El imperio del caos

Imperio, territorio y comunión rebelde

Alain Joxe es un intelectual francés concentrado en el tema estratégico político-militar. En el año 2002 publica un libro titulado: “El imperio del caos”. En mi opinión se trata de un libro clave para entender el modo de ser actual de la estrategia imperial. En pocas palabras, en vez de hacer un recuento de los intereses y movimientos geopolíticos del imperio capitalista y los EEUU, este autor se concentra en la definición de lo que es hoy, a diferencia de los imperios capitalistas de antaño, el quehacer imperialista como tal: su lógica, sus principios, sus estrategias. Según Joxe el centro de la estrategia imperialista actual no es la de imponer “su orden”: constituir un gran imperio que domine, explote y a la vez proteja los pueblos; servir de agente conquistador y colonial a la vez en función de la empresa capitalista. El imperio de hoy necesita y produce a la vez un caos general que derrumbe toda soberanía y todas las formas de “orden”. Ordenes que encuentran sus primeros fundamentos conceptuales en el siglo XVII a través de los tratados teórico-políticos que justificaron la necesidad del estado central, partiendo del “Leviatán” de Hobbes (a quien dedica buena parte del libro) y junto con él, los principios de vida republicana y del ejercicio de la soberanía popular. Formatos de orden y principios conceptuales que hasta hoy, pasando por múltiples revoluciones burguesas, campesinas, obreras y anticoloniales, han servido para construir la razón y legitimidad de todos los aparatajes de poder estatales funcionales tanto a los propósitos revolucionarios como a los propósitos de conservación de los ordenamientos tradicionales. El imperio ya no necesita de ordenes nacionales estables ligados a sus intereses –no requiere de un orden inter-nacional por tanto- necesita del caos global porque necesita de la guerra sin fin y sin fronteras (ella protege al imperio y le da a su vez el alimento necesario para ensancharse y reproducirse en el espacio-mundo). En el ejercicio imperialista, este se ha convertido en un incentivador y productor de caos, barriendo por completo 4 siglos al menos de formación de soberanías, estados liberales y orden internacional. Más allá aún, el imperio de hoy acaba por completo lo que ha sido el comportamiento común de todos los imperios en la historia antes de la aparición del imperialismo propiamente capitalista: ya no se trata de un imperio que domina a cambio de protección y orden interno, el imperio desordena, “desproteje”, para luego tomar del espacio atacado, invadido o sometido por cualquier vía, lo que le conviene y quedarse hasta donde sea necesario. Hoy el “orden” es el propio caos. Por ello, siguiendo la lógica del análisis, Irak no sería una derrota como pareciera, es el modelo imperial actual demostrando su propia eficacia caótica en un cuadro de guerra sin fin.

Se trata de un fenómeno que comienza a desarrollarse con la caída de la URSS y el bloque soviético, rompiendo así el orden de contención y vigilancia como de acción violenta hacia los países y movimientos rebeldes que se impone con la formación del mundo bipolar. Siendo en este caso fundamentales las alianzas permanentes y de carácter multinacional, centradas en sistema mundial de soberanías nacionales formales o reales. Desde el momento en que emerge un espacio imperial único dominado por la fuerza militar, tecnológica y de control informativo de los EEUU, se desvanecen las alianzas nacionales y permanentes (como era el caso de la OTAN que pasa a ser de hecho en una retaguardia militar al servicio de la política y el ejército norteamericano, o incluso la misma ONU), apareciendo el fenómeno de un imperio en un continuo “elargement” (término acuñado por los ideólogos del gobierno de Clinton durante la guerra en Bosnia), interesado en zonas y espacios en permanente redefinición, propios a su avidez de recursos minerales, energéticos, rurales, como de guettos urbanos de trabajo barato (sur de California, norte de México por ejemplo), más que en países o naciones propiamente. Las soberanías como tal en este caso cambian de dueño. Quien es el “soberano” y ejerce por tanto el mando, pasa a manos directamente de las empresas transnacionales quedando los estados nacionales en el papel de vigilantes y protectores de hecho y de derecho de este ejercicio real de soberanía empresarial. El imperio dentro de esta línea ya no se mueve siguiendo la lógica de las fronteras nacionales, divisiones entre estados o bloques de estados aliados o enemigos que se reparten el espacio mundial. Su interés se centra en zonas, espacios concretos, territorios. El “otro” son hoy los pueblos dentro y fuera de cualquier frontera, incluso las suyas propias, que al salirse de su control inmediatamente entran dentro de la categoría de “terroristas”. Y –decimos nosotros- uno que otro gobierno molestoso que si insiste entra dentro del paquete de los “estados forajidos” a gusto del Sr Bush.

