¿Por qué, Señor, por qué?

Los Estados Unidos de América están escribiendo una página "brillante" en la historia contemporánea: la destrucción de Irak y de su capital, Bagdad. Los especialistas lo reconocen: puede ser que nunca más levante la cabeza este país mítico, que fue la cuna histórica de tres grandes religiones (de las cuales, el judaísmo), y lugar de una de las civilizaciones más extraordinarias del pasado. La destruc ción cultural de Irak (lean el libro de Fernando Báez), el saqueo organizado de sus riquezas y museos... Los yanquis han logrado robarle al iraquí su alma, su vida, su identidad.

"Llanto por la tierra amada"...

Pero, ¿habrán hecho algo distinto los bárbaros que nos han precedido, en tierras africanas, indias orientales u occidentales? El empalamiento de indios vivos por los españoles, en tiempos de la Conquista (¿acaso eran terroristas, esos indios que defendían sus vidas?), el descuartizamiento actual con motosierra o, mejor aún, la desolladura de personas vivas como tácticas preferidas por los paramilitares colombianos en su conflicto con los campesinos tercamente apegados a sus tierras en el hermano país. La tortura sistemática, legalmente permitida por el Sr.

Bush. Arrancar uñas, amputar miembros, golpear a muerte, son "técnicas" tradicionales, aunque no publicitadas. No debería faltar mucho para lograr su tranquila permisividad. ¡Será todo un éxito, un certificado de "humanidad"! Culturas asesinadas, etnias segadas y desaparecidas, razas humilladas hasta morir. Seres humanos martirizados, a veces con una violencia meticulosa y de espantosa proporción. ¿De dónde viene, Dios mío, tanta maldad intencional? Los humanos somos los únicos seres vivos capaces de torturar: hacer sufrir y cultivar el horror hasta el agotamiento mortal de cuerpo y alma.

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?..." ¿Cuántos hombres y mujeres no podrían repetir, hoy, esta tremenda declaración de culpabilidad divina? ¿Por qué, Señor, tanta maldad y tanta muerte? ¡No entiendo! Es tiempo de llorar. A pesar de los millones de dolores, a pesar de la tentación de desesperanza, "en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu": en algún momento, amor y vida DEBEN triunfar.

Sacerdote de Petare


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Bruno Renaud


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