Cambio climático, el Pacífico y su sobrevivencia

En días recientes culminó en Tuvalu el 50º Encuentro del Foro de las Islas del Pacífico, espacio que agrupa a un conjunto de naciones de esta región del planeta. En esta tribuna, se dieron cita 14 Estados independientes y dos Estados asociados libremente: Australia, Nueva Zelanda, Fiyi, Vanuatu, Tonga, Nauru, Papúa Nueva Guinea, Islas Marshall, Islas Salomón, Kiribati, Micronesia, Palaos, Samoa, Tuvalu, Niue e Islas Cook. También asistieron, como países observadores, dos territorios franceses de ultramar: Nueva Caledonia y la Polinesia Francesa, entre muchos otros.

La reunión tenía como eje central la preocupación por los efectos del cambio climático en la región; sin embargo, el desencanto y la frustación se hicieron evidentes luego de la declaración final que no recogió el sentimiento de la mayoría de los participantes y mucho menos allanó el camino para la construcción de una agenda global que impulse políticas ambientalistas que contribuyan a desacelerar este fenómeno ambiental.

El cambio climático, literalmente, ha puesto en juego la supervivencia misma de algunas naciones de la región, conformadas por pequeñas islas con pocos metros sobre el nivel del mar, que quedarán sumergidas en el océano en unas cuantas décadas, de no haber un cambio en este sentido. Kiribati es sin duda el país más afectado por este fenómeno.

La falta de acuerdos en torno a una posición unánime en el Foro, se relaciona con la necesidad que impone la presencia del carbón en la matriz de producción energética de Australia -a pesar que esta importante nación promueve un cambio hacia energías limpias y sustentables- representa sin lugar a dudas, un dilema ambiental y de desarrollo que no solo divide a la sociedad australiana, sino que alcanza a la comunidad de naciones de la región.

En contraposición, hay que resaltar la posición sostenida por la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, quién pidió a Australia que se comprometiese seriamente con la reducción de las emisiones contaminantes. Ardern afirmó que Australia "tiene que responder al Pacífico" y agregó que su país "pondrá su granito de arena". Cabe destacar que, en 2017, Nueva Zelanda generó el 82% de su electricidad a partir de fuentes renovables, principalmente geotérmica e hidroeléctrica, y establece un objetivo de cero emisiones netas para 2050.

El valeroso Primer ministro fiyiano, Frank Bainimarama, expresó con mucho aplomo sus legítimas preocupaciones al afirmar que "la postura australiana era un gran paso atrás" … "diluir las palabras sobre el cambio climático tiene consecuencias reales como inundar nuestras casas, escuelas, comunidades y cementerios ancestrales…".

La inconciencia y ambición imperialista:

azotes históricos en la región

Esta región es poseedora de una de las reservas naturales más importantes del planeta. Una de sus mayores expresiones es la Gran Barrera de Coral, cuya diversidad biológica sorprende cada día a nativos y visitantes. Los pobladores originarios de las islas son gente afable que conservan tradiciones ancestrales, con una cosmovisión que fusiona hermosura y sabiduría con magistral sencillez.

Por su ubicación estratégica y la belleza de sus parajes, esta impresionante región se convirtió históricamente en un codiciado espacio geográfico de potencias imperiales, algunas con presencia real hasta nuestros días. España, Alemania, Francia, Portugal y, más recientemente, Estados Unidos ,se apoderaron de la región, a través de sus políticas colonialistas y anexionistas, despojando a los habitantes originarios de sus tierras y derechos.

Las rivalidades imperialistas de la primera mitad del siglo XX arrastraron a las Islas del Pacífico a la Segunda Guerra Mundial. Las apetencias del naciente militarismo colonial japonés culminaron con una de las tragedias más devastadoras para la humanidad: el uso de bombas atómicas en la región. Las potencias vencedoras experimentaron rápidamente nuevas formas de colonialismo y destinaron esta parte del planeta a ensayos de destructivas armas atómicas, reduciendo la región a polígono de pruebas nucleares de las superpotencias, sin respeto a la naturaleza, ni al hombre mismo.

En 1946 Estados Unidos realizó dos pruebas con bombas atómicas en el atolón Bikini, con potencia de 21 kilotones cada una. Veinte años más tarde, el índice de radiación en el lugar era 11 veces superior a los niveles normalmente tolerables, lo que ha generado una alta incidencia de cáncer en los pobladores nativos.