La respuesta, que no compartimos, de Joxe se centra en Europa, en una suerte de remembranza nostálgica del régimen de democracias sociales que se impuso en ese continente después de la segunda guerra como del republicanismo francés, ambos altamente debilitados por la actual avanzada imperial. Consideramos siguiendo su propio análisis, primero, que el desenvolvimiento imperialista de hoy es una consecuencia lógica de su desarrollo desde finales del siglo XIX, incluido el europeo por supuesto. La avaricia capitalista destruye el espacio político nacional, impone la ley económica del capital como regla de orden y de esta forma obliga a someternos al reinando de la guerra sin fin. Tal situación, contrariamente a la apuesta de Joxe, más bien nos lleva a preguntarnos respecto al papel que puedan jugar en último término los estados nacionales, europeos o no. Pero además de ello se trata de una realidad que nos obliga a discriminar dos cosas que parecen fundamentales: primero entre el papel de los pueblos y el papel de los estados nacionales “forajidos”, cosa que definitivamente ya no pueden fundirse. Y por otro lado, la discriminación entre la tarea de liberación nacional y de liberación social y territorial, cosa que tampoco es lo mismo, mas bien definen consecuencias políticas y estratégicas muy distintas.

Dominio territorial

Estamos claros que el imperio necesita expanderse por el mundo minando el espacio global de bases militares propias que garanticen en ausencia de una protección segura por parte de los estados nacionales, o en adición a ellos, el ejercicio de la soberanía empresarial transnacional. El imperio está atado a la estructura militar, comunicacional, financiera y empresarial norteamericana, pero no es un “imperio norteamericano”, es un imperio capitalista global, un “sistema-mundo” como dice Samir Amin, que opera desde cualquier nudo mundial de mando –mas fuerte o mas débil según el caso-, resumiendo en sí mismos la alianza entre centros de la burguesía local y transnacional y las burocracias nacionales amigas: y a cada pueblo su propia pastilla. Por supuesto que siguen habiendo contradicciones de índole nacional y grandes tensiones entre naciones dominantes por el dominio de este sistema (EEUU, Comunidad Europea, Rusia, China, Japón, Brasil, Israel y la red sionista mundial, etc). Pero esto es mas una realidad del pasado aún vivo que un modelo imperial a futuro. Lo cierto es que todos juegan al caos (por ver de cerca tomemos el ejemplo de la escondida alianza entre Brasil, la burguesía Paolista, la oligarquía cruceña y los EEUU por desmembrar a Bolivia y tomarse los recursos de Santa Cruz y la “Media Luna”. Otra, la cochinada criminal que están haciendo con Haití o la complicidad descarada de los europeos con el sionismo –desde Rusia hasta Inlaterra-, el silencio de los Chinos, frente al problema palestino). Las alianzas son siempre tácticas, concretas y de corto plazo, renovables hasta donde interese. Pero en realidad no hay estado que no juegue a este caos desde su debilidad o fortaleza. El fuerte lo hace para dominar, el débil para sobrevivir. La misma “caotización” mundial que están generando a nivel alimentario, energético y de recursos minerales, tanto la demanda que supone el alocado y esclavista modelo de desarrollo chino o el recambio mundial hacia los agrocombustibles, son puntos sobre los cuales se alza algún chillido momentáneo pero a la final hasta los propios estados “forajidos” de Venezuela o Iran en función de su sobrevivencia, le hacen el juego viendo en China un mercado alternativo de salvación. Ni se diga de Argentina o México que ya ven y hacen de la soya y el maíz una oferta añadida a este caos, generando internamente terribles procesos de devastación social, cultural, ecológica y económica.

En realidad la “desobediencia” de estos estados forajidos es mínima, y no puede ser otra cosa dentro del “sistema-mundo” del capital, guardándose uno que otro rincón de soberanía “antiimperialista y antineoliberal” que en comparación a lo que pudo haber sido la opción de guerra al capitalismo de la Cuba o la China de los sesenta es realmente risible. La impotencia de los estados, forajidos o no, es casi absoluta. Faltaría saber que pasa si hay una nueva revolución social en países como Alemania o la misma China o Brasil al menos. Pero esto ya parece un cuento imposible visto desde la perspectiva clásica de un agente político que se adueña “democráticamente” del poder central de gobierno y aspira “revolucionar” desde allí estos nudos centrales del imperio. El campo de una política “democrática” cada vez mas cerrada, “antidemocrática” y “antiterrorista”, lo que nos ofrece como “máxima revolucionaria posible” en estos casos es la del señor Obama quien ya le declaró la guerra (con opción a diálogo en condición de rendidos: modelo Uribe) a Cuba, Venezuela, Iran y los palestinos. Una “revolución” de espectáculo racial y de recambio del escenario teatral del poder, lo demás sigue perfectamente idéntico a sí mismo.

