Rupturas navideñas

La vida es breve, brevísima. Y he aquí que de nuevo se aproxima la Navidad. Si antes la vida nos parecía más larga no se debe a que las personas morían más llenas de años. Al contrario: hoy nuestra media de edad se amplía gracias a los avances de la medicina, de la salud pública, de los grandes cuidados con el cuerpo, anunciados y difundidos. Todo le hace mal a la salud, desde el cigarrillo al aire que se respira, del sedentarismo a los alimentos envenenados por los pesticidas. Hasta que se descubra cómo vivir sin comer ni respirar, vamos sobreviviendo entre percances y esperanzas.

Antes los días tenían un ritmo cadencioso: cada cosa en su lugar –la casa, la ciudad, el país, el mundo. Y en su tiempo: infancia, estudio, juventud, matrimonio, trabajo, jubilación. Hoy se mezcla todo. El mundo invade nuestro hogar por la pantalla de la televisión, los niños presencian actos sexuales antes de saber qué es el sexo, la publicidad exacerba el apetito insaciable del deseo. Son tantas las llamadas, las seducciones y las preocupaciones, que el tiempo se nos hace corto.

Antes si un pariente enfermaba en otra región del país la noticia llegaba en dosis homeopáticas, vía correo. Ahora el teléfono nos suena en el baño, en la calle, en el bar y en la iglesia. No hay tiempo ni espacio. Estamos condenados a la simultaneidad. En un mismo instante somos motivados al placer y al dolor, a la alegría y a la tristeza, al afecto y a la indiferencia.

Cuando menos lo esperamos se acercan las fiestas navideñas. Lo que suscita, en el fondo del alma, un cierto pánico. No por el significado de la Navidad, perdido en los rincones de la memoria y escondido en los desvanes del sentimiento religioso. Hablo de aquella sensación que experimenta el ganado enviado al matadero. Se precipitan todos en una empujadera tal como si se disputasen el privilegio de morir primero. Ya no son bueyes ni vacas sino rebaño condenado al atavismo de andar el camino del propio suplicio.

Así vamos nosotros, manada humana, rumbo al consumo, conscientes de que nos arrancarán el dinero y el alma. Bombardeados por la publicidad, adornada con campanas, velas, nieve de algodón y hermosas mamasnoelas, somos impelidos a comprar lo que no necesitamos y a gastar lo que no tenemos.

Como es tiempo de vacaciones hay que programar el viaje a la playa o a donde sea, hacer y deshacer maletas, sumergirse en las colas de los supermercados (por favor, lleve un libro para leer en la fila de la caja) y soportar embotellamientos en la ciudad y en la carretera. ¡Ah los centros comerciales! Son los templos de la concupiscencia –palabra griega que expresa bien ese sentimiento ambiguo de atracción y repulsa. Se entra afligido y se sale aliviado.

¿Por qué ese imperativo de dar regalos en Navidad? La central única de los consumidores debiera decretar una huelga general al consumo. En plena época de Navidad. No se compraría más que lo que se compra en otros meses del año. Y, en lugar de regalos, daríamos cariño, atención, alegría, apoyo, solidaridad. Los padres llevarían a sus hijos a los hospitales para que den, en lugar de regalos, algo indispensable a los enfermos más pobres. La familia ofrecería una canasta básica a otra necesitada. A las gentes de la calle, a los presos, a los locos, a los dependientes de sustancias químicas, a los portadores del virus del sida y a los que viven sin techo y sin pan. Sería tiempo de cambiar al papá Noel por el Niño Jesús, el centro comercial por la iglesia, la mercancía por la compasión. Motivados por la fe, celebraríamos así una verdadera fiesta, la que al día siguiente no deja resaca de harturas, facturas ni rupturas, pero llena el corazón de júbilo.

Traducción de José Luis Burguet


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Frei Betto/El Sucre


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