De igual manera, en las Islas Marshall, uno de los archipiélagos donde Estados Unidos realizó pruebas nucleares, los niveles de radiación son mucho más altos que los de las áreas afectadas por los desastres nucleares de Chernóbil (Ucrania) y Fukushima (Japón). Poco se sabe al respecto, pues se pretende silenciar lo que allí ha ocurrido.

Así se recoge en tres estudios publicados en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences realizados por varios investigadores del Centro de Estudios Nucleares de la Universidad de Columbia (EE.UU.). Estados Unidos detonó, entre 1946 y 1958, cerca de 70 bombas nucleares que produjeron una contaminación generalizada en este archipiélago, formado por una cadena de atolones a medio camino entre Australia y Hawaii.

Más aún, Mururoa, atolón de la Polinesia Francesa, que administrativamente depende de la comuna de Tureia, fue cedido por la Asamblea Territorial, junto con el atolón Fangataufa, al Centro de Experimentación del Pacífico para hacer pruebas nucleares. En esta zona militar se ha implantado la prohibición de acceso sin autorización. Desde 1966 hasta 1974 se realizaron 41 pruebas nucleares atmosféricas y, hasta 1995, 137 pruebas subterráneas. En la actualidad, el ejército francés mantiene en el lugar un dispositivo de vigilancia de la evolución geológica y radiológica del atolón.

No es difícil imaginar cuál sería la respuesta que Estados Unidos o Francia darían a cualquier nación que realizara pruebas nucleares en sus territorios que afectaran la salud y biodiversidad. Sin lugar a dudas el tratamiento sería como el de Libia, Irak o Siria: prescribir una fórmula misilística y de bombardeos.

Estados Unidos ha dejado de ser un aliado del planeta y muchos de sus asociados emulan su posición. Con la salida del Acuerdo de París, el presidente de la nación más poderosa del mundo le dió la espalda a la humanidad: "Para cumplir mi solemne deber de proteger a EE.UU. y sus ciudadanos, Estados Unidos se retirará del acuerdo climático de París", manifestó Trump en su momento.

Hace pocos días, el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el cambio climático ha lanzado una nueva y urgente alerta: "La tierra es un recurso decisivo". Lo que sin lugar a dudas, obliga a la dirigencia política y social global a replantearse seriamente las acciones en relación al interés en la sobrevivencia misma del planeta.

Venezuela: una voz frente al cambio climático

Venezuela sufre una agresión sin precedentes, a pesar de ser una nación que tiene entre sus principios el rechazo a las armas nucleares, al imperialismo y al colonialismo sobre cualquier otro estado soberano; por el contrario, defiende y promueve en todos los escenarios, los acuerdos en defensa del bien común de la humanidad, como lo refleja su Constitución, en el preámbulo:

"El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana; con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones; asegure el derecho a la vida, al trabajo, a la cultura, a la educación, a la justicia social y a la igualdad sin discriminación ni subordinación alguna; promueva la cooperación pacífica entre las naciones e impulse y consolide la integración latinoamericana de acuerdo con el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos, la garantía universal e indivisible de los derechos humanos, la democratización de la sociedad internacional, el desarme nuclear, el equilibrio ecológico y los bienes jurídicos ambientales como patrimonio común e irrenunciable de la humanidad…"

Desde las difíciles circunstancias impuestas por las más irracionales acciones lanzadas por los centros hegemónicos de poder en el mundo occidental, donde la agresión no da tregua a un pueblo que como patrimonio cultural más importante mantiene sus principios de solidaridad y hermandad con los pueblos del mundo, Venezuela levanta la voz y ratifica a sus hermanos de las Islas del Pacífico, su voluntad y compromiso por acompañarlos en una batalla que es de todos, la lucha por la supervivencia del planeta que, en los actuales momentos, se traduce en hacerle frente al cambio climático, con acciones y compromisos concretos de alcance global, más allá de intereses económicos o geopolíticos.



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Daniel Gasparri Rey

El Licenciado Daniel David Gasparri Rey, se desempeña en la actualidad como Ministro Consejero en la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela ante la Mancomunidad de Australia cargo que asumió el pasado 06 de enero del 2014. Anterior a ello fue Investigador del Centro Internacional Miranda- CIM.

 danielgasparri@hotmail.com

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