Desde la casa de los sueños azules hasta el cuartel de la montaña

5 de marzo: Una partida sin retorno

"Que se le puede escribir y decir al hombre que convirtió la historia de Venezuela en un Antes de Chávez y un Después de Chávez, A.CH y D.CH; al arañero, al monaguillo, al beisbolista, al militar, al estratega, al planificación, al presidente de los necesitados, al amante de la vida, al que soñaba con volver al rancho de paja donde nació, al que se entregaba sin condición, el que perdonaba al pecador que lo crucificaba, al visionero de la Patria Grande, al apasionado de los sueños de la libertad sin estatuas, al que el mundo lo vio cómo su propio salvador, al poeta y más…"

Desde la "Casa de los sueños azules", María Gabriela sacó las ultimas lágrimas de un pueblo en congojas con sus primeras palabras en público, nacidas del dolor abismar ocasionado por seres despreciados que habían profanado la memoria de su gigante padre.

Dentro del recinto, tu guardia de honor con el rojo de la libertad, te levantó en hombros como queriendo llegar hasta las alturas para entregarte al Dios de todos los tiempos, por tu gesta infinita. Un mundo silente en sollozos, aguardaba en las afueras y al salir tu sarcófago, pasaba a hombros de tus seres amados y las blanquecinas fachadas de tu Academia Militar quedarían como estampa del recuerdo de aquella tu mirada altiva, que jamás podremos olvidar.

Salvas de artillería en honor a tu partida, acompañaban al colosal Chávez mientras transitabas entre el azul pizarro de tus cadetes y el verde olivo de tus soldados consagrados

Ráfaga multitudinaria, aguardaba el vehículo presidencial, para ver pasar por última vez al sempiterno de Sabaneta de Barinas. Una marea roja rojita, de rojo encendido, que había nacido, de la pasión de un hombre que amó sin condición.

El tricolor de Miranda con tus ocho estrellas, flanqueaban los pilares de Los Próceres y en ese tu viaje postrero, marchaste entre los muros donde se encontraban Bolívar, Sucre, Urdaneta, Mariño, Miranda, Páez, Piar, Ribas, Brión, Arismendi y Bermúdez aplaudiendo al gigante de María Gabriela, al grandioso del siglo XXI del heroico bravo pueblo de Venezuela.

Continuabas tu viaje sin retorno, por la gran galería, pasando entre los monolitos de las cuatro batallas que sellaron la independencia de los países bolivarianos: tus héroes de Ayacucho, Boyacá, Carabobo y Pichincha y una nueva gesta que debe ser incluida, la independencia latinoamericana (la del Sur que también existe)

Como de costumbre, la multitud estaba a tú alrededor, y partió junto a ti, por la gran avenida para acompañarte como el bardo que fuiste en esta vida y que era el momento de tu partida. El vehículo había sido cubierto con flores blancas y rojas como signo de la pureza y pasión de un pueblo que en congojas, marchaba con tristeza y te decía como Ali en su canción: Adiós en dolor mayor, mi Comandante Supremo que Por Ahora te conviertes en Comandante Eterno.

Desde los próceres, pasando a lo largo y ancho de la autopista Francisco Fajardo, hasta la parroquia del 23 de enero, estaba el pueblo entero de Bolívar y de Chávez, en un mar de lágrimas, unido y concentrado, para darle el adiós más sagrado, al hombre que se había glorificado

El séquito, había llegado a su última morada, con los restos mortales del Gigante, entre notas del grandioso himno del batallón "Bravos de Apure", a las adyacencias del lugar insigne y bastión de nuestra revolución, "El cuartel de la montaña"

Nuestro legado… también es sagrado

 






 



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Iván Méndez


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