El planeta deseado

La tecnología obligó a los terrícolas a cambiar la visión del mundo, ya las cosas no suceden tal como ocurría en siglos pasados. Quienes nacimos a mediados del siglo XX miramos con asombro ciertos cambios inimaginables, como por ejemplo la desaparición del telégrafo,  de los teléfonos de disco, los picó o equipos de sonido, los diccionarios, las enciclopedias, la pluma fuente, los atlas y unos cuantos artilugios que eran parte de nuestra cotidianidad. Hoy, por ejemplo, un individuo sentado frente a un laptop puede conseguir  información, al instante, del genocidio del pueblo palestino, de la guerra de Ucrania, EEUU, UE y la OTAN contra la Federación Rusa, de un tsunami en Indonesia, de una epidemia en la India, de igual modo, de cualquier suceso acaecido en sitios tan alejado como Baskorcostán, Ulán Bator, Chengdú, o una región, por muy remota, donde se esté  generando alguna noticia. Algo imposible hace 30 años. En este siglo XXI estamos cerca de otro país lejano con solo con pisar una tecla del laptop.  

Es por eso que los jóvenes de esta modernidad no pueden tener la visión del planeta tal como lo miraban los nacidos a mediados y a finales del siglo XX. Ya no le podemos pedir a un nieto que su vida se fundamente bajo los patrones morales y valores conocidos en épocas próximas pasadas. Hasta el concepto del hijo o descendencia no se corresponde con lo esperado en siglos ya transitados. A manera de ejemplo, en las sociedades primitivas los hijos varones eran una necesidad para ayudar al padre en el pastoreo, en la recolección agrícola, en la caza o en la pesca, dependiendo en la zona geográfica donde se desenvolvieron los grupos humanos. Las hijas también tenían que ayudar a la madre en el mantenimiento de la tribu o la choza, tal como la preparación comida, la elaboración tejidos, alguna que otra siembra, la recolección de cultivos y otras actividades vinculadas con el hacer de una mujer que estaba perfectamente delimitado.

Cuando surge la monarquía los hijos eran un bien o una cuestión de estado. Si era el primogénito o la primogénita ya tenía arreglado el casamiento con otro noble, inclusive antes de nacer. Los otros hijos de los aristócratas, los segundones,  eran necesarios y nombrados caballeros para ampliar los ducados, los marquesados, el condado o en general para el crecimiento de los enormes latifundios que dominaban el paisaje de la época.

Cuando la monarquía  desaparece surge la burguesía, los antiguos artesanos y la clase media, estos últimos, quienes como empleados ayudan, a bajo salarios, al desarrollo de las empresas de la llamada oligarquía. Es cuando aparecen y proliferan prestigiosas universidades en las grandes ciudades europeas y EEUU. En dichas instituciones se gradúan médicos, abogados, arquitectos, administradores, contadores, ingenieros, odontólogos, técnicos, en fin una prolífica variedad de profesionales que logran desarrollar negocios vinculados con el título académico. En estos casos los dueños de estas empresas inscriben a sus hijos en una facultad que  permita la continuación de la actividad pecuniaria del padre, bien sea la clínica, el bufete, la fábrica, el banco, la tienda, según la acción mercantil desarrollada por el progenitor, que con el tiempo se convertirá en una dinastía o un estirpe profesional.   

 Aquellos tiempos pasados han cambiado notablemente, ahora un laptop es casi una empresa donde cualquier joven desde su casa puede realizar múltiples trabajos obteniendo enormes beneficios. Además, con las crisis económicas en los diversos países se presenta el problema de la tenencia de un hijo, dado que los salarios obtenidos por la pareja dentro de una empresa, bien sea oficial o privada, no alcanzan para cubrir los gastos de habitación, salud y educación del hogar, incluyendo la prole. De igual modo, las esperanzas de que el hijo o la hija adquieran un título universitario, el estipendio devengado no es lo suficiente para vivir en un mundo en crisis. Es por esta razón que las nuevas parejas se niegan a tener descendencia y como consecuencia los índices de natalidad en clase media, en el ámbito mundial, ha disminuido. Tal decisión pone en peligro el crecimiento de la población mundial y secuela de esta medida, la falta de mano de obra calificada.   

