La invasión imperial

El gobierno nacional al parecer es muy enfático para decirnos que los “yanquis” tienen preparado su arsenal para invadirnos y destruir a la revolución bolivariana. Vaya por delante la palabra del presidente de la República, Nicolás Maduro y de quien dirige la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Tengan presente que nuestra condición de patriotismo esta sobre las diferencias, y que rechazamos de manera contundente cualquier injerencia extrajera que hable en contra o favor del gobierno, último tipo de declaración que por cierto nunca es condenada por los sectores pesuvistas.

La invasión imperial no es nueva. Una de las cosas que me llevaron a votar por Hugo Chávez durante todo este tiempo ha sido la permanente crítica a la invasión imperial. Pero resulta que tal invasión es la actualidad, cuando menos en nuestros países, no se origina precisamente por las armas, sino por la territorialidad, la economía y los referentes culturales.

Por eso, aún no atino a comprender el cómo durante todos estos años, tuvimos una diplomacia inútil cuando menos con el tema de reclamación del Esequibo y el Golfo de Venezuela. En varias oportunidades levantamos la voz para exigir, que así como factores oficialistas salían en marchas y protestas, reclamando a Inglaterra la devolución a Argentina de la Isla de Las Malvinas, ¿por qué semejantes acciones no se hacían con la llamada zona en reclamación, primero en manos de la Guyana Inglesa, hoy simplemente Guyana? ¿Por qué nunca durante estos años de revolución fue posible realizar diplomáticamente o a través de los micrófonos recordarle al gobierno de Guyana nuestra soberanía cuando menos sobre la plataforma continental y áreas marinas que se encuentran sobre el espacio despojado desde 1899, por un tribunal encabezado por un juez ruso? Hoy,  Guyana no sólo se ha adueñado de los más de 159 mil kilómetros cuadrados hacia el este del país, sino que se atreve junto con una transnacional petrolera a iniciar exploraciones de crudo sobre nuestros espacios marítimos, sin subestimar que en los mapas de Colombia, el Golfo de Venezuela es llamado “Coquivacoa” (desde hace más de medio siglo), resulta evidente que la invasión imperial desde hace tiempo llegó a Venezuela.

La invasión imperial además de estar concentrada en la pérdida de semejante territorio aunado con el reto que nos hace Guyana de explotar petróleo sobre nuestras áreas marinas o el olvidarnos de la existencia del Golfo de Venezuela,  también se desarrolla en lo económico, tanto que nos declaramos contraimperialistas, pero seguimos regidos por condiciones  impuestas por la economía mundial. ¿Por qué el gobierno sigue contabilizando sus reservas internacionales en dólares y no reconstruye su economía desde una visión que rompa con los esquemas de  hegemonía financiera? ¿Sumisión pensativa o simplemente porque no es creíble su propuesta para vencer cuando menos en nuestro entorno a los defensores de la lógica del capital? ¿Por qué si el gobierno marca o desea marcar un nuevo orden económico no ha podido hacer realidad con sus vecinos suramericanos la colocación de la primera emisión de la moneda propuesta por Chávez llamada Sistema de Compensación Único Regional (Sucre)? Por otra parte, si el gobierno quiere marcar espacios de socialismo, y precisamente de una reconstrucción económica, ¿por qué no suspende la explotación del oro, si ésta dentro de la vigencia de la lógica del capital, sólo produce una condenable plusvalía en desmedro de la destrucción de reservorios naturales, incluyendo desaparición de pueblos indígenas? ¿Es eso socialismo? ¿O es que declararme “socialista”, si hace buena la explotación, por ejemplo, del oro y la aniquilación del ambiente?

La invasión imperial en el plano cultural no puede ser peor. Desde el presidente, pasando por sus ministros, colaboradores y desde las instituciones y las escuelas, se habla de “full” en vez de lleno. De “software” en vez de programa.  De “folklore” (esta es más grave porque se utiliza para identificar espacios de nuestra  Identidad Nacional) en vez de sabiduría.  Esto sin contar que la mayoría de las palabras españolizadas que irremediablemente tenemos que usar provienen precisamente del inglés. Para qué mencionar las etiquetas de camisas y corbatas que identifican las marcas de muchos alcaldes, gobernadores, diputados o ministros. O ver la marca del reloj que utiliza el presidente de la República. No se nos ocurra mencionar la marca de los vehículos y camionetas en los cuales se movilizan tales funcionarios.

La invasión imperial no sólo está presente por unos supuestos tanques o aviones con los cuales los “gringos” o ingleses vendrán a convertir en cual tierra de Atila o Valle de Gehenna  a Venezuela. La invasión imperial se apoderó del pensamiento, los sentimientos y la cultura de un país que el alto gobierno al parecer sólo ven desde el decreto de Obama sobre algunos funcionarios venezolanos, que si bien es condenable porque no tienen autoridad moral para ello, tampoco es menos cierto que cómo bien lo diría nuestro póstumo Rigoberto Lanz, “las palabras no son neutras”, negar la visión de los otros cristales es otra forma condenable porque se miente al país sobre formas concretas de dominio imperial. A propósito de ser ciego. Quien tenga ojos que vea.El gobierno nacional al parecer es muy enfático para decirnos que los “yanquis” tienen preparado su arsenal para invadirnos y destruir a la revolución bolivariana. Vaya por delante la palabra del presidente de la República, Nicolás Maduro y de quien dirige la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Tengan presente que nuestra condición de patriotismo esta sobre las diferencias, y que rechazamos de manera contundente cualquier injerencia extranjera que hable en contra o favor del gobierno, último tipo de declaración que por cierto nunca es condenada por los sectores pesuvistas.

