Uribe-Chávez: retirada, rendición o reencuentro

Desde el primer momento en que nuestro comandante le ordenó al ministro de la defensa enviar unos cuantos batallones con sus respectivos tanques de guerra a las fronteras con la FARC, perdón con Colombia, pensé que comenzaba a materializarse aquella frase, que como un centellazo en los tiempos de la misma guerra revolucionaria, dejara caer el guerrillero comandante Ernesto “Che” Guevara, al señalar la necesidad de crear uno, dos, tres y muchos Viet Nam en América Latina.

Pocos días han pasado y el resuelto, aguerrido y solidario de una de las guerrillas más viejas del continente, quien jurara que mientras viviera y comandara al país, no le hablaría al asesino y para presidente de los colombianos; hoy nos anuncia, que “por su condición de jefe de Estado”, ha tomado la iniciativa de normalizar sus relaciones y hacer las paces con el principal cachorro del imperio.

Hasta aquí, es admisible la última afirmación presidencial, y consideramos que la mayoría de los venezolanos compartimos la tesis de preferir camiones llenos de productos dispuestos para el intercambio comercial y no los tanques llenos de soldados y metrallas dispuesto para la muerte, que de hecho depara cualquier guerra; pero lo que si no es aceptable, es que de la noche a la mañana, se nos venga a atapuzar por los ojos, el que podamos sentirnos hermanos, de Santos, Mancuzo y cuanto perro de guerra amamanta el agresor de Ecuador, Nicaragua y la misma Venezuela.

Ya el camarada Fidel, con la moral de combate guerrillera que le acompañará hasta la eternidad, ha señalado que los hoy acosados pero irreductibles camaradas de la FARC – EP, pueden entregar a sus prisioneros y exigir el canje humanitario, sin verse obligados a deponer sus armas, ni incurrir en actos de felonía o rupturas de sus principios revolucionarios. Esta que debe ser la conducta en estos tiempos de guerra contra el imperio, fue la misma que llevara a Bolívar, después de la Convención de Ocaña, al estoicismo de preferir morir en la soledad de San Pedro Alejandrino, a tener que reencontrarse y transigir con aquel cachaco conocido como el general Francisco De Paula Santander.

Nuestro canciller ha madurado la peregrina tesis de la “necesidad” del reencuentro político con el excelentísimo Presidente de la República de Colombia, el también cachaco Álvaro Uribe Vélez. Quizás le vaya bien, porque ese acto de Estado será al calor de las calderas y torres de craqueo en la refinería de Amuay; pero al lado de esta retirada, rendición o reencuentro que genera nuestra diplomacia bolivariana, habrá que reivindicar el otro reencuentro, el de los desplazados y hermanos colombianos, que hoy en todas las plazas Bolívar del país, juntos con los revolucionarios de siempre irán a repudiar la presencia del asesino y criminal de guerra que en tan mala hora representa a la otra patria de nuestro libertador y a brindar la mayor solidaridad militante a las insurgentes fuerzas revolucionarias de la FARC- EP.

douglas.zabala@hotmail.com


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