Maracaibo, febrero 4 - “No olvido la imagen de aquel 3 febrero en la mañana afeitándome y a la vez pensando y preguntándome: ¿Dios mío estaré vivo esta noche?. Solo teníamos dos posibilidades certeras: la cárcel o la muerte, y una tercera, la más lejana, que era la victoria, pero sabía la desproporción inmensa que teníamos para pensar que íbamos a tener el control absoluto del poder.
Quienes estábamos en el Movimiento Bolivariano 200 (MBR-200) razonábamos que el Ejército no podía seguir siendo utilizado como perro de presa, ni defensor de las élites económicas, sino que tiene que estar al servicio de las mayorías.
En ese entonces, el acuerdo social estaba roto, la gente no creía en el liderazgo político que ya tres años antes — los hechos del 27 y 28 de febrero de 1989— había recurrido al último extremo de la violencia al utilizar a la Fuerza Armada Nacional para mantener el orden.
Estaba consciente que todos los riesgos y temores tenía que asumirlos y superarlos para lograr el objetivo: cambiar al país.
Pensé mucho en mis hijos y antes de salir a reunirme con los soldados
le dije a la que era mi esposa, Gladys Fuenmayor, que como a las 9:30
de la noche se iba a dar una movilización militar que estuviera
pendiente y que no se moviera por más de lo que oyera. Hasta un
revólver le dejé listo, no más para que apretara el gatillo por si
alguien se acercaba a hacerle daño a ella y a los niños que tenían 8 y 7
años.
Le firmé varios cheques. En uno le puse la cantidad de lo que había
en la cuenta para que tuviera como resolver en caso de que fallara.
Ella me preguntó: ¿Y Romito?, Romer Fuenmayor es uno de sus hermanos
que era edecán de confianza del presidente Carlos Andrés Pérez, ¿qué
va a pasar con él? Le contesté que se quedara tranquila que temprano me
había comunicado con su esposa y me dijo que él no estaba de guardia.
Ya él en una cena familiar me había lanzado que yo andaba metido en una conspiración contra el presidente Pérez.
Por eso le expliqué a mi esposa que iba a ser una operación limpia, que al Presidente lo íbamos a meter preso, que se le iba a hacer un juicio público con respeto pleno y que se establecería un Gobierno provisional para llamar a una Asamblea Nacional Constituyente.
Mi hijo Javier después me contó que se asomaban por las ventanas a contar los convoys que salían y los que entraban.
Sentía tristeza, pero no tenía otro camino.
Me fui al Cuartel Libertador a comandar la acción militar en el Zulia. Todo fue sorpresivo y limpio.
Tuvimos una larga confrontación en el Destacamento 35, que lo comandaba
un sobrino del exministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, hasta
que se rindieron todos los guardias. Solo hubo dos heridos.
Se lograron tomar todas las instalaciones militares hasta la Guarnición.
Al igual que la zonas petroleras en la Costa Oriental del Lago.
Ese momento tuve la plena confianza de que se estaban cumpliendo
todos los objetivos que tenía planteado y que, al mismo tiempo, lo
estaba haciendo Chávez, en Caracas.
En un instante dudé de lo que estaba haciendo por la falta de
información, e incluso dije: ¡Dios mío! será que estoy alzado solo
porque no tenía noticias. La comunicación era terrible, y en ese tiempo
más.
En un momento conversé con Miguel Ortíz Contreras— ya fallecido— quien comandaba el Batallón de Cazadores en Chaguaramal y me dijo que estaban avanzando hacia Caracas.
Después de la 1:00 am no tuve más contacto con nadie. Creo que lo mismo le pasaba al presidente Hugo Chávez. Sabía que lo que estaba haciendo correspondía con todo lo que habíamos planificado.
Casi a la 1:30 am llegamos a la residencia oficial del gobernador
Oswaldo Álvarez Paz. Salió con ropa de dormir. Le dije lo que estaba
sucediendo, él me pidió que le dejara su televisor, su teléfono y
que desatáramos a los policías que habíamos amarrado en el momento de la
toma. Que los dejáramos irse a sus casas porque ellos no tenían nada
que hacer.
