Manuel Rosales pervierte la democracia cuando ofrece “universidad y no guerra” a los venezolanos mientras favorece las relaciones preferenciales con el Imperio

El candidato neoconservador demagogo, ofreció en Timotes a esas familias andinas que “sus hijos irán a la universidad y no a la guerra”. Y hace esa promesa justamente cuando el proceso revolucionario, mediante la Misión Sucre, le ha abierto a las clases populares decenas de miles de puestos en instituciones de educación superior. Y, más aun, ha incentivado a millares de personas a completar su educación media, a través de la Misión Rivas, para darles acceso a ese escalón del proceso educativo. Son acciones que evidentemente crean condiciones que favorecen la paz. Ellas desde luego tienden a reducir las brechas sociales, disminuyendo las tensiones generadas por la extremadamente desigual distribución de los valores comunes. Pero en realidad la acción gubernamental -en esencia una actividad que se desenvuelve entre los extremos de la paz y la guerra- no se limita a la disminución de las presiones sociales internas. Comprendiendo el fenómeno de la interdependencia entre los actores internacionales, desarrolla una política exterior orientada hacia el establecimiento de una multipolaridad que balancee la distribución del poder para disminuir unos desequilibrios más profundos aun que los existentes en el plano interno. Una conducta que complementa con un establecimiento de defensa, ya lo suficientemente disuasivo como para disminuir los riesgos de ataques directos contra el país. De allí que en estos momentos los venezolanos tenemos un alto grado de certidumbre sobre el porvenir del país. Mucho mejor, comparativamente, como lo expresa el indicador de riesgo país, que el que exhiben la mayoría de los pueblos del hemisferio..

Son ofertas como esa la que permiten calificar a Manuel Rosales de demagogo. Un actor que pervierte la noción de democracia, como lo han hecho los que pertenecen al movimiento neoconservador venezolano –especialmente la mediocracia- y las llamadas corrientes de centro que a la hora de la crisis actúan como derechas. No puede hacer esta oferta quien favorece la relación estrecha entre el Imperio y el Estado. Ella profundiza las asimetrías internacionales, generando las condiciones para la aparición de la guerra. Tampoco puede ofrecer la paz interna, cuando ya definitivamente anuncia el fin de las misiones sociales igualadoras, para sustituirlas con el orden extremamente jerarquizado derivado del funcionamiento del mercado. Una situación política generadora de la violencia política y social interna, y de un proceso de exclusión social ya conocido por nuestros conciudadanos. Esas promesas sólo corresponden a lo que Norberto Bobbio definió como “el adulador del pueblo” y se señala como la democracia despótica, por cuanto se enraíza en la incultura y en las bajas pasiones, no de uno, sino de muchos. Es el poder entregado, como si fuera un juguete carísimo, a una multitud frustrada, incivilizada y con ansia de venganza. Es un estilo engañoso e irresponsable de hacer política.


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Alberto Müller Rojas


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