La aurora del imperio y el ALBA de los pueblos

Se dice, entre muchas definiciones, que la Política, en los Estados y las sociedades de las clases Propietarias que han dominado la historia de la humanidad hasta nuestros tiempos es, esencialmente, una relación dialéctica entre la Razón y la Fuerza, donde aquella afirma los fundamentos que sustenta la pretensión o el sostenimiento del Poder y ésta, es el instrumento para obtenerlo y conservarlo, por lo que no bastan las ideas filosóficas, religiosas o de cualquier índole para alcanzar los objetivos dentro de una comunidad nacional o en el escenario internacional, si ellas no están acompañada de una fuerza moral, económica y/o militar que afirme o preserve el objetivo político que se tiene.

Todos los imperios que han lacerado pueblos etnias y naciones extendiendo sus límites geográficos y políticos más allá de sus espacios originales, conquistado y esclavizados u colonizados a millones de seres humanos, explotados sus riquezas, apropiados de sus bienes e implantado su modo de producción y valores culturales, lo han hecho basados en una idea fundamental, generalmente relacionada con la “Voluntad de los Dioses”, “Necesidad Civilizatoria”, “Progresos y Modernidad” y, aunque parezca increíble en estos tiempos de racionalismo y posmodernidad capitalista, en el “Destino Manifiesto”; la cual siempre ha estado acompañada de los medios bélicos que han hecho posible “convencer” a los débiles y pacíficos que debían someterse al imperio del esa “Idea Superior” y el Poder convincente de sus ejércitos o ser objeto de una implacable y destructiva agresión.

Pero todo Imperio termina por cumplir su ciclo histórico y sea, por las contradicciones mismas entre las élites del Poder Imperial, el agotamiento de su modo de producción dentro de su territorio original o en relación con los espacios conquistados, la presencia de factores externos de Poder que rivalizan sus dominios o, las revueltas de los pueblos sometidos a su control, terminan por sucumbir ante el peso de tales acontecimientos y surgir nuevas formaciones históricas de Poder Mundial que responden a nuevas formas de dominación pero que le dan continuidad al sentido imperial de dominación que los Estados y Sociedades de clases han desarrollado a lo largo de la historia y que permanecerá hasta tanto el hegemón Capitalista de los siglos XX y XXI de la Era Cristiana, los Estados Unidos de Norteamérica, se desplome en medio de sus actuales contradicciones y un nuevo Poder Pluripolar y Pluricéntrico, integrado por Estados y Sociedades de Clases y otras nuevas formaciones históricas no clasistas, puedan construir un nuevo equilibrio mundial de ideas e intereses que hagan posible el inicio de una larga Transición hacia una sociedad mundial de Paz, Democracia, Desarrollo Sustentable y Justicia Social, que erradique la guerra, la esclavitud política y social, la explotación humana y la destrucción de la naturaleza de la faz del Planeta Tierra.

En ese estadio de descomposición ideológico y político, de degeneración moral, inviabilidad económica y pérdida de supremacía militar se encuentra hoy el denominado “Imperialismo Norteamericano” o más específicamente, el Imperio de los Estados Unidos de América, nacido a mediados del siglo XIX como empresa imperial-colonizadora en el continente americano y convertido en centro político y económico del Capital internacional a partir de su hegemonía sobre el conjunto de los Estados y Sociedades de clases del planeta luego de su participación victoriosas en las dos Guerras inter-imperialistas mundiales, lo cual fue extendido a casi todo el orbe terráqueo por la sorprendente extinción del Campo Socialista y su centro dominante, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El “Destino Manifiesto” que los supremacistas, evangelistas y teóricos del Capital en los Estados Unidos esparcieron por el mundo como Idea Superior para el dominio de ese país sobre el resto del mundo e, incluso, la perversas concepción del “Gendarme Necesario” diseñada para justificar su intervención preventiva o punitiva en todos los conflictos políticos, económicos, religiosos y étnicos, para supuestamente garantizar la Seguridad y la Paz Internacionales, incluso por encima de las organizaciones universales como las Naciones Unidas, son hoy una quimera deslucida y sin fundamento ni apoyo por cuanto, a lo largo de los años de su perversa y destructiva hegemonía, se ha descubierto como lo que realmente es: un instrumento violento y opresivo de guerra y explotación de los pueblos al servicio, ya no de las viejas elites familiares del capitalismo originario estadounidense, sino del gran Capital Financiero Internacional y del Complejo Militar-Industrial que sirve de soporte a la sobrevivencia del Capitalismo Globalizado y decadente que hoy pretende seguir gobernando el planeta Tierra.

La amenazante declaratoria de la Emergencia Nacional de los Estados Unidos decretada por el Presidente Barack Hussein Obama, sobre el increíble e injustificable pretexto de que Venezuela constituye “…una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y a la política exterior …” de ese país y, la serena, irreverente y firme respuesta del gobierno del Presidente Nicolás Maduro Moros y, más aún, la posición clara y categórica de los gobiernos integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, la Unión Suramericana de Naciones, UNASUR, el Buró del Movimiento de Países No Alineados – en representación de más de 120 países (casi las dos terceras partes de los miembros de las Naciones Unidas), a lo cual se agregan las claras posiciones de la República Popular China y la Federación Rusa, muestran, sin duda, que el período histórico del último de los imperios hegemónicos de la Sociedad de los Propietarios pareciera estar en franca decadencia irreversible y se abre para el destino de la Humanidad, un nuevo ciclo histórico que debería ser ocupado por un nuevo relacionamiento democrático, pluripolar y multicéntrico, propuesto por el Comandante Supremo Hugo Chávez Frías en su Plan de la Patria", que equilibre los Poderes del mundo, armonice sus diferencias, regularice sus medios de superación y garantice, definitivamente, el ejercicio de los Derechos de los Pueblos a la Paz, la Democracia, el Desarrollo Sustentable y la Justicia Social.


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Yoel Pérez Marcano


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