Esto no quiere decir que le ataque al “débil forajido” no venga igual que en el pasado. Además son la perfecta excusa para seguir el plan caótico de “guerra sin fin”. Pero ya la lógica no es la misma. Viendo por ejemplo el caso venezolano ese ataque comenzó hace años, intentando al principio una operación clásica golpista “fuera de época”. No funcionó. Siendo coherentes con las obligaciones del momento histórico imperial, ahora sí les está funcionando el avance bestial, militar (o paramilitar que ya a estas alturas del imperio que ha privatizado hasta la misma guerra, es lo mismo) y económico, por todo el sur y noroccidente del país, desde el Zulia hasta el estado Bolívar. Allí vemos como la penetración paramilitar, el capital del narcotráfico (vía plan Colombia), y el posicionamiento territorial de transnacionales (de muy variada nacionalidad por cierto), avanza sin piedad, tomando tierras, recursos minerales, aguas, infraestructuras, retirando pequeños propietarios y comunidades campesinas, mineras, indígenas, aniquilando dirigentes populares, apuntando finalmente hacia la apetente faja del Orinoco, la cual ya les pertenece, por los acuerdos de empresas mixtas, en un 40%. Es decir, les está funcionando la estrategia de dominio territorial y caotizante. La “salida” de Chávez sería en este caso un paso posterior y consecuente a esta avanzada estratégica, no su punto de partida. Lo están logrando, y “nuestro estado” si no nada por lo menos casi nada ha hecho (miremos mas bien la cantidad de colaboradores civiles, militares, policiales, económicos, gerenciales, de muy rojita franela tiene este plan de penetración). Y seguirá esto así (con o son Chávez) si el estado sigue mirándose a sí mismo como el centro fundacional de una nueva soberanía, de un “nuevo socialismo”, de un regresar feliz y victorioso al tiempo mítico independentista, de ser el centro único político frente a una sociedad (un movimiento popular) que toma poderes periféricos pero a la final rinde obediencia a él en una relación consumada entre dirigentes y dirigidos. Obediencia a un estado, que por su condición de pieza dentro del ajedrez mundial del “sistema-mundo”, en su condición de suma burocrática que se piensa a sí misma como agente interesado y participante del sistema, a la final se presenta totalmente incapacitado para liderizar cualquier proceso profundo de emancipación social y política.

Claro esto no quiere decir que el “estado” sea un parapeto que ya no sirva para nada y que nada pueda hacer. El integracionismo continental “anticaótico” que hoy se desarrolla en suramérica algo deja y puede favorecer solidaridades posibles, espacios tácticos que pueden ayudar avanzar en algo como es el ALBA o Petrosur. La misma Unasur, un proyecto a la medida de los intereses subimperiales del Brasil (la burguesía de Sao Paulo en concreto), sin embargo puede abrir caminos, desarrollar mercados que contrapongan la opción “multipolar” de los nudos fuertes del sur (Brasil, China, India, Iran) a la posición “unipolar” de los EEUU-Comunidad Europea. Pero a la final, en lo que atañe a la liberación real de los pueblos, ¿hay alguna diferencia sustancial entre las dos?. Sería muy difícil diferenciar “morales capitalistas” entre brasileños, chinos, rusos (venezolanos ya hay unos cuantos anotados en la lista del “transnacionalismo”) y norteamericanos o europeos. El dolor, el hambre, la explotación, la destrucción que producen es exactamente la misma; caso reciente a nuestra experiencia, la de los “transnacionales” argentinos de Termilun y Sidor. Por ello en el papel integracionista, sólo en la lógica del “bloque defensivo” frente al tiburón mayor justifica la causa, lo demás es cuento y demagogia buena para incautos. Lo cierto es que ya no hay “soberanía fundacional” posible que no sea una política y una estrategia de los pueblos que rompa definitivamente con estas ataduras estatales del pasado, que rompa por tanto con las leyes y el orden constituido del “sistema-mundo” y se monte de verdad a recrear el reto político ( para los honestos marxistas: el mismo que se plantearon Marx, Lenin, del Che o Mao) que supone enfrentar en su propio campo este monstruo imperial en su versión caótica, de dominio territorial y guerra sin fin. Asumir de lleno lo que supone la arremetida sin pausa de ese sistema-mundo directamente contra los pueblos construyendo “otra política”.

