Comisarios culturales

Conversando con mi dilecta amiga, escritora y ensayista, Milagros Mata Gil, alcanzamos a tratar un tema todavía tabú en el medio cultural venezolano de estos tiempos. No deseo increpar ni hacer señalamientos sobre individualidades, solo indicar la triste y dolorosa situación de flojera intelectual, posiciones acomodaticias y nula solidaridad humana de quienes están al frente de los asuntos culturales oficiales en el régimen autoritario y militarista venezolano.

   Es triste apreciar por estos días la manera como algunos intelectuales han  optado por el silencio (¿cómplice?), en quienes después de varios años de apoyo al régimen hoy se cuidan de aparecer públicamente.

   No criticamos sus posturas políticas ni adhesiones automáticas a las líneas culturales selectivas y discriminatorias. Pero sí es deber ciudadano denunciar la cacería de brujas que desde hace tiempo se ejerce sobre artistas, escritores y cultores, de manera abierta o solapada.

   La odiosa y discriminatoria mal llamada Lista Tascón (-ordenada ejecutar por el presidente de la república en carta al otrora presidente del CNE, Dr. Carrasquero) es muestra de lo que afirmamos. Hoy sigue vigente en todas las instituciones del Estado.

   En el pasado los regímenes de la Alemania nazi, la extinta Unión Soviética, como también las dictaduras de Franco, de Pinochet o en la Argentina de los generales, persiguieron a miles de artistas, escritores y científicos. Casos como el asesinato de García Lorca, por solo nombrar uno de ellos, son actos que no debemos permitir que ocurran.

   Triste es el caso del venezolano Humberto Fernández Morán, científico señalado de ser colaboracionista del régimen dictatorial de Marcos Pérez Jiménez.

   La lista de intelectuales colaboracionistas o comisarios perseguidores, delatores es extensa como también extensa es la de aquellos quienes fueron torturados, murieron o fueron encarcelados o sufrieron destierros, dentro o fuera de sus países. Caso dramático el de Alexander Solzhenitsyn y como lo detalla en su obra Archipiélago Gulag. También el del venezolano José Rafael Pocaterra y su Memoria de un venezolano de la decadencia.

   Los actos de los comisarios colaboracionistas y defensores a ultranza de regímenes dictatoriales, totalitarios, autoritarios y militaristas son una odiosa afrenta a la dignidad humana y a la actividad intelectual y artística.

   Esos intelectuales, la inmensa mayoría, han sido olvidados por los ciudadanos. Ese ha sido el precio que han debido pagar por callar y voltear la mirada ante la acción genocida y decadente de gobiernos inescrupulosos, corruptos y pícaros. Han preferido estar cerca del Poder para optar a cargos donde se dedicaron a delatar a sus semejantes, a sus amigos y conocidos para lograr prerrogativas y sentirse privilegiados.

   Hoy, cuando los ciudadanos venezolanos más necesitan de sus pensadores, de sus intelectuales, de sus artistas, para encontrar orientación en la búsqueda de nuevos horizontes de bienestar y claridad a sus dudas existenciales, el gobierno del Estado mantiene una cuidadosa y bien aceitada maquinaria de intelectuales tarifados, bien manteniéndolos en oficinas gubernamentales, bien acomodados en cargos diplomáticos o en instituciones culturales, para que otorguen al régimen imagen de apertura sobre una crítica cultural que no moleste demasiado al estamento autoritario y militarista del gobierno. Que no sea demasiado altisonante y menos ofenda la acomodaticia y maltrecha estética de la postmodernidad chavista.

   Los hay contratados por horas, como Noam Chomsky, para que declare a favor del gobierno y aparezca en periódicos. Otros vienen de paseo turístico para engalanar foros o congresos, como Galeano y sus “venas abiertas” para recibir dólares petroleros. O los oportunistas europeos que después comentan con sus cercanos, en París o Madrid, sobre lo “marginales que son estos venezolanos tercermundistas” en el gobierno.

   A algunos escritores se les retiró  la ayuda económica por no haber declarado a favor del régimen autoritario y militarista. Otros han sido execrados y reducidos al ostracismo por sus posiciones críticas frente a la política propagandística y uso de los medios culturales para promover al gobierno.

   Pensar el país críticamente es necesario e indispensable para comprender la problemática general por la que atraviesa nuestra sociedad. Pensar críticamente siempre será un ejercicio delicado y riesgoso cuando en el gobierno del Estado existen comisarios culturales autoritarios y militaristas. Y fundamentalmente, cuando estos gobernantes proceden de un pensamiento marginal y han estado durante años modelando una mentalidad autoritaria, militarista y resentida, social y políticamente.

(*)  camilodeasis@hotmail.com  /  @camilodeasis 



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Juan Guerrero


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