Un camaleón en el cielo

Cuando sientes un fortísimo dolor de cabeza, quisieras romperte el cráneo con un gran martillo, y recuperar la dosis de serenidad que brilla en una casa de mil paredes, donde todos los días cambiamos el brillo del sol a nuestra propia voluntad.

Dicen que los animales no van al cielo, porque caminan descalzos sin el alma de la inocencia. Ellos reflejan el milagro de la vida, aunque sus sueños rotos atraviesan el corazón del Pentecostés, y cada coraza de alegría que evita la artillería, es repelida por otro caparazón de la misma rencilla popular.

Arnoldo, un pequeño camaleón que vive en los andes venezolanos, soñaba cambiar el destino fatal de toda la fauna mundial. Él deseaba que todos los animales tuvieran el poder del alma, para que pudieran ascender al reino de los cielos.

Una misión imposible de conquistar por Arnoldo, sabiendo que el privilegio del cielo es un derecho exclusivo de los Seres Humanos, y sabiendo que ellos se dedican a pisotear el piso de todos sus compatriotas.

Cansado de tanta deforestación furtiva, el camaleón Arnoldo tuvo que abandonar su desértico ecosistema, pues carecía de insectos y mosquitos para alimentarse, debido al proceso de industrialización que privatizó sus territorios.

Arnoldo emigró hasta las saturadas carreteras de petróleo y asfalto, que glorificaban el barril de combustible, el manantial de consumismo y la pólvora de la escopeta.

En su trepidante recorrido por la selva del Dios Dinero, nuestro agotado lagarto descansó en un trozo de madera envejecida, que sin saberlo transformaría su vida en el gran hechizo de sabiduría.

Su magia afirmaba que los Seres Humanos eran la basura del Universo, porque fraguaban el peligro de todos sus hermanos reptiles. Cada instante de sobriedad existencial en la placenta del domingo, representaba una cólera de pasión que perdía el color natural del amor.

Acechados por tanto odio en las sonrisas foráneas, los restos fósiles de un voraz incendio marino, se encargaron de arruinar el regreso de la espiritualidad planetaria, y la puerta de emergencia se quebraba en el lejano horizonte de la legión inmunda.

Mientras más temprano se acercaban las bestias, más tarde se refugiaban los campesinos en sus valles de furiosa paz. Los condenados al delito no dejaban de gritar y mordisquear el pecado original, revelando el mapa cultural de la peor cofradía confinada a los confines del tiempo.

Fue así como el séptimo día se quedó sin ayunos de miel, y cada cuerpo de sapiencia se unió a la terrible masa de ignorancia.

En un abrir y cerrar de ojos, los reptiles presenciaron un banquete de canibalismo, necrofilia y cristiandad, que amenazaba con extinguir el mejor camuflaje de los hijos de Asperger.

Caminando sin sentido en busca de la verdad, las espinas traspasaban las gargantas, y una inmolación divina se quemaba en las gigantescas montañas del agua viva, donde el mágico senderismo se tornaba utópico para los más distraídos, que seguían cantando y adorando el cálido clima previo al desastre.

Pese a desnudar el fruto de lo prohibido, los lagartos aprendieron a leer en silencio, y a disuadir las voces del caos global. A medida que perdían la capacidad de concentración, la confusión agudizaba el resentimiento social por todas las flores que perdieron el color, al polinizar la gota de esperanza en el centro de la guerra.

Nadie se hallaba a salvo de la salvación. Las marejadas de la luna ya no detectaban el olor del arsénico, y los jóvenes eran demasiado jóvenes para comprender la infeliz realidad. Las tumbas se volteaban por capricho en las fosas del cementerio, y el esfuerzo civilizado de enderezar el rumbo de los aborígenes, se pagaba con un desesperante trauma que obligaba a permanecer de rodillas.

Sabiendo que nunca más caminarían el camino, los reptiles se hospedaron en sus recuerdos de pasajera melancolía, y escaparon del castigo occipital con un golpe mortal de madrugada. Pero el crimen ya se había cometido, y las fantasías otra vez se negaban a tocar la huella del asesinato, porque no había una razón para desconfiar de los enemigos imaginarios.

Preguntándole al camaleón el motivo de la tortura china, las heridas demostraban que el sufrimiento seguía más vivo que la víbora, porque las malditas alarmas del lunes romperían los techos rojos del Mukubarí, y la enfermiza enfermedad de los enfermos que llegaba hasta el cuello de la botella, era subestimada con muchísima frialdad por la era de la revolución tecnológica.

Los más inteligentes se quedaron sin un centavo, y el kilo de las telarañas se pagaba con las traslúcidas tarjetas de crédito. El poder de la oración resonaba los tímpanos del abismo de la soledad, y resistirse al cambio de mentalidad en la gran metrópolis de las damas y de los caballeros, obligaba a practicar el secreto de la hipocresía y a derrochar las más amargas lágrimas.