La invasión imperial no es nueva. Una de las cosas que me llevaron a votar por Hugo Chávez durante todo este tiempo ha sido la permanente crítica a la invasión imperial. Pero resulta que tal invasión es la actualidad, cuando menos en nuestros países, no se origina precisamente por las armas, sino por la territorialidad, la economía y los referentes culturales.

Por eso, aún no atino a comprender el cómo durante todos estos años, tuvimos una diplomacia inútil cuando menos con el tema de reclamación del Esequibo y el Golfo de Venezuela. En varias oportunidades levantamos la voz para exigir, que así como factores oficialistas salían en marchas y protestas, reclamando a Inglaterra la devolución a Argentina de la Isla de Las Malvinas, ¿por qué semejantes acciones no se hacían con la llamada zona en reclamación, primero en manos de la Guyana Inglesa, hoy simplemente Guyana? ¿Por qué nunca durante estos años de revolución fue posible realizar diplomáticamente o a través de los micrófonos recordarle al gobierno de Guyana nuestra soberanía cuando menos sobre la plataforma continental y áreas marinas que se encuentran sobre el espacio despojado desde 1899, por un tribunal encabezado por un juez ruso? Hoy,  Guyana no sólo se ha adueñado de los más de 159 mil kilómetros cuadrados hacia el este del país, sino que se atreve junto con una transnacional petrolera a iniciar exploraciones de crudo sobre nuestros espacios marítimos, sin subestimar que en los mapas de Colombia, el Golfo de Venezuela es llamado “Coquivacoa” (desde hace más de medio siglo), resulta evidente que la invasión imperial desde hace tiempo llegó a Venezuela.

La invasión imperial además de estar concentrada en la pérdida de semejante territorio aunado con el reto que nos hace Guyana de explotar petróleo sobre nuestras áreas marinas o el olvidarnos de la existencia del Golfo de Venezuela,  también se desarrolla en lo económico, tanto que nos declaramos contraimperialistas, pero seguimos regidos por condiciones  impuestas por la economía mundial. ¿Por qué el gobierno sigue contabilizando sus reservas internacionales en dólares y no reconstruye su economía desde una visión que rompa con los esquemas de  hegemonía financiera? ¿Sumisión pensativa o simplemente porque no es creíble su propuesta para vencer cuando menos en nuestro entorno a los defensores de la lógica del capital? ¿Por qué si el gobierno marca o desea marcar un nuevo orden económico no ha podido hacer realidad con sus vecinos suramericanos la colocación de la primera emisión de la moneda propuesta por Chávez llamada Sistema de Compensación Único Regional (Sucre)? Por otra parte, si el gobierno quiere marcar espacios de socialismo, y precisamente de una reconstrucción económica, ¿por qué no suspende la explotación del oro, si ésta dentro de la vigencia de la lógica del capital, sólo produce una condenable plusvalía en desmedro de la destrucción de reservorios naturales, incluyendo desaparición de pueblos indígenas? ¿Es eso socialismo? ¿O es que declararme “socialista”, si hace buena la explotación, por ejemplo, del oro y la aniquilación del ambiente?

La invasión imperial en el plano cultural no puede ser peor. Desde el presidente, pasando por sus ministros, colaboradores y desde las instituciones y las escuelas, se habla de “full” en vez de lleno. De “software” en vez de programa.  De “folklore” (esta es más grave porque se utiliza para identificar espacios de nuestra  Identidad Nacional) en vez de sabiduría.  Esto sin contar que la mayoría de las palabras españolizadas que irremediablemente tenemos que usar provienen precisamente del inglés. Para qué mencionar las etiquetas de camisas y corbatas que identifican las marcas de muchos alcaldes, gobernadores, diputados o ministros. O ver la marca del reloj que utiliza el presidente de la República. No se nos ocurra mencionar la marca de los vehículos y camionetas en los cuales se movilizan tales funcionarios.

La invasión imperial no sólo está presente por unos supuestos tanques o aviones con los cuales los “gringos” o ingleses vendrán a convertir en cual tierra de Atila o Valle de Gehenna  a Venezuela. La invasión imperial se apoderó del pensamiento, los sentimientos y la cultura de un país que el alto gobierno al parecer sólo ven desde el decreto de Obama sobre algunos funcionarios venezolanos, que si bien es condenable porque no tienen autoridad moral para ello, tampoco es menos cierto que cómo bien lo diría nuestro póstumo Rigoberto Lanz, “las palabras no son neutras”, negar la visión de los otros cristales es otra forma condenable porque se miente al país sobre formas concretas de dominio imperial. A propósito de ser ciego. Quien tenga ojos que vea.



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Javier Antonio Vivas Santana

Lic. en Educación en las menciones de Ciencias Sociales y Lengua (UNA) Maestría en Educación mención Enseñanza del Castellano (UDO) Dr. en Educación (UPEL) Profesor de la Misión Sucre (2003 -2012)

 jvivassantana@gmail.com      @jvivassantana

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