Recuerdo que me dijo parado en las escaleras que tiene la casa: Oficial
ésto que está ocurriendo yo lo había anunciado. Este movimiento militar
se veía venir. Usted sabe que yo he estado hablando de una
Constituyente y de la necesidad de refundar al país.
Le dije: Bueno gobernador, usted está de acuerdo con lo que estamos
haciendo, vamos a la televisión y le decimos al país que lo que está
ocurriendo tiene que ver con las propias inconsecuencias de la
dirigencia política, de la élite. Me dijo: No. Yo soy su prisionero.
No fue fácil porque al poco rato salió el presidente Pérez, que ya
había llegado de participar en la reunión de Davos, en Suiza,
declarando.
Para calmar la situación en la tropa tuve que decirle que no se
preocuparan que él estaba rodeado, cosa que no sabía si era cierto o
no.
Tampoco fue fácil tener a un gobernador diciéndole cosas
desmoralizantes a uno porque eso desestabiliza a los soldados. Sin
embargo, nunca hubo agresión.
En el combate uno tiene la sangre caliente y no piensa en nada, sino en lo que está haciendo.
El 4 de febrero en la mañana, salí a recorrer la ciudad en helicóptero y
entre las 9:30 a 10:30, intenté aterrizar en el cuartel Libertador,
pero los soldados no sabían que era yo y comenzaron a dispararnos.
Creían que los iban a atacar, porque ya había pasado un F-16
ametrallando y había la amenaza de que iban a volar la instalación.
Allí habían municiones hasta para acabar con el Hospital Universitario y
todo lo que es el sector Indio Mara.
Me fui a la Base Aérea, que también estaba tomada, a negociar con un
coronel para que me llevaran a Caracas hasta que me prestaron un
Bronco (avión de la Fuerza Aérea).
La descomposición de la FAN hizo que se diera este golpe, la gente
que se seleccionó para participar fue con cierta rigurosidad, que
tuviera calidad humana, capacidad para el trabajo y dispuesta para la
entrega, ya que el movimiento se creó con orientación socialista. Por
eso, ellos trataron de evitar que no habláramos. Pero, después supe,
ya cuando estábamos de detenidos en la cárcel de San Carlos, que Chávez
había dicho que ‘por ahora habíamos sido derrotados’. Fue Dios el que
le permitió hacerlo porque sino hubiésemos quedado en silencio.
Hicimos lo que teníamos que hacer en ese momento.
...
Estando en la cárcel, nos dimos cuenta de algunos que habían
participado, pues nos interesaba garantizar que se diera la operación,
porque se trataba de una organización clandestina, y de que no hubiese
ni una filtración de información, pero creo que pasábamos de 200
oficiales de varias unidades.
Hasta ahora, es difícil saber cuántos en realidad participamos. Yo formé
parte de la dirección central con el presidente Chávez, Luis Reyes
Reyes (exgobernador de Lara y diputado a la Asamblea Nacional), y
Wilmar Castro Soteldo (actual gobernador de Portuguesa).
Lo que causó sorpresa dentro de la FAN y dentro de los altos mandos es
que había una gran cantidad de alfereces mayores, brigadieres más
calificados de las promociones involucrados y que tenían liderazgos
hacia abajo y que fue lo que generó la bola de nieve del 27 de
noviembre.
A los días de estar en la cárcel fue que asumí que estaba preso. En
San Carlos pasé unos tres meses, después me pasaron a Yare con los
demás incluyendo a Chávez, donde cumplí casi dos años.
Allí reflexionamos sobre lo que hicimos y lo que haríamos después. Nos
protegían mucho, incluso, hasta de la comida porque decían que nos
podían envenenar.
Hoy pienso que el 4 de febrero le trancó el juego a la vieja dominación bipartidista y a las élites que estaban detrás. Su concepción fue distinta, con ideales, principios con opinión de la realidad y un sentido de participación popular”, reflexionó el comandante Arias Cárdenas.