Paradoja capitalista

Todo modo de producción es desarticulable en el espacio sin perder su estructura, porque sus componentes entre sí no tienen nada de anquilosante tiesura. Recordemos que la materia se desdobla o representa una íntima fusión de "espiritualidad", o materia de primer orden o calidad[1], y materia tosca y tangible en constante desarrollo técnico formal. El espacio y el tiempo marcan los límites históricos de esa indetenible evolución.

Hay mucho alborozo con el reciente periplo papal; era de esperarse porque sus multimillonarios feligreses también sufren la iniquidad del modo burgués, al lado del cual y hasta con funciones relevistas ha estado la Iglesia católica en los vastos territorios del mundo, y, en particular, en los países de la oprimida en lo material y en lo espiritual América Latina[2].

Ocurre que el modo de producción capitalista es, por naturaleza propia, universalista o imperialista, a diferencia de los modos precedentes donde siempre privó el valor de uso sobre el de cambio. En esos superados modos, el capital dinerario no logró asumir el control total del mercado ni introducir el espíritu crematístico que caracteriza al ciudadano burgués[3], aunque fue una fase rigurosamente necesaria para dialécticamente saltarse al modo capitalista.

De allí su apologismo nobelado y edulcorado, su énfasis en inculcar, divulgar y sostener su cacareado "liberalismo económico" de secular data. Por esa razón, mal pueden los países burgueses asumir compromisos reñidos con la libertad de mercado por muchos juramentos, firmas y compromisos asumidos de boca y de letra, si de perogrullo su espíritu es capitalista, si su pensamiento es incompatible con todo género de cortapisas ajenas al modo burgués.

Ese no es el caso del modo socialista de transición inspirado en un previo control social, única manera esta de frenar el avance burgués mientras la sociedad que esté bajo su absoluto control capitalista vaya adecuándose a un nueva y mejor forma de vida social.

Así las cosas, tenemos una Inglaterra que ha sabido, por ejemplo, ceder el control político a su excolonia más conspicua-EEUU-pero sin que en ello le fuera perder su estructura económica que así se vio ampliada al territorio norteamericano. O sea, podemos tener diferentes gobiernos y hasta diferentes culturas, diferentes Constituciones, pero respetando las relaciones sociales de producción y reproducción y distribución de la riqueza, respetando el mercado burgués que cada día pierde capacidad de ampliación solvente. Esa es su paradoja. acumular para vender, pero que vende para acumular al margen de una clientela cada día más insolvente.

Es así cómo los países burgueses parecen ser diferentes porque se nos escapa que, si la estructura económica es la misma, la tendencia ortodoxa es que el respeto de los países sometidos vayan adecuándose pensamiento y obras a al gran capital, en el cual su voz, pensamiento y obras soberanamente marcan la pauta.

 


 

[1] La materia, bajo su expresión espiritual, es tan sofisticada y ocupa un espacio tan "microscópico" que escapa a los ojos del pensador vulgar, se torna invisible a la vista del común, tan poco observador por antonomasia. La espiritualidad de todo sistema está representada por las relaciones sociales entre los propietarios de los medios de producción y los creaores de la riqueza, los trabajadores asalariados, esclavos y afines. La transculturización, la ideologización, es prueba de ello.

[2] Se piensa que las necesarias profilaxis ante la pederastia cristiana fue un acierto del presente Papa, aunque mal podría él estar pregonando y sugiriendo cambios en los hábitos de la alta burguesía imperial y en sus "colonias" burguesas-léase mercado-o en sus patios traseros, con semejante impunidad arrastrada de siglos. Se hipotetiza también que los tiempos modernos lucen ignorados al pensamiento cristiano ante la tiesura del celibato al que debería revisarse.

[3] Los trabajadores del proletariado burgués albergan latentemente su propensión de explotador,

cual digestiva ameba social que sólo necesita un poco de estímulo para desarrollar el embrionario parásito propio del insaciable capitalista. De allí, las famosos ayudas financieras keynesianas o la popularización del capital. Las pequeñas y hasta medianas empresas de bajo giro son manifestaciones recicladas y claras de cómo el capitalismo va devorándonos, va envenenándonos y tragándonos para renacer como burgueses y proletarios, a pesar de las guerras y de las amplias y poderosas razones para cambiar un sistema que sólo tiene en su currículum las peores masacres y acusa en su pasivo de clase el mayor índice de deuda social humana y material: daños ecológicos, salarios no pagados (http://www.aporrea.org/actualidad/a85543.html) o plusvalía mal habida. De allí que la Iglesia católica se haya cuidado de practicar la limosna al más débil, la misericordia ante los pobres y pecadores, pero no le oímos ni una palabra que plantee la desaparición de los pobres-no de supersona, sino de su personalidad-, como sí lo inculcó el Presidente Chávez. Recordemos que él se abocó al empoderamiento de los pobres para así salir de la pobreza, no para conservarla.



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Manuel C. Martínez


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