EEUU y su "respeto" al Derecho Internacional

Prácticamente desde su nacimiento como nación, Estados Unidos se atribuyó un “destino manifiesto” sobre las demás naciones del mundo, comenzando por sus vecinas ubicadas al sur de sus fronteras, a las cuales debía extender su “protección” y su obligación “civilizadora”, y cuya mezcolanza étnica justificaba entonces ser dominadas por quienes eran portadores de la sabiduría occidental. A partir de esta convicción supremacista, los diferentes inquilinos de la Casa Blanca han seguido invariablemente un mismo patrón de conducta imperialista, ordenando todo tipo de tropelías en contra de la autodeterminación de los pueblos, en un juego de ajedrez geopolítico que les garantice la hegemonía mundial, sin rivales que se la disputen. De esta forma, Estados Unidos ha tenido una injerencia -directa e indirecta- en los asuntos internos de muchos países considerados estratégicos para sus intereses económicos, políticos y militares, a tal grado de ordenar el asesinato de presidentes y dirigentes políticos “disidentes”, el desembarco de marines, golpes de Estado y bloqueos económicos (como ocurre desde hace largo tiempo con Cuba); todo ello enmarcado en “la defensa de la democracia y de la paz universal”, que es decir todo aquello que beneficie y consolide dichos intereses.

A todas estas acciones imperialistas se suma la interpretación unilateral que ha hecho Washington del derecho internacional en la actualidad -según su propia conveniencia-, incluyendo lo pertinente a la Convención de Ginebra y el respeto a los derechos humanos, sin tomar en cuenta la posición contraria de gobiernos, organismos multilaterales y la opinión pública mundial. Así, los gobiernos de George Bush (padre e hijo) y de Barack Obama han violentado las normas establecidas por la ONU, han desconocido la jurisdicción de la Corte Penal Internacional y han fijado como fronteras de su país al planeta entero, contando para ello con sus secuaces de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en lo que fácilmente podría catalogarse de actos de piratería internacional, además de representar una vuelta al colonialismo que los mismos protagonizaran en el pasado en África, Asia y nuestra América, exterminando a sus pueblos aborígenes y saqueando sus riquezas.

De ahí que no extrañe nada las medidas de coerción y control que ahora pretende aplicar la corporación gobernante estadounidense a escala planetaria, las cuales deben aceptarse sumisa e incondicionalmente, bajo pena de ser castigados, en una u otra forma. Por eso, lo sucedido a sus propios ciudadanos (exacerbando el miedo atávico a un enemigo externo incivilizado, e inculcado sistemáticamente a través de los diversos medios de información), ahora EE.UU. lo aplica a todos los continentes, creando una amplia red de espionaje (sin respeto a la intimidad de los hogares) y de chantajes políticos que explica -en parte- ese silencio cómplice que rodea todas sus acciones de terrorismo de Estado; todo esto en una cruzada neocolonialista, injerencista e imperialista que es preciso denunciar y enfrentar en todo momento, si se quiere preservar todavía lo más sagrado para cada persona y cada pueblo: su libertad integral.


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Homar Garcés


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