El derecho a matar

Usted sale rápido de la cama, se viste con premura, sale corriendo para el
trabajo. Usted le prometió a la vieja dama inglesa que terminaría antes del
almuerzo la revisión completa del sistema calefactor de la vivienda. Ahora
es el momento propicio, en pleno verano europeo. Ella no sabe de dónde vino
usted. No sabe que llegó de una tierra mucho más caliente, en el Valle del
Río Dulce, donde se considera fresco estar a 30 grados a la sombra. Por eso,
usted conserva la costumbre de vestir de saco. Puede ser que, al regreso, la
temperatura baje y usted no puede correr el riesgo de enfermarse, y por eso
perder días de trabajo; de su oficio depende una familia brasileña en el
interior de Minas Gerais.

De repente usted escucha un estampido seco, le arde la nuca como si aflorase
un tumor en sus hombros, trata de entender qué ocurre -tiempo suficiente
para que, todavía de pie, siete tiros le alcancen en la cabeza. Usted cae
muerto.

La gentil dama inglesa quedará a la espera del técnico que prometió terminar
de revisar la calefacción. Impaciente, le dirá al fondo vacío de su tacita
de té, mientras aprieta con sus dedos el asa de porcelana, que tampoco se
puede confiar en esos extranjeros, que no quieren trabajar, basta con
adelantarles dinero para comprar las piezas de repuesto y ya no se les ve la
cara. Aburrida, cansada de esperarlo, la vieja señora enciende la
televisión, su compañera de soledad, y ve la noticia del atentado abortado
gracias a la habilidad de la policía británica. Antes de que la bomba
amarrada al cuerpo fuera explotada los policías dispararon ocho tiros contra
la cabeza del terrorista aún no identificado. La gentil señora se siente
aliviada, protegida, a pesar de la estafa de aquel joven extranjero, con
cara de árabe, que no cumplió la promesa de revisar el sistema de
calefacción.

La cara es de árabe y tiene gesto de terrorista. ¿Por qué lleva chaqueta en
pleno verano? Fue lo que pensó el oficial al ver aquel sujeto corriendo en
dirección al metro, vistiendo una prenda de abrigo en una mañana tropical de
Londres. Y su mirada a los compañeros de oficio bastó para sentir que los
otros dos también intuyeron el peligro. Y sintieron igualmente el cosquilleo
de la abultada recompensa prometida por el jefe de policía a quien evitase
un ataque terrorista. Ese tipo no es inglés. Mucho menos escocés o irlandés.
Se ve por el rostro que es afgano o saudita. Si no actuamos rápido, en pocos
minutos veremos la estación del metro explotando como una mina repleta de
dinamita y pedazos de cuerpos desparramados por todas partes.

La vida, los sueños, el amor y el trabajo de Jean Charles de Menezes cesaron
en la boca del metro. Siete balas alojadas en el cerebro y una en el hombro.
Terrorista matado disparándole a la cabeza. Primero, para no detonar los
explosivos atados a su cuerpo. Segundo, para eliminar esa mente diabólica
que programa la muerte colectiva de inocentes y sacrifica la propia vida por
una causa sin futuro.

Sin futuro, pero no sin pasado. El bienpensar occidental nos acostumbró a
encarar los efectos sin preguntarnos por las causas. ¿Qué es lo que hace a
Bin Laden y sus compinches tan abominables? Más que sus métodos criminales,
es el no tener en sus manos un estado poderoso. Si estuvieran sentados en la
elegante silla de un jefe de estado nadie los acusaría de terroristas.

Hemos sido entrenados para tener horror de la acción imprevisible,
inesperada, ilegal, que desafía la lógica y desmoraliza todos los
diagnósticos estratégicos. Si ellos estuvieran acomodados en un salón oval,
dando la señal verde para que dos bombas atómicas fueran arrojadas sobre las
tranquilas poblaciones de Hiroshima y Nagasaki, o firmando el decreto que
autoriza a la CIA a desestabilizar democracias sudamericanas, a desencadenar
la Operación Cóndor, aprisionar, torturar y matar a miles de jóvenes
idealistas a quienes les encantan los Beatles y aspiran a inmundo más justo,
nadie diría que se trata de terroristas.

¿Han oído hablar de Ahmad Abdullah? Es un muchacho de al-Qaim, pequeña
ciudad situada al oeste de Bagdad. Él también salió corriendo por las
calles. Venía radiante de la escuela. Llevaba en sus manos el boletín de
final de curso. Quería enseñárselo a sus padres, pues había sacado buenas
notas y había aprobado. Una bala de mortero disparada por un soldado made in
USA le interrumpió los pasos. Le afectó el estómago, el hígado y el
páncreas. Una ráfaga de ametralladora hizo ondular sus cabellos lisos,
negros, que adquirieron un tono escarlata. Tenía apenas diez años de edad.

Asesinar en Iraq, en Guantánamo, en Afganistán, no es crimen. Es legal, no
provoca horror, se tapa con eufemismos que avergüenzan la libertad y la
democracia. El derecho de matar goza de la protección cómplice de nuestra
omisión, esa extraña ceguera que nos impide abominar también del terrorismo
de estado.

Traducción de J.L.Burguet, Adital, 8 agosto 2005



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