México Insurgente I

Tiempo de siembra

Raúl Zibechi, UB Noticias

San Cristóbal de las Casas - 

Quince años es mucho. La ciudad coleta que describiera la novelista Rosario Castellanos, donde la rancia aristocracia de la tierra —aliada del púlpito y el uniforme militar— impedía a los indios pisar las aceras; la ciudad que amaneció un 1 de enero emboscada de pasamontañas, no puede ocultar el paso del tiempo. Una extraña alianza de turistas-activistas europeos y estadounidenses con intelectuales mexicanos y, sobre todo, indios de la selva Lacandona y los Altos de Chiapas, van dejando una huella indeleble en una urbe que en 500 años apenas había sido conmovida por independencias y revoluciones.

Las prolijas callecitas y los monótonos techos de tejas, la fachada multicolor de la catedral y las soberbias casonas coloniales parecen las mismas que vimos quince años atrás. Junto a ellas, destacan ahora unos cuantos comercios zapatistas: restaurantes, cafeterías, hoteles y tiendas que lucen monumentales frescos de Zapata y de indios con pasamontañas, son los más concurridos de la ciudad. En la calle principal los zapatisats instalaron la mayor cafetería de la ciudad, en la que destaca una librería y tiendas de artesanías donde las mujeres de comunidades venden sus productos. Casi imposible conseguir mesa libre en Tierradentro, donde decenas de gringos discuten o manejan sus laptop con exasperante morosidad.

Podría hablarse de demcoratización de la urbe si no fuera por la brutal expansión de sus arrabales, ladera arriba por las verdes montañas, donde se apiñan miles de chiapanecos pobres expulsados por la guerra de sus comunidades o por la intrensigencia del PRI, el partido de Estado más viejo del mundo, que expulsó una comunidad entera de evangélicos de su feudo político-comercial, San Juan Chamula, por el pecado de no consumir el alcohol con que los “revolucionarios institucionales” lubrican sus corruptelas.

Digna rabia

En este marco los zapatistas decidieron festejar los 15 años de su alzamiento, el 1 de enero de 1994, y los 25 de la formación del EZLN, hacia fines de 1983. Para ello, como en otras ocasiones, apelaron a la presencia de algunos de los más destacados inlelectuales mexicanos, como Pablo González Casanova, Luis Villoro, Adolfo Gilly, y del mundo, como Arundhati Roy, Michael Hardt y John Holloway. Consiguieron además la adhsión de unas 200 organizaciones de su país y unos cuantos colectivos de solidaridad europeos. Sin embargo, lo más destacable fue la presencia de mexicanos organizados de New York, que participan junto a decenas de grupos de ese país en la versión yanki de la Otra Campaña, lanzada por los zapatistas para romper el cerco chiapaneco y ensayar formas de hacer política por fuera de las instituciones.

En los debates, realizados en el marco del Festival de la Digna Rabia, entre el 2 y el 5 de enero, el subcomandante Marcos aseguró que el gobierno de Felipe Calderón está perdiendo la guerra contra el narcotráfico. Una afirmación a todas luces exagerada para quien llega de fuera, pero que días después fue confirmada por un informe del Pentágono que reprodujo el diario La Jornada y negó de modo tan terminante como poco convincente el gobierno federal.

En efecto, el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos elaboró un informe sobre los problemas estratégicos que enfrentará la superpotencia en los próximos 25 años. “En términos de escenarios del peor caso para las Fuerzas Conjuntas, y de hecho para el mundo, dos estados grandes e importantes merecen considreación ante la posibilidad de un colapso rápido y repentino: Pakistán y México”, concluye el informe. Como ejemplo de “colapso repentino” pone el de la ex Yugoslavia y añade que “cualquier descenso de México en el caos demandará una respuesta estadounidense basada únicamente en las serias implciaciones para la seguridad de la patria”.

Lo que no dice el Pentágono en su informe Junta Operativa Ambiental 2008, es que la propia política del gobierno de George W Bush es responsable en gran medida de que su mayor aliado latino pueda ingresar en una espiral tan terrible como previsible, agravada luego del fraude electoral que impidió que el candidato de centroizquierda, Andrés Manuel López Obrador accediera a la presidencia dos años atrás. Así y todo, llama la atención que un país como México aparezca en la lista de posibles estados fallidos junto, nada menos, que a Pakistán.

El clima de crisis nacional, de crisis de Estado incluso, sobrevoló los festejos del zapatismo. El enorme predio del CIDECI (Centro Indígena de Capacitación Integral), una “universidad descalza” como gusta definirla su coodinador, Raymundo Sánchez Barraza, incrustada en un bosque de montaña en las afueras de San Cristóbal, albergó cuatro jornadas de debates e intercambios a las que acudieron miles de personas de más de 30 países. En cada debate Marcos presentó la perspectiva zapatista bajo el titulo genérico “Siete vientos en los calendarios y geografías de abajo”.

