Las estatuas de sal en Hiroshima y Nagasaki

Ningún pecado se había cometido en Hiroshima o Nagasaki para que los Wasp (Blancos, anglosajones y protestantes) decidieran revivir la historia de Sodoma y Gomorra el 6 y 8 de agosto de 1945.

Se sintieron dioses vengativos y no estuvo Abrahám para que les advirtiera, como lo hizo con Jehová, sobre la posibilidad de castigar justos e impíos por igual. Sólo que esta vez los impíos fueron ellos. Los que arrasaron con dos ciudades indefensas y cuyo único pecado fue haber estado en una lista de varias metrópolis a ser castigadas y mostradas ante el mundo como ejemplo del poder “divino” de sus armas vengadoras y esconder bajo aquel fuego infernal su bajeza.

Justo a las 8 y 36 am, muchos miraron hacia atrás, como la mujer de Lot, y fueron convertidos en estatuas, pero no de sal, sino de cenizas, creadas por la mortífera radiación.

Los pocos que tuvieron la suerte de no ver hacia atrás sobrevivieron para poder contar aquella historia terrorífica, maléfica e inimaginable.

Su testimonio debió haber circulado por todo el mundo. Así como fue y siguen siendo best sellers, el diario de Ana Frank o archipiélago Gulag o más recientemente el famoso 11 de septiembre y las Torres Gemelas. Pero no. Esa historia de la desaparición instantánea de 200.000 seres humanos en sólo segundos, fue acallada.

Me asombro ahora de lo ingenuo que fui desde que oí cuando pequeño y durante muchos años, que la bomba atómica fue necesaria porque salvó miles de vidas de soldados estadounidenses. Por cierto, los mismos que llevaban la orden después de la rendición de callar a quienes hablaran sobre el tema.

Nos confiscaron la verdad bajo un manto de banalidades mediáticas. Sólo ahora vemos los rostros ya ancianos de algunas mujeres que vieron y vivieron ese horror, sin convertirse en “sal”

Con apenas 12 años de edad el 6 de agosto de 1945, una mujer ya de 77 años, se muestra a sí misma en una fotografía como la única sobreviviente de su familia. Su rostro lleno de arrugas y una mirada compasiva me hablaron más que miles de libros o películas.

Apareció ante mí, por las pantallas de la TV, viva y llena de piedad hacia quienes le mostraron el infierno en vida.

No me resigno a que la maldad que lleva el ser humano por dentro se haya expresado de esa forma y más aún por miles de científicos y burócratas que pudieron haberlo evitado. Estaban a tiempo de hacerlo y sin embargo no sólo no lo hicieron, sino que el presidente Truman, al comunicársele la noticia del lanzamiento de la bomba en Hiroshima, anotó en su diario: “Es lo más grande que ha ocurrido en la historia”

Y si no creen que se pueda repetir, en estos momentos muchos que se creen “el pueblo elegido por Dios” le susurran al oído del dios imperial que lo vuelvan a hacer una vez más.


luisortega69@hotmail.com


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Luis Ortega


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