Pero en medio de todo esto, paralelamente se inventaron dos conceptos perniciosos que han contribuido a las peores desgracias de la humanidad. Estos vocablos, transformados en actividad, a pesar de que son términos etéreos, son la religión y la nacionalidad. Dos términos que manejan abstracciones, como es Dios y la patria. Un Dios que nadie ha visto y que nunca ha resuelto nada, a pesar que se conocen más de cinco mil dioses, todos inmortales, que deben andar pululando por esos mundos esotéricos que nadie conocerá. De igual modo ocurre con el concepto patria. Todos los países que se conocen en la actualidad están sembrados en un gran globo que gira y rota durante todos los días del año. Un planeta que una vez que se fue configurando, después de tantas tragedias geológicas, permitió que vegetales y animales se desarrollaran y pululaban por todas esas extensiones. Estos amplios territorios no están delimitados por puntos y guiones, tampoco eran ni son propiedad de nadie, ni mucho menos estaban identificados con nombres extraños. Hasta que aparecieron los humanos para desunir el gran globo terráqueo.

Durante siglos murieron millones de seres humanos al mando de caballeros (cuentos de caballerías) que se hicieron dueños a la fuerza de enormes extensiones que dieron origen a la lucha por la expansión o la defensa de lo que no era de ellos. Para eso contaban con los siervos y con soldados que contrataron para tal fin, cuestión esta que resultaba muy costosa para el noble. Esto ocurrió hasta que un diplomático (creo que fue el florentino Maquiavelo) quien inventó la patria. Era necesario vincular emocionalmente al joven con el territorio donde nació, inventar un himno y una bandera para que saliera a defender a bajo costo lo que no era de él, sino del latifundista. Además, a morir en una batalla en la defensa de la patria, si era necesario. Así surgieron los mártires.

Millones y millones de seres humanos han fallecido en la defensa de una religión, de una nacionalidad, que no existieron en tiempos pasados. Miles de años lucharon y todavía luchan los musulmanes, judíos y cristianos por un mismo dios que solo existe en la imaginación de muchos. Del mismo modo, grupos de humanos se matan entre sí peleando por unas tierras en las cuales convivieron en paz sus ancestros. Los padres reclaman a los gobiernos, con todo el derecho, el reclutamiento para enviar a sus hijos para que lo sacrifiquen en una guerra, defendiendo los intereses de unos pocos quienes son en verdad los que recibirán grandes beneficios. Llevar a un niño hacia la juventud cuesta mucho esfuerzo y dinero para que pierda la vida, bien por un dios que no conoce o la patria, que a la larga, no  es más que el planeta que no tiene dueño. Un planeta, donde los habitantes sufren las desgracias que ocurren porque otros las conciben con el afán de hacer dinero. Este no es el planeta que nos legó la Pacha Mama para que vivamos de ella y en ella. Qué tipo de animales somos que nos las pasamos matándonos los unos a los otros para que un grupo se aproveche de lo que estaba y está dentro de las entrañas del planeta  y que no le pertenecía, ni pertenece a nadie desde hace muchos siglos.

Alguien o unos cuantos se alzaron, se aprovecharon con lo que no era de ellos y le dieron nombre (Lo denominaron país tal) a un territorio desolado. Pasado el tiempo se apoderaron de sus recursos como si fueran los dueños y para defender, lo que tampoco era suyo, reclutaron a miles de jóvenes para mandarlos al patíbulo. Esto se viene haciendo desde hace muchos siglos y nada ha cambiado. Los jóvenes mueren defendiendo los intereses ajenos, sin embargo, los genocidios continúan ante la mirada impávida de otros millones, que se siente imposibilitados de frenar las masacres promovidas por los poderosos.  

Ya los terrícolas no deben pensar en términos de parroquia, provincia, estado o país, nos corresponde cavilar en términos del único planeta que tenemos. Las guerras deberían ser cosas del pasado, que los intereses de unos pocos no valen más que los de un gran colectivo que moran en el planeta TIERRA. Este es el legado de la madre natura, con la única condición que la cuidemos a cambio de prolongar nuestra estancia en una gran extensión llamada cosmos. La Tierra tiene un tiempo de vida, está comprobado científicamente, se formó hace cinco mil millones de años y tendrá una fecha de vencimiento. De los terrícolas dependerá el futuro, de lo que si estoy seguro es que las bombas nucleares no son el mejor maquillaje para prolongar la vida de los animales y vegetales que hasta ahora nos acompañan. Este no es el planeta  deseado donde viven casi ocho mil millones de personas con la idea de coexistir en una paz que nunca llega.  Debo hacer mía la expresión del arquitecto estadounidense Richard Buckminster Fuller: “No vamos a ser capaces de pilotar nuestra Nave Espacial Tierra durante mucho tiempo más, a no ser que entendamos que es una única nave, y que nuestro  destino es común. Tenemos que ser todos, o no seremos ninguno.” Lee que algo queda.



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Enoc Sánchez


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