En sus textos de estupenda factura, irónicos e hirientes, destacó el papel del levantamiento de 1994 en los cambios sociales en curso. Las tomas de varias cabeceras municipales, dijo, “fueron las que nos dieron dominio sobre el territorio y permitieron la toma de las buenas tierras de labranza y su recuperación, después de cientos de años de despojo. Esta toma de tierras fue la base económica para construir la autonomía zapatista”.

Caracoles

A una hora de San Cristóbal, subiendo por una carretera empinada hacia la montaña, enclavada en la tradicional región de los Altos, aparecen diversas comunidades zapatistas como San Andrés Larrainzar, sede de los diálogos entre el EZLN y el gobierno mexicano, que permitieron la firma de los míticos Acuerdos de San Andrés, en 1996. Como suelen hacer los gobiernos de este país, los acuerdos nunca entraron en vigor, pero sirvieron a miles comunidades indígenas y no indígenas en todo el país como fuente de inspiración para echar a andar sus autonomías de hecho.

En un amplio recodo del camino, cuando la pertinaz neblina comienza a entumecer extremidades, aparece un cartel que reza: “Está usted en territorio zapatista. Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”. Llegamos al caracol de Oventik, el más “desarrollado” según los parámetros occidentales con los que medimos el crecimiento en función de la calidad y cantidad de construcciones. Detrás de una reja custodiada por tzotziles encapuchados que registran el ingreso de los visitantes, se abre una inmensa avenida hormigonada flanqueada por una treintena de edificios para culminar, casi un quilómetro más abajo, en una enorme anfiteatro.

Vamos pasando por las grandes obras como el hospital, la capilla, la Junta de Buen Gobierno, que se alinea junto a varias cooperativas de mujeres, diversos emprendimientos productivos y los locales donde fucncionan los municipios autónomos de la zona. A la izquierda de la gran explanada, una amplia escuela de dos pisos cierra la hilera de edicifios por donde se pasean mujeres de falda y blusas bordadas y varones engalanados con sombreros multicolores. Parece mentira que todo eso lo hayan construido en apenas cuatro años sin apoyo del Estado, aunque con abundantes donaciones de la solidaridad nacional e internacional que no sólo se plasma en dinero sino sobre todo en “pasantías” de semanas o meses para apoyar los trabajos.

La experiencia de autogobierno zapatista, lejos de las luminarias mediáticas, es quizá uno de los más trascedentes logros del movimiento. No existe otro sobre la faz de la tierra que haya sido capaz de construir un completo sistema de salud y de educación autónomos junto a un sistema de autogobierno rotativo elegido por las comunidades. “Bakunin se habría muerto de envidia”, se carcajea un trotskista español desempolvando la ironía ibérica.

Los caracoles son espacios que albergan un conjunto de iniciativas en las que se referencian decenas de comunidades de las cinco regiones zapatistas, donde encuentran los principales servicios y se alojan sus órganos de gobierno. Las Juntas de Buen Gobierno son organismos de administración que dirigen toda una región autónoma, integrada a su vez por municipios y comunidades. En Chiapas existen cinco juntas, que abarcan a una treintena de municipios autónomos donde funcionan a su vez varios cientos de comunidades, con una población estimada en 200 mil personas, no todas zapatistas.

Quienes integran las juntas son elegidos para ejercer el cargo por sus bases, y suelen rotar cada 15 días de modo que, como señala la filósofa Fernanda Navarro, “al cabo de cierto tiempo todos aprenden a ser gobierno”. En cierto momento, la dirección del EZLN comprendió que los pueblos debían autogobernarse y que seguir dirimiendo los conflictos internos en las comunidades debilitaba su papel y contradecía su propio discurso.

Como cada 31 de enero los zapatistas celebran con música y baile, pero sin alcohol, el aniversario del levantamiento. Hasta allí llegaron este año, unas diez mil personas desde todos los rincones del mundo para testimoniar su apoyo a un movimiento que sigue concitando simpatías más allá de todo posibilismo. Pasada la medianoche, el comandante David dio la bienvenida y en su discurso reconoció las dificultades que atraviesan frente a los “planes sociales” del gobierno de Calderón: “El mal gobierno durante 15 años ha fundado, financiado y entrenado a los gurpos paramilitares en todos los pueblos, que tienen la tarea de provocar, amenazar y dividir a nuestros pueblos. Para debilitar y destruir nuestras bases sociales, ha estado repartiendo limosnas a través de programas asistenciales a las familais afiliadas a los partidos políticos, con el fin de contentar, acallar y calmar el hambre de la gente pobre”.

Nueva contrainsurgencia

Esa política ha conseguido, según la comadnancia zapatista, dividir no pocos pueblos. “Desgraciadamente hay hermanos indígenas que han caído en las trampas del mal gobierno, creyendo que con esto van a mejorar sus condiciones de vida sin luchar”.

