La primera Internacional en España

Sabemos ya que en septiembre de 1868 había organizaciones obreras de resistencia, que habían mantenido vida clandestina, especialmente en Cataluña. Un grupo obrero había enviado un delegado al Congreso de Bruselas de la Internacional (septiembre de 1868): se trataba del maquinista naval barcelonés Antonio Marsal, que se presentó bajo el pseudónimo de “Saro Magallan”. Marsan presentó un breve mensaje al Congreso, en el que, entre otras cosas, se decía: “El momento presente no es muy favorable para las asociaciones. No obstante, sotto voce en Cataluña y en Andalucía las asociaciones obreras desarrollánse poco a poco. Se arresta a los obreros que están a la cabeza de estas sociedades, pero cada día se nombran decenas de delegados nuevos”.

En las últimas semanas de 1868 llegó a España el primer miembro de la Internacional: José Fanelli, diputado italiano, amigo de Bakunin, cuya misión era organizar al mismo tiempo que secciones de las correspondientes fracciones de la “Alianza Internacional de la Democracia Socialista”, creada por Bakunin en Suiza y pronto orientada contra el Consejo General con sede en Londres y dirigido por Marx y Engels. Fanelli se entrevistó en Madrid con los obreros del “Fomento de las Artes”, valiéndose del grabador González Morago. Creóse en Madrid en diciembre de 1868 el primer núcleo de la Sección Española de la Asociación Internacional de Trabajadores, compuesta por 22 trabajadores cuyas profesiones eran las siguientes: 5 pintores, 4 tipógrafos, 2 grabadores, 2 sastres, 2 zapateros, 1 papelista, 1 dorador, 1 litógrafo, 1 cordelero, 1 carpintero, 1 desbravador y 1 periodista. Ocho de esos 22 fundadores ingresaron asimismo en la “Alianza”. También pasó Fanelli por Barcelona, donde habló con el pintor José Luis Pellicer, tío de Farga Pellicer, cuyo grupo quedó constituido en mayo de 1869.

El 24 de diciembre de 1869 vio la luz el Manifiesto de los Trabajadores Internacionales de la Sección de Madrid a los trabajadores de España. Denunciaba el carácter ficticio de las libertades en la sociedad y, a través de un lenguaje grandilocuente, llamaba a la los trabajadores a que ellos mismos luchasen por su liberación.

En enero de 1870 salió el primer número de la Solidaridad, periódico de la Internacional editado en Madrid.

Antes de eso, La Internacional había tenido contactos que no dieron resultado con diputados como Alsina —y meses después con Garrido—. Sin embargo, más tarde hubo diputados que, aunque elegidos en las listas republicanas, eran miembros de la Internacional; tal era el caso de Baldomero Lostau.

El núcleo de Barcelona envió dos delegados al Congreso de Basilea de la Internacional (los de Madrid se adhirieron por telegrama). Dichos delegados fueron el tipógrafo Rafael Farga Pellicer y el médico Gaspar Santiñón, que establecieron contactos directos con Bakunin y orientaron la Internacional en sentido anarquista y “aliancista”. En su informe afirman contar con 195 sociedades y más de 25.000 afiliados, de los cuales 7080 en Barcelona.

Sobre ese carácter de la Internacional en España es sumamente instructivo presentado por Federico Engels al Consejo General de la Internacional, el 31 de octubre de 1872.

“En España, la Internacional ha sido fundada como un puro anexo de la sociedad secreta de Bakunin, “la Alianza”, a la que debiera servir como una especie de campo de reclutamiento y al mismo tiempo de palanca que permita dirigir todo el movimiento proletario. En seguida veréis que su “Alianza” tiende abiertamente en el presente a reducir la Internacional en España a esa misma posición subordinada”.

“A causa de esa dependencia, las doctrinas especiales de la ‘Alianza’: abolición inmediata del Estado, anarquía, autoritarismo, abstención de toda acción política, etc., eran predicadas en España como si fueran las ‘doctrinas’ de la Internacional. Al mismo tiempo, todo miembro importante de la Internacional era inmediatamente recibido en la organización secreta y se le hacía creer que este sistema de dirigir la asociación pública por medio de la sociedad secreta existía en todas partes y era natural”.

En efecto, la doble acción de Fanelli está comprobada en el relato histórico de Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, sobre la creación y vida de la sección española de la Internacional.

Volviendo a la vida orgánica de la Internacional, el 14 de febrero de 1870 la sección de Madrid convocó el primer Congreso obrero nacional. Por indicación de los “internacionales” de Barcelona, la sede de dicho Congreso fue trasladada a la capital catalana.

El 19 de junio de 1870, en el Teatro Circo Barcelonés, abría sus sesiones el Congreso constitutivo de la “Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores”. En él participaron 90 delegados de sociedades obreras representando la cifra aproximada de 40.000 afiliados.

La tendencia predominante de ese Congreso se refleja en el dictamen aprobado sobre actitud de La Internacional con relación a la política:

“El Congreso recomienda a todas las secciones de la Asociación Internacional de Trabajadores renuncien a toda acción corporativa que tenga por objeto efectuar la transformación social por medio de las reformas políticas nacionales y les invita a emplear toda su actividad en la constitución federativa de los cuerpos de oficio, único medio de asegurar el éxito de la revolución social”.

Se eligió un Consejo Federal, que residiría en Madrid, compuesto por González Morago, Enrique Borrell, Francisco Mora, Anselmo Lorenzo y Ángel Mora.