Esas lágrimas esclavizaban el sabor de la falsedad.

Maldito sea el perdón que reciben los cobardes, quienes tiran la pesada piedra y esconden la suciedad de la mano. Por eso todo sale mal en el mundo de los reptiles, y no es casualidad que los lirios puedan volar libres por la libertad de los arrecifes, sin el permiso de la lira enrojecida en su tercera oreja izquierda.

Los chismes venenosos y las críticas destructivas no se hicieron esperar. Los ángeles se quedaron sin saliva para tocar las trompetas, y la nube cumulonimbos empezaba a resurgir de su propio halo de cenizas.

El cuento chino se convirtió en historia verídica, y las tribulaciones decidieron vivir para siempre, en el vientre hipocondríaco de la madre víbora.

Aquí adentro se traga pero no se mastica, se arrastra pero no se detiene, y se envuelve pero no se doblega. Es la ferocidad del planeta Tierra en su máxima calidad de expresión, y ya no podemos idolatrar el martirio de la cruz en el calvario, para sodomizar la injusticia de los más débiles victimarios.

Contemplando una visión estereoscópica de su tétrica desgracia, Arnoldo fue quedándose sin refugio, sin semillas, sin sombras, sin hojas y sin maquillaje. Tuvo que enfrentar la trágica condena del destino, repartiendo lecciones de arrepentimiento desde la sorpresiva cárcel, donde los músculos se frotaban con el ácido de una cálida frazada.

Todavía se sentía bienaventurado por las siete bienaventuranzas, pero las páginas del Apocalipsis ya estaban escritas, para dormir en la misma cama del león callejero.

Sin embargo, no se puede dormir con tanta culpa en los bolsillos, porque mientras el cielo cambia gratuitamente el color de su cielo, las personas nunca cambian el color de la intolerancia que cierra sus cielos.

A veces llegamos hasta un devastador punto límite, que pierde la fe y la confianza de valorar la fe. El infame momento de la travesía sideral, que te deja sin colores de camuflaje para luchar contra la madre víbora, y solo puedes suspirar el oxígeno para ponerle punto final al fracaso.

La desesperanza fue la escalera al cielo para el humanista camaleón. Cumplió su promesa con total cabalidad, y con la cábala ascendió al reino de los cielos.

Arnoldo se negó a sentir miedo de lo desconocido, porque ya había superado el miedo al suicidio.

No hay duda que todos somos camaleones en apariencia, pero no todos cruzamos la línea del juicio final. Titubeamos como las profundidades del Tíbet, pero tras cruzar la inalcanzable meta del éxito, te sientes más nuevo que un Hombre Nuevo, y menos ideologizado que el Antiguo Testamento.

En las camaleónicas alturas no existe la moda, la vileza y el orgullo. Se entra sin billetes, sin tacones y sin corbatas, porque no hay colofón para evitar el flash fotográfico.

Sentimientos llenos de placer sacrosanto, que difieren del clásico placer sexual de la Humanidad. Un paraíso que no se puede grabar en alta definición, y que no se puede compartir en el majestuoso ciberespacio.

La suerte estuvo a favor de Arnoldo, siendo el primer animal que abrió sus alas y llegó a la cúspide del cielo. Toda una hazaña para un pequeño reptil de la Tierra, que nunca esperó sobrevivir a las garras del capitalismo salvaje.

No obstante, sus ojos se quedaron maravillados con la belleza del trono celestial. Arnoldo tuvo la fortuna de conocer al rey de los reyes. Lo vio, lo exaltó y lo tocó.

En el libro de sus memorias, Arnoldo dijo que estar cara a cara con el creador de los cielos, fue una experiencia tan perfecta que evocó la más simple imperfección.

Lo describió como un ser rojizo prendido en fuego, que tenía una gran cola curvada, unos cuernos de carbón y un bastón de bronce ensangrentado. Era grosero, perverso y traicionero. Jugaba con el dolor de sus súbditos, y permanecía inmóvil ante las súplicas de compasión.

Un rey claramente distinto al señor con una gran barba, que vestía de blanco satinado, que ayudaba al prójimo, y que profesaba la misericordia a sus coronados.

Las ilusiones se rompen con tanta crueldad, que el nerviosismo nos seduce a morir con los zapatos al revés.

Tristemente, Arnoldo recuperó su amor por la vida, cuando ya no existía vida para vivirla con devoción, y comprendió que el suicidio fue la gran equivocación de su anecdótica vida.

El rey de reyes descubrió el pecaminoso pasado del camaleón, por lo que intentó expulsarlo del reino de los cielos, utilizando la irrevocable conciencia de su absoluta potestad. El veredicto justificaba su regreso inmediato al planeta Tierra, simbolizando el peor castigo impuesto a los rebeldes.