En comparación con lo visto cinco lustros atrás, los jóvenes zapatistas de hoy tienen mayor estatura, hablan “la castilla” sin los tropezones de antaño y están mejor vestidos. Sin embargo, muchos simpatizantes del zapatismo aseguran que una parte de sus bases de apoyo en las comunidades, otrora sólidamente unidas, se han fracturado y numerosas familias se apartaron del movimiento. Dos son los factores que estarían detrás de estas fracturas: el aumento de los precios de los alimentos registrados en el último año empeoró considerablemente las condiciones de vida en las comunidades; la acción “social” del gobierno estatal de Chiapas, orientada por los militares, rinde frutos en momentos de aguda escasez.

Pero el tema es complejo y ha motivado no pocos debates, y divisiones, en la izquierda social y política de México. En Chiapas, ante la imposibilidad de reprimir directamente a las comunidades zapatistas, protegidas por el paraguas de la solidaridad internacional, el Estado ha ensayado nuevas formas de contrainsurgencia. Se busca generar un escenario de confrontación entre bases de apoyo zapatistas y familias no zapatistas, como excusa para hacer intervenir a los paramilitares del lado de los segundos para aislar y aniquilar a los primeros.

La estrategia merece una detallada descripción. Hasta 2004 Juan Sabines era un destacado miembro del PRI, pero ante las elecciones de 2006, en las que López Obrador era el favorito, se pasó a las filas del PRD (Partido Revolucionario Democrático, de centroizquierda) con el aval del candidato presidencial. Una vez alcanzada la gobernación del estado de Chiapas, Sabines se apoyó en la OPDDIC (Organización para la Defensa de los Derechos Indígenas y Campesinos), un grupo de derecha que cuenta con su propio brazo militar, relaciones con ONGs y agencias federales de cooperación.

El gobierno de Chiapas comenzó su propia “reforma agraria”, pero en vez de repartir tierras de hacendados y caciques, entrega a la OPDDIC y sus organizaciones afines las tierras que los zapatistas conquistaron luchando luego del 1 de enero de 1994. Es la forma más sencilla, y cruel, de enfrentar pobres con pobres. Pero los pobres antizapatistas cuentan con el apoyo de paramilitares y del gobierno chiapneco encabezado por el PRD. O sea: se oponen al zapatismo un partido que enarbola un discuros de centroizqueirda y “movimientos sociales” que dicen luchar por la tierra.

A este modo de operar debe sumarse el reparto discrecional y condicionado de alimentos en época de hambre, y la negación de recursos a las comunidades zapatistas. “Se trata —asegura la revista Rebeldía— de una guerra contra las formas de hacer política de las comunidades zapatistas”. Una guerra integral, económica, política y militar, como las que vienen diseñando los poderes militares en el planeta. A lo largo de 2007 y 2008 se sucedieron infinidad de agresiones, desde el robo de cables de luz a familias zapatistas hasta operativos de cientos de soldados contra comunidades.

En ese clima, la beligerancia de Marcos contra López Obrador sigue escalando. “Ningún movimiento en México ha exhibido tal grado de sectarismo, intolerancia e histeria como el que hoy, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, amenaza con salvar a México”, dijo en el coloquio de San Cristóbal. Los zapatistas lo acusan de ser cómplice de las agresiones a las comunidades zapatistas porque nunca condenó las acciones de Sabines, dirigente de su propio partido. Los lopezobradoristas, por su parte, acusan a Marcos de que su catarata de críticas le impideron ganar la presidencia dos años atrás y creen que le hace el juego a la derecha.

Lo cierto, es que las bases sociales de los dos principales proyectos populares del país están duramente enfrentadas, justo cuando el sistema hace aguas por los cuatro costados. No parece fácil que López Obrador llegue a las lejanas elecciones de 2012 en condiciones de vencer, toda vez que el PRD se encuentra dividido y tiene en su seno poderosos competidores, como el actual alcalde de México DF. Las elites mexicanas se han mostrado intransigentes a la hora de permitir que un tibio izquierdista, amigo de empresarios multimillonarios como Slim Helú, propietario de la mayor emrpesa telefónica del continente, llegue a la presidencia.

Los zapatistas enfrentan diferentes pero no menores dificultades. Lanzaron la Otra Campaña para extender el movimiento a todo el país, concientes de que sus bastiones chiapanecos no podrán resistir largo tiempo el acoso, para lo que necesitan un cambio en la relación de fuerzas a escala nacional. La campaña creció, como lo prueban los más de 200 colectivos que estuvieron en San Cristóbal. Han tejido alianzas sólidas incluso fuera del mundo indio, que hasta ahora era su punto fuerte, como el acuerdo de trabajo que alcanzaron con el Frente Popular Franciso Villa, enraizado en las periferia del DF. Sin embargo, los tiempos de la crisis acortan los de la siembra y la cosecha no se adivina cercana.



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Raúl Zibechi, UB Noticias


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