Fue ese Consejo quien al mes siguiente (28 de julio) hizo público un manifiesto contra la guerra franco-prusiana, en que se decía:

“¡Trabajadores de Prusia y de Francia!: Aún sería tiempo; aún podríais evitar la guerra dándoos un fraternal abrazo y arrojando al Rin esas armas que, lejos de constituir vuestra fuerza, son, por el contrario, el más sólido eslabón de vuestras cadenas”.

Y en aquellos días aparecía un artículo con la misma orientación titulada La Guerra, firmado por un joven tipógrafo originario de El Ferrol: Paulino Iglesias.

En 1871, la influencia y el prestigio de la Internacional fueron en aumento, fenómeno al que no era ajena la repercusión que entre los trabajadores tuvo la “Commune” de París, de signo contrario a la que produjo en las esferas gubernamentales y en las conservadoras. Pero estas últimas inquietudes influyeron mucho para que el Gobierno pusiera trabas a la acción del Consejo, que momentáneamente se trasladó a Lisboa. Desde allí publicó una carta abierta al ministro de la Gobernación de la que entresacamos los siguientes párrafos:

“La Internacional no se parece a esas compañías comerciales permitidas por el Gobierno, verdaderas sociedades cuya dirección reside fuera de España.

”No se parece tampoco a esas sociedades de crédito, permitidas y protegidas por el Estado, y cuya dirección reside también fuera de la región española.

”No se parece, en fin, a esa organización religiosa, protegida y pagada por el Estado, a despecho de la conciencia, de la libertad y de la bolsa de miles de ciudadanos que también tiene su centro directivo, verdadero Poder, fuera de España.

”No, la Federación Regional Española es tan libre dentro de la Federación Internacional de los Trabajadores, como puede serlo España, a pesar de su concierto y solidaridad con las naciones europeas.”

Clandestinamente tuvo que celebrarse la Conferencia de Valencia, del 10 al 18 de septiembre de 1871. Contaba entonces la Internacional con 13 Federaciones locales. También habíase adherido la Unión Manufacturera de Barcelona, nombre que tomó en noviembre de 1871 la antigua Federación de las Tres Clases de Vapor, al reunir en su seno a 34 secciones que comprendían a todas las profesiones relacionadas con la industria textil.

En Valencia se eligió un nuevo Consejo, del que Francisco Mora era secretario general. El tesorero era Ángel Mora, dueño de una carpintería; el contador, Valentín Sáenz, tenedor de libros, y el secretario económico, Inocencio Calleja, propietario de una platería. Los secretarios corresponsables eran Paulino Iglesias, José Mesa, Anselmo Lorenzo, Hipólito Pauly y Víctor Pagés, todos obreros, menos Mesa que era periodista, aunque anteriormente había sido tipógrafo. Morago no había querido regresar de Lisboa.

Poco antes de la Conferencia de Valencia comenzó a publicarse en Madrid La Emancipación, que se convirtió en órgano de la sección española de la Internacional, dirigido por Mesa, cuya actividad, tanto en el Consejo como en el periódico, fue extraordinaria. Hablando de él decía Engels en su informe de octubre de 1872: “El director actual (de La Emancipación), José Mesa, es, sin duda alguna, el hombre más superior que hayamos tenido en España, tanto en carácter como en talento, y verdaderamente uno de los mejores hombres que tenemos en todas partes”.

Días después de la Conferencia de Valencia tuvo lugar la Conferencia de Londres de la Internacional, a la que asistió Anselmo Lorenzo en nombre de la sección española.

En diciembre de 1871 llegó a Madrid Paul Lafargue, yerno de Marx y que anteriormente había sido secretario para España en el Consejo de la Internacional (cargo que después tuvo Engels). Lafargue, en unión de su mujer, Laura, pasó a España a comienzos del verano de 1871 para ponerse a salvo de la persecución del gobierno de Thiers, después de que éste aplastó la “Commune” de París. El gobierno de Versalles no vaciló en pedir la extradición imputándole los más fantásticos crímenes. Por dicho motivo fue detenido en Huesca el 11 de agosto. Pero como la extradición fue denegada recobró la libertad diez días después. Inmediatamente visitó Madrid y se puso en relación con los “internacionales”. Luego regreso a San Sebastián, donde quedó su esposa, hasta diciembre en que se instaló en Madrid. Por cierto que habiendo dado orden el gobernador de Madrid de que Lafargue fijase su residencia en Soria, éste se limitó a tomar el tren hasta Alcalá y regresó a la capital con nombre supuesto.

El paso de Lafargue por Madrid fue decisivo no sólo para la Internacional (colaboró con el Consejo, trabajó activamente en La Emancipación, ayudó a redactar numerosas resoluciones del Congreso de Zaragoza y representó en el Congreso de la Haya a la Nueva Federación Madrileña), sino también para el movimiento obrero ulterior y para el desarrollo de las ideas políticas. Lafargue llevó consigo ejemplares del Manifiesto Comunista (que él mismo tradujo al castellano, puesto que había nacido en Santiago de Cuba) y una edición en forma de folletos de El Capital, en lengua francesa.

En torno a Lafargue se constituyó el núcleo marxista, al escindirse la Internacional, que a su vez fue antecesor directo del partido socialista español. Si La Emancipación había predicado, aún en noviembre de 1871, el abstencionismo electoral, poco después, bajo la influencia de Lafargue y de Mesa, se consagró a defender el criterio de que la clase obrera debe participar activamente en las luchas políticas, sin limitarse a las acciones de carácter estrictamente económico.

¡Gringos Go Home! Libertad para los cinco cubanos héroes de la Humanidad.

¡Hasta la victoria siempre, Comandante Chávez!

¡Independencia y Patria socialista! ¡Viviremos y Venceremos!
¡Bolívar Vive!


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Manuel Taibo


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