Pero Arnoldo aprovechó la astucia biológica para continuar en el paraíso, transformando sus sagrados cromatóforos en una aventura llena de colores, desobediencia y reproches.

Primero usó su pigmento verde para ocultarse en el jardín del paraíso, donde el rey de reyes lo encontró y le lanzó un relámpago de electricidad.

Arnoldo pudo esquivarlo gracias a un legendario árbol de manzanas, que recordaba el ecocidio de los agrotóxicos y de los transgénicos en la Tierra.

Luego usó su pigmento azul para ocultarse en el océano del paraíso, donde el rey de reyes lo encontró y le lanzó una lluvia de cianuro.

Arnoldo pudo esquivarla gracias a un monumental barco a la deriva, que recordaba la matanza de delfines y de tiburones en la Tierra.

Más tarde usaría su pigmento rojo para ocultarse en el matadero del paraíso, donde el rey de reyes lo encontró y le lanzó un afilado cuchillo de carnicero.

Arnoldo pudo esquivarlo gracias a un pálido cordero en agonía, que recordaba la adicción de beber sangre y de comer carne en la Tierra.

Después usó su pigmento amarillo para ocultarse en el templo del paraíso, donde el rey de reyes lo encontró y le lanzó una mortífera serpiente de oro.

Arnoldo pudo esquivarla gracias a una maciza estrella dorada, que recordaba el paludismo de los niños africanos en la Tierra.

Y finalmente usaría su pigmento negro para ocultarse en la prisión del paraíso, donde el rey de reyes lo encontró y le lanzó un tornado de bloques.

Arnoldo pudo esquivarlo gracias a una oxidada vara metalizada, que recordaba la exagerada discriminación racial de la Tierra.

Todos los ataques de venganza ejecutados en el paraíso, fueron desafiados por los cristales fotónicos del pequeño camaleón, ganándose el respeto y la admiración del todopoderoso rey de reyes, quien sorprendido por su gloriosa valentía le cumpliría un deseo.

El camaleón Arnoldo pidió que todos los animales del planeta Tierra, ascendieran al cielo tras haber sufrido la muerte, y que todos los Seres Humanos que maltratan a los animalitos, descendieran con rapidez hasta el infierno.

Escuchada su noble petición, el rey de reyes cumplió el gran deseo de Arnoldo, otorgando el poder del alma a todos los animales, que empezaban a ascender a la gloria del cielo con los ladridos, los maullidos, los trinares, los rugidos, las travesuras y los relinchos, de todos los angelitos santificados en el paraíso.

Fue un colorido espectáculo lleno de elefantes, tigres, lobos, gatos, conejos, periquitos, jirafas, osos, cocodrilos, ballenas, tarántulas, caballos, abejas, ardillas, mandriles, cuervos, rinocerontes, y demás especies de fauna que yacían en la geografía de la Tierra.

Aunque el rey de reyes cumpliría su palabra por toda la eternidad, no dudó en asesinar a Arnoldo con un punzante crucifijo, después de concederle su último deseo en vida.

El rey tenía miedo de perder el control de su trono celestial, por causa de un valiente camaleón que despertaba la rebelión de su feudo, y avivaba la osadía de su cautivo pueblo.

El audaz reptil de los andes venezolanos, demostró que el egocentrismo y los temores por la derrota, cruzan las fronteras emocionales de los terrícolas.

Su legado nos exhorta a estimar la grandiosa biodiversidad de la Tierra, y nos empuja a reflexionar sobre la injusta muerte de millones de animalitos, que son seres vivos tan vulnerables e indefensos como cualquiera de nosotros.

Cuando practicamos el maltrato animal y pagamos plata para presenciarlo, no solo garantizamos un viaje sin retorno al infierno, sino también apuñalamos el corazón de Arnoldo y de todos sus amigos, que no tienen un camuflaje lo suficientemente saludable, para remediar la ola de maldad de la ciudadanía.

Mencionamos las peleas clandestinas de perros y gallos, los circos con el show de simios y felinos, el tráfico de especies exóticas, las aves enjauladas en los hogares, las corridas de toros, la venta de pieles orgánicas en las tiendas, los grotescos experimentos científicos, los trofeos con balas de cacería, las carreras de galgos, y demás humillaciones permitidas para la felicidad del orbe.

Estamos llorando a cántaros y no puedes apagar el televisor, porque las noticias solo te muestran el sensacionalismo de la banalidad. Te venden la lengua larga y pegajosa de los camaleones, y vamos comprando la voz de la versátil mediocridad.

Azul, verde, rojo, amarillo, violeta, marrón, gris, blanco o negro.

No importa el color de un camaleón. Importa el futuro de toda la Humanidad.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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