Liberación territorial y comunión rebelde

En consecuencia, consideramos que nos movemos en un momento de definiciones importantes dada la experiencia, que en el caso concreto nuestro, nos han dado tanto estos diez años de intento revolucionario pacífico e “intrainstitucional” como el mismo comportamiento imperial al interno de nuestro estado y territorios. Una experiencia que puede perfectamente mirarse en toda América en diferentes versiones. Veamos tan solo lo que pasa en Bolivia y la impotencia del gobierno Evo Morales, en Brasil y Argentina con los gobiernos de “centro-izquierda”, el problema de la señora Krishner con los barones de la soya donde se confrontan criterios por la distribución de plusvalías pero nada cambia, o en México con la opción “progresista” del PRD que son en estos momentos los que dirigen el ataque paramilitar a las comunidades zapatistas, siguiendo las pautas del gobierno central de extrema derecha.

Hay un punto que nos parece particularmente importante: si el centro de la agresión imperial se condensa en la apropiación expansiva territorial, en la caotización de ordenes preexistentes y por tanto en la guerra sin fin contra los pueblos, se hace por ello indispensable una estrategia de liberación que parta de la acción territorial y el poder subversivo y constituyente que emerja directamente de la interacción militante de actores políticos-sociales al interno de estos espacios, concatenados a su vez en tejidos y entramados horizontales sobre los cuales se forjen nuevas soberanías colectivas, nuevos campos comunicacionales, productivos, pedagógicos, comunales, defensivos, etc. En otras palabras, que nos montemos a construir una política plenamente autónoma que trabaje como punto fundamental dentro de ella el problema de la liberación territorial y la construcción en tiempos y espacios distintos pero articulados, los pilares de nueva sociedad. Una nueva sociedad que no es “para mañana”, tiene que ser para hoy, tiene que ser un actual donde ya somos libres e iguales. Una revolución igualmente “sin fin” y “sin fronteras” –realmente “nuestramericana” es nuestro caso- que no tenga porqué corresponderle ni obedecer en nada al orden caótico de sometimiento mundial que ha impuesto el imperio y sus principados nacionales. Y si hay algún gobierno “forajido”, un pequeño centro regional o un gran centro nacional de gobierno, que quiera ayudar y con quien se pueda establecer una relación de “equivalencia de poderes”, pues bienvenido sea: tenemos el mismo enemigo aunque sean muy distintas las políticas y estrategias, los modos y las culturas de lucha, en las cuales nos movemos. No puede ser por tanto una relación de obediencia obligada, tiene que ser un pacto entre un “uno” y un “dos”, entre dos cosas radicalmente distintas, donde el estado o la “vieja república” tiene que reconocer que se trata de dos potencias muy distintas: una, la del viejo estado inserto en el decadente sistema burgués que lo fundó, que es fundamentalmente defensivo (si su condición es la de un “forajido” por supuesto), mientras que la potencia política del nuevo actor político que nace en toda la diversidad de identidades y territorialidades que nos ofrece el mundo de hoy, es la única potencia ofensiva posible capaz de romper con el orden dominante. Volvemos a lo mismo: solo el pueblo salva y emancipa al pueblo, y esta premisa universal nacida de la Comuna de Paris, tiene hoy una manera de leerse, en forma muy pero muy distinta a los viejos postulados del socialismo. Se parece mucho más al Hezbollat de hoy, a los zapatistas, a las insurrecciones urbanas de los setenta o los viejos anarquistas de las milicias y las comunidades agrarias y obreras de la España del 36. Pero tampoco es lo mismo, principalmente porque el enemigo no es para nada el mismo. Si el enemigo se trazó como meta destrozar su propia histórica y burguesa obra política que llegó hasta los estadios de construir un orden estable internacional, toca por tanto reinventar enteramente la política misma, toca reconstruir todo aquello que hemos llamado nación, soberanía, independencia, libertad, orden mundial. Un enemigo en su fase exclusivamente decadente, fascista y destructiva, aunque cueste el esfuerzo y la sangre que cueste, nos ha dado el chance a los que vivimos este tiempo de ser realmente los primeros inventores de un nuevo mundo. ¿Entramos en la etapa del comunismo?, preguntémosle eso a la sabia dialéctica de Mao. ¿Es necesario visualizar y actuar en consecuencia a favor de la fabricación del constituyente continental de los pueblos de nuestramérica?, preguntémonos a nosotros mismos y a la resistencia del Perijá. En cuanto a nosotros toca salir de esta crisis que deriva en esta terrible lotería electorera por el reparto de los espacios de viejo estado en que ha derivado “el proceso” y empezar a hacer lo que hay que hacer: otra política, nueva comunión rebelde.

Roland Denis

jansamcar@gmail.com


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Roland Denis

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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