución que él fabrica, que contribuir a develar por entero la tragedia de la cual venimos hablando. La revolución, mientras no se tome conciencia de la emboscada en que está metida y no se enfrenten las razones que la arman, seguirá entrampada en las excelentes lecciones de su comandante, paralelamente al aniquilamiento que hacen de ella los que la explotan a placer. Solo una sencilla intuición nos viene a la mente, haciendo coro a lo ya discutido dentro de las asambleas del PNA-Movimiento 13 de Abril: la necesidad ahora más que nunca de trabajar por la formación de verdaderas comunidades de vida: autogestionarias, comunicantes, educativas, culturales, armadas, que se las jueguen todo en la lucha por sus derechos y el protagonismo revolucionario que necesitan emprender sin permiso de nadie. La revolución vista desde sus fabricantes y bases, puede tomar como conclusión que ya no necesita quejarse y rabiar contra tanto burócrata, es necesaria una auténtica rebelión antiburocrática que comience por nosotros mismos, es decir, que desburocratice nuestra propio accionar ya muy encajonado dentro de la lógica de estas tragedias que nos envuelven, desmoronando así toda la falsa legitimidad sobre la cual se han sembrado las mafias burocráticas. Se necesita nueva direccionalidad y nueva dirección, no un partido que formatee en su doctrina y militancia, en su insuperable vocación de dominio, una revolución que no le cabe ningún formato a menos que la extingan. Será en todo caso el formato de su tumba. Se necesitan verdaderas asambleas y congresos de delegados de los poderes populares como espacios de dirección colectiva. Se necesitan auténticos tejidos de organización revolucionaria, combatiente, rebelde, que sirvan de soporte al accionar y la expansión de estos espacios; tejidos hechos en toda forma de comunidad, convertidos en palanca inmediata de todas las luchas de liberación. Se necesita en definitiva empezar desde nuestra creatividad, esfuerzo y empeño, y fuera de toda lógica de estado, fuera de cualquier mierda que nos haga esclavos de los poderes constituidos, desde sus símbolo y estatuas, instituciones y partidos, hasta de las mismas palabras por donde comienza a engendrarse la conciencia de lo que somos y el deseo de lo que queremos ser.

Roland Denis PNA-M.13A


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Roland Denis PNA-Mov.13A

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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